En nombre de la "unidad" entre tradición y modernidad dentro de la Iglesia católica, el papa Benedicto XVI defendió durante su visita a Francia, que termina hoy tras cuatro días en París y Lourdes, su propuesta de revitalizar las prácticas litúrgicas antiguas, como la comunión de rodillas y la misa en latín, que habían sido arrinconadas por la marea modernizadora del Concilio Vaticano II. 'Nadie está de más en la Iglesia. Todos, sin excepción, han de poder sentirse en ella como en su casa, y nunca rechazados', dijo refiriéndose a los seguidores del fallecido monseñor Levèvre, el grupo católico conservador que originario de Francia mantiene severas diferencias con la marcha postconciliar de la iglesia católica.
El domingo en Lourdes, el Papa explicó a los obispos franceses su decisión de permitir la misa a la antigua, en latín. Un buen número de los prelados habían aceptado con reservas esta medida adoptada el año pasado, interpretándola como un apoyo a los tradicionalistas. Respondiendo a estas interrogantes, Benedicto XVI llamó a los católicos franceses a "una pacificación de los espíritus" e invocando "la unidad" de la Iglesia. "Nadie está de más en la Iglesia. Cada uno, sin excepción, debe poder sentirse como en su casa, y jamás debe ser rechazado", insistió el Papa alemán.
Benedicto XVI aludía a los tradicionalistas e integristas, apegados a la misa en latín y que rechazan la apertura del Concilio Vaticano II, en cuanto a la libertad religiosa y al diálogo con otras religiones. Otras prácticas litúrgicas o accesorios, que habían sido desechados después de las reformas de Vaticano II, han vuelto a ser de uso corriente durante el pontificado de Benedicto XVI, que comenzó en abril de 2005.
Durante las misas al aire libre celebradas el sábado en la explanada de los Inválidos en París, y el domingo en la pradera de Lourdes, el Papa optó por dar la comunión directamente en la boca de los fieles arrodillados, costumbre que había sido dejada de lado después del Concilio Vaticano II y que el el actual jefe de la Iglesia católica volvió a instaurar a comienzos de 2008. Esta práctica antigua, que siempre mantuvieron los tradicionalistas, fue desechada en la mayoría de las parroquias, donde la hostia es recibida de pie, en la mano o en la boca, según la opción de los fieles.
En Francia, Benedicto XVI llevó, como lo ha hecho desde fines del año pasado, un cayado pastoral coronado por una cruz que data de la época del papa Pío X (1846-1878), en reemplazo del que utilizaba su predecesor Juan Pablo II, con un Cristo crucificado.
Esta vuelta al pasado en el terreno litúrgico ha dado lugar a la llegada al Vaticano, en octubre de 2007, de un nuevo director de celebraciones litúrgicas, monseñor Guido Marini, que estuvo siempre en un segundo plano junto al Papa durante las ceremonias en Francia. Marini había explicado estos cambios en la necesidad de valorar "el sentido del misterio" y de lo "sagrado". La utilización de vestimentas litúrgicas que vienen de la época del concilio de Trento (1545-63) y de la "Contrarreforma católica", así como el retorno a detalles rituales dejados de lado después de Vaticano II, "quieren destacar esta continuidad con las celebraciones que marcaron la vida de la Iglesia en el pasado", ha indicado Marini.
SUMMORUM PONTIFICUM
Benedicto XVI aclaró este domingo en su discurso a los obispos de Francia que la finalidad de la publicacioń del motu proprio Summorum Pontificum es asegurar la unidad en la Iglesia, pues en ella "nadie está de más". El pontífice afrontó el argumento, en el día en que se celebraba exactamente un año de la aplicación de ese documento, con motivo de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, en sus palabras a los prelados reunidos en el hemiciclo de "Santa Bernardette", en Lourdes.
El Santo Padre recordó que ese documento busca precisar "la posibilidad de utilizar tanto el misal del Beato Juan XXIII (1962) como el del Papa Pablo VI (1970)". "Ya se han dejado ver los frutos de estas nuevas disposiciones, y espero el necesario apaciguamiento de los espíritus que, gracias a Dios, se está produciendo... Tengo en cuenta las dificultades que encontráis, pero no me cabe la menor duda de que podéis llegar, en un tiempo razonable, a soluciones satisfactorias para todos, para que la túnica inconsútil de Cristo no se desgarre todavía más".
Explicando el espíritu que le movió a la redacción del texto, el Santo Padre aclaró: "Nadie está de más en la Iglesia. Todos, sin excepción, han de poder sentirse en ella 'como en su casa', y nunca rechazados".
BORRASCAS SOBRE LA FAMILIA
Benedicto XVI constató junto a los obispos franceses este domingo que la crisis de la familia es una de las preocupaciones más grandes de la Iglesia e invitó a los prelados a ser heraldos de la indisolubilidad del matrimonio, tratando con afecto a todos, también a los divorciados vueltos a casar. En su largo discurso, pronunciado ante más de cien obispos, ordinarios, auxiliares, y eméritos, en el que analizó los puntos más calientes de la actualidad eclesial, el Papa prestó particular atención a las "verdaderas borrascas" que tiene que afrontar la célula fundamental de la sociedad.
"Sabemos que el matrimonio y la familia se enfrentan ahora a verdaderas borrascas", afirmó. "Los factores que han llevado a esta crisis son bien conocidos y, por tanto, no me demoraré en enumerarlos... Desde hace algunas décadas, las leyes han relativizado en diferentes países su naturaleza de célula primordial de la sociedad... A menudo, las leyes buscan acomodarse más a las costumbres y a las reivindicaciones de personas o de grupos particulares que a promover el bien común de la sociedad".
"La unión estable entre un hombre y una mujer, ordenada a construir una felicidad terrenal, con el nacimiento de los hijos dados por Dios, ya no es, en la mente de algunos, el modelo al que se refiere el compromiso conyugal. Sin embargo, la experiencia enseña que la familia es el pedestal sobre el que descansa toda la sociedad... el cristiano sabe que la familia es también la célula viva de la Iglesia. Cuanto más impregnada esté la familia del espíritu y de los valores del Evangelio, tanto más la Iglesia misma se enriquecerá y responderá mejor a su vocación".
Por otra parte, reconoció y alentó los esfuerzos de los obispos para presentar "contracorriente" los principios que son la fuerza y la grandeza del sacramento del Matrimonio". "La Iglesia quiere seguir siendo indefectiblemente fiel al mandato que le confió su Fundador, nuestro Maestro y Señor Jesucristo. Nunca deja de repetir con Él: 'Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre' (Mt 19,6)". Por eso, aclaró, "la Iglesia no se ha inventado esta misión, sino que la ha recibido".
"Ciertamente, nadie puede negar que ciertos hogares atraviesan pruebas, a veces muy dolorosas. Habrá que acompañar a los hogares en dificultad, ayudarles a comprender la grandeza del matrimonio y animarlos a no relativizar la voluntad de Dios y las leyes de vida que Él nos ha dado".
"Una cuestión particularmente dolorosa es la de los divorciados y vueltos a casar", reconoció. "La Iglesia, que no puede oponerse a la voluntad de Cristo, mantiene con firmeza el principio de la indisolubilidad del matrimonio, rodeando siempre del mayor afecto a quienes, por los más variados motivos, no llegan a respetarla". Por esto, concluyó, "no se pueden aceptar, pues, las iniciativas que tienden a bendecir las uniones ilegítimas. La exhortación apostólica Familiaris consortio ha indicado el camino abierto por una concepción respetuosa de la verdad y de la caridad".
EXTRACTOS DEL DISCURSO
Benedicto XVI en la tarde del domingo se dirigió a la Conferencia Episcopal de Francia en el hemiciclo de "Santa Bernardette", en Lourdes, para decirles entre otras cosas:
'... Nunca se repetirá bastante que el sacerdocio es esencial para la Iglesia, por el bien mismo del laicado. Los sacerdotes son un don de Dios para la Iglesia. No pueden delegar sus funciones a los fieles en lo que se refiere a las misiones que les son propias. Queridos Hermanos en el Episcopado, os invito a seguir solícitos para ayudar a vuestros sacerdotes a vivir en íntima unión con Cristo. Su vida espiritual es el fundamento de su vida apostólica. Exhortadles con dulzura a la oración cotidiana y a la celebración digna de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía y la Reconciliación... Tratad de estar atentos a su formación humana, intelectual y espiritual, y a sus recursos para vivir. Pese a la carga de vuestras gravosas ocupaciones, intentad encontraros con ellos regularmente, sabiéndolos acoger como hermanos y amigos... Los sacerdotes necesitan vuestro afecto, vuestro aliento y solicitud. ... No olvidéis que, como dice el Concilio Vaticano II usando una espléndida expresión de san Ignacio de Antioquía a los Magnesios, son "la corona espiritual del Obispo" (Lumen gentium, 41).
'... El culto litúrgico es la expresión suprema de la vida sacerdotal y episcopal, como también de la enseñanza catequética. Queridos Hermanos, vuestro oficio de santificar a los fieles es esencial para el crecimiento de la Iglesia. Me he sentido impulsado a precisar en el "Motu proprio" Summorum Pontificum las condiciones para ejercer esta responsabilidad por lo que respecta a la posibilidad de utilizar tanto el misal del Beato Juan XXIII (1962) como el del Papa Pablo VI (1970). Ya se han dejado ver los frutos de estas nuevas disposiciones, y espero el necesario apaciguamiento de los espíritus que, gracias a Dios, se está produciendo. Tengo en cuenta las dificultades que encontráis, pero no me cabe la menor duda de que podéis llegar, en un tiempo razonable, a soluciones satisfactorias para todos, para que la túnica inconsútil de Cristo no se desgarre todavía más. Nadie está de más en la Iglesia. Todos, sin excepción, han de poder sentirse en ella "como en su casa", y nunca rechazados. Dios, que ama a todos los hombres y no quiere que ninguno se pierda, nos confía esta misión haciéndonos Pastores de su grey. Sólo nos queda darle gracias por el honor y la confianza que Él nos otorga. Por tanto, esforcémonos por ser siempre servidores de la unidad.
'... ¿Qué otros temas requieren mayor atención? Las respuestas pueden variar de una diócesis a otra, pero hay sin duda un problema particularmente urgente que aparece en todas partes: la situación de la familia. Sabemos que el matrimonio y la familia se enfrentan ahora a verdaderas borrascas. Las palabras del evangelista sobre la barca en la tempestad en medio del lago se pueden aplicar a la familia: "Las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua" (Mc 4,37). Los factores que han llevado a esta crisis son bien conocidos y, por tanto, no me demoraré en enumerarlos. Desde hace algunas décadas, las leyes han relativizado en diferentes países su naturaleza de célula primordial de la sociedad. A menudo, las leyes buscan acomodarse más a las costumbres y a las reivindicaciones de personas o de grupos particulares que a promover el bien común de la sociedad. La unión estable entre un hombre y una mujer, ordenada a construir una felicidad terrenal, con el nacimiento de los hijos dados por Dios, ya no es, en la mente de algunos, el modelo al que se refiere el compromiso conyugal. Sin embargo, la experiencia enseña que la familia es el pedestal sobre el que descansa toda la sociedad. Además, el cristiano sabe que la familia es también la célula viva de la Iglesia. Cuanto más impregnada esté la familia del espíritu y de los valores del Evangelio, tanto más la Iglesia misma se enriquecerá y responderá mejor a su vocación. Por otra parte, conozco y aliento ardientemente los esfuerzos que hacéis para dar vuestro apoyo a las diferentes asociaciones dedicadas a ayudar a las familias. Tenéis razón en mantener, incluso a costa de ir contracorriente, los principios que son la fuerza y la grandeza del Sacramento del Matrimonio. La Iglesia quiere seguir siendo indefectiblemente fiel al mandato que le confió su Fundador, nuestro Maestro y Señor Jesucristo. Nunca deja de repetir con Él: "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre" (Mt 19,6). La Iglesia no se ha inventado esta misión, sino que la ha recibido. Ciertamente, nadie puede negar que ciertos hogares atraviesan pruebas, a veces muy dolorosas. Habrá que acompañar a los hogares en dificultad, ayudarles a comprender la grandeza del matrimonio y animarlos a no relativizar la voluntad de Dios y las leyes de vida que Él nos ha dado. Una cuestión particularmente dolorosa es la de los divorciados y vueltos a casar. La Iglesia, que no puede oponerse a la voluntad de Cristo, mantiene con firmeza el principio de la indisolubilidad del matrimonio, rodeando siempre del mayor afecto a quienes, por los más variados motivos, no llegan a respetarla. No se pueden aceptar, pues, las iniciativas que tienden a bendecir las uniones ilegítimas. La Exhortación Apostólica Familiaris consortio ha indicado el camino abierto por una concepción respetuosa de la verdad y de la caridad.
'... Durante su primer viaje a Francia, mi venerado Predecesor transmitió a los jóvenes de vuestro País un mensaje que no ha perdido nada de su actualidad, y que fue acogido entonces con un fervor inolvidable. "La permisividad moral no hace feliz al hombre", proclamó en el Parque de los Príncipes entre aplausos atronadores. El buen sentido que inspiró esa sana reacción de su auditorio, no ha muerto. Ruego al Espíritu Santo que hable al corazón de todos los fieles y, en general, al de todos vuestros compatriotas, para darles -o hacerles ver- el gusto de llevar una vida según los criterios de una felicidad verdadera.
'... En el Eliseo, mencioné el otro día la originalidad de la situación francesa, que la Santa Sede desea respetar. En efecto, estoy convencido de que las Naciones nunca deben aceptar que desaparezcan lo que forma su identidad propia. En una familia, sus miembros, aun teniendo el mismo padre y la misma madre, no son sujetos indiferenciados, sino personas con su propia individualidad. Esto vale también para los Países, que han de estar atentos a salvaguardar y desarrollar su propia cultura, sin dejarse absorber nunca por otras o ahogarse en una insulsa uniformidad... En esta perspectiva, resaltar las raíces cristianas de Francia permitirá a cada uno de los habitantes de este País comprender mejor de dónde viene y a dónde va. Por tanto, en el marco institucional vigente y con el máximo respeto por las leyes en vigor, habrá que encontrar una nueva manera de interpretar y vivir en lo cotidiano los valores fundamentales sobre los que se ha edificado la identidad de la Nación. Vuestro Presidente ha hecho alusión a esta posibilidad. Los presupuestos sociopolíticos de la antigua desconfianza o incluso de hostilidad se desvanecen paulatinamente. La Iglesia no reivindica el puesto del Estado. No quiere sustituirle. La Iglesia es una sociedad basada en convicciones, que se sabe responsable de todos y no puede limitarse a sí misma. Habla con libertad y dialoga con la misma libertad con el deseo de alcanzar la libertad común. Gracias a una sana colaboración entre la comunidad política y la Iglesia... Diversos puntos, primicias de otros que podrán añadirse según sea necesario, han sido ya examinados y resueltos en el ámbito de la "Comisión de Diálogo entre la Iglesia y el Estado". De ésta forma parte naturalmente, en virtud de la misión que le es propia y en nombre de la Santa Sede, el Nuncio Apostólico, que está llamado a seguir activamente la vida de la Iglesia y su situación en la sociedad.
'... Como sabéis, mis predecesores, el Beato Juan XXIII, que fue Nuncio en París, y el Papa Pablo VI, instituyeron Secretariados que, en 1988, se convirtieron en el Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y en el Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. Pronto se añadieron la Comisión para las Relaciones con el Hebraísmo y la Comisión para las Relaciones Religiosas con los Musulmanes. Estas estructuras son una especie de reconocimiento institucional y conciliar de un sinnúmero de iniciativas y actividades anteriores. Comisiones o consejos similares existen ya en vuestra Conferencia Episcopal y en vuestras diócesis. Su existencia y su funcionamiento demuestran la voluntad de la Iglesia de continuar desarrollando el diálogo bilateral. La reciente Asamblea plenaria del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso ha puesto de relieve que el verdadero diálogo requiere, como condición fundamental, una buena formación en quienes lo promueven y un discernimiento clarificador para avanzar poco a poco en el descubrimiento de la Verdad. El objetivo del diálogo ecuménico e interreligioso, diferentes obviamente por su naturaleza y finalidad respectivas, es la búsqueda y la profundización de la Verdad. Se trata de una tarea noble y obligatoria para todo hombre de fe, pues Cristo mismo es la Verdad. Construir puentes entre las grandes tradiciones eclesiales cristianas y el diálogo con otras tradiciones religiosas, exige un esfuerzo real de conocimiento recíproco, porque la ignorancia destruye más que construye.... Ciertamente, hemos de seguir con atención las diversas iniciativas emprendidas y discernir las que favorecen el conocimiento y el respeto recíproco, así como la promoción del diálogo, y evitar las que llevan a callejones sin salida. No basta la buena voluntad... La sociedad globalizada, multicultural y multirreligiosa en que vivimos, es una oportunidad que el Señor nos da para proclamar la Verdad y llevar a la práctica el Amor, con el fin de llegar a todo ser humano sin distinción, más allá incluso de los límites de la Iglesia visible.
'... El año anterior a mi elección a la Sede de Pedro tuve la alegría de venir a vuestro País para presidir las ceremonias conmemorativas del sexagésimo aniversario del desembarco en Normandía. Pocas veces como entonces, sentí el apego de los hijos e hijas de Francia por la tierra de sus antepasados. Francia celebraba entonces su liberación temporal, tras una guerra cruel que se cobró muchas víctimas. Lo que conviene ahora es lograr una auténtica liberación espiritual. El hombre necesita siempre verse libre de sus temores y de sus pecados. El hombre debe aprender o reaprender constantemente que Dios no es su enemigo, sino su Creador lleno de bondad. Necesita saber que su vida tiene un sentido y que, al final de su recorrido sobre la tierra, le espera participar por siempre en la gloria de Cristo en el cielo.
'... El poder de Dios se ha manifestado siempre en la debilidad. El Espíritu Santo ha lavado siempre la suciedad, regado lo árido, enderezado lo torcido. Cristo Salvador, que ha tenido a bien convertirnos en instrumentos para transmitir su amor a los hombres, nunca dejará de haceros crecer en la fe, la esperanza y la caridad, para daros el gozo de llevar a Él un número creciente de hombres y mujeres de nuestro tiempo'.
Miércoles, 30 de mayo
Antonio Aradillas
Juan Fernandez Krohn
Universidad Pontificia Comillas
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo