La Iglesia se hace diálogo

A los cincuenta años de la "Humanae Vitae"

21.07.18 | 18:00. Archivado en Teología

Pablo VI publicó esta encíclica el 25 de julio de 1968. Aquel papa, había manifestado su sensibilidad humanista y evangélica en dos excelentes documentos: “Ecclesiam suam” (1964) llamando al diálogo y encauzando por ahí el Concilio, y “Populorum progressio” (1967) de agudeza singular sobre el desarrollo humano. La encíclica “Humanae vitae”(HV) respira también su preocupación por salvaguardar los valores del matrimonio en una cultura donde el ejercicio de la sexualidad se puede reducir a erotismo, y las personas pueden ser tratadas irreverentemente.

Por eso defiende la vinculación entre la dimensión unitiva y la dimensión creativa del matrimonio, paternidad responsable, necesidad de controlar la natalidad cuando hay motivos serios, no al aborto permitido por este control, y rechazo a presiones políticas o económicas para controlar la población. Son imperativos y de actualidad máxima en a revolución sexual y el hedonismo que culturalmente se ha impuesto. Pero, siguiendo a sus predecesores Pío XI y Pío XII, hay en la HV una prohibición tajante: la Iglesia “condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias”. Según la encíclica, la licitud de controlar la natalidad aprovechando los tiempos infecundos de la pareja y la ilicitud de anticonceptivos artificiales se apoyan en un argumento:” entre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales”.

La encíclica fue valorada y rechazada por un detalle: siguiendo la enseñanza de sus predecesores Pio XI y Pío XII, mantenía la prohibición de medios artificiales anticonceptivos. Esa prohibición chirriaba con la práctica de muchos honrados cristianos que ya usaban esos anticonceptivos sin tener conciencia de pecado: ello explica también algunos obispos y teólogos reaccionaron en contra de la misma. Sin embargo al continuar con esa prohibición Pablo VI quiso zanjar de algún modo las políticas antinatalidad que estaban de moda por los años 60. Por otro lado, parece que él mismo relativizaba esa prohibición pues, en vez de acallar con su autoridad las reacciones en contra según le recomendaban algunos altos jerarcas de la Iglesia, guardó silencio. Finalmente, en la misma HV se reconoce que la presentación positiva de la moralidad conyugal no está cerrada al futuro magisterio de la Iglesia que podrá ofrecer “un diseño más amplio, orgánico y sintético”.

Creo que en este diseño ha dado un paso cualitativo la Exhortación “Amoris laetitia” (AL), donde prevalecen los términos de conciencia, discernimiento, ternura, alegría y gozo, generosidad, fragilidad, gradualidad, proceso, maduración… Destaco tres vertientes:

1. “Estamos llamados a formar las conciencias pero no a pretender sustituirlas” (AL n.37). El Vaticano II habló de la conciencia como sagrario donde las personas se encuentran con Dios; todos hemos sido puestos en manos de nuestra propia decisión y nunca debe actuar uno en contra de su conciencia. Esta prioridad de conciencia implica. Primero, que no vale ya una moral prioritariamente preceptiva. Por qué los métodos naturales para no engendrar hijos van a ser sin más buenos y los artificiales malos ¿Acaso la quimioterapia para extirpar el cáncer no interrumpe los procesos naturales? Por lo demás ¿lo que hace bueno malo a un acto no es la voluntad o intención de la persona que lo fragua y realiza? Segundo, que muchas veces la conciencia es errónea; por supuesto; pero la solución no es eliminarla sino formarla para que sea capaz del debido discernimiento. En ese sentido el hecho de que la AL no siga insistiendo en la prohibición de métodos anticonceptivos artificiales resulta bien significativo. No se arreglan ls cosas permitiendo los métodos anticonceptivos artificiales porque en el fondo se trata de superar una moral prioritariamente preceptiva.

2. Siguiendo la orientación del Vaticano II – el matrimonio ”intima comunidad de amor y de vida”- la AL resalta: “el amor rechaza todo impulso de cerrarse en si mismo y se abre a una fecundidad que lo prolonga más allá de su propia existencia” (AL n.80). Benecito XVI en su excelente encíclica sobre la caridad apuntó con agudeza el amor erótico es bueno pero no “la falsa divinización del eros” que lo priva de su dignidad divina y lo deshumaniza (Deus caritas est, n.4). Y esa divinización del “eros” no solo se da en la sexualidad sino también en la fiebre posesiva del tener, poder y gozar a costa de quien sea y de lo que sea. Por eso la AL vuelve a la intención más profunda del amor: apertura a la fecundidad más allá de todo egocentrismo que puede tener lugar tanto practicando métodos anticonceptivos naturales como artificiales. Sólo desde esa inspiración del amor gratuito -moral indicativa- puede ser bien interpretada la fecundidad en toda su amplitud y la paternidad responsable puede “humanizar los impulsos” dando toda su amplitud a la fecundidad. Con esa misma inspiración debe proceder la paternidad responsable que no es !procreación ilimitada - el papa Francisco emplea también la expresión popular “ser como conejos”- o falta de conciencia de lo que implica tener hijos, sino más bien la libertad inviolable de modo sabio y responsable, teniendo en cuenta las realidades sociales y demográficas como su propia situación y sus deseos legítimos” (AL, m.167)

3.”Acompañar, discernir e integrar la fragilidad”. El “eros” debe ser integrado en el “agape”, y el amor gratuito también incluye la dimensión erótica. Esa integración conlleva un proceso en la existencia humana. Consiguientemente hay que abandonar las posiciones dogmáticas y utópicas. La Iglesia “es consciente de la fragilidad de muchos de sus hijos. Iluminada con la mirada de Jesucristo mira con amor a quienes participan en su vida de modo incompleto reconociendo que la gracia de Dios también abra en sus vidas dándoles la valentía para hacer el bien, para hacerse cargo con amor el uno del otro y estar a servicio de la comunidad en la que viven y trabajan” (AL, n. 291).

Que estas sugerencias sean invitación para leer con nuevos ojos y en el proceso de la Iglesia en la evolución del tiempo intervenciones del Magisterio también condicionadas por la situación histórica y cultural donde tratan de actualizar el único Evangelio.


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