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Efectivamente, una cuestión de talante

04.03.08 | 11:49. Archivado en Españas
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Como con ocasión del primer debate televisivo entre los candidatos Zapatero y Rajoy, aconsejé no verlo, ayer vi el segundo. Me fui a la cama excitado y aunque leí un buen rato un libro bien pesado -'Contra Ratzinger'- me he despertado tres veces esta noche, la primera con una pesadilla horrible, y las otras dos con el debate dándome vueltas y vueltas.

Fue un espectáculo realmente 'heavy'. Debe ser que los españoles acostumbrados a ver televisión y oír tertulias están ya inmunizados, pero yo que jamás veo la televisión -salvo películas determinadas y algún encuentro deportivo muy seleccionado- y nunca en mi vida he oído una tertulia, me puse casi enfermo, tuve que levantarme del sofá varias veces, di algunos gritos y hasta lancé una perorata final contra la pantalla de la que me avergüenzo sinceramente.

Las encuestas y los comentaristas hoy atufarán nuestra contaminada noosfera con la defensa de su candidato. Realmente, sabemos que este tipo de debates, como toda la campaña electoral, como todos los trucos de la más vieja 'agit-prop' apenas mueven unos votos. Pero son unos votos fundamentales. Andan alrededor de los 700.000 y dependen de las últimas impresiones: últimas, decimos, e impresiones. A convencerlos se dirigen todos los trucos, las imposturas y los denuestos que avergüenzan -creo- a muchos. Este doble debate con que nos han obsequiado esta legislatura ha desprestigiado el actual sistema democrático y su bipartidismo como pocas cosas antes. Les aconsejaría que no lo repitan.

No obstante, hay una cosa para le que sirve un debate de este tipo, para la que es insustituible, y para lo que sirvió el de ayer: para, -más allá de las ocurrencias aprendidas de memoria, de los gráficos engañabobos, de las promesas gratuitas, de la ausencia de balance de gestión, de la inoperancia de los programas no traducidos a costes-, captar el talante de cada candidato, observar la veracidad de sus gestos, intuir su química interna, conectar o no conectar con el mensaje que trasmiten su tono, sus repeticiones compulsivas, sus inaguantables interrupciones, sus muecas, sus silencios, sus miradas, sus gestos ensayados o espontáneos.

A mí al menos si me sirvió para eso. Racionalmente, resulté decepcionado aunque debe comprenderse que tal tipo de debate para tal tipo de público no puede andarse con sutilezas. Pero emocionalmente, -esas 'vibraciones' de las que hablábamos cuando éramos más jóvenes-, observé un talante más tolerante, más dialogante, más sincero, más natural, más constructivo, más curtido, más formado, más educado, más cercano, -y más a mi gusto, a mi forma de ver la vida, a mi manera de exigirme y exigir, a mis preferencias de la calidad sobre la cantidad, de la palabra sobre la notaría, de los hechos sobre las palabras, del honor sobre la picardía, de la buena educación sobre la zafiedad, del respeto sobre la impudicia, de la autenticidad sobre la pedantería, del espejo sobre la máscara, y del coraje sobre la marrullería-, un talante más creíble en definitiva, en el candidato de la oposición que en el candidato del gobierno. Se trata al fin y al cabo simplemente en confiar en una persona para los próximos cuatro años.


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