Espiritualidad de la liberación. ¿Qué es entonces la espiritualidad cristiana?
15.08.08 @ 06:00:00. Archivado en Autor del blog
5. ¿Qué es entonces la espiritualidad cristiana?
Todo lo que hemos dicho pudiera inquietar a algún lector o irritar a algún censor: ¿será que en este libro sobre la Espiritualidad de la Liberación no se va a hablar de la espiritualidad explícitamente cristiana, como la de la cruz y del bautismo, como la de la oración y el seguimiento de Jesús? Claro que vamos a hablar de ella, y de todas sus exigencias fundamentales. Más aún, hay que empezar diciendo que ya estamos hablando de ella, aun sin citarla, puesto que todo lo que hasta ahora hemos dicho sobre la espiritualidad en general, se refiere también a la espiritualidad explícitamente cristiana. Es decir, si la espiritualidad del seguimiento de Jesús merece el nombre de espiritualidad es porque cumple la definición de espiritualidad que hemos dado más arriba; o sea, porque es motivación, impulso, utopía, causa por la que vivir y luchar… Seguir a Jesús será la definición de su especificidad. La espiritualidad cristiana, como espiritualidad, en principio, es un caso más entre las muchas espiritualidades que se dan en el mundo de los humanos: la islámica, la maya, la hebraica, la guaraní, la budista, la kuna, la sintoísta…
Es bien posible que esta respuesta deje todavía insatisfecho a más de un lector, que preguntará: ¿pero es que no hay «algo más» en la espiritualidad cristiana, algo que no tienen las demás espiritualidades religiosas?
En principio, miradas las cosas con la luz normal, la espiritualidad cristiana no es más que «un caso más» entre las espiritualidades religiosas. Repetimos: miradas las cosas «con la luz normal». Ahora bien, si las miramos a la luz de la fe cristiana, descubrimos un «algo más» nuevo y peculiar. ¿Qué es?
Para responder a esa pregunta necesitamos pasar a encender la luz de la fe cristiana, entrando en ese otro plano de conocimiento, más allá, o más adentro, gratuito, inmerecido, que en sí, antes de nuestra respuesta fiel, no nos hace ni mejores ni peores, pero que es una luz «diferente» de «la luz normal».
6. Mirando las cosas desde la fe cristiana.
La fe cristiana es una luz peculiar.
No es la única luz religiosa que existe; también la fe quechua o islámica, por ejemplo, son luces religiosas, y todas ellas provienen del que es la Luz. Pero nosotros nos limitamos ahora a la perspectiva cristiana.Como toda visión religiosa y de fe, nos da una perspectiva contemplativa de la realidad, es decir, nos hace descubrir admirativamente una dimensión de la realidad que sólo es accesible a la luz de la misma fe. Es la dimensión de la salvación que Dios lleva adelante en la historia humana. Y dentro de esa dimensión vemos dos perspectivas, inseparables en sí, pero claramente distinguibles: el orden de la Salvación misma y el orden de su conocimiento.
En cuanto al orden de la Salvación, la fe nos hace saber que la presencia de la Salvación es inabarcable por nosotros, y que no tiene límites ni de espacio ni de tiempo, ni de raza ni de lengua, ni siquiera de religión. Todos los seres humanos tienen una relación directa con la Salvación, porque Dios quiere que todos los humanos se salven (1 Tim 2, 4). Todos son portadores potenciales de la misma y todos están llamados a colaborar en su construcción. Todos, pues, están incorporados al orden de la realización de la Salvación. Dios se vale de todo y de todos para ir tejiéndola en cada vida y en toda la Historia. Dios se comunica con las mujeres y con los hombres y les dirige su palabra a través del libro de la Vida, que es la Creación y la Historia, en el acontecer diario y bajo los signos de los tiempos y de los lugares. Así, actúa Dios de múltiples maneras, desconocidas para nosotros muchas veces, pero antiguas como la historia misma de la Humanidad (Heb 1, 1). Las personas humanas, por su parte, se sienten desafiadas y a la vez estimuladas por esta obra de Dios en medio del mundo y en ellas mismas. Y como espíritu que son, y a medida que de él se van llenando, van colaborando también más plenamente con la misma Salvación; muchas veces, sin saberlo. En el espíritu que mueve a cada persona, a cada grupo, a cada pueblo, hay una presencia cierta de la Salvación. A la luz de la fe, descubrimos que el espíritu, la espiritualidad de cada ser humano, de cada familia espiritual, de cada Pueblo, son realidades salvíficas, pertenecen indiscutiblemente al orden de la Salvación y están llamadas a colaborar en él. La fe cristiana nos da así una visión sumamente ecuménica, «macroecuménica».
Pero la fe cristiana nos descubre, además, un sentido propio y una significación nueva de las realidades salvíficas explícitamente cristianas. Dios no sólo ha creado el mundo y lo ha hecho escenario de su Salvación; no sólo ha creado al ser humano y lo ha constituido en uno de los principales protagonistas de la misma, sino que ha querido comunicarse a ese ser humano más plenamente para hacerle más accesible y comprensible la Salvación. No sólo se ha revelado a través de la mediación de la Creación y de la Historia, sino que ha decidido revelarse a la Humanidad directamente, personalmente. Los cristianos creemos que en Jesús Dios ha pronunciado su palabra en carne, en sangre, en historia, en muerte y resurrección. En Jesús de Nazaret, nacido de mujer (Gál 4,4) habita personal e históricamente la plenitud de la divinidad (Col 1, 15-20). En él Dios se nos ha revelado como el amor. Nos ha revelado en él el sentido y el fin de la existencia: la utopía del Reino. Y se ha revelado a sí mismo por la trayectoria de Jesús como la realización anticipada de la plenitud de la Nueva Humanidad.
Con esa revelación plena, Dios mueve a los humanos, los atrae hacia sí, les revela la dinámica y el sentido de la historia y de cada existencia y les da la Causa y los motivos para vivir, para convivir y para entregar la propia vida… En una palabra, se les hace presente con su Espíritu, en el espíritu de ellos, encaminándolos fortalecidamente hacia la Salvación. Realidades como la encarnación de Dios, la comunidad eclesial, la vida sacramental, etc. configuran otras tantas referencias de una espiritualidad explícitamente cristiana. El acceso a esta revelación manifiesta de la Salvación que es un don, inexplicablemente gratuito, en principio , facilita evidentemente la vivencia de la Salvación.
Más aún: no sólo diremos que Dios, a través de todos los medios de esta revelación (historia de Israel, palabra bíblica de Dios, Iglesia, sacramentos…), orienta y fortalece el espíritu de sus hijas e hijos, sino que les envía de un modo nuevo su propio Espíritu como el Espíritu Santo del Padre y del Hijo, como el Espíritu del resucitado Jesús.
Estas realidades específicamente cristianas que acabamos de citar y que pertenecen al orden de la manifestación y del consiguiente conocimiento de la Salvación, no son mediaciones absolutamente necesarias para la Salvación misma, sino para el conocimiento de su revelación y de su vivencia en cristiano. Los cristianos creemos que su finalidad estriba en ser una mediación en el mediador Jesús, merecedora de la más abrumada gratitud.
Esta distinción, tan importante, entre el orden de la realización de la Salvación y el orden de su manifestación o de su conocimiento por nuestra parte, no coincide con la frontera entre lo profano y lo sagrado, o entre lo directamente ético y lo explícitamente religioso.
7. La espiritualidad de los no cristianos y la espiritualidad de los cristianos.
A la luz de la fe, pues, ¿cómo valoramos, confrontándolas, la espiritualidad de los hombres y mujeres que no han tenido acceso a la revelación cristiana y la espiritualidad de aquellos que sí han tenido ese acceso?
Una primera respuesta, precipitada pero muy común, ha sido decir que los que no han conocido la revelación cristiana viven con un «espíritu» en minúscula, mientras los que han conocido a Dios por medio de esa revelación, viven por «el Espíritu» con mayúscula. Dios asistiría, eso sí, a unos y a otros, pero de manera muy desigual. Más aún, según esta opinión, frecuentemente se ha pensado que los que no han conocido la revelación cristiana o no se han incorporado a una Iglesia cristiana no estarían viviendo en sí mismos la «vida divina sobrenatural», sino solamente una «espiritualidad humana natural». Por el contrario, los que, conociendo la revelación, participan de la vida de la Iglesia estarían viviendo no un simple «espíritu» sino la vida del «Espíritu» mismo.
Esta respuesta es tan frecuente probablemente debido a que es la respuesta que dio la «Teología espiritual» o ciencia clásica de la espiritualidad. Esta, en efecto, fue concebida como ciencia de la «vida sobrenatural», de la «perfección cristiana», de la «ascética y de la mística»… lo cual dejaba de entrada fuera de consideración la posibilidad de una «espiritualidad de los no creyentes». Que éstos no pueden vivir las «virtudes» que viven los cristianos es algo comúnmente sostenido en la teología espiritual clásica. Cfr a título de ejemplo GARRIGOU-LAGRANGE, Perfection chrétienne et contempla¬tion, París 11923, pág. 64; también A. TANQUEREY, Compendio de teología ascética y mística, Desclée, París 1930, 646. Ambos se remiten a la doctrina de Santo Tomás: «las virtudes morales cristianas son infusas y esen¬cialmente distintas, por su objeto formal, de las más excelsas virtudes morales adquiridas que describen los más famosos filósofos… Hay diferencia infinita entre la templanza aristotélica, regulada solamente por la recta razón, y la templanza cristiana, regulada por la fe divina y la prudencia sobrenatural» (citado por Garrigou-Lagrange, l. c..).
Pero ésta es, como hemos dicho, una respuesta muy precipitada. Se trata de un pensamiento largamente difundido pero poco respetuoso con los datos que nos revela la fe. Porque establece un verdadero abismo, injustificable, entre las personas que han conocido la revelación y las que no la han conocido. La Palabra de Dios nos dice otra cosa.
En conformidad con esa Palabra, debemos responder a la pregunta inicial de este párrafo, con las dos afirmaciones siguientes:
a) Todos los seres humanos tienen espíritu y espiritualidad, no sólo los que conocen la revelación cristiana, ni sólo aquellos que caminan con una vivencia explícitamente religiosa. Espíritu y espiritualidad en el sentido que hemos dado a estos conceptos son una dimensión esencial de la persona humana y patrimonio de cualquier existencia personal.
b) En todos los seres humanos está presente y actúa el Espíritu de Dios, no sólo en aquellos que se han adherido a una Iglesia por la aceptación explícita de la revelación cristiana. Y ese Espíritu de Dios es el Espíritu de la Santísima Trinidad, el Espíritu de Jesús, que actúa también en aquellos que no conocen la revelación cristiana.
Conste, sin embargo, que la doble afirmación de este párrafo «b» que los cristianos hacemos, llevados por nuestra fe, no es compartida por los no cristianos, ni podemos pretender proselitísticamente que la compartan.
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