Ni demasiado maliciosos, ni desmesuradamente sagaces hay que ser para haber alcanzado ya hace mucho tiempo el convencimiento, generalizado por parte de la opinión pública, de que Iglesia y sexualidad se matrimoniaron entre sí para establecer una relación de sustantiva amistad doctrinal, siempre y en casi todo. La sexualidad y su ejercicio suelen presentarse religiosamente como signos inequívocos -tal vez supremos- de Iglesia. En la mentalidad popular inspirada por la Iglesia oficial, se es o no religioso, en función de cual sea el comportamiento respecto a la sexualidad. El de la “carne” se presenta como el pecado mortal por antonomasia, para la valoración del cual no cabe la llamada “materia leve”, por lo que todos son “mortales”, que inexorablemente llevan al infierno.
Miércoles, 30 de mayo
Antonio Aradillas
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Antonio Aradillas