En reciente e itinerante comentario, deslizaron los duendes de la informática la imperdonable falta gramatical de escribir “capisallo, y no “capisayo”, tal y como lo registra el docto diccionario de la RAE, que por cierto define el término como “vestidura común de los obispos” o “vestidura corta a manera de capotillo abierto que sirve de capa y sayo”. Como es útil, provechoso y prudente “extraer el bien de cualquier mal”, aunque este sea una pura y simple incorrección gramatical, las siguientes sugerencias se justifican muy cumplidamente.
NOTA: Las pautas de comportamiento ético –morales dictadas por parte de la Iglesia, con la intitulación amenazante de pecado mortal y su correspondiente condenación eterna, en el comportamiento de la intimidad matrimonial, son manifiestamente machistas. Es el hombre-hombre quien las dicta y aplica prevalentemente a tono con las demandas de su condición de varón. La mujer, y cuanto conforma el complejo de su feminidad, cuenta poco, o apenas si cuenta, al conmensurar la moralidad o inmoralidad de los hechos. Una de estas mujeres ha tomado plena conciencia de la situación, que expresa y redacta de esta mendicante manera:
Con la más limpia, inocente, candorosa y caritativa de las intenciones, con el único afán de satisfacer su curiosidad religiosa o para- religiosa, es frecuente que entre los fieles cristianos se formulen preguntas como esta: “¿está permitido que a los sacerdotes jubilados, por el hecho de haber conseguido ya tal estatus, después de los años entregados a la actividad de su apostolado, se les dispense del voto de su celibato?” Descubrir alguna malicia, perversidad o mala intención en la pregunta, creo que no sería acertado, con el deber razonable de pensar de que, cuanto se relaciona también con la religión, tiene que ser consultable, y más cuando cierta lógica aparezca en su temática y en su planteamiento.
Me da la impresión de que hasta el mismísimo diablo –“Ave María Purísima”- tiene algo que ver con el tema, cuando con tanta facilidad, y con expresa alusión a que “tal es la voluntad de Dios”, se acepta como normal e incontrovertible que la situación de la mujer, por mujer, en la Iglesia actual, es la única , verdadera y `posible. Pienso con malignidad que, por eso de que el diablo está condenado a ser masculino a perpetuidad, y por definición, hace y hará cuanto esté en sus garfios, tridentes y arpones para que, dado que el término “diablesa” no tenga sentido, tampoco pueda tenerlo en la Iglesia católica, por ejemplo, el de “sacerdotisa”.
Me da la impresión de que hasta el mismísimo diablo –“Ave María Purísima”- tiene algo que ver con el tema, cuando con tanta facilidad, y con expresa alusión a que “tal es la voluntad de Dios”, se acepta como normal e incontrovertible que la situación de la mujer, por mujer, en la Iglesia actual, es la única , verdadera y `posible. Pienso con malignidad que, por eso de que el diablo está condenado a ser masculino a perpetuidad, y por definición, hace y hará cuanto esté en sus garfios, tridentes y arpones para que, dado que el término “diablesa” no tenga sentido, tampoco pueda tenerlo en la Iglesia católica, por ejemplo, el de “sacerdotisa”.
“Caduco, viejo, maduro, entrado en días…” son, entre otros, sinónimos de “provecto”, admitidos y registrados en los diccionarios, y cuyo recuerdo se hizo presente en los últimos tiempos sobre todo con ocasión de las elecciones generales celebradas en España. Los sinónimos explican y amplían ideas-madre, o centrales, sin que su aplicación a conceptos concretos, como tales, y a casos determinados, sea de la incumbencia académica y sí de quienes tengan a bien, o a mal, emplearlos.
Como buena cosa es –y será siempre- comenzar por el principio, transcribo literalmente dos definiciones que el diccionario de la RAE nos suministra acerca del término “portavoz”: “persona que está autorizada para hablar en nombre y representación de un grupo, o de cualquier institución o entidad”, y “persona autorizada para comunicarle a la opinión pública lo que piensan acerca de un asunto determinadas instituciones públicas o sus dirigentes”. Parte y fundamento que garantiza este principio es la experiencia personal de que en las ruedas de prensa, con el correspondiente portavoz de las sesiones de la Conferencia Episcopal Española, los “amigos” de una u otra parte, de determinados obispos, éramos informados por ellos, a título personal, y al margen de las rutinarias declaraciones para la opinión pública en general. Así era, es y seguirá siendo “in aeternum et ultra”, por lo que está de más cualquier otra explicación.
Por las razones o las sinrazones que sean, el hecho es que son ya muchas las personas que la única relación que tienen con la Iglesia es la que la sociología les insta a mantener a consecuencia de determinados actos de culto. De entre ellos destacan, por su frecuencia y necesidad de asistir o participar en los mismos, los funerales. Vigentes aún en España las sagradas prácticas rituales de reunirse familiares y amigos en capillas o iglesias a consecuencia del fallecimiento de algunos de sus miembros, y así expresar su sentimiento y dolor, tal coincidencia y contacto con lo religioso resultan ser para muchos los únicos restos que les quedan de lejanos recuerdos, y tal vez vivencias, en las que la liturgia era la inspiradora y educadora de su fe.
Hasta muy recientemente, en la práctica gramatical académica, y al uso, no existían términos tales como “presidenta”, “alcaldesa”, “gobernadora civil” y otros , con explícitas referencias femeninas. Hoy, precisamente en Madrid, capital del reino, espejo y signo de España y de otros países, el “otro género”, antes de eviternos vocablos masculinos por todos sus costados, irrumpe en la política administrativa, por procedimientos y vías democráticas y constitucionales y, por tanto, con la aquiescencia de la mayoría, cuyos votos hicieron –y harán- la feliz irrupción de los femeninos.
Miércoles, 30 de mayo
Antonio Aradillas
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Antonio Aradillas