Alberto Ruíz Gallardón haría bien en esperar a después del verano para tomar decisiones sobre su futuro. Así podría reflexionar a la luz de una buena biografía de César Borgia, el Príncipe del Renacimiento al que más que nunca en estos momentos, si no trágicos si al menos decisivos, se parece.
Alberto, Alberico en italiano, es lo más parecido en nuestros lares a un político renancentista. Habrá leído sin duda a Nicolò Maquiavelo, buscando el secreto de sus ricas experiencias, y seguramente como muchos de nosotros se habrá decepcionado de que el maestro de los maestros del arte de la política, resulte a estas alturas tan insulso, tan corto en sus planteamientos y moralejas.
El mundo ha dado una vuelta más sobre su eje en estos últimos cinco siglos. Una vuelta en su noosfera, en ese clima cultural que forma la dimensión menos estudiada de la actividad humana, el espíritu de las épocas. Huyendo del Renacimiento y sus limitaciones, ha divagado por los reinos del racionalismo para volver al mismo sitio, al mismo anhelo, a la misma óptica que los que entonces podían mirar, tuvieron en el Quinquecento, a caballo entre los siglos XV y XVI.
Ahora los conflictos se resuelven con la espada de afiladas declaraciones, con mesnadas mediáticas, con condottieri del móvil y arqueros del aparato. Pero Alberico está preso en la misma red de entonces. Todos contra todos, alianzas permutables infinitamente, amistades esporádicas, y veneno, emboscadas, conspiraciones y motines sucediéndose entre el azar y la necesidad.
Gallardón, que hasta tiene un apellido apropiado, el más gallardo de los vicarios, está hoy erguido en el zénit de sus posibilidades: deberá renacer si no quiere velozmente perecer como hombre público. Todo lo empuja a caer, como tantos y tantos antes. Pero si es que se puede aprender de la historia, y más que de la historia de la biografía de sus protagonistas, aún podría protagonizar un incruento 'Engaño de Sinagaglia', un movimiento acertado en el próximo 'Cónclave', una irrupción en los territorios de la derecha renacida al estilo de ese otro condottiero francés -Sarkozy- que tanto admira.
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Miércoles, 30 de mayo
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