La primera observación que corrobora mi tesis de la tercera vía es que convivimos inconscientemente con infinidad de milagros. Hay resultados llamados "naturales" (por ser habituales) que son en realidad verdaderos milagros.
Los milagros, más grandes o más pequeños, existen. Hay innumerables evidencias. El problema está en cómo explicarlos, a quién atribuírselos y cómo conseguirlos.
Hay dos corrientes enfrentadas a la hora de interpretar los milagros. Por un lado están los "intervencionistas" y por el otro los "no intervencionistas". Quizás con una imagen entendamos mejor las dos posturas. Pongamos que la creación es una gran olla con muchos y variados manjares a disposición de la humanidad.
(Pasemos ahora a la "oración de impregnación" propiamente dicha. Ya he advertido que se trata solo de un esquema para comprender y no de una meditación para sumergirse en oración).
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2. ORAR:
1º) Entra en contacto con el Dios amante que te habita en lo profundo. Déjate sentir relajadamente lo que esa Presencia te sugiere. Si te surgen sensaciones "negativas" (vergüenza, temor, culpabilidad, voluntarismo, rechazo...) es que el "rostro" que has captado o te han transmitido es de un "dios falso".
En las confesiones que os comparto aparece con cierta frecuencia la "oración de impregnación". Algunos me han reñido, con toda razón, por no explicar previamente lo que para mí significa esa expresión. Lo voy a intentar hoy.
Por decirlo rápido y breve, "oración de impregnación" es algo parecido a "oración de contemplación", con los matices y metodología que expondré.
¡Qué pobres son las palabras
para decir lo que siento!
No puedo expresarte ¡Vida!
lo que palpita en mi cuenco.
Qué pequeños estos trazos,
que nadería estos versos.
No logro decirte nada
de lo que bulle en mi pecho.
"Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1)
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"Velad y orad para que no caigáis en tentación" (Mt 26,41 - Mc 14,38. - Lc 22,40).
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Tengo dos manos juntas,
de olivo tengo dos manos,
que velan cuando me duermo
y rezan si me distraigo.
¿Y la pasión y muerte? De ninguna manera son divinas, ni sagradas. Son hechura de nuestras manos asesinas, como lo son las "crucifixiones" a que sometemos hoy a tantos hermanos nuestros.
Son nuestra terrible respuesta al que viene a ayudarnos. Nos lo escribió Juan: "La luz verdadera, la que alumbra a todo hombre, estaba llegando al mundo. En el mundo estuvo y, aunque el mundo se hizo mediante ella, el mundo no la conoció. Vino a su casa, pero los suyos no la recibieron" (Jn 1,9). Lo cuenta el mismo Jesús en la "parábola de los viñadores homicidas" (Mt 21,33).
No existe una cruz redentora querida por Dios. Él aborrece el sufrimiento de su Hijo y de sus hijos. Existe el horror de la cruz con la que aplastamos al Justo, al Bueno, al Pacífico, en contra de la voluntad de Dios, para proteger -terrible y vergonzante paradoja- la religión. (Los religiosos de hoy deberían meditar seriamente esta historia).
Durante siglos nos han enseñado que el pecado del hombre causó una ofensa infinita a Dios. Siendo el hombre un ser finito, no podía reparar esa ofensa infinita. Era preciso alguien infinito para satisfacer el honor de Dios. Por otro lado, al haber sido cometida la ofensa por el hombre, tenía que ser reparada por un hombre. Eso explica que Jesús (Dios y hombre) se encarne, muera y merezca con su muerte (sacrificio con valor infinito por tratarse de un ser infinito) la reconciliación con Dios. Al quedar pagado el justiprecio por todos nuestros pecados, quedamos redimidos y los cielos abiertos.
Se me ponen los pelos de punta al recordar esta nefasta doctrina que ha durado siglos, ha denigrado el rostro de Dios revelado por Cristo y ha causado tanto temor.
Alguien, hambriento de testimonios reales, me ha preguntado: ¿Y tú, ínfimo y efímero predicador, te sientes redimido? Y he tenido que retratarme: ¡Me siento en camino! ¡Por la gratuidad de Dios y mi total adhesión a ella!
Porque la Redención consistió y consiste en la revelación de un Rostro (la meta) y un Camino (los medios para llegar). Solo quien busca ese Rostro y anda ese Camino -consciente o inconscientemente- se redime y se salva, es decir, se realiza como ser humano y encuentra el sentido de su vida. Así de simple.
¿Acaso ya eres un ser humano maduro, equilibrado, pleno, redimido? El que piensa que ya ha llegado no moverá un solo pie.
La redención no es algo estático, no es un punto de llegada, sino un empujón de salida, un dinamismo de vida ("He venido para que tengan vida..." - Jn 10,10), una puerta abierta ("Yo soy la puerta..." - Jn 10,7), un camino que se nos tiende ("Yo soy el Camino..." - Jn 14,6), una esperanza cierta de que el dolor y la muerte terminarán en resurrección. Porque Dios mismo se ha solidarizado con el ser humano y se ha puesto al frente de nuestra caravana de evolución.
He aquí la raíz de las erróneas interpretaciones sobre la Redención.
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Se llama "expiación vicaria" al pago de una culpa por una persona distinta al culpable por medio de algún doloroso sacrificio o incluso la muerte. Es decir, pagas tú mi culpa para que no tenga que pagarla yo, ni sufrir las consecuencias de mis actos.
Esa posibilidad no existe en el ordenamiento jurídico mundial. Una madre no puede ir a la cárcel en vez de su hijo culpable -por ejemplo- aunque lo desease y lo pidiese insistentemente.
(Continúo y termino)
Hablar de un humano "poder religioso" y además absoluto es tan absurdo como hablar de la "coacción" de la aurora, la luna, las estrellas o el sol.
Ese supuesto "poder" es semilla de fanatismos y guerras santas porque, evidentemente, todos quieren ser "los apoderados" de Dios. Pero nuestra Escritura dice claramente: "Existía la luz verdadera, que con su venida a este mundo ilumina a todo hombre" (Jn 1,9).
Domingo, 19 de mayo
Alejandro Palacios Alvarez
Manuel Mandianes
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
Francisco Baena Calvo
Josemari Lorenzo Amelibia
Rufo González Pérez
Asoc. Humanismo sin Credos
Francisco Margallo
Jose Gallardo Alberni