
Cada año, cuando llega el derrumbe del calendario, nos intercambiamos deseos de felicidad y brindis generosos. Nos deseamos suerte, prosperidad, salud, alegría, paz… Damos por sentado que el nuevo año nos traerá sus veleidades ante las que poco o nada podremos hacer.
Por eso nos repetimos hasta la saciedad: ¡Feliz año! Y lo decimos con sinceridad, confiando que nuestro conjuro les traiga y nos traiga esa mejora de la situación, esa ansiada felicidad. Hay, incluso, quienes están convencidos que la diosa suerte les elegirá si pasan la frontera con roja ropa interior, si logran tragar las uvas a lomos del reloj o si quiebran la razón golpeándose contra el alcohol.
Me puse a colgar adornos en una guirnalda. De repente me vi reflejado en una de esas bolas de cristal. Mi imagen era pequeña, insignificante, ridícula. Me quedé mirando aquella esfera y me envolvió mi niñez.
Por la convexidad de aquel adorno comenzó a pasar mi alegría infantil. Me vi recogiendo musgo en el pinar cercano. Me vi corriendo, escaleras arriba, a la buhardilla para buscar las piedras de chiscar -mis tesoros- y ponerlas en mi pequeño belén. Sentí cómo mi ternura infantil limpiaba las figuritas de barro y las colocaba delicadamente sobre el serrín de aquella minúscula intemperie donde nacía el Niño.
Fue entonces cuando dejé los adornos y me puse a escribir, con los ojos lluviosos, esta letanía. Me embriagaba la inocencia, la pequeñez y el fervor. Cuando -embelesado en mi niñez y en mi oración- escribía despacio, oí una voz que decía: "Si no os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 18,3). Y me dejé empapar por esta íntima plegaria que me hizo feliz.
Señora del Adviento
de Luz preñada.
Luciérnaga divina,
de Dios amada.
Sobre tu vientre en flor
cayó el Rocío.
¡Regalo de mi Dios
y tu albedrío!
Señora del Adviento,
Custodia viva,
de Jesús relicario,
de Dios henchida
Nido de la Palabra,
Madre del Verbo.
Se hace voz en tu carne
el Dios Eterno.
Señora del Adviento,
de la Esperanza.
Se enciende en tu mirada
la luz del alba
Tu mirada destella
dulce alegría.
¡Bendita de Dios Padre!
¡Señora mía!
Teresa, SSJ

Pocas cosas más desagradables que gritar en el secarral, a la intemperie, con la arenisca en la garganta. La gran ventaja del desierto es que se escucha mejor, que uno puede refugiarse fácilmente en la sombra interior y descubrir oasis interminables.
Pero la voz pretende ser escuchada, regar el baldío y hacer resurgir la vida, aspiración básica de quien pretende evangelizar: "He venido para que tengan vida y la tengan abundante" (Jn 10,10).
"Allanad, allanad, despejad el camino, quitad todo tropiezo de la ruta de mi Pueblo"
(Is 57,14)
¿Qué os ha ocurrido queridos hermanos Obispos? ¿Quién os ha cerrado los ojos? ¿Cómo no oís el clamor de este Pueblo que busca guías fieles y ejemplos evangélicos?
¿Habéis olvidado vuestros días de fervor? Os imagino orando con fe reventona, con el clamor del Evangelio en las entrañas, con el amor al Pueblo de Dios apretado a la cintura hasta confundirse con vuestra propia carne.

Los magníficos comentaristas de este Blog -teólogos algunos- se habían empeñado en arruinar "la navidad con minúscula" de mi anterior "post" y habían levantado una auténtica Navidad con mayúsculas inefables. Incluso habían ya creado un "coro virtual", repartido sus voces y ensayado algún villancico. Es más, estaban levantando un "belén viviente" en el que todos podíamos elegir nuestro rol y nuestro don. Por ello me veo obligado a publicar este anuncio, que no estaba previsto, y decirles a ellos y a todos los que aquí llegaren:

Cada año nos ponen antes la navidad. Una navidad con minúscula, pequeña y mercantil, que abarrota los escaparates de suculentas ofertas, tan sofisticadas como innecesarias. Nuestros munícipes aportan al festejo sus bombillas de colores que, naturalmente, extraen de nuestros castigados bolsillos.
La importación de interesada y barriguda imaginación siembra el ambiente de gordinflones colorados, ajenos a nuestra cultura.
A este artículo le faltaba un peldaño. Al fin voy a intentar subirlo. Se me quedó en el tintero “el santo temor de Dios” que creo merece alguna reflexión.

El temor es un elemento de nuestro sistema de defensa. Sin él nos estrellaríamos constantemente contra cualquier peligro. No hay más que observar a los niños. Ellos no temen hasta que desarrollan la conciencia de peligro o les contagiamos nuestros fantasmas. Al hacerse conscientes de los peligros de la vida, aprenderán a no meter la mano en la hura del alacrán (a mí me picó uno y no se lo recomiendo a nadie), a evitar un precipicio o a vigilar la cartera en el autobús. Muchos, muchísimos peligros nos acechan y es muy bueno tener temor para protegernos y espabilar nuestro cuidado.

Vengo defendiendo en este largo artículo que no existen castigos divinos, ni infiernos sin fin. Ha habido lectores -teólogos algunos- que me han recordado que Dios es infinitamente bueno, pero también infinitamente justo. Sí, yo también lo aprendí cuando era chico. Y recuerdo que mi imaginación infantil desarrolló la figura de un gran sheriff de cara afable pero bien pertrechado con unas magníficas pistolas de plata. Al que se salía de cauce ¡disparo certero! y… al hospital o al cementerio, según el pecado fuera venial o mortal. Era una imagen perfectamente acorde con el catecismo: "premiador de buenos y castigador de malos".

¡Quién me mandará a mí meterme en estos charcos! Si yo no pretendía hablar del infierno. Si mi camino va en dirección contraria... Los lectores me han ido preguntando y he tenido que explicarme. Pero resulta que algunos curas ultras me ven en el infierno y han conseguido que censuren en una revista la parte anterior de este artículo por infernal. Así que no me queda más remedio que seguir y "dar razón de mi esperanza con dulzura y con respeto, con la conciencia tranquila, para que los que interpretan mal mi vida cristiana queden avergonzados de sus mismas palabras" (1Pe 3,15).
Me dices que te ha hecho mucho bien el artículo anterior, que coincide con tus intuiciones. ¡Gracias por decírmelo! Eso refuerza mis certezas. Me envías además un texto oficial (1) que ratifica mi afirmación: "el infierno no es castigo sino autoexclusión". Pero... sigue considerando que esa actitud del hombre lleva consigo "el rechazo definitivo de Dios".
No puedo estar de acuerdo con lo segundo, dígalo quien lo diga. Palabras de ayer no pueden derribar certezas interiores de hoy. Dios no puede rechazar porque su esencia es Amor. Sólo puede atraer, nunca rechazar. La interpretación del castigo y del infierno dependerá siempre del rostro de Dios que hayas descubierto. Puntualizaré algunas reflexiones, que explicitan mis certezas, por si te ayudan:

Tendría aquella preciosa niña unos seis años. En apenas unos segundos saltó la valla, tropezó y rodó por el parterre inclinado del parque hasta un grueso pino. Su mamá, aterrada, corrió hasta ella, la levantó, la examinó, la consoló y secó sus lágrimas. Fue después cuando la oí decir: ¿Lo ves? ¡Dios te ha castigado por desobediente!
Me acerqué y le comenté con una sonrisa: ¡No mujer, no! Dios no castiga, somos nosotros los que cometemos imprudencias, errores, malas decisiones. Y, naturalmente, sufrimos las consecuencias. Él actúa como tú has actuado: socorre, abraza y consuela cuando, por nuestra estupidez, nos herimos.

Caminábamos con gozo y esfuerzo por los montes cántabros. Durante un tiempo avanzamos, como césares, bajo un interminable arco verde de árboles frondosos. Nos refrescaban e impedían que nos tocase un solo alfiler del sol. Cuando llegamos a los acantilados unas empalizadas acotaban el camino. Mi hijo me preguntó: ¿Aquel triángulo vallado en medio de la maleza qué significa papá? Probablemente es un pozo o la boca de una sima, le respondí. Estas vallas laterales y aquella triangular nos avisan de un peligro.

Era una tarde de vacaciones. Todavía me rumbaban los ruidos de la oficina, las tensiones de los objetivos, el reloj y el tráfico. El frescor sombreado invitaba a la quietud y al descanso. Me rondaba cierta culpabilidad por el tiempo dedicado a lo urgente en detrimento de lo importante. Fui al cuarto de los chicos, me dejé escoger por una cartulina azul noche. Miré entre las pinturas y me atrajeron unas arrinconadas pinturas pastel.
Yo no sé pintar, pero necesitaba expresar mis sensaciones interiores. La soledad de la casa era momento propicio. Todavía me sentía acosado por el ruido de mi vida: tanto autobús, tantos papeles, tantas reuniones, tanto ordenador, tanto bullicio... Tenía hambre de ese Ser que mana en mi interior y ante el que me sentía en adoración agradecida.

Éste podría ser el título de un artículo largo. Pero me ha entrado la impaciencia. Le estoy cogiendo gusto a esto de las confidencias cortas. Normalmente os cocino a fuego lento -lo mejor que sé- manjares bien elegidos.
Pero hoy he empezado el día leyendo el Cantar de los Cantares y ¡puf!...

¡Te doy gracias Señor!
Por habernos encendido hoy el sol.
Por habernos llenado el mar.
Por habernos oxigenado el aire.
Por alegrarnos con los cantos y juegos de los pájaros.
Y por darnos la lucidez y la calma para contemplar tus regalos. Amen.

Soñé que nuestra santa Iglesia era una inmensa y preciosa parcela. Sobre ella muchísimas personas y grupos se afanaban por encontrar el agua que mana hasta la vida eterna. Unos medían, otros proyectaban, otros dirigían, algunos excavaban. Había quienes teorizaban sobre la naturaleza del agua o la tierra a perforar. Todos iban y venían, se agitaban, discutían, competían por el lugar exacto del manantial verdadero.
Este señor está pasado de moda. ¡Eso era antes! Me refiero a Jorge Manrique cuando escribe: “Recuerde el alma dormida / avive el seso y despierte / contemplando / cómo se pasa la vida / cómo se viene la muerte / tan callando”.
Ahora la muerte es buscada a ritmo de “rock”, jaleada, invocada, cortejada sin el menor rubor. No se piensa en el zarpazo que tan mala compañía puede dar. Baste mirar los caídos por “éxtasis” o los millones de envenenados por el beso del alcohol, la droga o la velocidad.
Hace ya mucho tiempo paseaba yo con un cura bueno por el jardín de una casa de ejercicios. Mira Eladio -le decía- siento por los sacerdotes y religiosos un amor especial, una preocupación preferente. Se me impone desde dentro una reciprocidad a vuestra entrega. Mis manos de laico y padre de familia se me escapan como mariposas para bendeciros. Me sorprendió la rauda respuesta: “Eso es un don, Jairo Javier, eso es un don. No dejes de ponerlo en práctica. Los sacerdotes lo necesitamos”.
Sí, le estoy haciendo caso. A lo largo de mi vida les he volcado mi afecto y mi sinceridad. No he discriminado entre hombres y mujeres, diocesanos o profesos, jerarquías o simples legos. Siempre les he tenido un cariño especial, no lo he disimulado nunca. Pero también les he pedido coherencia, como mínimo.
¡Pues sí que se ha armado oiga! Este artículo ha levantado ampollas y me han llovido improperios. Aunque fueron muchas más las bendiciones. Me ha causado especial dolor la acusación de escandalizar a “los sencillos”, porque camino entre ellos huyendo de los simples. Me es imposible callar “lo que he visto y oído” (He 4,20) precisamente porque ansío ayudar a “los hambrientos”, a los que buscan con sencillo corazón. “Los hartos”, estáticos en su hartura, llenos de sabiduría y rutina, inmunes a toda conversión, no me interesan. No es mi carisma.
Confieso mi sorpresa por las descalificaciones, insultos, ironías y ataques a mi catolicidad. Quienes así se manifiestan se sitúan fuera de la caridad y, por tanto, fuera del Evangelio. Aunque debo agradecerles sinceramente su vacuna contra toda vanidad.
Mis artículos se publican en diversos medios para hacer el bien. Los escribo con el corazón más que con la cabeza, desde experiencias más que desde teoría o ciencia. Son “confesiones de un pecador en proceso de conversión”, con muchos años y errores a su espalda. ¡Que nadie se ofenda, por favor! Si no te hace bien lo que escribo, deséchalo. ¡Busca lo que te contagie vida! No dicto lecciones y mucho menos dogmas. No hago más que exprimir mis pequeños descubrimientos. Pero vayamos a las siete aclaraciones.

Tengo que confesar que, cuando oigo hablar de intercesión, me chirrían todos los goznes. Interceder, en nuestra preciosa lengua española, significa "hablar en favor de otro para conseguirle un bien o librarlo de un mal".
Cuando intercedemos por otro nos comportamos como si Dios fuese un potentado, que no conoce a nuestro colega, y "se lo recomendamos" para que le haga algún favor. Estamos rebajando a Dios a la estatura de un “poderoso hombrecillo” y a nuestro amigo a la condición de “desconocido” en vez de “hijo”. ¡Qué dos errores tan enormes! Si estuviéramos seguros de que Dios es Padre, que nos conoce y cuida uno a uno (“hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados” – Lc 12,7), que se vuelca permanentemente por mí y por el otro, nos daría vergüenza recomendar a alguien a su propio Padre.
Me había quedado en que la oración no es para mover a Dios, sino para movernos a nosotros, como afirma rotundamente san Agustín. ¿Contradice eso al Evangelio? En él se lee claramente: "Pedid y se os dará; buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá. Porque el que pide recibe; el que busca encuentra, y al que llama se le abre" (Lc 11,9).
Para empezar, esas palabras me parecen una preciosa llamada a la constancia. Nada se construye sin permanecer en el proyecto. No se puede llegar sin permanecer en el esfuerzo de caminar. Quien pide, busca o llama está identificando sus aspiraciones, sus objetivos, y es lógico pensar que estará dispuesto a poner los medios para alcanzarlos.
Lo confirma la "parábola del juez injusto" (Lc 18,1). Otra lección magistral sobre la perseverancia y NO un retrato del rostro de Dios, en nada parecido a un juez injusto y comodón.

Un amigo mío me confesaba: De niño aprendí que "orar es levantar el corazón a Dios para pedirle mercedes"; de mayor he comprendido que "orar es fabricar `mercedes´ para ofrecérselos a Dios". Tras el chiste, hay mucha teología de la buena.
En nuestro subconsciente late la idea de que Dios está en las alturas y hay que alcanzarle con esforzadas oraciones para que nos haga llegar su favor desde allá arriba. Estoy convencido de todo lo contrario: Dios es la cercana luz que quiere traspasar nuestras oscuras barreras y atraernos a sus brazos. Somos nosotros los que tenemos que dejarnos alcanzar y no a la inversa. Es Él quien llama "con gemidos inenarrables" (Rom 8,26) a su desorientada y amadísima criatura: “Estoy a la puerta llamando: si me oís y me abrís, entraré en vuestra casa y comeremos juntos” (Ap 3,20). Sólo hay que abrir y dejarle pasar.

¡Te quiero, Señor, te quiero!
Más que la espuma al aire.
Más que la ola al viento.
Más que el mar a la playa.
Más que la cumbre al cielo.

¡Te quiero, Señor, te quiero!
Más que el río a su cauce.
Más que la noche al lucero.
Más que el rojo a la amapola. 
Más que la rama al jilguero.
¡Te quiero, Señor, te quiero!
Más que la nube al agua. 
Más que la raíz al suelo.
Más que la tierra a la lluvia.
Más que la almendra al almendro.

¡Te quiero, mi Bien, te quiero!
Y sin Ti, no vivo.
Y sin Ti, no puedo.
Y sin Ti, me anublo.
Y sin Ti, me muero.

¡Te quiero y eres mi Vida!
Y vivo... porque te quiero.
De las películas de mi niñez recuerdo con ternura aquélla en que un valiente guerrero volvía maltrecho y exhausto de luchar con el dragón. En el castillo le esperaba una linda dama que curaba sus heridas, le preparaba una tina de agua humeante y le ofrecía reparadores alimentos.
Para mí la cuaresma se parece a la experiencia del galán de mi película. No ignoro que cuaresma viene del latín "cuadragésima" y significa 40 días. Que tradicionalmente se ha entendido que son los 40 días en que "se preceptúa ayuno y abstinencia en memoria de los cuarenta días que ayunó Cristo en el desierto". Que los clérigos suelen sembrar la cuaresma de reflexiones teóricas un tanto tétricas. Que la liturgia (color morado, ceniza, ausencia de adornos…) y las prácticas cuaresmales (vía crucis, ayunos, procesiones…) insisten en el sentido penitencial.
En las carnavaladas modernas algunos se disfrazan de aquello que habrían querido ser y no han sido. Otros se apropian de personajes o símbolos para ridiculizarlos. Otros, finalmente, buscan la ocultación para conseguir impunidad y anonimato a su conducta desinhibida, abusiva, grotesca o delictiva. Sin embargo, estos desahogos puntuales tienen menos repercusión en nuestra personalidad que los disfraces que nos fabricamos para vivir, habitualmente subconscientes.
En la vida ordinaria solemos usar distintas caretas que podemos sintetizar en estos cuatro tipos: la negra, la negra con purpurina, la brillante y la transparente.
Ya me gustaría a mí que todos los enamorados supiesen “quién es”, de verdad, la persona a la que dicen amar. Por desgracia nos fijamos más en detalles externos que en las maravillas del interior, las que de verdad definen la persona. Nos atrae una cara linda o… embadurnada, un cuerpo exuberante, una sonrisa afable o, simplemente, una sexualidad precoz y desbordada. Pero eso no es todavía amor, es instinto. Quienes se emparejan sólo desde los atractivos epidérmicos o desde la sensibilidad hambrienta son candidatos seguros a la larguísima cola de divorcios: uno cada cuatro minutos en nuestra nación.
Cuentan que a los novicios de hace años se les ordenaba plantar las lechugas boca abajo para probar su obediencia. Hoy esta anécdota histórica nos hace sonreír. Sin embargo, en la formación religiosa actual, todavía se insiste en consejos estereotipados y fuera de época que se oponen al sentido común.
Ayer mismo -por ejemplo- mi profesora de Teología Mística, una santa anciana, inteligente, laica, madre de ocho hijos y abuela interminable, insistía en el olvido de sí mismo para avanzar por las moradas del castillo interior y llegar a la santidad. Al terminar la clase, me acerqué y le susurré al oído: ¿Sabes que la Sicopedagogía actual afirma que la plenitud consiste en llegar a ser uno mismo? Me contestó con una evasiva. Lo entiendo, no podemos cambiar la mentalidad de nuestras abuelas. Pero tampoco podemos pretender que los jóvenes -y menos jóvenes- acepten hoy las lechugas invertidas del pasado.

- ¡Me llamo Claridad y te estoy hablando! ¡Sí, no te asombres!
- ¿Tú? ¿La de los guiños radiantes? Sentí que querías decirme algo, pero… las estrellas no hablan. Debo estar soñando…
- ¡Te equivocas! Hablamos a quien nos quiere oír, a quien ansía la luz, a quien busca. Yo soy la estrella de los buscadores.
- ¡Anda ya coquetuela! ¿Cómo vas a saber si busco y lo que busco?
Lunes, 13 de febrero
Carlos Corral
Vicente Haya
Manuel Mandianes
Josemari Lorenzo Amelibia
Isabel Gómez Acebo
Francisco Margallo
Urbano Sánchez García
Rodrigo del Pozo Fernández
JC Rodríguez, A Eisman
José Antonio Pagola