Me puse a colgar adornos en una guirnalda. De repente me vi reflejado en una de esas bolas de cristal. Mi imagen era pequeña, insignificante, ridícula. Me quedé mirando aquella esfera y me envolvió mi niñez.
Por la convexidad de aquel adorno comenzó a pasar mi alegría infantil. Me vi recogiendo musgo en el pinar cercano. Me vi corriendo, escaleras arriba, a la buhardilla para buscar las piedras de chiscar -mis tesoros- y ponerlas en mi pequeño belén. Sentí cómo mi ternura infantil limpiaba las figuritas de barro y las colocaba delicadamente sobre el serrín de aquella minúscula intemperie donde nacía el Niño.
Fue entonces cuando dejé los adornos y me puse a escribir, con los ojos lluviosos, esta letanía. Me embriagaba la inocencia, la pequeñez y el fervor. Cuando -embelesado en mi niñez y en mi oración- escribía despacio, oí una voz que decía: "Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 18,3). Y me dejé empapar por esta íntima plegaria que me hizo feliz.
Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Juan Jáuregui Castelo