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Los Reyes Magos de Occidente

05.01.09 | 19:41. Archivado en Las cosas de Juanito Deca

Le asombraba a Deca que la mayor parte de la gente, y de los supuestos expertos y analistas -lo que era más preocupante- sólo desearan superar la actual crisis para volver a las andadas, al mismo modelo económico, al mismo desarrollo insostenible, al mismo sistema de vida insano, al mismo consumismo absurdo, de despilfarro y ansiedad.

Era el mecanismo que ya había empleado Franco y los tecnócratas del Opus en los años sesenta para crear la etapa de desarrollo económico más veloz en siglos. El mecanismo con el que el primer gobierno de José María Aznar había rescatado al país del pozo en el que le había sumido el mismo Pedro Solbes de ahora en el último gobierno de Felipe González. El mecanismo del que había abusado el segundo gobierno de Aznar impotente para corregir el modelo de ladrillos especulativos con créditos baratos. El mecanismo que finalmente había mantenido insensatamente el primer gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero sólo para conseguir a duras penas un segundo mandato.

Sentía ante estos consensos trasversales, la misma indefensión que ante las camarillas oportunistas de supuestos antifranquistas de entonces, conversos ahora a un supuesto liberalismo. ¿Podía tergiversarse la historia reciente? Casi siempre, como la historia lejana. ¿Podía un país elegir lo que no le convenía, lo que le mantenía atrasado y rudo y basto y hortera? A la vista estaba. Querían seguir construyendo viviendas inhabitables y desocupadas, que destruían el ambiente, y cualquier estética medianamente equilibrada. Querían seguir importando mano de obra descualificada para explotarla malamente. Querían consolidar el modelo de funcionariado indolente, de hostilidad hacia la excelencia, de chapuza, chanchullo y chollo, las tres ches de nuestros pecados.

Vivíamos una orgía de opiniones inducidas peor que las epidemias de gripe inconfesables. Sufríamos la pesadilla de lo que había que decir y de lo que no había que decir, de la suma de todos los engendros concretada en esa llamada opinión pública. Una pequeña y poderosa nación llamada Israel se atrevía a desafiarla de nuevo en Gaza conjurando sobre todo sus propios fantasmas, los de la doble e inexplicada derrota de El Líbano.

No pasaba nada en estos primeros días del año nuevo. La dictadura cubana cumplía medio siglo, goteaban matanzas en África. No se había estrenado aún el nuevo gobierno de Estados Unidos, y ya tenía una baja por corrupción administrativa, y era el componente hispano -vaya por Dios- mister Bill Richardson. Nadie se había escandalizado porque don Pedro Almodóvar de los Progres fuera una de las víctimas de Maddoff, -la trampa financiera para ricachones avarientos- , y mucho menos de que junto a él y entre los afectados figurara don Antonio Mingote de los Carcas. Y es que levedad moral, culto a la pasta y doblez de conciencia unificaban todas -incluidas las separatistas- las españas.

Los católicos, sesenta años después de la encíclica que condenó a la píldora anticonceptiva, daban ahora con un argumento reseñable: se consumían tantas, que las hormonas que contienen, vía orina femenina, contaminaban el medio ambiente y a partir de ahí, la misma virilidad masculina, la salud de los espermatozoides, el futuro de la especie humana.

Cada año los Reyes Magos traían las alforjas más ligeras. Juanito Deca ya había recibido regalos en Nochevieja, pero siempre la víspera de Reyes le ponía expectante y, como las magdalenas a Marcel Proust, le transportaba por unos segundos, en rápidas imágenes, a la lejana infancia. Este año les había pedido ilusiones para no doblegarse, y paciencia para seguir resistiendo la prueba. Era muchísimo. Pero siempre cumplían.


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