Hemos nacido para ser felices, a pesar de nuestra limitación, de nuestra fragilidad, de nuestra pequeñez. De eso estoy seguro. Basta mirar los ojos de un niño para darse cuenta. La felicidad dependerá de la capacidad de nuestro recipiente interior y no de nuestra apariencia, poder o bolsillo. La alegría ha sido siempre la característica de las personas espiritualmente crecidas, las que logran "hacerse como niños". La sabiduría popular lo tiene acuñado: "Un santo triste es un triste santo", es decir, no lo es. Si santidad es "plenitud humana" -que no otras ilusiones o popularidades- sus signos son la paz y la alegría.
Cuando el dolor es sencillamente un "piloto de alarma", un aviso de que nos alejamos del equilibrio físico o espiritual, entonces es una bendición, un elemento imprescindible de nuestro sistema de defensa. ¡Bendito dolor que me mueve a curar y rectificar!
Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Juan Jáuregui Castelo