
Cada año, cuando llega el derrumbe del calendario, nos intercambiamos deseos de felicidad y brindis generosos. Nos deseamos suerte, prosperidad, salud, alegría, paz… Damos por sentado que el nuevo año nos traerá sus veleidades ante las que poco o nada podremos hacer.
Por eso nos repetimos hasta la saciedad: ¡Feliz año! Y lo decimos con sinceridad, confiando que nuestro conjuro les traiga y nos traiga esa mejora de la situación, esa ansiada felicidad. Hay, incluso, quienes están convencidos que la diosa suerte les elegirá si pasan la frontera con roja ropa interior, si logran tragar las uvas a lomos del reloj o si quiebran la razón golpeándose contra el alcohol.
Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Juan Jáuregui Castelo