Terremoto en Perú
20.08.07 @ 04:45:49. Archivado en Imagen y comunicación
En dos minutos destruyó toda una ciudad
Imaginen una casa rural, paredes de tierra cimentada (adobe), techo bajo, tres habitaciones. En la sala-comedor se desarrolla una cena familiar, un padre llegando con la pesca del día y los niños enseñando las calificaciones a la mamá. Imaginen la luz, un terremoto repentino y luego la oscuridad total. Los gritos se confunden con los trastos de la cocina, de afuera llega el pánico que perfora las ventanas y raja las paredes. El padre yace en medio de los escombros; a su lado un cúmulo de tierra se confunde con pedazos de madera, patas de la mesa, pedazos de tela y comida. El pescado aún fresco se retuerce tratando de respirar y a su lado, el menor de los hijos del pescador está desmayado. Sin pensarlo dos veces escarba y pide ayuda. Pero, las vecinos viven igual calvario.
Más allá el brazo de su esposa aparece inerte; una idea recorre sus pensamientos, ambos podrían encontrar a sus hijos. Pero el brazo, sólo era el brazo, nada más. Las manos del padre son inútiles, sus manos encallecidas por las redes de la pesca sirven muy poco; las uñas sangran y las heridas arden; si se detiene, sus hijos podrían morir.
Imagínense ahora encontrando al niño y luego a la niña; sosteniendo sus 30 y 40 kilos en cada brazo, corriendo por la avenida, sorteando los postes caídos, llorando por la esposa muerta, el sentimiento de culpa, la frase apagada, el polvo atragantándola, los ahorros debajo de la cama. Ahora los bíceps tiemblan por el peso, observa que la posta médica está derruida; varios llegan en similares condiciones, los gritos espantan; la oscuridad impide ver la sangre, los mutilados pierden la voz; la posibilidad de salvarse está a 8 kilómetros; el hospital de pisco puede estar libre. Señor, dame fuerza.
Luego de cuatro kilómetros, Felipe, el menor de sus hijos, no despierta. El padre se detiene e intenta respirar para él. Es inútil acaba de fallecer. Pide a Dios que lo perdone y lo deja a un lado del camino. Coge a su hija María y avanza a duras penas, simplifica sus sollozos, su respiración se lo obliga. En el hospital cientos intentan entrar, sólo veinte doctores y 30 enfermeras tratan de atender a todos, el doctor observa a la niña ya fallecida. Un golpe en la cabeza fue el final repentino.
Al día siguiente, la noticia fue confirmada. Un terremoto de grado 8 azotó la provincia de Ica y dejó un saldo de 500 muertos y más de 33 mil damnificados. Lima, sintió el sismo pero con menor intensidad, se enteró de la tragedia 4 horas después. El mismo Presidente de la República, en un mensaje a la Nación, indicó que no estaba muy enterado del siniestro, pero que sin duda había generado muchos daños.
Los políticos y líderes de opinión se preguntaron, cómo es posible que el Perú, un país que crece a un ritmo frenético cada año, no esté preparado para afrontar desastres naturales. Desde el miércoles 15 (hoy es 18 de agosto) no se restablecen los servicios básicos e agua y luz, las comunicaciones están bloqueadas; los 5 millones de dólares en donativos del Banco Mundial, del BID, de EEUU, Venezuela, Chile, España, Brasil, Bolivia no llegan a las zonas afectadas; ropa, alimentos y agua donados en la capital tampoco llegan. La Burocracia, ese estigma de la administración pública, está mostrando su rostro carroñero.
De día todo era desolación. La plaza, caminos, calles yacen con cuerpos mutilados; mujeres lloran a sus hijos, voluntarios intentan rescatar a posibles atrapados. Mujeres lloran al pie de sus casas. El 70% de las casas están destruidas, la zona parece bombardeada, muchas paredes cayeron encima de sus pobladores.
El terremoto removió la alfombra burocrática y dejó a la vista las carencias de los hospitales públicos. La suciedad escondida bajo el tapete. No hay medicinas y no existen hospitales funcionanado al 100%. El único hospital tuvo que desalojar a sus pacientes porque se encontraba en peligro de derrumbamiento. Los heridos fueron transportados a lima 24 horas después. Quizá pudieron salvarse vidas.
En Lima, miles se acercan a donar sangre y a dejar víveres. Los canales de televisión registraron a personas humildes colaborando con alimento, nadie está a salvo de la catástrofe. Lima pude ser afectada. Felizmente no ocurrió nada.
En los próximos días se espera la llegada de más voluntarios. Perú no experimentaba nada similar desde hace 50 años, cuando un terremoto sepultó toda la ciudad de Yungay enterrando a más de 50 mil personas. La magnitud de muertes no es la misma. Pero, la ayuda es mayor, debemos imitarla.
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Lic. Jhony Solís Rufino
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