
Pocas cosas más desagradables que gritar en el secarral, a la intemperie, con la arenisca en la garganta. La gran ventaja del desierto es que se escucha mejor, que uno puede refugiarse fácilmente en la sombra interior y descubrir oasis interminables.
Pero la voz pretende ser escuchada, regar el baldío y hacer resurgir la vida, aspiración básica de quien pretende evangelizar: "He venido para que tengan vida y la tengan abundante" (Jn 10,10).
Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Juan Jáuregui Castelo