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¡NO SE NOS CANSE, PAPA FRANCISCO¡

08.10.18 | 14:00. Archivado en Acerca del autor

Apuesto por la veracidad y honesto convencimiento de muchos, de que, pese a todo, en los rasgos y perfiles de las imágenes que se nos sirven del papa Francisco, apenas si se perciben cambios que delaten frustraciones y desánimos. Y que conste, ya de antemano, que en el susodicho “todo” se incluye de modo eminentísimo y hasta diplomático –significativo por demás-, de cuanto es y representa Mons. Carlos María Viganó y su corte y cohorte de monseñores y “monseñoras”, al servicio impertérrito de intereses personales o de grupos, que en ocasiones, hasta llegan a pensar que lo hacen a favor de nuestra Santa Madre la Iglesia y, por supuesto, “por la gracia de Dios”

Están, por tanto, de más, mis sugerencias y las de muchos, al papa Bergoglio, de que precisamente ahora rechace la más leve y remota tentación de cansancio o de asco, de pensar en abandonar el timón de la barca de Pedro, por los tenebrosos, enlodazados y fétidos charcos por los que transita hacia el Reino de Dios. El hecho incuestionable, tristemente registrado y documentado, es el de que la Iglesia, siempre –casi siempre- fue así. La tarea-ministerio del papa Francisco, apenas si pudo limitarse hasta ahora a entreabrir las ventanas de los más “santos” dicasterios, con los serviciarios de ellos dentro de los mismos, con el reconfortante e higiénico fin natural y sobrenatural -penitencial, en definitiva- de que remolinos de aire fresco y limpio de la transparencia y de la verdad irrumpieran en sus respectivos ámbitos, con la fuerza renovadora del Espíritu Santo.

La Iglesia, papa Francisco, le necesita tanto o más que nunca. Y le necesita a usted. Exactamente a usted, que en castellano, que sigue siendo su propio lenguaje, quiere decir “vuesa merced”, que sustituye a su VOS. A la Iglesia le faltaría hoy mucho para ser, vivir y actuar de Iglesia, si no estuviera usted. Es su esperanza encarnada. Gracias a la gracia de Dios, presentada, evangelizada, vivida en grande y consoladora proporción, gracias a su “gracia” de padre y hermano mayor, la Iglesia comienza a tener presente y proyección de futuro, en plena coincidencia con los que exigen los tiempos y, sobre todo, el santo evangelio.

La Iglesia precisa de su oportunidad, misericordia, comprensión y terneza. Precisa hasta de sus propias limitaciones y “equivocaciones”, en un afán salvador-redentor, y con la más limpia de las intenciones y sin la más leve pretensión de ocupar puestos profesionales o técnicos, lejos de aquellos otros tiempos del más feroz y redomado de los conservadurismos en los que sus antecesores pontificios “infaliblemente” sabían y adoctrinaban acerca de todo, aún al margen de la lógica y del sentido común.

La Iglesia le necesita en estos tiempos teresianamente “recios”. Los pobres-pobres, en su variedad de falta de recursos humanos y divinos, están pendientes de sus gestos y de sus palabras. Le necesitan los teólogos y más los llamados de la “Liberación”, como si este apelativo pudiera haberse dejado de aplicar, con la Bendición Apostólica, a la “ciencia y conocimiento de Dios”, que es, y se llama, la teología.

Al papa – a este papa- le necesitan perentoriamente los niños. Los niños a los que Cristo Jesús llamaba y tenía presentes como ejemplos de vida, pero que otros, activa o consentidoramente, con mitras y títulos cardenalicios o sin ellos, les llamaron, y siguen llamando, con fines transgresoramente nefandos, innombrables y delictivos. Le necesita perentoriamente el laicado, condenado de por vida a “acolitar” a los monseñores y a pronunciar sempiternamente el Amén, con votos de ciega obediencia además en las Órdenes o Congregaciones Religiosas.

Las mujeres se enfilan hacia otras Iglesias porque, ni la que usted, papa Francisco, preside y seguramente que a consecuencia de las férreas limitaciones de su eminentísimo y patriarcal acolitado, no les es posible “realizarse” como personas, en igualdad de derechos y deberes que el hombre-varón.

La liturgia, el Código de Derecho Canónico, los procesos de beatificación y canonización y tantos sacerdotes “secularizados” a los que los antecesores de VOS les cerraron las puertas de su ministerio sagrado para sí y para el resto de la Iglesia, por el simple y santo hecho de haberse casado, exigen los prometidos gestos de su santa audacia para servirles a la Iglesia en tiempos tan proclives a la paganización de la misma.

A la Iglesia le sobran dinero, gestos y signos de poder y de poderío, pompas, compromisos terrenales, obispos palaciegos y palatinados, políticas y politiquerías, diplomacias, Estados Pontificios, bancos y bancas, burócratas y burocracia, administradores, bulas, indulgencias, infiernos y castigos eternos, acaparamientos de dignidad y de “dignidades” humanas y “sobrenaturales”, exclusividad de salvación y de “salvaciones”, censuras, anatemas y “mónitums”, clericalismos y carrerismos eclesiásticos, “Años Santos”, manifestaciones masivas, Tribunales Eclesiásticos, ritualismos…

¡Por amor de Dios, no se nos canse, papa Francisco¡. Le necesitan la Iglesia y gran parte del mundo aún no cristiano, en el que, por cierto y para su consolación y humorismo, suele tener usted más buena prensa que entre la clericalería… ¡Por algo será¡


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Comentarios
  • Comentario por saruce 12.10.18 | 10:59

    Aplaudo tu post, amigo Antonio.
    Aunque lo veo algo agresivo, como es tu costumbre, pero es bastante inteligible.
    Por lo tanto, como dicen por aquí abajo, "lo uno compensa lo otro".
    Yo no soy partidario de encumbrar a las personas, ni al papa, siquiera, pero considero que el papa Francisco está haciendo mucho bien a nuestra Iglesia.
    Aprovecho para hacer un comentario sobre tu artículo acerca de la muerte por piedad:
    Estoy de acuerdo con lo que dices, pero lo he hallado algo descafeinado, conociendo cómo las gastas.
    Un abrazo.

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