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Espiritualidad de la liberación. Dos modos de la espiritualidad

Permalink 24.08.08 @ 12:00:00. Archivado en Espiritualidad de la liberación

Anexo sobre los dos modos de la espiritualidad (E1 y E2)
Que de hecho existen dos modos, vertientes o aspectos de la espiritualidad es algo obvio. Sin embargo no resulta fácil expresar y categorizar su diferencia. La discusión del tema no es indispensable para la vivencia de la espiritualidad, de forma que puede ser obviada por el lector no habituado a ese tipo de discusiones. Quien, sin embargo, desee una mayor precisión teológica de lo que aquí afirmamos habrá de abordar el siguiente análisis.

Ya nos hemos referido inicialmente a estos dos modos. Queremos ahora tematizar expresamente su relación mutua.

Principios Básicos

*Los dos modos o aspectos de la espiritualidad son plenamente humanos, y ninguno es menos humano que el otro, si son correctamente asumidos y vividos.

*A los dos puede calificárseles como «cristianos», aunque en diferente sentido:

-en el caso de la E2, porque los valores que implica son explícitamente cristianos;

-en el caso de la E1, por el hecho de que los valores y actitudes que implica son valores humanos que merecen una evaluación plenamente positiva desde la fe cristiana.

*En ambos modos está presente y actúa el Espíritu de Dios. Ambos modos de espiritualidad están inmersos en el régimen de la Salvación, ambos pertenecen al orden de su realización. Ambos mueven a la persona como agente de Salvación bajo la acción y la fuerza del gran Agente de la Salvación. Pero no en ambos la persona conoce o reconoce explícitamente la Salvación como tal. La diferencia específica o discriminante entre ambos modos se sitúa, pues, en el orden del conocimiento

Evidentemente, esta nomenclatura teológica que habla de «orden del conocimiento de la Salvación» no quiere decir que este orden se reduzca a un simple conocimiento informativo, racional, antropológico, simplemente humano…; se trata más bien de un «conocimiento» que tiene también estatuto teológico o, mejor, teologal, y que tiende por sí mismo a convertirse en acogida, aceptación, verificación práctica, celebración…
de la Salvación, no en el de la realización de la misma.

*La diferencia radica únicamente en el orden de la fe o del conocimiento de la Salvación: un modo de espiritualidad tiene conocimiento y hace uso de la revelación cristiana; otro no. Uno utiliza lenguaje y categorías de esa revelación; otro no. Uno funciona «a la luz de la razón» y otro funciona además «a la luz de la fe», siendo ambas luces don del mismo Dios.

*Se trata de modos diferentes, pero no excluyentes ni alternativos (aut-aut) por sí mismos. Solamente se tornan excluyentes para los espiritualistas desencarnados o en los materialistas antiespirituales.

*Los dos modos merecen igualmente el nombre de «espíritu» o «espiritualidad» en el sentido antropológico que hemos adoptado (motivación, mística, talante, fuerza que in spira…).
Considerados a la luz de la razón, ambos modos tienen el mismo estatuto ontológico: son una realidad antropológica. El hecho de que la E2 cristiana tome sus categorías de la Revelación bíblica y haga uso de la luz de la fe no cambia este su estatuto ontológico antropológico, a este efecto.

*Otra cosa es que los creyentes veamos, desde la fe, en esa realidad antropológica de la espiritualidad, algo más y a Alguien más que dicha simple realidad antropológica. Desde la fe, los creyentes vemos también su dimensión teologal, o divina: la presencia y la acción del Espíritu de Dios. Ambas dimensiones, antropológica y teologal o divina, están mutuamente imbricadas.

Es el conocido tema de las relaciones entre natural y sobrenatural, naturaleza y gracia… Sobre el modo de imbricación o articulación de ambas dimensiones desde una perspectiva verdaderamente sugerente de espiritualidad, cfr. C. y L. BOFF, Libertad y liberación, Sígueme, Salamanca 1982, pág. 84-98.

*Ahora bien, subrayemos: los cristianos descubrimos desde la fe esta dimensión teologal o divina en ambos modos de espiritualidad, no sólo en el modo o aspecto «explícitamente cristiano», como ha sido afirmado tradicionalmente. La dimensión teologal (entendida como presencia y acción del Espíritu de Dios) no es patrimonio exclusivo de la E2.

Un ejemplo: la pertenencia a la Iglesia.

Con la E2 ocurriría como con la pertenencia a la Iglesia. No es la pertenencia a la Iglesia, por sí misma, la que pone o eleva al sujeto humano al orden de la realidad de la Salvación, porque el sujeto ya estaba en ese orden antes o al margen de esa pertenencia. La pertenencia a la Iglesia añade para el sujeto su incorporación al orden del conocimiento de la Salvación, es decir, al plano de la fe.

La salvación o condenación se realizan, en efecto, por la apropiación moral de la justicia, (C. y L. BOFF, l. c.., pág. 79.) no por la pertenencia a la Iglesia. Lo cual no quiere decir que la Iglesia no tenga razón de ser, o que no realice (La Iglesia realiza también Salvación, la realiza en comunidad creyente, y por mediaciones que le son propias) Salvación. La Iglesia tiene razón de ser, pero ésta no es la de dirimir la Salvación, sino la de ser una mediación específica, un «sacramento» de la misma puesto por Dios al servicio de sus hijos e hijas para facilitársela. Ahora bien, la Iglesia no realiza la Salvación en exclusividad, como si «fuera de la Iglesia no hubiera Salvación». La pertenencia o no pertenencia a la Iglesia, por sí mismas no dirimen la Salvación. La Salvación desborda el ámbito la Iglesia. Fuera de la (realización de la) Salvación no hay verdadera Iglesia; pero fuera de la Iglesia también hay verdadera Salvación.

Aplicando este ejemplo a la E2, diremos: la realización de la Salvación se juega en todos los humanos. Todos ellos están elevados al orden de la realización de la Salvación. Esta incorporación a la misma es fundamental y universalmente previa a la E2. Lo cual no quiere decir que la E2 no tenga su razón de ser para la Salvación. La tiene; pero no en el sentido de ser ella sola¬mente la que dirima la Salvación,

Como si la salvación de los seres humanos se dirimiera en base a una E2 contradistinta y opuesta a la E1, mientras ésta no tendría un papel decisivo en la consecución de la Salvación. Nosotros, por el contrario, pensamos que la E2 engloba inevitablemente la E1, y que es por esta E1 por la que se realizará fundamentalmente el juicio de los humanos. Es lo que claramente nos expresan tantos pasajes evangélicos: Mt 25, 31ss (el juicio de las naciones); Lc 10, 25-37 (el buen samaritano); Lc 11, 27-28 (la verdadera dicha); Mt 21, 28-32 (los dos hermanos); 1 Jn 4,7 (todo el que ama ha nacido de Dios); 1 Jn 4, 20 (el que dice que ama a Dios y odia a su hermano)…
sino en el sentido de ser una nueva luz, una nueva fuerza, una mediación concreta sacramental que facilita la Salvación. La E2 realiza Salvación, pero no en exclusividad, como si fuera de la E2 no hubiera ni espiritualidad ni Salvación. La Salvación y la espiritualidad desbordan la E2. Fuera de la (realización de la) Salvación no hay verdadera E2, pero fuera de la E2 también hay verdadera espiritualidad y Salvación.

Otro ejemplo: la opción ético-política por el pueblo y la opción evangélica por los pobres

La diferencia entre ambos modos de espiritualidad la podemos ver ejemplificada en un caso concreto, el de la diferencia que existe entre la opción por los pobres por motivos ético-políticos y la opción por los pobres por motivos evangélicos.

Por una parte, es claro que hay motivos ético-políticos que fundamentan la opción por los pobres por sí misma, aun antes o al margen de una opción cristiana.

Ion SOBRINO formula el mismo pensamiento diciendo que un fundamento válido para la opción por los pobres es simplemente la «honradez con lo real», «la fidelidad a lo real»…; cfr Liberación con espíritu, Sal Terrae, Sant 1985, 24ss. Por suparte, G. GUTIERREZ afirma: «Puede haber, y hay, otros motivos válidos [para la opción por los pobres]: la situación del pobre de hoy, lo que el análisis social de ese estado de cosas puede enseñarnos, la potencialidad histórica y evangelizadora del pobre, etc.»; cfr El Dios de la Vida, 1981, p.87.
Por otra parte, que la opción por los pobres tiene una profunda fundamentación bíblica y teológica es obvio para nosotros.
«Digámoslo con claridad: la razón última de esa opción [por los pobres] está en el Dios en quien creemos. La razón de la solidaridad con los pobres -con su vida y con su muerte- está anclada en nuestra fe en Dios, en el Dios de la vida. Se trata para el creyente de una opción teocéntrica, basada en Dios». G. GUTIÉRREZ, El Dios de la Vida, 1981, p.87. «La raíz más profunda de la opción por los pobres no es de carácter antropológico (humano, ético político), sino de carácter teológico, en particular cristológico»; cfr BOFF, C. y PIXLEY, J., Opción por los pobres, Paulinas, Madrid 1986, pág. 133. Para un estudio más exhaustivo, cfr LOIS, J., Teología de la liberación: Opción por los pobres, IEPALA, Madrid 1986, págs.149ss.
¿Qué relación hay entre la motivación ético-político y la religioso-evangélica?

Julio Lois nos responde: «Las motivaciones que la fe al creyente proporciona para optar por los pobres no excluyen las otras motivaciones que sin duda el creyente tiene, ni siquiera son unas motivaciones enteramente homologables a las restantes y que a ellas se suman como nuevos sumandos. Tal vez sería más correcto decir que todas las restantes motivaciones, vistas a la luz de la fe, sin perder su consistencia propia, cobran nuevo rostro y adquieren perfil teológico [y teologal]: la situación intolerable de injusticia se convierte en realidad que se opone al plan de Dios, en pecado; la lucha por la justicia, en misión al servicio del reinado de Dios; la potencia¬ción histórica del pobre se relaciona con la estrategia salvífica de Dios siempre mediada por su parcialidad hacia el pobre… La fe da así plenitud y radicalidad última a cualquier otra motivación y proporciona una nueva y decisiva fundamentación que, sin duda, hace más apremiante la misma opción. Además, ya hemos dicho que le infunde un nuevo espíritu y le aporta nuevos elementos importantes para la concreción de sus objetivos».(LOIS, J., l. c.., 202.)

Este texto de Julio Lois nos parece muy luminoso para expresar esta relación entre E1 y E2, porque la opción por los pobres por motivos ético-políticos es E1 (en nuestro libro, para distinguirla, la llamamos «Opción por el Pueblo»), y la opción por los pobres por motivos evangélicos-teológicos es E2 (y sólo a ella reservamos nosotros eneste libro el nombre de «Opción por los pobres».

Para concluir este apéndice permítasenos comparar más explícitamente la perspectiva con la que nos estamos moviendo en este libro, con la visión de los tratados clásicos de espiritualidad, que tanto han influido en la vivencia distorsionada de la espiritualidad cristiana.
En los tratados clásicos, el campo de la «espiritualidad» se ha venido restringiendo tradicionalmente a la vida de la Gracia, a las virtudes teologales, a la «vida espiritual». Eran «tratados» de E2, amputados de toda E1, y filtrados por una interpretación ontológico escolástica, en el caso de los católicos; o por la doctrina de la «sola fides», entendida como la íntima entrega fiducial al Salvador Jesús, en el caso de los protestantes.
En aquellos tratados las virtudes «naturales» eran consideradas irrelevantes ante las virtudes «sobrenaturales» o «infusas», imposibles en un no creyente. (Cfr a título de ejemplo TANQUEREY, Compendio de teología ascética y mística, Desclée, Bélgica 1930, p. 645-646).
En dichos tratados, una E2 prescindía prácticamente de la E1 y consideraba normal la vivencia de la E2 así espiritualizada. Nosotros, por el contrario, afirmamos que esa sería una situación anormal, propicia a la alienación religiosa y/o a la esquizofrenia espiritual.
En este ambiente de preterición de la E1, era común la opinión, frecuentemente no ex¬presada, de que sólo la E2 «santifica» o «justifica» a la E1.
En nuestra perspectiva, por el contrario, la E1 re¬adquiere toda su valoración posible (la que los profetas dan a la práctica del amor y la justicia cuando descalifican el culto descomprometido; la que Jesús le da en las parábolas del buen samaritano y del juicio final). Y se trata de una valoración que, en ese concreto sentido, «justifica» a la E2, en cuanto que se constituye en su criterio de verificación evangélica.

Desde este punto de vista, la crítica que hacemos a los tratados clásicos de espiritualidad sería, en síntesis la siguiente:
a) No han conocido o han olvidado la realidad antropológica de la espiritualidad, que para nosotros es la más amplia y que es fundamental.
b) No han conocido o han olvidado que, así como en toda dimensión humana hay una dimen¬sión teologal (que sólo la fe puede hacernos descubrir), así también toda vivencia teologal hu¬mana tiene una dimensión antropológica. Es decir, que toda E2 anima una E1, consciente o in¬conscientemente, coherente o incoherentemente.
c) Los planteamientos clásicos se han situado estrictamente en el orden de lo «explícitamente cristiano», y más concretamente en el orden de «lo teologal» (la «vida espi¬ritual», la vida de la Gracia…). En la práctica facilitaban la reducción de la espiritualidad al «orden del conocimiento de la salvación», cuando deberían haberla centrado decisivamente en el «orden de la realización de la Salvación», tanto personal como social.
d) Por todo ello, los planteamientos clásicos de los tratados de espiritualidad se hallan incapacitados para entablar un diálogo adulto con el hombre y la mujer de hoy. Y viceversa: un hombre y una mujer plenamente de hoy sienten rechazo hacia los planteamientos clásicos, que les re¬sultan espiritualistas y negadores del valor espiritual de lo humano y social.
e) Respecto a la E1 concretamente, un planteamiento correcto de la espiritualidad, de acuerdo al evange¬lio, necesita hoy día:
•reconocer la existencia de la E1,
•incorporarla al campo explícito de la doctrina sobre la espiritualidad,
•reconocerla como perteneciente al orden de la realización de la Salvación,
•asumirla como test personal y social de la autenticidad salvífica de la E2.

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