07.05.07 @ 19:15:56. Archivado en Sobre el autor
9:30 a.m.: Desayunando en una de las mesitas del “Café y Té” que hay bajo de casa. Un café y un peazo tarta de chocolate. Miro obsesivamente el cartelito del paquete de Marlboro “Fumar perjudica gravemente su salud y la de los que están a su alrededor”. Y decido buscar algo mejor (sólo un poco mejor) que leer. El colgador que hay bajo la barra, donde suele estar el periódico del día, está vacío. Maldición. Recorro la barra con la mirada y localizo a un señor gigante tipo Godzilla sentado a duras penas en un taburete, tras cuyas espaldas sólo se adivinan las esquinitas del diario. Bien. Esperaré envuelta en chocolate. Mmmmmmm.
Acaba, por fin. Y voy hacia él, con un ojo en el diario y otro en mi bolso abandonado a su suerte junto a la silla. “Disculpe, ¿Ha terminado?”. Pregunta tonta, por evidente. Levanta la cabeza, la gira lentamente hacia mí y responde inexpresivo “No”. “Me refiero al periódico”, sonrío tontamente. “Le he dicho que no”.
Inexplicables sentimientos.
Corro a mi bolso. Lo agarro. Rebusco una pistola, un pintalabios, un algo-lo-que-sea, que es mi técnica para escapar mentalmente de situaciones confusas.
Casi al momento el niño pijo de la mesa del fondo sale disparado hacia la barra y con un movimiento ágil recoge el periódico. ¡El tío! En plan distraído, como si nada. ¡¡¡ Como si hace un segundo no se hubiera desarrollado la guerra fría entre Godzilla y yo por el maldito periódico!!!
Grrrrrrrr.
Y lo peor de todo es que Godzilla ni se ha inmutado.
Malhumorada, avergonzada y atolondrada, casi me las piro sin pagar. Todo este asunto me ha hecho olvidar el incalculable valor de una buena tarta de chocolate.
10:00 a.m. Perfumería Druni. Técnica recarga-autoestima número 2. Atiborrar el cestito de cosméticos que usaré una vez en mi vida: un pintalabios ultrahidratante y otro de brillosdiamante. Máscara longfashion. Sombras de ojos de colores chillones. Pinzitas para el pelo.
10:30 a.m. Para completar mi domingo de asueto consumista me adrento por la gruta FNAC. Qué placer para los sentidos caminar sobre una moqueta. Creo que no vamos a FNAC porque nos gusten los libros, la música o el software. Vamos sólo por remojar nuestros urbanos pies en una confortable marea de mullidita y acogedora, silenciosa, moqueta.
Mientras discurro por los pasillos adopto el aire de pseudointeligente con prisas que busca algo muy concreto que conoce muy bien (Dios mío, es cultura, y yo pertenezco a la distinguida clase que compra cultura, y por supuesto la conoce de sobra).
Mientras subo las escaleras mecánicas dudo si holgazanear escuchando música (y rebuscando tios buenos con el escáner óptico mientras tanto), o preguntar por mi libro. Giro a la izquierda. ¡¡¡El mostrador de preguntones está libre!!!! Aprieto el paso, no sea que alguien se me adelante.
“Hola, ¿Tienes …?”
“Hola. ¿Puedo ayudarte?" –sonrisa dulce imagen de marca de la FNAC-.
“Sí, … gracias. Emmm, estoy buscando '¿Es real la realidad?' de Paul Watzlawick."
Un preguntón acaba de secundarme en la cola.
“Es real la realidad. Editorial?”, dice mientras teclea en el ordenador.
El misterio irresoluble que siempre me atenaza en momentos como este.
“Ni idea”.
Nueva sonrisa dulce FNAC, y resoplido del preguntón de atrás.
“A ver. El autor era?”
“Watzlawick. W-A-T-Z-L-A-W-I-C-K”
Resoplido trasero. Este tío me va a terminar despeinando.
“Mmmmm. No lo tenemos. Es una edición agotada hace años.”
“No. ¿Estás seguro? Lo han vuelto a reeditar.”
“Ah, sí. Pero no lo tenemos. Espera un segundo. Voy a mirar en bolsillo.”
( nueva típica frase imagen de marca de FNAC).
Aprovecho la espera para mirar al resoplón que tengo pegado a mi culo.
Increíble.
Es Godzilla.
Toco el mostrador. Está frío. Como el plato de la venganza.
Vuelve el niño con mi libro reluciente y me siento felíz.
“¿Es todo?”
“No, … espera.”. Saco el resguardo del cajero y simulo que es una lista de la compra.
“¿Tienes “La rebelión de las masas en Saigón”?
No.
“¿Y ‘bucear en las Barbados’, de Klaus Kinski?”
Tampoco.
“¿El gorjeo del pinzón en primavera?”
Godzilla parece un huracán.
“Mmmmmmmm. Espera. Éste es el último. “La mala educación?”
“Ese sí. Editorial Ocho y Medio. ¿Lo quieres también?”
“No. Ése es para el señor”. Y señalo a Godzilla. Me mira sorprendido. Le digo: “Léalo con fruición, le corresponde.”
Salí disparada de allí. Bajando manual –digo piesal- mente las escaleras mecánicas para pagar semioculta en la caja que hay en el zulo de abajo. Crucé la moqueta hacia San Agustín con aire de intelectual espantada, esperando que Godzilla me atacara de un momento a otro. Ni rastro. Uf. Al fin en casa.
Mierda. Se me olvidó comprar el pan.