El escritor y editor John Brockman plantea que los intelectuales más competentes en este momento son los científicos, y que han dado nacimiento a una “tercera cultura”; una síntesis multidisciplinar donde la palabra “humanismo” recupera el sentido de intelectualidad global y conciencia holística que tuvo en el pasado. Serían estos “nuevos humanistas” quienes, al combinar ciencias y letras, conforman en la actualidad la vanguardia del pensamiento moderno. Claro, usted no está de acuerdo.
Es un hecho para mí 'claro e tondo' que hoy no se podría escribir, pintar o hacer música sin leer ciencia actual, al menos en su versión divulgadora. De la misma manerra, no se debería tener aspiraciones trascendentes, vocación espiritual e incluso práctica religiosa de cualquier tipo, sin hacer frente a los desafíos de la ciencia seria, no de los ateístas cantamañanas ni de los tribunos de la plebe vociferante.
Brockman ha reunido en 'El nuevo humanismo y las fronteras de la ciencia' (editorial Kairós), escritos de algunos de los científicos más conocidos de la actualidad: el geógrafo Jared Diamond, el psicólogo y lingüista Steven Pinker, el físico David Deutsch, el filósofo Daniel C. Dennett, el astrónomo Martin Rees, el físico teórico Lee Smolin... Algunos de ellos comparten puntos de vista, otros disienten… pero lo que emerge es un diálogo introductorio al siglo XXI y la posibilidad de ceear sinergias entre la ciencia y las humanidades, hasta el presente enemistadas.
El autor ha publicado más de veinte libros, entre los que destaca 'Los próximos 50 años', también publicado por Kairós. Es fundador y presidente del sitio web Edge (http://www.edge.org), cuyo foro reúne a eminentes científicos y pensadores.
El editor Salvador Pániker, impulsor de esta editorial que es un hito en España y cuyos libros casi son asigntura obligada para buscadores de nuevos horizontes y paradigmas, escribiendo la introducción al tema, recuerda que según Brockman, “una educación estilo años cincuenta, basada en Freud, Marx y el modernismo, no es un bagaje suficiente
para un pensador de los noventa”.
En 1959, C.P. Snow dictó en Cambridge una famosa conferencia titulada Las dos culturas y la revolución científica, deplorando la escisión académica y profesional entre el ramo de las ciencias y el de las letras. En 1991, el agente literario John Brockman, recogiendo una expresión acuñada por el propio Snow, popularizó el concepto de tercera cultura, para referirse a la entrada en escena de los científicos-escritores.
Pero hoy día, en general todavía los intelectuales de letras siguen sin comunicar con los científicos, y, en consecuencia, son estos
últimos quienes están dirigiéndose ya directamente al gran
público. Un gran público que comienza a estar familiarizado
con nociones como biología molecular, inteligencia artificial,
teoría del caos, fractales, biodiversidad, nanotecnología, genoma,
etc.; un gran público que huye de viejas disquisiciones
teológicas, pero que comienza a apasionarse con cuestiones secularizadas
tales como ¿cuál es el origen de la vida?, ¿de dónde
surgió la mente?, ¿cómo empezó el universo?
Pues bien, para Pániker, el nuevo humanismo debe ser una
nueva hibridación entre ciencias y letras que deje atrás la famosa frase de
Sartre «la ciencia no me interesa para nada». El filósofo es, en palabras de Platón, «el que tiene la visión de conjunto (synoptikós)», es decir, el que organiza lo más relevante de la “información almacenada” (cultura) y esboza
nuevas cosmovisiones (provisionales, pero coherentes). La mente, el alma, la substancia, el yo, todas esas entelequias -escribe Pániker- son inventos de la gramática y sólo tienen utilidad funcional si nos sirven como trampolín para saltar más allá del yo, más allá de la mente y más allá de la substancia, hacia
lo místico, allí donde las dualidades se diluyen. Allí –dicho sea de paso– donde la muerte es mera anécdota.
Nuestros hábitos sintácticos han cambiado poco. Heidegger, en su
segunda época, también reivindicó la poesía –cuyo
ejemplo supremo sería Hölderlin– como modelo de lenguaje
no objetivante, no reducido a simple instrumento de información.
Sólo que Heidegger llegó a embriagarse tanto de “oscuridad
poética” que difícilmente se le podía seguir. En cuanto
a los lenguajes formales usados por las ciencias duras, sucede
que al final sólo son accesibles a un grupo reducidísimo.
Ha sonado la hora de liberarse de la tiranía de la intuición, el sentido
común y otros embelecos parecidos, dice Pániker. La teoría de las supercuerdas viene a diluir la materia en una especie de música que es también
una estructura matemática. En términos generales, la realidad es antes
abstracta y relacional que concreta y substancial. (Y, por consiguiente,
mucho más poética de lo que se creía). En fin, y para que no
haya equívocos, no se trata de platonismo sino de algo previo,
precisamente de la superación de la dualidad concreto/
abstracto. Y también de que, en su último nivel, no existe distinción
entre lo material y lo mental.
¿Puede la inteligencia humana “trascender”? ¿Puede el simio pensante alcanzar algún pedazo real de realidad? ¿Quién puede negar que esas especulaciones físicas. La ciencia, a medida que va profundizando en la estructura
de la realidad material, va arrojando también bastante luz
sobre los condicionamientos de nuestro pensar. Y eso no puede
ponerse entre paréntesis. Quiere decirse que nuestra metafísica
depende también de nuestra física.
Por otra parte, más allá de la conciencia de los condicionamientos,
más allá de la zona de claroscuro fronterizo de la
ciencia, más allá del concepto mismo de humanismo, se presiente
la posibilidad de una vía de acceso directo a lo real, en
la que se diluyan, en general, todas las dualidades, y especialmente
la muy general entre sujeto y objeto. Recuperamos así
una sabiduría muy antigua. Se trata de una visión no-dual de
la realidad a la que el Vedanta hindú llamó advaita. También
el budismo y el taoismo han proclamado la naturaleza no-dual
de la realidad –la cual sólo se revelaría en una cierta iluminación
a la que algunos llaman experiencia mística–. El budismo
mahayana llega al extremo de negar incluso la dualidad
entre dualidad y no-dualidad, y de ahí la famosa sentencia de
que “samsara es nirvana”.
Entiéndase bien, puntializa Pániker. 'No estoy sugiriendo que la ciencia aboque
a la mística. No creo, por ejemplo, que pueda hacerse
un uso “místico” de la no-localidad cuántica. Precisamente lo
místico surge de los límites de la ciencia. Lo místico es el resultado
de una sensibilidad especial: hay quien la tiene, hay
quien no la tiene. Curiosamente, por cierto, muchos de los
más grandes forjadores de la nueva física la han tenido,
como ha puesto de relieve Ken Wilber en su libro Cuestiones
cuánticas'.
'Mística viene del griego my´ein, “cerrar” (los ojos o la
boca), y quizá no sea el vocablo más adecuado para referirse
a esa experiencia de suprema lucidez que nos hace vislumbrar
–sólo vislumbrar– el último misterio de la realidad y que,
en sí misma, poco tiene que ver con las religiones. Aunque,
por otra parte, algo de “ojos cerrados” sí tiene la experiencia
mística, pues su valor epistemológico es nulo. Si la conceptualización
es obra del yo, trascendido el yo, se trasciende
también el concepto: la experiencia mística no enseña nada
conceptualizable. La gente cree que la iluminación es un estado
en el que al fin se comprende todo; la verdad es más bien
la contraria: la iluminación es un estado en el que, al fin, ya
no se comprende nada', añade el editor de Kairós.
Resulta coherente, pues, que la ciencia no corrobore ni falsee
la visión mística. Lo que ocurre es que la ciencia, con su
aproximación cada vez más misteriosa a la realidad, contribuye
–a diferencia de otras épocas– a reencantar el mundo, a
propiciarlo para la vivencia trascendente. La misma materia
ha dejado de ser ese “asunto aburrido” del que todavía se quejaba
Whitehead. La ciencia proporciona hoy las mejores metáforas,
y ellas son bastante connaturales con la visión de los
llamados “místicos”. Precisamente porque ciencia y mística
tienen poco que ver. Sabemos que hay trascendencia, aunque
poca cosa podamos decir de ella.
El caso es que, finalmente, el lenguaje de la ciencia y el no-lenguaje de la mística configuran una cierta misteriosa complementariedad. Los románticos considerarán que lo finito es un momento en el proceso infinito de lo absoluto. Precisamente la categoría de “romántico” es definida por Schlegel
como «aspiración al infinito». Puede decirse, así, que si la matriz de la cual todo procede es infinita –traducción secularizada del mito de Dios–,
el espectro de lo real se amplia ilimitadamente. Sin olvidar la famosa frase de J.S.Haldane, la que dice que «la realidad, no sólo es más extraña de cómo la concebimos, sino más extraña de cómo podamos concebirla».
El reduccionismo científico, -ciertamente recuerda Pániker- sólo es una manera de hacer inteligible el mundo. Y sucede que cualquier especulación (científica o no) naufraga, y al final, para un mínimo acceso a lo real, sólo nos queda
el recurso a una cierta experiencia mística, poética, estética,
musical, transpersonal, o cómo quiera llamarse, que quizá
sea la única experiencia real –porque, además, es la experiencia
del cerebro completo, y no sólo la de su hemisferio analítico/racional–.
Un nuevo humanismo debería comenzar abjurando del mismo y arrogante concepto de humanismo, el que coloca al animal humano como centro y referencia de todo lo
que existe. Necesitamos urgentemente nuevas palabras que describan esa ampliación brutal del horizonte mental colectivo que hemos experimentado en las últimas dos décadas, una explosión que ha dejado obsoletas todas las muletas intelectuales del segundo milenio, del siglo XX. Vivimos en plena oscuridad de lo que nos depara un tiempo radicalmente nuevo, un nuevo milenio verdaderamente.
La fusión de saberes como en el Renacimiento parece imposible. Cualquier intento de penetrar por poco que sea en las selvas del conocimiento acumulado y disponible, produce vértigo, depresión, angustia ante lo inacabable, lo inabarcable, lo imposible de digerir y sintetizar. Por eso necesitamos que los científicos trabajen en nuevas tecnologías y que a su vez se inspiren en las ideas mejores, en las experiencias artísticas.
La montaña de la especialización es demasiadoalta, pero la permeabilidad entre ciencias, artes y letras se convierte en una exigencia central de nuestro tiempo, considera Pániker y con él nosotros. El nuevo humanismo debería incluir actividad artística, pensamiento científico y práctica mística a partes iguales. Y no sólo en la teoría general, sino en la vida de cada ser humano.
EL NUEVO HUMANISMO Y las fronteras de la ciencia
Autor: Brockman, John
Nueva Ciencia, Editorial Kairós
ISBN : 9788472456440
Páginas : 488
Tamaño (cms.) : 20 x 13
Referencia : 571
Edición : 1ª
Traductor : Elsa Gómez Belastegui
Primera edición : Junio 2007
http://www.editorialkairos.com/es/view/694/
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No conozco el libro ni a su autor. Gracias Rosa por la aportación. Saludos, jcd.
En uno de los libros de Pancracio Celdrán, titulado El amor y la vida material en Grecia clásica, publicado por Ediciones Clásicas, he leído que con relación al mundo antiguo eran los científicos los grandes intelectuales, ya que entonces filósofos y matemáticos y físicos y geográfos, etc, eran una misma persona dado el conocimiento interdisciplinar de aquellos hombres. También el propio don Pancracio es muestra de hombre renacentista, por la amplitud de sus conocimientos.
Rosa Maestre
Profesor de IES
Hablando de misticos y ciencia, hoy en dia hay mucha pseudociencia, mucha surigida de los movimientos nueva era u orientalistas. Como dices, al volverse incomprensible la descripcion de la realidad que da la ciencia, crean cosmovisiones misticas, a los que atribuyen base cientifica. Ya paso cuando nadie sabia explicar el magnetismo, y hoy en dia pasa con la fisica cuantica. Lo que dudo es que alguna vez lleguemos a comprenderla, asi que seguira habiendo mucha pseudociencia alrededor
Acabo de leer este libro y me parece extraordinario. El capitulo de Ray Kurzweil, Jaron Lanier y David Gelernter. Me parecieron muy interesantes. El nuevo Humaminismo y la unión de las Ciencias y las Artes es algo evidente que ocurrirá en este siglo XXI. Pero los más inquietante es lo que sugiere Jaron Lanier acerca del ser humano y su evolución cibernetica de hombre y máquina. En 20 años según él pasaremos a otro eslabón evolutivo
Sábado, 18 de febrero
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Asoc. Humanismo sin Credos
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