En dos minutos destruyó toda una ciudad
Imaginen una casa rural, paredes de tierra cimentada (adobe), techo bajo, tres habitaciones. En la sala-comedor se desarrolla una cena familiar, un padre llegando con la pesca del día y los niños enseñando las calificaciones a la mamá. Imaginen la luz, un terremoto repentino y luego la oscuridad total. Los gritos se confunden con los trastos de la cocina, de afuera llega el pánico que perfora las ventanas y raja las paredes. El padre yace en medio de los escombros; a su lado un cúmulo de tierra se confunde con pedazos de madera, patas de la mesa, pedazos de tela y comida. El pescado aún fresco se retuerce tratando de respirar y a su lado, el menor de los hijos del pescador está desmayado. Sin pensarlo dos veces escarba y pide ayuda. Pero, las vecinos viven igual calvario.
Más allá el brazo de su esposa aparece inerte; una idea recorre sus pensamientos, ambos podrían encontrar a sus hijos. Pero el brazo, sólo era el brazo, nada más. Las manos del padre son inútiles, sus manos encallecidas por las redes de la pesca sirven muy poco; las uñas sangran y las heridas arden; si se detiene, sus hijos podrían morir.
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