Sin la más leve concesión a la hipérbole y a la intemperancia, vaya por delante que todo cuanto en los manuales católicos, con los correspondientes “Nihil Obstat” e “Imprimatur”, se refiere relacionado con la figura de Lutero, fue y sigue siendo injusto, infundado y hasta inmoral. Es impropio de la ciencia, de la documentación y del análisis exigido para el conocimiento y difusión de asuntos y materias de la historia, aunque siempre, o casi siempre, puedan aportarse razones que expliquen tal situación con determinados rasgos de verosimilitud y excusa.
No sé si será bueno, malo o peor, pero el hecho es que nos estamos quedando sin curas. Y también sin “fieles”. El futuro no está ya lejos. Algunos expertos en estas disciplinas, y totalmente ajenos a explicaciones heterodoxas, hasta se atreven a fijar fechas aproximadas en las que ni en nuestros pueblos ni en nuestras ciudades el número de curas pueda ser el cercanamente efectivo para pastorear al personal, cuyo número desciende tanto o más que el sacerdotal.
Vaya por delante, y sin más docta advertencia, que la terminología y consiguiente actividad de las Nunciaturas son ya para muchos aun dentro de la Iglesia, propias de la Edad Media en su calificación de “Alta “ o de “Baja”,según se la observe.
La historia, por historia, es siempre, o casi siempre, historia sagrada. Su sacralidad se intensifica y difunde más o menos circunstancialmente en función de determinadas particularidades de lugar y de tiempo, siempre y cuando, y por encima de todo, se respete la veracidad de los hechos. Entonces es además “palabra de Dios”.
Recorre y recorrerá las páginas y espacios de los medios de comunicación social la noticia, oficialmente confirmada, de la próxima beatificación del Papa Juan Pablo II, merecedor de multitud de comentarios, a los que, desde la libertad a la que él sirvió, incorporamos el nuestro.
En ambientes cuaresmales de fervorosos cortejos procesionales, el termino “cofradía” hace referencia a “congregación o hermandad que forman algunos devotos con autorización correspondiente, para ejercitarse en obras de piedad”, con exclusión en nuestros caso para cualquier “cofradía general” o de unión de gentes por motivos.
Nadie, y menos los señores obispos, pueden sentirse ofendidos ante la formulación del interrogante que es hoy referencia en mi comentario. La Iglesia, por Iglesia, es divina, pero humana a la vez, y tentación, acicate y dato histórico y sociológico comprobado es la coincidencia de sus miembros, con inclusión de los episcopales, con los sinónimos de “frívolo”, tales como ligero, veleidoso, insustancial, inconstante, superficial, vano y pueril. La antología reciente da para mucho y lo difícil es reducirla sin cometer exceso alguno.
Miércoles, 30 de mayo
Antonio Aradillas
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Antonio Aradillas