La Iglesia se hace diálogo

Ese 'no sé qué' de los poetas

03.06.17 | 12:13. Archivado en Teología

Aunque la racionalidad ha copado un poco mi discurso, desde niño encontré una referencia de respiro y descanso en la poesía. Juan de la Cruz. Juan Ramón Jiménez, Gerardo Diego, María Zambrano, Vicente Aleixandre y otros fueron como indicativos de un mundo tan real como indefinible con categorías aristotélicas.

Siendo aún joven tuve amistad con poetas salmantinos como José Ledesma y Jesús Ricardo Rasueros. En la ciudad del Tornes gusté los primeros poemas de Amable Sánchez y Emilio Rodríguez. En los últimos años, ya en Cuba, me dispensaron su amistad poetas muy valorados como Cintio Vitier y su esposa Fina Marruz. Es la sensibilidad que de nuevo celebré ayer en la presentación que Emilio Rodríguez hizo de su libro “Penúltimo cansancio”.

Conozco a este poeta desde hace muchos años. En una primera etapa sus versos me agradaban por la finura y transparencia; reflejaban un espacio de belleza y libertad al que no llegaban mis silogismos escolásticos. Después, el acceso a su poesía, siempre como la vida en evolución, insistía de modo casi obsesivo en el tema de la muerte. Ahí ya me perdí un poco. A veces sospechaba por dónde iba pero nada más.

Escuchando los versos breves y densos del libro que presentó ayer en San Lorenzo del Escorial, vislumbro una nueva etapa: el presente más hondo de la realidad y el futuro ya inscrito en ella. Siempre me agradó ver en este poeta -que además es pintor- cómo en la flor más insignificante o en la piedrecita más olvidada descubre un signo de grandiosidad que suscita un cuidado delicado. Y en este libro de algún modo refleja su sensibilidad ante esa Presencia barruntada y nunca definida que unas veces es nostalgia, otras horizonte nebuloso , otras afirmación, interrogante y finalmente, como tenue y temblorosa luz, esperanza.

La poesía de Emilio brota de una experiencia vivida en su interioridad, mientras nos entrega sus versos. Estos sin embargo evocan en nosotros una Presencia que nos habita o en que habitamos. Ese “no sé qué”, para el que sabe mirar, que todas las realidades creadas en su lenguaje de silencio ”quedan balbuciendo”. Indicativo saludable para una cultura de técnica donde todo se calcula comercialmente sin dejar espacio a lo gratuito, en un afán desmedido por crearnos divinidades o falsos absolutos a nuestra medida, y en un racionalismo que incluso mata en la frescura del Evangelio en la Iglesia. ¡


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