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Aquel Juan Pablo I: treinta y tres días de papado, y repentina muerte

30.09.08 | 17:46. Archivado en Papado Ratzinger, Vaticano y Santa Sede
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Hoy hace treinta años de que falleciera repentinamente Juan Pablo I dando un buen susto a la cristiandad y la humanidad entera. Había sido elegido para suceder a Pablo VI hacía tan sólo 33 días. Su muerte fue tan chocantes que hasta hoy mismo han llegado las hipótesis más arriesgadas, incluido su envenenamiento. Para recordar este capítulo de la historia de la Iglesia Católica tan reciente y tan polémico, publicamos un resumen de la vida y muerte de Luciano Luciani, Juan Pablo I, procedente del libro 'Fumata blanca: la elección de Benedicto XVI y la turbulenta historia de los cónclaves de la iglesia católica'. Se trata del capítulo XIV del mismo.

EL MISTERIOSO ALBINO LUCIANI

En medio de fuertes medidas de seguridad -unos 5.000 policías, agentes antiterroristas y la guardia de honor-, 100.000 personas presencian el traslado de los restos mortales del papa Pablo VI desde la residencia veraniega papal de Castelgandolfo a la basílica de San Pedro, donde van a recibir sepultura. La comitiva ha abandonado la capilla ardiente de la residencia veraniega a las 6 de la tarde del 8 de agosto de este 1978 que será tan intenso e impredecible para la Iglesia Católica. Aunque, en principio, se habló de trasladar el féretro en helicóptero, usado siempre en vida por este papa para ir y venir de Castelgandolfo al Vaticano, fue finalmente una comitiva automovilística la que a marcha lenta recorrió los veinte kilómetros que separan Castelgandolfo de Roma en medio de un despliegue policial sin precedentes, como si temieran que las Brigadas Rojas intentaran secuestrar el cadáver.

A las siete de la tarde, el cortejo fúnebre llegó a la basílica de San Juan de Letrán, donde espera el cardenal camarlengo Villot, el ‘regente’ del Vaticano entre fallecimiento y proclamación, acompañado de su comisión auxiliar de tres cardenales, y las autoridades civiles. Después de una plegaria, el cortejo ha reemprendido la marcha atravesando la ciudad de Roma hasta el Estado del Vaticano. En el límite de los territorios italiano y vaticano le han rendido honores militares las tropas de la República.

En la basílica de San Pedro esperaba el Colegio Cardenalicio y el Capítulo Vaticano; el templo ha quedado cerrado hasta la mañana siguiente. El rostro del fallecido permanecerá cubierto durante todo el tiempo de exposición hasta el entierro.

PARA DESPUÉS DE UN CONCILIO

Ahora hay que elegir sucesor. Va a ser el primer cónclave que se celebre tras el Concilio Vaticano II. Un nuevo clima en el que a la pregunta tradicional ¿qué Papa? se unen ahora las demandas ¿para qué Iglesia? Y, ¿para qué mundo? Así que la elección papal se convierte en una elección eclesiástica, como si también se eligiera el modelo futuro de iglesia. Ahora la institución ya no es solamente una pirámide jerárquica, sino ante todo ‘el Pueblo de Dios’. O al menos así se formula teóricamente. La monarquía pontificia deberá articularse con las prerrogativas colegiales de los obispos que han sido subrayadas en el Concilio Vaticano II.

El tema esencial de debate en el precónclave es el desarrollo de la colegialidad episcopal, en suma, el reforzamiento del Sínodo de los Obispos. Los cardenales del sector 'conciliar' parecen muy sensibles al tema, a tenor de sus declaraciones públicas, sobre todo tras las frustraciones sufridas con los titubeos de Pablo VI a la hora de llevar a la práctica sus afirmaciones teóricas sobre los poderes reales del Sínodo.

El énfasis de las discusiones está en la restauración o no de la ortodoxia y de la disciplina para poner freno a desórdenes, divisiones, crisis de vocaciones y demás herencias de los quince años de reinado de Montini. Todo indica que el próximo Papa tendrá que enfrentarse a los católicos progresistas, un amplio abanico que incluye cristianos para el socialismo, defensores de la teología de la liberación, intelectuales ecuménicos, e incluso nuevas comunidades de vida religiosa. Todos estos grupos aceptan al Papa únicamente como obispo de Roma que mantiene la unidad de todos los cristianos. Se trata de una iglesia ‘paralela’ con la que Pablo VI fue crítico pero sin llegar a la condena.

Los progresistas aspiran al diálogo con los comunistas, al compromiso histórico, a empujar por las brechas abiertas en el concilio en pos de una transformación social, de una 'iglesia de los pobres', de la liberación social , de la revolución tercermundista. El proceso terminará justo en su antítesis, en Karol Woytila. Y es que como en otras instituciones, a medida que se sube en la pirámide de poder, aumenta el conservadurismo: el Colegio cardenalicio es otro mundo, a él no llegan con facilidad los vientos de moda que corren en la calle.

Giusseppe Alberigo, importante historiador italiano, escribe en un diario que la unidad de la Iglesia es más una comunión con las grandes orientaciones que una uniformidad rígida y que, desde este punto de vista, 'el servicio papal se configura cada vez más como responsabilidad de orientar por medio de una fraterna colaboración con todos los obispos'. A miles de kilómetros de distancia de la realidad aún vigente, un Papa infalible.

El teólogo francés Yves Congar en nombre de los sectores partidarios de reforzar la democracia interna o al menos iniciar ciertos pasos, escribirá que un Papa que se comporte como propietario absoluto de la iglesia, sin suficiente consideración hacia las exigencias de la comunidad cristiana y los derechos de los obispos, será un papa 'herético' según la antigua tradición de los Padres de la Iglesia.

La ofensiva de la izquierda católica es muy fuerte y en todos los frentes.

EL VOTO DE LA OPINIÓN PÚBLICA, EL VETO DE LOS MEDIOS

Los medios de comunicación de masas demuestran su protagonismo. La opinión pública participa a través de ellos en el debate precónclave como nunca antes había ocurrido. Los cardenales aceptan ser entrevistados en diarios, radios y televisiones, de tal forma que va surgiendo un cónclave paralelo de frente al público. En EE.UU. un 'Comitee for a responsable election of the Pope (CREP)' publica 'The Inner Elite' (La élite interna), un análisis previo a cargo del escritor Gary McEoin, con las biografías de todos los componentes del Colegio cardenalicio; y algunos cardenales americanos ya lo llevan en la maleta cuando llegan a Roma.

El conocido comentarista padre Congar defiende en el diario católico francés ‘La Croix’ la elección de un papa no italiano, del Tercer Mundo y con visión social, y hasta se atreve a sugerir dos nombres: el holandés Johannes Willebrands, vicesecretario del dicasterio para la Unidad de los Cristianos, y el brasileño Paulo Evaristo Arns, franciscano y arzobispo de Sao Paolo.

El mismo 6 de agosto –si las fechas no están equivocadas, es decir, el mismo día que fallece Pablo VI- se ha publicado un manifiesto de teólogos progresistas de prestigio internacional -entre ellos, el propio Congar, Hans Küng, Marie Dominique Chenou, Gustavo Gutiérrez y Edward Schillebeeckx- partidarios de elegir un papa 'que acepte el riesgo de compartir el propio poder con los obispos', transformando el Sínodo en un 'órgano deliberante'. Por su parte, dos teólogos alemanes piden públicamente que se elija a alguien capaz de responder a las expectativas de los pobres de la Tierra.

José María Martín Patino, vicario de la diócesis de Madrid con el cardenal Tarancón, persona influyente en la conferencia episcopal española y representante preclaro de las tendencias progresistas españolas, escribe en el diario español ‘El País’ ese 20 de agosto: "Con la muerte de Pablo VI comenzó el juego de los pronósticos sobre los cardenales papables. Pero ¿depende de la estructura mental de ese hombre el futuro camino de la Iglesia? ¿Hasta qué punto interesa que sea o no italiano? ¿Quién nos garantiza que el hecho de ser africano, indio o suramericano le dé competencias para «desoccidentalizar» a la Iglesia? No deja de sorprenderme la importancia que los sectores progresistas siguen dando a la elección de la persona. El ex abad de San Pablo, Giovanni Franzoni, pide un Papa que no sea «Papa», es decir, que no sea «soberano», «un Papa que sepa destruir esa jaula de oro que es el papado como estructura jurídico- político-institucional».

Y prosigue: “En términos parecidos se han pronunciado otras voces progresistas. La distinción entre «papado histórico» y «ministerio de Pedro» no es una invención de los cristianos revolucionarios. Es del mismo concilio y a ella se acaban de referir un grupo de teólogos centroeuropeos. Pero lo que a mí, al menos, me llena de esperanza es que el pontificado de Pablo VI signifique un paso decisivo en orden a esa especie de «purificación» del papado en la búsqueda del auténtico «ministerio de Pedro». Lo que a la muerte de Juan XXIII se percibía como un impulso inconcreto, hoy aparece encarnado ya... Pedir un Papa «católico» y una curia romana verdaderamente internacional, exigir una descentralización de la Iglesia, puede ser una manera humana de hablar. Pero no equivale a decir que necesitamos un Pontífice de la India, de África o de Suramérica. Lo que se pide es que el sucesor de Pedro sea capaz de identificar, en la fe de Cristo, las voces de todos los continentes, pueblos y culturas. Lo de menos es su región de origen: lo importante es que tenga un corazón sencillo y desprendido a la vez que libre enérgico, para llevar a cabo toda la purificación necesaria del ministerio que encarna".

Martín Patino está pidiendo, como tantas otras voces en esos días previos al cónclave, “un Papa que sepa destruir esa jaula de oro que es el papado como estructura jurídico- político-institucional”, un papado ‘purificado’, una iglesia ‘descentralizada’.

Entre 7 y 24 de agosto, los cardenales participan en 14 consecutivas Congregaciones Generales, presididas por Carlo Confalonieri, decano del colegio cardenalicio. Se van leyendo las sucesivas 'relaciones' preparadas por Villot, informes sobre la situación de la Iglesia en los distintos campos. En el terreno financiero, los cardenales son informados del enorme aumento del déficit vaticano en el pontificado de Pablo VI, aunque no se aborda el meollo del escándalo del IOR, la institución financiera vaticana.

El cardenal Suenens propone públicamente que, además de elegir Papa, se forme algo semejante a un ‘Consejo de la Corona’ que asesore al Papa; se le opone igual de públicamente Pericle Felici, ex secretario del Concilio. El 'partido romano' del que forma parte no quiere abrir ese tema que podría llevar al de la reforma de la Curia. Pero tras el pontificado de Pablo VI, este ‘partido romano’, como es conocido históricamente el grupo de presión de la Curia, no puede ya imponer un candidato.

Los electores son 111, descontados tres que están enfermos y no pueden asistir. 28 pertenecen a la Curia pero representan muy plurales orientaciones. Y 83 han sido o son todavía cabeza de diócesis. La proporción de europeos ha pasado de ser 55 de 80 en 1963, a 56 sobre 111. De América Latina son 21; de África son 12; de América del Norte, 10; de Asia, 9; de Australia y Pacífico, 3.

Es el cónclave con mayor número de electores de la historia, y proceden de 30 países; los no europeos por vez primera son tantos como los europeos, y la Curia no alcanza el tercio requerido para bloquear una candidatura. Sólo doce de los electores no han sido nombrados en vida de Pablo VI lo que habla de su labor de renovación. La mayoría de los electores lo son por vez primera en su historia. Y eso también ocurre con papables como Giovanni Benelli, arzobispo de Florencia, Albino Luciani, patriarca de Venecia, y Sergio Pignedoli, presidente del Secretariado para el Diálogo con los No Cristianos.

‘SÓLO LOS INGENUOS PIENSAN QUE NO HAY POLÍTICA’

«Sólo los ingenuos pueden pensar que la elección de un Papa sea tan distinta de las demás elecciones humanas y que no haya lugar para la política.» declara el religioso y sociólogo americano Andrew Greely.

En la calle se piensa que el nuevo Papa tendrá que vérselas con la difícil cuestión de la colaboración no sólo social, sino también política entre católicos y comunistas. Basta leer los periódicos estos días para darse cuenta cómo con el elogio o la crítica de ciertos aspectos del pontificado de Pablo VI se mandan mensajes cifrados que indican las preferencias de las diversas fuerzas políticas. Se insiste mucho en la prensa en la importancia de que en este cónclave se deje oír con mucha mayor fuerza que en los anteriores la voz de la base, porque por primera vez el Concilio Vaticano II ha dado mayoría de edad al laicado católico, por primera vez la Iglesia es el «pueblo de Dios» y no una élite jerárquica de obispos y cardenales.

Los cardenales de la Curia que más criticaron el aperturismo de Pablo VI y su debilidad en condenar «ciertos extremismos doctrinales» son Oddi, Felici y el dirigente del Opus Dei romano, Pietro Palazzini. A éstos se añade el anciano Ottaviani, que no votará porque tiene más de ochenta años, pero que será activo en sus conversaciones con los electores durante el precónclave. Este es el grupo más unido de la Curia, el más conservador, y tiene buenas amistades, tanto con italianos como el cardenal Siri, de Génova, y Luciani de Venecia, como con los influyentes alemanes Volk y Hoeffner, quienes a su vez mantienen buenas relaciones con algunos cardenales de América Latina y de Polonia, que reciben de ellos ayuda económica vital. Según el diario de Milán ‘Il Giorno’, «la organización laica española del Opus Dei es una de las que más apoya a la corriente de derechas de la Curia». Uno de los cardenales que simpatizan con el Opus Dei es, según este diario, el polaco Woytila.

Por su parte, el cardenal Benelli, que fuera gran colaborador y amigo de Pablo VI hasta ser apartado de la Curia, es para los medios de comunicación el candidato que podría recoger más votos entre los moderados de centro y los progresistas. Se dice que le votarían muchos cardenales del Tercer Mundo que le reconocen una gran capacidad de trabajo, una honradez indiscutible y un carácter amable y firme al mismo tiempo.

Benelli entra de lleno en la batalla con unas declaraciones que son una acusación poco velada y muy fuerte a sus adversarios ideológicos. Según él, sería completamente cierto que fue necesaria toda la paciencia y la gran comprensión y capacidad de diálogo de Pablo VI para evitar, después del Concilio, un nuevo cisma en la Iglesia. Se trataba de aquella parte de la Iglesia que había aceptado a regañadientes el Concilio y que no compartía la labor, según ellos traidora a la tradición, realizada y promovida por el papa Montini. Las espadas están afiladas en un combate trascendental para marcar el rumbo que va a tomar la Iglesia.

Mientras, los cardenales no europeos barajan los nombres del holandés Willebrands, el argentino Pironio y también el del polaco Wojtyla, que se ha dado a conocer en el último Sínodo y ha sido elegido para formar parte de su secretaría permanente. El argentino Pironio, considerado progresista y capaz de mantener un diálogo serio con los movimientos más abiertos sin ser un revolucionario, es el candidato de América Latina más fuerte. Nunca como esta vez en Italia se habla de la posibilidad de la elección de un papa no italiano.

El cardenal König, arzobispo de Viena, que ha sido el primero en renunciar públicamente a un hipotético nombramiento, -algunos dicen maliciosamente que para demostrar su humildad- se declara favorable a la elección de un africano o de un asiático.

Uno de los «papables» que aparece más sólido en estos primeros días es como decimos Johannes Willebrands, de 69 años. Fue durante el Concilio uno de los mayores paladines de la acción ecuménica. Y está en la Curia como vicesecretario del dicasterio para la Unidad de los Cristianos.

Entre los muchos candidatos extranjeros que se barajan, la prensa italiana recuerda que existen dos españoles de prestigio internacional, abiertamente a favor de la línea conciliar y que han demostrado gran capacidad de diálogo con la base en sus respectivas diócesis: se trata de Vicente Enrique Tarancón y de Narciso Jubany Arnáu, de los cuales indican incluso que tienen la edad «justa» para ser buenos candidatos. Efímero.

Hay reuniones extraoficiales como la del 23 de agosto en el Seminario francés de los cardenales de esta nacionalidad. Los grupos afines por nacionalidad o ideas se preparan.

En realidad, y como en cualquier colectivo humano situado ante una decisión, están los tres sectores de siempre, aunque varíen las etiquetas: los más innovadores, los dubitativos y los más tradicionales. Eso es todo.

SE PERFILA EL CHOQUE: BENELLI VERSUS SIRI

El partido romano sondea a Siri como una candidatura restauradora, y éste se ve ya Papa. 'Creo que se debe poner orden en el campo doctrinal', declara a la televisión. Pero no es el único miembro de la Curia en 'la rosa de los papables'. Están también Ugo Poletti, Sebastiano Baggio, prefecto de la Congregación de los Obispos, y Sergio Pignedoli, del Secretariado para los no cristianos, ambos muy ligados al Papa fallecido que podrían representar al 'partido montiniano de la Curia', que aunque quiere mitigar los vientos conciliares y poner orden, no va a hacer tabla rasa y sólo exige que no regrese Benelli al Vaticano bajo ningún concepto.

El cardenal Gabriele Garrone, uno de los prelados franceses traídos por Pablo VI a la Curia, declara que 'la Iglesia necesita una pausa de reflexión. Se necesita un hombre que pueda aplicar el Concilio en un clima de serenidad'

Giovanni Benelli viene unas horas desde Florencia, para reunirse con los electores latinoamericanos por un lado, y con franceses y centroeuropeos por otro. Mueve mejor que nadie los hilos y cree que ningún candidato ‘montiniano’ puede obtener mayoría suficiente; que la Curia está dividida entre ‘montinianos’ moderados y partidarios de Siri, y que la mayoría de los cardenales no quiere a alguien que sólo cuente con experiencia burocrática.

Benelli es centrista como mucho, usando una clasificación laica, y algunos creen que adverso a un acercamiento al marxismo. Pero para la Curia es Lucifer ‘in person’. Así las cosas, el arzobispo de Florencia analiza fríamente el panorama y llega a la conclusión de que nunca conseguirá los dos tercios necesarios de los votos. Entonces avanza la candidatura de Albino Luciani, una criatura del Concilio pero sensible a la ortodoxia.

Benelli es odiado en la Curia, que no ha cesado hasta conseguir su traslado a Florencia tras desempeñar el cargo de sustituto de la Secretaría de Estado, desde donde ha hecho uso de su gran predicamento sobre Pablo VI. Internacionalmente tiene muchos contactos y es considerado progresista. El ‘taranconismo’ español antifranquista le debe todo. Sin embargo, en Italia es visto casi como un reaccionario. Él sabe que no puede ganar. Y por eso pone sobre la mesa a su candidato: italiano, centrista, externo a la Curia, de 65 años, -una edad suficientemente avanzada para no temer que se eternice en el trono-, y además de salud más bien mala. Albino Luciani, un ‘montiniano’ moderado que en 1974 había sonado para prefecto de la Congregación del Clero. Un Papa de compromiso para un papado corto. Nadie podía figurarse cuán corto sería realmente.

Luciani le debe a Pablo VI el arzobispado y la birreta cardenalicia. A nadie le ha pasado desapercibido en la Curia el gesto del papa Montini que en visita a Venecia, colocó su estola sobre los hombros del hombre del que se pensaba que era su favorito para sucederle. El arzobispo de Dakar contará que preguntó en esos días a Luciani que le parecía que su nombre sonara como futuro Papa y que éste le respondió secamente: 'No es asunto mío'.

Benelli concede nuevas declaraciones a los medios sobre la necesidad de desarrollar los poderes sinodales, palabras que placen a los progresistas. Y emerge como el gran muñidor de este cónclave, el ‘pope-maker’, el ‘gran elector’ como se denomina a aquellos influyentes personajes que no pueden aspirar a ser elegidos pero que terminan decidiendo por activa o por pasiva quien va a serlo. Junto a él, hay otro ‘gran elector’ en este cónclave según Walsh: el decano del Colegio, Carlo Confalonieri, que no podrá votar por tener más de ochenta años, pero que llega a la misma conclusión que Benelli: el hombre es Luciani.

El arzobispo Albino Luciani viene de una familia de inclinaciones socialistas, pero ha combatido públicamente al comunismo. Es conservador en cuanto a la doctrina, pero no está cerrado a las nuevas ideas. Ha publicado incluso un libro de éxito titulado ‘Illustrissimi’ compuesto de cartas escritas a personajes de ficción, entre ellos Pinocho. El libro será distribuido a todos los cardenales por sus partidarios.

El grupo de Siri y Felici está al borde del pánico, cuenta Zizola, tras la iniciativa de Benelli a favor de Luciani. Piden a Villot que llame al orden a los cardenales, recuerde la obligación de silencio que está siendo constantemente violada, y no permita más reuniones privadas. Pero todo es inútil porque los pronunciamientos públicos aumentan. La revista 'Time' de 28 de agosto cree saber que Luciani es el favorito de Benelli y Confalonieri. La italiana ‘L'espresso' de 27 de agosto confirma que Luciani es el candidato 'incoloro' que Benelli guardaba en la manga. Un historiador belga, Jan Grootaers, alude públicamente a 'los estrechos lazos que unen al cardenal Suenens con el cardenal Benelli que pueden alcanzar también a Luciani, que parece además contar con partidarios entre los cardenales latinoamericanos”.

Vaticanistas italianos mantienen que los candidatos que se perfilan, Luciani y Siri, vienen representando un fuerte enfrentamiento en la Conferencia Episcopal italiana en torno a si la iglesia debería tomar posición pública contra el divorcio. Pero si Siri es conservador en ésta como en todas las demás materias, es sabido que Luciani se manifestó claramente en contra también del divorcio y disolvió en su diócesis algunas organizaciones católicas que se habían declarado a favor. Otros han opinado que las diferencias entre ambos son políticas, y proceden del inicio del Concilio.

ÚLTIMAS QUINIELAS: ENTRA PELLEGRINO, SALE PIRONIO

Faltas tres días para el cónclave y no existe un sólo candidato que pueda recoger, según los vaticanistas, más de veinte votos. Se supone que va por delante el cardenal Pignedoli: se le considera de «centro izquierda», el más parecido a Montini. Le sigue Baggio, prefecto de la Congregación de Obispos, considerado de centro. También están Poletti, obispo de Roma; Poma, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana; y finalmente, Luciani, patriarca de Venecia, todos tachados de figuras grises. Ninguno se acerca ni de lejos a la personalidad que poseía Montini.

Las candidaturas de no italianos van desapareciendo una tras otra. El más claro parecía el argentino Pironio, pero para la derecha curial es casi comunista.

Si el cónclave es muy breve, como siguen afirmando algunos cardenales, no habrá sorpresas y será Papa un hombre de transición de la escuela de Pablo VI, pero con mucha menos personalidad que él, como Pignedoli, acusado, no obstante, de tener demasiadas ganas de ceñir la tiara y de haberse movido mucho estos años para prepararse la sucesión, buscando empatía con los electores del Tercer Mundo.

En los ambientes progresistas se lanza el nombre del cardenal Pellegrino, que era catedrático cuando Pablo VI lo hizo obispo. Su primera intervención en el Concilio dejó una gran huella: pidió que se aprobara -y así fue- una cláusula que concediera a seglares y religiosos «libertad de expresión en las materias de su competencia». Fue el espaldarazo a la nueva teología. Como arzobispo de Turín, se enfrentó con la poderosa empresa automovilística Fiat. Se le conoce simplemente como el padre Pellegrino. Se ha retirado el año anterior, oficialmente por motivos de salud, pero se rumorea que ha influido en su decisión la Conferencia Episcopal Italiana, que lo consideraría demasiado incómodo. Sería un verdadero «hombre de Dios», pero, con 76 años cumplidos, resulta demasiado viejo.

Pellegrino es "el más amado de todos los cardenales», para el diario de izquierdas ‘La Repubblica’. "Es probablemente el más abierto socialmente y de una profundísima espiritualidad", dicen sus partidarios. En vísperas del cónclave, afirma ante una asamblea juvenil en Asís que no es posible pensar en una vuelta al pasado y que el camino iniciado es irreversible. «Un símbolo de esta Iglesia que se despoja del poder y se acerca a lo hombres y a las cosas esenciales”, dice, “es el cuerpo de Pablo VI sepultado en la tierra desnuda”. Pero la candidatura no progresa a pesar del apoyo mediático. Pellegrino no conseguirá ni un solo voto cuando se inicie el cónclave.

Las agencias de viaje anuncian –exagerando, obviamente- para los próximos días la llegada a Roma de más de un millón de peregrinos, turistas y curiosos procedentes de los cinco continentes. Quieren ver el gran acontecimiento en directo, esperar emocionados en la plaza de San Pedro a que aparezca la fumata blanca, contemplar al elegido cuando se asome por vez primera al mismo balcón al que se han asomado desde hace siglos los pontífices que acaban de heredar el trono de Pedro.

111 VOCES CONVOCAN AL ESPÍRITU SANTO

Los 111 electores se encierran en cónclave a primeras horas de la tarde del viernes 25 de agosto de 1978, cantando el ‘Vieni Creator Spiritus’. Entran en procesión desde la capilla Paulina a la capilla Sixtina. Todos vestidos con el color púrpura de la sangre, símbolo de la total entrega de los cardenales a Jesucristo ‘hasta el martirio’. Faltan al menos quince ‘eminencias’ mayores de ochenta años a los que la ‘Ingravescentem aetatem’ de Pablo VI ha dejado fuera del cónclave. Protestarán, y algunos de forma sonora, pero nada puede hacerse en el interregno, aun en el caso de que el resto del Colegio hubiera apoyado la abolición de la norma dictada por el fallecido. Cosa que, desde luego, está lejos de ocurrir.

La ceremonia de inicio del cónclave es retransmitida por Mundovisión. Vuelve a pronunciarse la célebre frase ‘Extra omnes’, ‘fuera todo el mundo’. Suenan los cerrojos y los príncipes de la Iglesia se despiden «del mundo y sus pompas». ¿Hasta cuándo? Esta es la pregunta que se hacen los casi mil informadores que cubren el evento para los medios de comunicación de todo el mundo. El anciano cardenal Ottaviani ha declarado que podría durar diez días. Los partidarios de la prudente continuidad montiniana, es decir, los centristas, creen sin embargo que podrá resolverse en un par de días. Los progresistas piensan también que no será muy largo, pero ven difícil una elección antes del lunes por la tarde. Si se prolongase aún más, sería prueba, dice el diario milanés ‘Il Corriere della Sera’, de que ‘existe entre los electores un desacuerdo total entre grupos antagónicos, lo que revelaría al mundo una ruptura dolorosa en el interior de la máxima jerarquía de la Iglesia’.

83 de los presentes han sido o son aún obispos y tradicionalmente miran a la Curia con desconfianza, por lo que les gustaría ver elegido a uno de los suyos. Son 28 los cardenales que pertenecen a la ‘corte’ vaticana, el sector considerado más conservador (sobre todo cuando se trata de sus privilegios), con pocas probabilidades de imponer un candidato propio; por eso piensan que será un cónclave muy largo. Este bloque de purpurados son numéricamente una cuarta parte de los cardenales con misión pastoral, pero tienen sobre ellos una ventaja importante: se conocen mucho mejor entre ellos y conocen mejor a todos los demás.

Los observadores destacan que la historia de la lglesia demuestra que los cónclaves nunca siguieron la «lógica de la razón». En todo lo que va de siglo, la Curia ha maniobrado para lograr la elección de sus candidatos, y muchas veces ha tenido éxito.

El camarlengo Villot ordena la lectura de los principales pasajes de la constitución apostólica de Pablo VI, último pontífice en retocar las normas que regirán el cónclave. Uno por uno, los cardenales juran ante el Evangelio cumplirlas. Villot cierra la ceremonia exhortándoles a decidir pensando solamente en el bien de la Iglesia.

Después de la ceremonia que da inicio oficialmente al cónclave, los cardenales se retiran a sus celdas. En la Capilla Sixtina quedan el camarlengo y sus tres asistentes -entre ellos, Jubany, arzobispo de Barcelona-, con el secretario del cónclave y el maestro de ceremonias. Tras la inspección reglamentaria, echan la llave por dentro: ‘con clave’, la condición esencial que da nombre al procedimiento. A partir de ahora, todo es secreto, nada puede trascender al exterior. Aunque de hecho trascienda, haya trascendido en todos los cónclaves de la historia y cada vez más desde el siglo anterior, a medida que la sociedad humana se hace más permeable y permite circular más y mejor la información.

El sellado por fuera de la Capilla Sixtina es efectuado por un selecto grupo de funcionarios vaticanos designados para ello: el prefecto de la casa pontificia, el delegado especial del Estado de la Ciudad del Vaticano, el comandante de la guardia suiza y algún otro. Las llaves quedan en poder del delegado especial.

QUÉ CLAUSTROFOBIA, DECIDAMOS YA

La clausura es total: puertas con la cerradura echada, los cristales de las ventanas con una capa de pintura, nada de correo, ni radio, ni periódicos. El calor es asfixiante; la falta de intimidad, difícil para estos ancianos. Camastros, baños compartidos al final del pasillo, comidas extremadamente austeras. Es muy probable que todo ello potencie la rapidez con que se van a desenvolver las sesiones. Todo con tal de salir del encierro.

La estufa donde se queman las papeletas tras cada votación, está ya dispuesta para informar del resultado con sus ‘fumatas’ blanca o negra.

La mañana del sábado 26 de agosto se celebra la misa en honor del Espíritu Santo en la Capilla Sixtina. Tras el desayuno, los cardenales se reúnen a las 9,30 para el primer escrutinio.

Los nombres de los dos candidatos más claros -Siri y Luciani- aparecen esa mañana en un par de diarios italianos. Ya hemos contado que ‘Time’ y ‘L’espresso’ han dado como favorito a Luciani. ‘Le Matin’ explica que hacia Luciani podría inclinarse incluso el sector conservador que busca la restauración doctrinal y disciplinaria, dada su biografía teológicamente conservadora. Se señalan las concomitancias entre el cardenal Suenens y Benelli –‘padrino’ de Luciani- y que el primero tiene fuerte influencia entre cardenales norteamericanos y holandeses, así como muy buenas relaciones con el británico Hume. Parece que la Conferencia Episcopal Italiana se decanta por su vicepresidente actual, Luciani, frente a su anterior presidente, Siri.

Cada elector, cuando es convocado, deposita ante el altar su papeleta en un cáliz que hace de urna, pronunciando la frase: 'Pongo por testigo a Cristo nuestro Señor, que me juzgará por ello, de que elijo a aquel que ante Dios juzgo que debe ser elegido'.

'Primer escrutinio, una rosa de nombres', revelará posteriormente Suenens. Se necesitan 75 votos para alcanzar los dos tercios más uno. Por confidencias del cardenal guatemalteco Mario Casariego, se sabe que en el primer escrutinio hubo 25 votos para Siri, 23 para Luciani, 18 para Pignedoli, 9 para Baggio, 8 para König, 5 para Bertoli, 4 para Pironio, 2 para Felici y 2 también para el brasileño Lorscheider, probablemente uno de ellos de Luciani.

Pueden considerarse dentro de la corriente conciliar los votos de Luciani, König, Pironio y Lorscheider, 37 en total, mientras el partido romano suma los de Siri, Bertoli y Felici hasta 32; entre ambas tendencias se sitúan los 'montinianos de Curia' de Baggio y Pignedoli con 27 votos conjuntamente. Tres tendencias –izquierda, derecha y centro- bastante igualadas.

En el segundo escrutinio aumenta considerablemente el respaldo a Luciani que se coloca en cabeza, con 53 votos, casi doblando su primer resultado. Siri sube un sólo voto y llega a 24, y Pignedoli desciende a 15; es decir, los ‘montinianos’ se están pasando a Luciani, cuaja el centro-izquierda. Aparecen 4 papeletas con el nombre de Wojtyla. La fumata negra se eleva a los cielos.

Después de comer, el húngaro Lázló Lékai se acerca a Luciani para comentarle que las cosas le van muy bien. ‘Es sólo tormenta de verano’ responde un Luciani muy diplomático.

Según las confidencias de Vicente Enrique y Tarancón, el español reunió en su celda, durante el descanso del mediodía entre los dos escrutinios, a una serie de cardenales para impulsar definitivamente a Luciani frente a Siri: entre los asistentes, Suenens y König. 'Hablamos entre nosotros porque nos sentíamos perdidos', dicen que contaría Tarancón posteriormente. Más que perdidos, a punto de la victoria.

A las 16,30 se produce lo esperado. Luciani sube a 70, Siri baja a 12 y son 10 los de Pignedoli. Todo indica que el ‘partido romano’ se ha inclinado por el primero. Se pasa inmediatamente al cuarto escrutinio en un ambiente de excitación, que resulta casi plebiscitario: 101 votos obtiene Luciani; ocho electores votan en blanco, probablemente los más intransigentes de los conservadores. Hay un voto por el cardenal brasileño Lorscheider que se atribuye al electo. Surge una ovación de los cardenales en pie, dejando caer el baldaquín de sus asientos en signo de homenaje al elegido, tal como marca el ritual de siglos.

Siri, que acariciaba seriamente la elección, ha sido sonoramente derrotado. El inglés Hume dirá que se ha escogido ‘al candidato de Dios’. Hoffner contó que no hubo necesidad de recuento.

Para Allen, este cónclave ofrece el mejor paralelo de entre todos los del siglo XX con el que elegirá al sucesor de Wojtyla. Por dos razones: tiene lugar tras un largo y polémico papado y será protagonizado por un Colegio Cardenalicio sumamente internacionalizado.

La dinámica de la elección estuvo marcada por la dualidad clásica entre impulsar las reformas (en este caso las que puso en marcha Juan XXIII y aplicó de forma renqueante Pablo VI) o entrar en un período de conservadurismo y consolidación. Se buscó un compromiso; un compromiso fácil, pues se logró en 24 horas. Lo importante es que fue el mismo Benelli, el candidato del continuismo progresista, quien dándose cuenta de sus limitaciones impulsó a Luciani, que además de un talante más llevadero para los conservadores, había trabajado en países del Tercer Mundo y gozaba de la amistad del brasileño Arns, una especie de oráculo de los cardenales iberoamericanos.

Dicen algunas fuentes que Luciani dudó si aceptar, pero el caso es que cuando Villot le formula la pregunta ritual, '¿Aceptas la elección canónicamente realizada de tu persona como Sumo Pontífice?', responde sin vacilaciones: 'Acepto'. '¿Con qué nombre?', 'Giovanni Paolo Primo', responde de nuevo. Ha elegido el primer nombre doble que porta un Papa, el nombre conjunto de sus dos predecesores para subrayar fidelidad a su memoria y continuidad con su obra. Es el segundo arzobispo de Venecia elegido Papa en 20 años: ha sucedido a Juan XXIII en esa diócesis.

Se viste de blanco y recibe el homenaje de los cardenales. A las 19,00 horas el cardenal Pericle Felici anuncia al 263º Papa. Ha sido el cónclave más rápido del siglo después del que eligió a Pío XII en 1939. 'Un proceso bien preparado de convergencia de los consensos de por sí heterogéneos en un diseño programático suficientemente apreciado por la mayoría, más de compromiso que unitario' lo define Zizola.

PAPA SIN TIARA

Luciani cena con los cardenales electores. El 30 de agosto, en su primera audiencia, decide no leer el discurso preparado por la Secretaría de Estado, e improvisa: 'Soy un novicio en el Vaticano, no sé nada de los engranajes de esta especie de mecanismo de relojería. Lo primero que he hecho ha sido hojear el Anuario Pontificio para ver el quién es quién y cómo funciona la máquina'.

El 3 de septiembre, la tradicional coronación se convierte en sencilla inauguración pastoral, y es el primer papa que no se pone la tiara. Prescinde de la silla gestatoria y el triregnum, símbolos seculares del poder terrenal, y prescinde de ser coronado. 'Mil años terminan en ese momento', dice Zizola. Luciani desciende solo a la tumba de Pedro y allí se queda diez minutos entre la inquietud de los encargados del protocolo. Son los primeros síntomas de un papado anómalo.

Su victoria en el cónclave es producto de un compromiso ambiguo que nadie sabe cómo va a terminar. Siri pide repetidamente audiencia para sondear las intenciones del nuevo papa, pues teme que Benelli sea llamado inmediatamente a Roma para darle la Secretaría de Estado. El Papa le rehuye y fija la audiencia para el 30 de septiembre.

El discurso programático de Luciani, leído el 27 de agosto, 24 horas después de su elección, confirma sus promesas durante los ‘Novemdales’ a unos y otros: garantías a la tendencia conservadora en cuanto a firmeza doctrinal y disciplina interna, y garantías a la tendencia innovadora en cuanto a desarrollo de la colegialidad y compromiso social; el documento parece 'una visión estratégica institucional' y no producto de reflexiones personales en la noche anterior. Ha sido efectivamente redactado por un ‘montiniano’, monseñor Giovanni Coppa, de la Secretaría de Estado.

Algunos vieron a Luciani como una persona con pocas luces. Otros le consideraron perfectamente sabedor de la difícil situación a que se enfrenta. Según el diario del sacerdote veneciano Germano Pattaro, llamado al Vaticano por Juan Pablo I como consejero personal, éste le dice en los primeros días: "Comienzo a comprender ahora cosas que no comprendía antes. Aquí todos hablan mal de todos. Hablarían mal hasta de Jesuscristo”. Pattaro cree saber que Luciani está un poco asustado. El nuevo Papa planea que los cónclaves incluyan a los presidentes de las conferencias episcopales nacionales y por supuesto, está decidido a mejorar las penosas condiciones materiales en que se ha desenvuelto el último.

Luciani parece dejar claro que quiere aplicar el Concilio. Rehúsa escoltas y oropeles. 'No soy un rey, soy un padre, un hermano. Diga a todos que así quiero ser tratado", contará Villot que le dice el Papa paseando por los jardines vaticanos.

Juan Pablo I no puede con el volumen de los asuntos que hay que supervisar cada día. Le pide a Villot que a partir de octubre se haga cargo de todos los trámites del aparato burocrático que hasta entonces el Papa supervisa, que no quiere saber nada de todo ello.

Según Zizola, a esas alturas sabe que ya se dice por los pasillos vaticanos que el Espíritu Santo esta vez se ha equivocado, y que Luciani es una figura insignificante que no está a la altura del cargo. Villot contará confidencias de Luciani en las que el Papa se defiende de las críticas.

Zizola cree conocer los muchos proyectos que baraja el nuevo Papa: quiere reformar la Curia; a las dos semanas tiene pergeñado un desarrollo de la colegialidad episcopal, una nueva estructura del IOR y el Santo Oficio, el cese de Marcinkus, nuevas vestimentas papales. Quiere asimismo transformar la Secretaría del Sínodo de Obispos en un gobierno permanente de la Iglesia bajo la autoridad del Papa. Quiere que los báculos vuelvan a ser de madera, crear un instituto de caridad, que la iglesia no tenga ni poder ni riquezas. ¿Cómo lo sabe? No lo dice. Programa cuatro encíclicas, sobre los temas de unidad, colegialidad, mujer y pobreza. Quiere viajar a Europa Oriental. Villot le ofrece su dimisión, Luciani confía a Pattaro que proyecta llamar para ese puesto de secretario de Estado al presidente del Secretariado del Sínodo, el cardenal holandés Johannes Willebrands.

Rehúsa la propuesta de Baggio de ir a Puebla a la conferencia episcopal latinoamericana a frenar la teología de la liberación. Crece la desconfianza en el Vaticano. Las Congregaciones le inundan de problemas atrasados, intentando sacar partido de su inexperiencia, pero el Papa decide no tomar decisiones importantes hasta que pase un año y conozca bien el terreno, ha contado también Pattaro.

El 24 de septiembre acude a la basílica de San Juan de Letrán a tomar posesión.

Corren rumores de que el vértice gerontocrático de la Curia quiere su dimisión. Su salud es mala, la circulación sanguínea le da problemas desde hace años, se le hinchan piernas y brazos, sufre fuertes dolores de cabeza.

Tras la audiencia general del miércoles 28 de septiembre confiesa a la hermana Vincenza que le atiende, que está durmiendo poco, que se despierta sobre las dos o las tres de la madrugada y lee informes pendientes hasta que llega el día. Confía a sus secretarios que ha tenido un fuerte dolor en el pecho.

UN INFARTO, UN VENENO

Al alba del día siguiente es encontrado muerto en la cama. Infarto de miocardio agudo. La conmoción es enorme. Se murmura que estaba marginado. Se dice que al sentirse mal ha llamado a su secretario don Lorenzi, pero que éste había salido a una fiesta nocturna.

Los intentos vaticanos de ocultar las circunstancias, sobre todo que el cadáver es encontrado por una monja a su servicio, sólo sirven para que las teorías conspiranoicas se generalicen. 'Lo han matado', crece el rumor. Se habla de veneno. El obispo Mendes Acedo de Cuernavaca pide que se le haga la autopsia. El último rumor sobre un Papa envenenado se produjo con la muerte de Pío XI, cuarenta años antes, aunque aquella vez la hipótesis fuera considerada cierta por personajes muy importantes, como el cardenal Tisserant.

A Zizola, un informador de altos vuelos que no identifica le dice que faltaría el móvil del crimen, aunque el estilo de Luciani ya era abiertamente ‘fastidioso' para los miembros de la Curia. 'Quizá había comenzado a no respetar las reglas del juego' le reconoce el anónimo informante. Para Walsh ‘murió indudablemente de muerte natural, acelerada, quizás, por la falta de cuidados en el Vaticano’.

Los papeles que leía en el momento de morir, eran notas propias sobre la conversación de dos horas con el Secretario de Estado Villot mantenida la víspera. La última llamada telefónica fue al cardenal Colombo de Milán para que convenciera al obispo de Rovigo, Giovanni Maria Sartori, de que aceptara el puesto de patriarca de Venecia que Luciani acababa de dejar vacante.

Se ha afirmado, sin disponer de pruebas fehacientes, que Luciani estaba decidido a aclarar de forma prioritaria la situación de las finanzas vaticanas, y que esto incluso podría haber causado directa o indirectamente su muerte.

NO RECIBÍA LA ATENCIÓN MÉDICA NECESARIA

En 1987, nueve años después de la sorprendente muerte de Juan Pablo I tras solamente 33 días de papado, el Vaticano decidió abrir todas las puertas a un periodista independiente para que realizara una completa investigación que pusiera fin a las informaciones que apuntaban que el Papa había sido asesinado, víctima de una conspiración. El periodista elegido fue un británico de gran reputación, John Cornwell. El resultado, el libro Cómo un ladrón en la noche-la muerte de Juan Pablo I, desvelaba una Santa Sede inquietante, llena de intrigas y de oscuras luchas de poder. En mayo de 1998, Cornwell escribía en el diario español El País:

“Murió a las 11 de la noche del jueves 28 de septiembre de 1978, de un ataque al corazón. Los rumores de que le había envenenado el arzobispo Marcinkus se vieron alimentados por la falta de autopsia y la extraña circunstancia de que un guardia suizo había visto a Marcinkus al acecho en las cercanías del palacio papal a primera hora de la mañana siguiente... Las pruebas revelaron que existían profundos problemas humanos en el interior de la comunidad vaticana. El Papa sonriente, un hombre enfermo sin experiencia sobre la burocracia de la Santa Sede, no recibía la atención médica necesaria y trabajaba demasiado. Su muerte mostró la existencia de presiones insoportables y la falta de compasión y humanidad en el mismo corazón de la cristiandad... Pese a estar terriblemente enfermo, no podía ser atendido por ninguno de los médicos del Vaticano porque, según explicaron, aún no habían recibido el historial de su médico anterior, en Venecia”.

‘HAY QUE DELEGAR PARTE DE LAS TAREAS PAPALES’

Pero con este trasfondo de rumorología más bien renacentista, la maquinaria vaticana no se puede permitir perder ni un segundo. König declara desde Viena que 'es necesario reducir todavía más de lo hecho hasta ahora, la sobrecarga física y psíquica que soporta el Papa, el peso que el cargo comporta, delegando en otros algunas funciones pontificales de modo que no superen los límites tolerables por un ser humano'. Lo que muchos desean es que la monarquía vaticana ensanche un poco su cúspide, recorte sus poderes, se simplifique. Más lejos van los círculos progresistas que ven en el súbito fallecimiento de Luciani un 'signo de los tiempos', una señal para reformar el propio estatus papal, liberándole de la mitología de fortaleza sobrenatural y poder omnímodo.

"Juan Pablo I representó para una sector notable de la iglesia romana el deber de advertir que había llegado el momento de concluir el ciclo absolutista y político de la monarquía pontificia mediante la recuperación del modelo 'petrino' de los primeros siglos", juzga Zizola.

¿Habría sido Luciani el juicioso reformador que esperaba su mentor Benelli? ¿Habrían conseguido los conservadores apaciguar los cambios? Treinta y tres días no dieron de sí como para saberlo. Los progresistas creen que el detalle de que Juan Pablo I se confesase un novicio en asuntos vaticanos y declarase en una de sus pocas audiencias que Dios es padre pero también madre incluso más, auguraba novedades. Los conservadores recuerdan su actitud crítica hacia la teología de la liberación y que el 20 de septiembre le dio tiempo de decir en público que ‘es equivocado decir que donde está Lenin, está Jerusalén’. Al Congreso Mariano de Ecuador mandó como representante a Joseph Ratzinger, y este guardián de las esencias tradicionales, cuando se dirigió a los cardenales reunidos en octubre para encontrar un sucesor al pobre Luciani les dijo que mantuvieran la línea del fallecido contraria al liberalismo.

Luciani era hombre sencillo, con modales de ‘buen párroco’. Se dice que hasta había contado este chiste durante la audiencia general: «Un obrero se cae de un andamio y se rompe las piernas. Una monjita se acerca llena de caridad y le dice: "hermano, ¿se ha hecho mucho daño al caer?" Y el obrero le responde: "No, hermana; al caer, no; me hice daño al llegar al suelo."» ¿Lo contó realmente? Algunos periodistas lo afirmaron entonces pero no está comprobado. Su programa de pontificado era simple y claro: oración, disciplina interna, fidelidad al concilio.

FUMATA BLANCA:
LA ELECCIÓN DE BENEDICTO XVI
Y LA TURBULENTA HISTORIA DE LOS
CÓNCLAVES DE LA IGLESIA CATÓLICA
Lola Galán y José Catalán Deus
Editorial Aguilar
Madrid, 2005
615 pág. – 17 euros

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