"Cuando el Señor cambio la suerte de Sión
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas
la lengua de cantares"
(Salmo 125)

Cuando el Señor me dijo claramente
el infinito amor que me tenía
y me invadió con su mirada en gloria,
se me llenó la lengua de cantares.
Nadie pudo enterarse,
fue en secreto.
Nadie lo vio
pero hasta los extraños
igual que los cercanos, los de casa,
se asombraron de verme rebosante
de aquel sereno gozo
en paz profunda.
Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Juan Jáuregui Castelo