La Iglesia se hace diálogo

Sobre la muerte y resurrección de Jesús (Semana Santa 2017)

16.04.17 | 18:32. Archivado en Teología

La teología se mueve en el interior de la fe que vive la comunidad cristiana, y sólo cumple su papel cuando sirve al crecimiento de esa fe. Con esa intención ofrezco estos tres puntos de reflexión apara el triduo pascual.

1. Una vida que se entrega con amor: Cena de despedida

Jesús de Nazaret no hizo altas ni bajas especulaciones sobre Dios. Más bien experimentó la presencia del “Abba” como amor gratuito y ternura infinita que a todo da vida y aliento; que nos ama y continuamente nos sostiene para que, desde nuestra libertad, crezcamos amando a los demás. Jesús transmitió esa experiencia en su conducta compasiva y en las parábolas evangélicas: “pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos el diablo porque Dios estaba en él”.

Esa conducta provocó la reacción violenta de quienes cerrados en sí mismos utilizaban irreverentemente a los demás, y decidieron a dar muerte al Profeta. Jesús tuvo que procesar tal amenaza. Lejos de huir o renegar de su evangelio, lo ratificó en un comida de despedida con los que le habían acompañado por las aldeas de Galilea. En esa hora final donde la crueldad del mundo ya se cernía en el horizonte mientras quienes se decían sus seguidores no entendían e incluso alguno le traicionaba, Jesús comienza la comida dando gracias a Dios y haciendo dos gestos proféticos: compartiendo el pan lavando los pies a sus a sus discípulos, considerados en aquella cultura inferiores al maestro

En ese momento crítico ya en vísperas de su muerte, Jesús comienza “dando gracias” porque a pesar de todo, confía en el “Abba”; ocurra lo que ocurra, siempre le acompañará con amor. Y con los dos gestos expresa lo que ha intentado en su conducta histórica que sellará con la muerte: compartir y servir por amor a los demás. Esta es la forma o estilo de vivir que deja como camino a todos: “tomad y comed”; “os he dado ejemplo para que vosotros tratéis de recrear mi conducta”. Es la invitación que tiene lugar en la celebración eucarística que nos llena de luz y de gozo en el Jueves Santo.

2. Tanto ama Dios al mundo: celebrar la muerte de Jesús

La muerte en sí misma es sorda y muda. Y la muerte de cruz significaba en el siglo primero un castigo ignominioso dado a los esclavos. Confesar que un crucificado es el Mesías era “escándalo para los judíos y locura para los pagamos”. Sin embargo los primeros cristianos vieron en ese acontecimiento “la fuerza de Dios” que nos abre camino de salvación o plena humanización.

Con las experiencia de que Jesucristo resucitado ha vencido a la muerte, los primeros cristianos trataron de leer e interpretar el acontecimiento de la crucifixión. Si Dios estuvo con Jesús mientras proclamaba el evangelio en las ideas de Galilea y no le abandonó en la oscuridad de la cruz, aquel duro acontecimiento debe terne un sentido positivo. Para explicarlo acudieron a figuras de la revelación bíblica. Según los evangelios sinópticos, Jesús muriendo en la cruz es el Justo celebrado en los salmos, que se mantiene fiel porque se abre a la presencia de Dios que le anima. Es el Servidor de que habla el profeta Isaías que para traer la liberación al pueblo, soporta la incomprensión y hasta la muerte a manos de lis impíos. El cuarto evangelio escrito ya más tarde presenta la muerte de Jesús como la manifestación o epifanía del amor de Dios: “tanto amó al mundo que le entregó su Hijo”.

Ha calado demasiado en la religiosidad cristiana una interpretación expiatoria de la muerte de Jesús: ofendida por nuestros pecados, la divinidad exige reparación; dada la condición del ofendido, la ofensa es infinita; sólo podía repararla un hombre que al mismo tiempo fuera divino: eso tuvo lugar en la encarnación cuya finalidad fue la muerte de cruz donde se aplacó la ira de la divinidad ofendida. Con muerte de Jesús saldó la deuda y todos quedaríamos a salvo.

Esa interpretación es incompatible con la experiencia cristiana de Dios, ternura infinita, revelado en la conducta histórica de Jesús. La visión expiatoria suscita la imagen de una divinidad que ahoga en la culpa y en el castigo como si fuéramos nada más vasallos al antojo de un dictador. Interpretando la muerte de Jesús como un sacrificio expiatorio que repara la ofensa nuestros pecados contra la divinidad, parece que nuestra salvación se gestiona sin contar con nosotros incapaces para decidir sobre nuestra propia vida. Por lo demás la muerte de Jesús como un acontecimiento aislado de su conducta histórica sino consecuencia, tramo decisivo y expresión significativa de la. Finalmente la visión expiatoria interpretada como reparación a una divinidad celosa de su honor, da prioridad al sufrimiento para la salvación o realización humana, cuando lo único que abre porvenir es el amor.

Según la fe cristiana, la muerte de Jesús como un esclavo es manifestación de Dios-amor encarnado en la humanidad totalmente permeable a esa Presencia de amor. El cuarto evangelista inicia el relato sobre la pasión y muerte de Jesús reflejando su espacio interior: sabiéndose amado del Padre, y habiendo a los suyos – todos según el Prólogo- que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Jesús se sintió habitado e impulsado por la presencia del “Abba” y su alimento, lo que le mantuvo y agradó, fue hacer la voluntad del Padre: que todos tengan vida. Motivado por esa voluntad pasó por el mundo haciendo bien, sanando heridas y combatiendo las fuerzas del mal. Con esa motivación de amor , fue capaz de suportar el suplicio de la cruz. Su vida que culminó en la muerte fue manifestación de Dios amor encarnado en la humanidad que se abre y se deja transformar por esas “advertencia amorosa”. Según Tomás de Aquino en el s. XIII la muerte de Jesús es ante todo expresión de la misericordia divina; y lo mismo vino a decir el concilio de Trento hablando sobre la causa principal de la justificación ¿ Por qué seguir pensando que Dios es el Amo celoso de su honor y no el Amor que se da sencillamente porque “tiene un corazón generoso”?

En la celebración litúrgica del Viernes Santo, el que preside se dirige al pueblo “Mirad el árbol de la cruz”.
Contemplad el amor desconcertante de Dios que continuamente nos crea por amor, nos sostiene e impulsa . Contemplad en el rostro del que por amor soportó la cruz al ser humano que se perfecciona y se realiza plenamente cuando se abre de modo incondicional a esa Presencia de amor que le habita y es testigo de ese amor en su relación con los demás.

3. La resurrección de Jesús: el amor es más fuerte que la muerte

Los cristianos creemos en dos artículos inseparablemente unidos. Primero, que Jesús, muerto en la cruz, ha triunfado sobre la muerte, ha entrado en la plenitud de la vida él mismo en persona, y está transmitiendo vida no sólo a la comunidad cristiana sino a toda nuestra historia. Segundo, que el destino de Jesús es también nuestro destino.

La supervivencia es un anhelo que los seres humanos llevamos muy dentro; más que la muerte, al fin y al cabo un acontecimiento biológico natural, el enigma es la falta de resignación a terminar nuestros días. Por eso como respuesta normal a ese anhelo, en religiones anteriores a la Biblia cundió la idea de resurrección como supervivencia y el pensamiento filosófico defendió la inmortalidad del alma; con distintas interpretaciones se habla también de reencarnación.

En la revelación bíblica la esperanza de un más allá como plenitud de vida entró solo dos siglos antes de Cristo. Pero hay una peculiaridad en las motivaciones de esta esperanza. Se argumenta no tanto por el anhelo de supervivencia que bulle dentro del ser humano. El argumento bíblico es teológico y tiene doble resorte: si Dios es dueño de la vida y protector de los seres humanos, parece imposible que los deje abandonados en la muerte; además, si los humanos tejen su existencia con amor a Dios y a los demás, incluso hasta perder la propia vida, ese amor no puede quedar en el sepulcro sin respuesta. En ese contexto bíblico Jesús mismo creía en la resurrección. Según los evangelios, arguye a los fariseos que rechazaban esa creencia : el Dios, protector de Abrahán, Isaac, Jacob, que acompaña y sostiene a todos los seres humanos con amor, es fuente de vida y ocurra lo que ocurra nunca los abandona.

En esta fe bíblica y evangélica la resurrección no es solo supervivencia o continuidad de la vida que tenemos aquí. Lis presentan la resurrección de Jesús no como reanimación de un cadáver sino como entrada en una plenitud de vida ya sin dolor ni muerte. El Dios que continuamente se da como amor, en quien nos movemos y existimos, completará en nosotros y con nosotros el deseo insaciable de vida plena que, mientras caminamos en el tiempo, da consistencia y sentido a todos nuestros deseos.

Y esa vida eterna ya comienza mientras vamos de camino. Marta, según la creencia de los judíos, espera que su hermano Lázaro resucitará al fin de los tiempos; pero Jesús introduce la novedad : “el que cree en mi, aunque muera, vivirá”. Creer en Jesús es ser permeable a la presencia de Dios fuente de vida; y esta comunión de amor continuará sin trabas después de la muerte biológica. En Pentecostés San Pedro lo dice así: A este Jesús que pasó por mundo haciendo el bien y sanando heridas con amor, Dios no podía dejar abandonarlo en la muerte. No porque debía premiarle por su buen comportamiento, sino porque la vida tejida con amor es más fuerte que la muerte. Así lo celebra también san Pablo en el himno sobre la caridad: “el amor nunca muere”.


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