Hace unos días me agradó ver la serie televisiva que destaca la importante influencia del Cardenal Tarancón en el cambio político de nuestra sociedad hacia la democracia. La proyección venía bien tanto para los que se obsesionan en negar a la Iglesia el pan y la sal, como para los que siguen añorando una presencia pública de la Iglesia en el triunfalismo del poder.
Con su visión y su forma de actuar aquel obispo, admirado por unos y vilipendiado por otros, sugería una nueva presencia pública de la Iglesia que, lejos de imponer a todos sus creencias religiosas, trabaja para que todos puedan vivir como personas que piensan, eligen y deciden por su cuenta. Esta opción implicaba, según afirmó Tarancón en una Asamblea Plenaria del episcopado de 1978, una nueva etapa en la presencia pública de la Iglesia “menos conflictiva, pero probablemente más difícil”.
“Menos conflictiva”.
Porque la Iglesia no pretende ya ser considerada como un poder político ni económico; no habrá enfrentamientos directos de la jerarquía eclesiástica con esos poderes. Por otra parte, la sociedad cada vez más emancipada de la tutela religiosa y funcionando en todas sus áreas con legítima autonomía, no reclamará la tutela de la Iglesia e incluso la rechazará en exceso. La puede seguir ahí, sin pena ni gloria, como un parásito que para nada sirve; con su ritos de siempre y sin mayor influencia en la organización sociopolítica, aunque sí llevando a cabo encomiable beneficencia.
“Pero más difícil”
¿Por qué? Sencillamente –lo dijo ya Tarancón en la Asamblea de obispos- porque “la Iglesia no confunde ser independiente, como pudieran creer algunos, con una neutralidad, como si ella quisiera y tuviese que permanecer indiferente ante la organización sociopolítica que vaya a darse en este país”.
Y ante esta dificultad nos encontramos hoy. Unos pretenden domesticar a la Iglesia dejándola cerrada y silenciosa en la sacristía, otros se empeñan en que pase del monopolio al expolio, mientras otros pueden pensar que, una vez caído el nacional-catolicismo y ya en situación de no cristiandad, la Iglesia debe reconquistar posiciones de protagonismo social que tuvo en el pasado.
Lo difícil hoy es que la Iglesia, renunciando al poder y privilegios sociales, avive su fuerza profética en una sociedad desfigurada por la injusticia, la desigualdad y la corrupción. Es difícil porque esta nueva forma de presencia pública sólo se irá logrando en la medida en que la comunidad cristiana se deje interpelar y transformar por el evangelio: la vida y la dignidad de todos los seres humanos juzga sobre la verdad de las prácticas religiosas.
Veo con mucho disguto, que todavia, algunos que se tienen por buenos, mandarian al señor cardenal Tarancon al paredon.
Hace falta ser víbora que pasa por aquí como Fortea para contraponerse a Tarancçon.
A Dios gracias, el modelo de Iglesia que representaba Tarancón es hoy historia. Historia de pesadilla, pero historia.
Una visión más conforme con la realidad:
http://blogdelpadrefortea.blogspot.com/2012/01/el-cardenal-tarancon-ha-llegado-la-hora_09.html
http://blogdelpadrefortea.blogspot.com/2012/01/el-cardenal-tarancon-ha-llegado-la-hora_10.html
Miércoles, 30 de mayo
Universidad Pontificia Comillas
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Antonio Aradillas
Juan Jáuregui Castelo