
¡Se acabaron las estrellas!
Hay tantas noches negras
y tengo tantas ganas...
que las regalé a puñadas,
en cucurucho a los niños
y a los hombres a brazadas.
Me queda un espejo,
en el que quiero enviarte
tu propio eco,
tu mismo reflejo.
Cuando en él te mires,
observa y siente las muchas cintas
de colores miles,
que diciendo ¡gracias!,
me unirán, como estelas,
a tus manos blancas.
Y, en Navidad,
cuando vayas al Portal
donde nace nuestro Amor,
corta un pico de la estrella
y… ¡dáselo!
Cuando se quede dormido,
despacito ¡cógelo!
Y me lo envías,
brillando de Niño,
brillando de Amor,
para llenar mi sombrero
de cachitos de ese pico,
de cachitos de fulgor.
¡Que sí! ¡Que quiero ser mago!
Y extasiarme con sus luces.
Y llenarme de ilusión.
Y dar estrellas regalo
fundidas con corazón.
Y repartir a los hombres
de esa cuna, Niño mío,
de esa cuna el resplandor.
Jairo del Agua
Permitidme, para terminar, dejarlo claro: Lo sagrado no son los textos e historias de la Biblia. El único sagrado es Dios, que se hace Palabra y zigzaguea por la vida de sus hijos llamándoles, "con gemidos inenarrables" (Rom 8,26), hacia una humanización plena. Sólo posible cuando se dejen “habitar” realmente por su Hacedor.
Música no son las notas que se columpian en un pentagrama, sino la emoción, la energía y el amor que suscita la interpretación de una melodía.
Una bombilla no es la luz, sino el instrumento que hace posible el encuentro de dos polos que se incendian al abrazarse. 
Nadie que analice, estudie y describa el vino será capaz de emborracharse. Tampoco los que lo envasan en artísticas botellas o lo exponen en preciosas vitrinas. Sólo "conocerán" la fuerza del vino quienes lo paladeen y lo beban, quienes lo hagan sangre de su sangre.
Lo mismo ocurre con la Palabra. Su fuerza no está en los textos, ni en su veneración, ni siquiera en su lectura. El poder de la Palabra está en el encuentro de la creatura con la llamada del Creador, ésa que riega permanentemente toda historia personal y grupal como un gran río. Esa Palabra sigue insistiendo -hoy como ayer- que sólo el amor nos conducirá al Amor. No se equivocaba el teólogo que afirmó: "El cristianismo del futuro será místico o no será".
Al llegar a esta parte de mi reflexión ya conozco algunas objeciones. Los más ortodoxos descalifican mi tesis inicial: No "toda" la Escritura es "palabra de Dios". Me insultan sin contemplaciones y me abruman con una serie de citas oficiales que sostienen lo contrario. De eso me quejo precisamente: ¡Que todavía HOY se mantengan textos que, con criterio integrista y sacralizador, afirmen tesis superadas! Eso desorienta y hace daño a muchos que buscan sinceramente la doctrina del Señor. Lo sé por experiencia propia y ajena. Me duele amargamente que se confunda al Pueblo de Dios, es decir, a la Iglesia. Ese dolor motivó el comienzo de este largo artículo. Volveré a gritarlo: ¡Deben revisarse y cambiarse en los “textos oficiales” (liturgia y catecismo, por ejemplo) expresiones obsoletas y superadas!
Sólo plantearé algunas preguntas para que cada cual saque sus conclusiones:
¿Vendrá de la Palabra la inspiración de cometer un parricidio “fiel” para honrar a la divinidad? ¿Serán las matanzas, las venganzas, los celos, los adulterios, los robos, la explotación de los débiles, etc. -descritos profusamente en la Biblia- “dictados” por la Palabra? ¿No será, más bien, que gentes primitivas engendraron una "religión primitiva y bárbara" que justificó sus crímenes colgándoselos a la voluntad de Dios? ¿No será, más bien, que la Palabra fue el freno a tanto dislate y el impulso humanizador de gentes mayoritariamente deshumanizadas? ¿Aún en el NT no fue una "religión bárbara" aliada con un "poder bárbaro" la que quiso aplastar la Palabra?
Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Juan Jáuregui Castelo