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CORRUPCIÓN “CRISTIANIZADA”

15.06.17 | 09:30. Archivado en Acerca del autor

Si se estudia la historia con honestidad, y si además ella se intenta interpretar con la Biblia en el corazón y en la mano, se llega, entre otras, a la conclusión de que, al menos no está del todo claro si la Iglesia –el Cristianismo- fue el que convirtió a la fe al imperio romano, y a otros imperios como el sacro germánico, o si fueron estos los que convirtieron a “nuestra santa Madre la Iglesia” haciéndola –rehaciéndola- a su propia imagen y semejanza. Los datos son rigurosamente históricos y todavía vigentes. La Biblia –los evangelios-, pese a traducciones más o menos edulcoradas, rezuman, por sus versículos veracidad y sentido y contenido de ser “palabra de Dios”.

Por quienes todavía pueda parecerle herética esta aseveración, la instalen en el anaquel de las locuciones metafóricas, con ribetes apocalípticos, o se limiten a escandalizarse, molestos de que les despierten del “sueño de los justos” en el que les enseñaron a dormitar sus adoctrinadores religiosos, o laicos, lo más que se puede hacer es rezar por ellos y aguantar –disculpar- sus diatribas y descalificaciones.

Es ocioso para unos, blasfemo para otros, y evangélico para los más, aseverar que los emperadores romanos, los sacros emperadores germánicos, los reyes “católicos”, “cristianos” y “cristianísimos”, no pocos papas, cardenales, arzobispos, obispos, señores feudales, políticos, sacerdotes y frailes, que se enseñorearon con títulos, signos y símbolos “religiosos”, precisaron y precisan de urgentes, intensos procesos de conversión, en conformidad fiel con el concepto de la “meta-noia”, que es esencial en el esquema de la Iglesia -Iglesias-, y en de tantas otras religiones, La razón de ser y la vocación de sus respectivos “ministros”, más que en convertir a los demás, comenzando por las estructuras de sus respectivas instituciones, habrán de dedicar sus esfuerzos a la tarea de su propia conversión, a la vez que a no dejarse “convertir” por los ejemplos de quienes llamamos perversos, ateos, agnósticos e increyentes.

Que la corrupción tiene también nombre y apellido de religión y de Iglesia, es una verdad como un templo. Por lo que respecta semánticamente al término “clero”, por poner un ejemplo, huelga advertir que la palabra proviene del latín, y a la vez, del griego, y significa “algo que se utilizaba para hacer un sorteo” que, como en el caso de los cargos, al cristianizarlos, incluye y designa el “beneficio eclesiástico”, con el correspondiente lucro de la herencia de la mediación y la del poder.

Los no clérigos, los laicos y los ateos, es decir, los pobres, en cuanto que carecen de poder y de mediación ante los demás y ante Dios, son quienes sempiternamente habrán de pagar el precio de la corrupción, con su trabajo y sus bienes, en todas las áreas políticas, civiles y eclesiásticas-, de la vida.. El papa Francisco se ha referido repetidamente al grave problema, en diversidad de circunstancias de lugar y de tiempo., hasta haber llegado a “acusar a los pastores, instituciones, estructuras de poder y de gobierno eclesiales, que corregidos y “penitenciados, terminen de una santa vez con la vigencia y actuación de “ciertos mitos de poder”, con su “desacralización absoluta y definitiva.

Resumen de los “quince males -“corrupción moral- “ fruto de la mundanidad espiritual”, que el papa enumeró el día 22 de diciembre del año 2014 en el discurso a la Curia Romana, con ocasión de la felicitación navideña, es el preocupante diagnóstico certero, que define a la Iglesia necesitada de inmediata corrección- arrepentimiento, al servicio de la idea e institución tan sagradas::

“El mal de sentirse inmoral, que exime de la autocrítica; el del trabajo irreflexivo; el de la petrificación mental y espiritual, sin humildad; el del funcionarismo; el del individualismo y la falta de comunión; el del olvido de la historia de la salvación; el de la rivalidad y la vanagloria; el de la hipocresía de los mediocre y del vacío espiritual; el de la murmuración; el de la divinización de los jefes; el de la indiferencia ante los demás; el de la cara fúnebre, propia de las personas sombrías y estériles; el de acumular; el de los círculos cerrados; el de la ganancia mundana y el del exhibicionismo”.

Queda por desglosar la idea de que, como la corrupción crece y se expresa en el “triunfalismo, y este es su caldo de cultivo, la necesaria complicidad al organizar o colaborar en acontecimientos- eventos- triunfantes y masivos, llega a ser igualmente nociva y pecadora, dado que con ellos se manifiesta por encima de todo el poder y la alianza con este, con el fin de obtener beneficios sociales. El desaparecido “imperio cristiano”, -más el de Roma, que el del evangelio-, sigue siendo todavía añorado por muchos.


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