
Caminábamos con gozo y esfuerzo por los montes cántabros. Durante un tiempo avanzamos, como césares, bajo un interminable arco verde de árboles frondosos. Nos refrescaban e impedían que nos tocase un solo alfiler del sol. Cuando llegamos a los acantilados unas empalizadas acotaban el camino. Mi hijo me preguntó: ¿Aquel triángulo vallado en medio de la maleza qué significa papá? Probablemente es un pozo o la boca de una sima, le respondí. Estas vallas laterales y aquella triangular nos avisan de un peligro.

Era una tarde de vacaciones. Todavía me rumbaban los ruidos de la oficina, las tensiones de los objetivos, el reloj y el tráfico. El frescor sombreado invitaba a la quietud y al descanso. Me rondaba cierta culpabilidad por el tiempo dedicado a lo urgente en detrimento de lo importante. Fui al cuarto de los chicos, me dejé escoger por una cartulina azul noche. Miré entre las pinturas y me atrajeron unas arrinconadas pinturas pastel.
Yo no sé pintar, pero necesitaba expresar mis sensaciones interiores. La soledad de la casa era momento propicio. Todavía me sentía acosado por el ruido de mi vida: tanto autobús, tantos papeles, tantas reuniones, tanto ordenador, tanto bullicio... Tenía hambre de ese Ser que mana en mi interior y ante el que me sentía en adoración agradecida.

Éste podría ser el título de un artículo largo. Pero me ha entrado la impaciencia. Le estoy cogiendo gusto a esto de las confidencias cortas. Normalmente os cocino a fuego lento -lo mejor que sé- manjares bien elegidos.
Pero hoy he empezado el día leyendo el Cantar de los Cantares y ¡puf!...

¡Te doy gracias Señor!
Por habernos encendido hoy el sol.
Por habernos llenado el mar.
Por habernos oxigenado el aire.
Por alegrarnos con los cantos y juegos de los pájaros.
Y por darnos la lucidez y la calma para contemplar tus regalos. Amen.
Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Juan Jáuregui Castelo