Humanismo sin credos

La honradez del creer.

04.11.18 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro

Dicen los estrategas que la mejor defensa es el ataque. Ni más ni menos que la actitud de los creyentes cuando alguien pone en solfa y trata de desvelar sus contradicciones, sean éstas de tipo teórico, es decir, dogmático, o práctico, sus celebraciones y ritos.

¿Pero tú crees en los milagros? ¿Te parece normal creer que Jesús nació de una Virgen? ¿Todavía sigues pensando que “realmente” está tu dios en ese trozo de harina prensada y redondeada? ¿Cómo entiendes eso de “subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre”? Y así pasando por todos los enunciados del catecismo, porque es menester volver siempre sobre lo mismo.

Y responden con ideas como “¡los ataques de siempre, discursos trasnochados, vuelta a lo mismo, argumentos repetitivos, consideraciones pasadas de moda...!” Puede ser cierto lo que dicen, pero aunque sea así ¿pueden responder a lo que se les fustiga o impugna?

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Las extorsiones doctrinales fundadas en metáforas.

31.10.18 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro

El lenguaje que utiliza la religión siempre aletea por las regiones y esferas de lo simbólico, pero sabe aterrizar en la normalidad o vulgaridad de los acontecimientos diarios, condicionando con su inconcreción el desarrollo de vidas y conciencias.

Pablo, el de Tarso, en I Cor 6.19, para fustigar vicios carnales y precaver conductas desviadas en los prosélitos del Señor, se expresa con esta rotunda sentencia: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?” . Poco antes, v.16 ha dicho: “...vuestros cuerpos son miembros de Cristo”, que tanto monta.

Los motivos hacen referencia a vicios relacionados con “la carne”, asunto recurrente en Pablo quizá por la depravación de costumbres que veía alrededor o quizá por el propio puritanismo del apóstol.

La frase de referencia es una de tantas que ningún crédulo del montón repiensa. La admite sin más, encapsulada en títulos y contextos epistolarios indiscutibles –“lectura de la carta de San Pablo a los...”-- más si proviene de boca inspirada por ese mismo Espíritu.

Si consideramos el aspecto semántico, es decir lo que quiere decir el de Tarso y qué lenguaje emplea, y ponemos en ilación cuerpo, templo y Espíritu Santo, es claro que se trata de un lenguaje metafórico o simbólico.

Evidentemente no se puede entender la frase en su más absoluta literalidad: ni el cuerpo es ningún templo ni nadie dedica culto al Espíritu Santo en su propio cuerpo. No es, pues una referencia a cuerpo/templo como algo real, hecho de carne y huesos o piedras y argamasa.

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Prácticas de Filosofía Lógica poniendo a Dios por testigo.

23.10.18 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


Decía Aristóteles que Silogismo es un argumento a partir del cual, fundadas ciertas verdades y por ser lo que son, necesariamente se deduce otra cosa diferente. La Escolástica llegó a su más alta concreción lógica con la técnica del silogismo.

El silogismo tenía sus reglas tanto respecto a los términos (una de ellas, la referida al "quaternio terminorum") como a las premisas. Sólo eran válidas quince clases de silogismo, según los enunciados de las premisas fueran afirmativos universales (A), afirmativos particulares (I), negativos universales (E) o negativos particulares (O). Condición imprescindible, que las premisas fueran verdaderas para que la conclusión fuera necesaria.

Esto se aprendía con una retahíla mnemotécnica: bárbara - celarent - darii - ferio - baralipton - cesare - camestres – festino , etc. siendo el último ferison. Un ejemplo en "cElArEnt": Los hombres no tienen alas(E); todos vosotros sois hombres (A), luego ninguno de vosotros tiene alas (E). O un silogismo en "dArII" un tanto "sofismatizado": Los blogs infumables no se deben leer; éste es un blog infumable; luego este blog no se debe leer

Apliquemos un poco de lógica no sé si escolástica o sofista al asunto Dios, a la posibilidad o no de creer en él y temas similares. Y partamos de algo que es verdad establecida, que "Deum nemo vidit unquam" y que no se puede saber nada de Dios (es afirmación teológica axiomática):

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Los principios de la ciencia aplicados a la religión.

20.09.18 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


Advertencia preliminar: la religión como creencia no puede colocarse en el mismo nivel de la ciencia; sin embargo, la religión como conjunto de enunciados y dogmas sí pretende ser ciencia. Es la teología. A dicha "ciencia" sí se pueden extrapolar los principios que rigen a cualquiera de ellas.

Sin mayor pretensión que la de vulgarizar conceptos, la simple enumeración de los principios que rigen la ciencia y su progreso puede dar las pistas previas a las consideraciones que siguen:

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Guiados por el sentido común.

02.09.18 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro

Todos entendemos lo que quiere decir “sentido común”. En definitiva no es otra cosa que la aplicación de los criterios racionales a los acontecimientos de cada día.

El sentido común lo es más cuando se alimenta de instrucción y conocimientos.

Cierto es que no todo es "razón" en el ser humano: instintos, emotividad, sentimientos, volición... Sin embargo la razón es esencial para "moverse" por el mundo.

La razón que produce ciencia y concluye en actos se mueve casi exclusivamente en el nivel perceptivo, añadiendo elementos racionales de causalidad y acumulación.

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La religión siempre supone más de lo que hay.

05.02.18 | 14:08. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


Cuantos escudriñan y revuelven aspectos de la vida con ojos científicos, suelen derivar en conclusiones generales muy ligadas a aspectos simbólicos, psicológicos, axiológicos o praxiológicos (1) que no se apartan mucho de las nociones que al hombre común le sirven para “andar por la vida”.

Las deducciones religiosas –el hombre depende de instancias superiores que escapan a la consideración científica o a/científica— es una de esas derivaciones quizá no buscadas, pero con las que se encuentra el científico.

Ahora bien, tales derivaciones no son sino fruto del “cansancio vital” que suele embargar a quien se aturde con tanta maravilla descubierta, con quien presupone que puede haber más de lo que los datos le ofrecen, con quien pretende encontrar en sí mismo capacidades cognitivas, deductivas, ignoradas anteriormente...

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La modestia del saber frente a la soberbia del creer.

18.10.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro

Tómese lo que sigue como dicho por “cualquiera”:

La imagen científica del mundo es muy deficiente... No sabe decirnos nada de lo que significa que algo sea rojo o azul... nada de lo bello o de lo feo, de lo bueno o de lo malo, de Dios y la eternidad... por qué la música puede deleitarnos o por qué y cómo una antigua canción puede hacer que nos salten las lágrimas.

Esta frase, sin contexto, sin autoría conocida, es anodina y trivial. Quizá podamos admirar en ella el ejemplo de humildad de la ciencia, la física, claro, recordando que en literatura esto se llama metonimia, la de pretender que la totalidad sea una de sus partes.

La ciencia física no es “toda” la ciencia. También hay ciencias lingüísticas, psicológicas, metafísicas... que son las propiamente “humanas”.

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¿Cuándo se va a desprender la Iglesia de los milagros?

16.09.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


Cada vez que "suben a los altares" a algún mortal fenecido, sacan a colación, primero y como es natural, su vida ejemplar y después la confirmación de tal vida ejemplar ¡con un milagro! Si no fuesen las autoridades crédulas tan recurrentes no seríamos nosotros tan renuentes.

Una y otra vez tenemos que volver a hacer la pregunta: ¿pero todavía crees en milagros? Como personas sensatas no podemos entender que alguien, en los tiempos que corren, crea en "milagros al uso", por hechos más inexplicables que parezcan.

Situémonos en el contexto de las religiones consideradas paganas y por tanto falsas: los que creen en los milagros "católicos" ¿creen en los milagros que en esas religiones paganas se citan? Evidentemente no.

Copio el texto que aparece en el Diccionario Filosófico editado por los enciclopedistas franceses:

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Kant: ¿Qué es la Ilustración?

11.07.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


No puedo por menos de transcribir los párrafos finales del opúsculo de E. Kant sobre la Ilustración, sobre el uso de la razón y su relación con las creencias:

Si ahora nos preguntamos: ¿es que vivimos en una época ilustrada? la respuesta será: No, pero sí en una época de ilustración. Falta todavía mucho para que, tal como están las cosas y considerados los hombres en conjunto, se hallen en situación, ni tan siquiera en disposición de servirse con seguridad y provecho de su propia razón en materia de religión. Pero ahora es cuando se les ha abierto el campo para trabajar libremente en este empeño, y percibimos inequívocas señales de que van disminuyendo poco a poco los obstáculos a la ilustración general o superación, por los hombres, de su merecida tutela. En este aspecto nuestra época es la época de la Ilustración o la época de Federico.

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Un ateo práctico que no se atreve a ser teórico.

09.07.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


Quien más quien menos, cualquier persona ilustrada conoce la deriva del pensamiento de E. Kant (1724-1804) y lo que supuso para las creencias en Dios su Crítica de la Razón Pura complementada con la Crítica de la Razón Práctica. El sí y el no, unidos en la misma persona.

Kant, como muchos de sus contemporáneos y discípulos (recordemos a su pragmático discípulo, Borowski, que no quiso asistir a su entierro por si lo asociaban con el “ateo” Kant y eso cercenaba su futuro), fue más práctico que teórico: si “confesaba” abiertamente lo que pensaba, sería expulsado de la Universidad. Primum vívere...

Pero Kant, al menos para alguno de sus biógrafos, era un ateo teórico que de vez en cuando se manifestaba práctico (praxis):

«Aunque Kant había alimentado en su filosofía la esperanza de una vida eterna y de un estadio futuro, en su vida personal se había mostrado muy frío hacia tales ideas. Scheffner le había oído a menudo burlarse de las plegarias y de otras prácticas religiosas. La religión organizada lo sacaba de quicio. Para todos los que lo trataron directamente, era evidente que Kant no creía en un Dios personal. Habiendo postulado a Dios y a la inmortalidad, él mismo no creía en ninguna de estas cosas. Su meditada opinión es que tales creencias son exclusivamente una cuestión de 'necesidades individuales'. Y Kant no sentía tal necesidad»

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Frases, credos, chistes, soflamas... y el cerebro como árbitro.

29.06.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro

Dos enunciados que condicionan el conocimiento, la emotividad, la actuación y, en definitiva, la fe de millones de personas:

a) Cristo, hijo de Dios;

b) Mahoma, profeta del Altísimo...

Puede ser algo "a creer"; o tomarse como enunciado literario, sin contenido real; también pueden chocar contra la coraza del que positivamente rechaza cualquier asunto proveniente de la credulidad; finalmente, como es lo habitual en el pensamiento crédulo, puede resbalar por la piel cerúlea del que sí lo cree pero ni se para a pensar en ello.

Afirmo, sin temor a equivocarme que, en estos dos últimos casos --rechazo frontal o anoxia cognoscitiva-- ninguno se ha parado a pensar en las consecuencias de lo que tales enunciados acarrean.

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11.06.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro

No puedo por menos de transcribir los párrafos finales del opúsculo de E. Kant sobre la Ilustración, sobre el uso de la razón y su relación con las creencias:

Si ahora nos preguntamos: ¿es que vivimos en una época ilustrada? la respuesta será: no, pero sí en una época de ilustración. Falta todavía mucho para que, tal como están las cosas y considerados los hombres en conjunto, se hallen en situación, ni tan siquiera en disposición de servirse con seguridad y provecho de su propia razón en materia de religión. Pero ahora es cuando se les ha abierto el campo para trabajar libremente en este empeño, y percibimos inequívocas señales de que van disminuyendo poco a poco los obstáculos a la ilustración general o superación, por los hombres, de su merecida tutela. En este aspecto nuestra época es la época de la Ilustración o la época de Federico.

Un príncipe que no considera indigno de sí declarar que reconoce como un deber no prescribir nada los hombres en materia de religión y que desea abandonarlos a su libertad, que rechaza, por consiguiente, hasta ese pretencioso sustantivo de tolerancia, es un príncipe ilustrado y merece que el mundo y la posteridad, agradecidos, le encomien como aquel que rompió el primero, por lo que toca al Gobierno, las ligaduras de la tutela y dejó en libertad a cada uno para que se sirviera de su propia razón en las cuestiones que atañen a su conciencia.

Bajo él, clérigos dignísimos, sin mengua de su deber ministerial, pueden, en su calidad de doctores, someter libre y públicamente al examen del mundo aquellos juicios y opiniones suyos que se desvíen, aquí o allá, del credo reconocido; y con mayor razón los que no están limitados por ningún deber de oficio. Este espíritu de libertad se expande también por fuera, aun en aquellos países donde tiene que luchar con los obstáculos externos que le levanta un Gobierno que equivoca su misión. Porque este único ejemplo nos aclara cómo en régimen de libertad nada hay que temer por la tranquilidad pública y la unidad del ser común. Los hombres poco a poco se van desbastando espontáneamente, siempre que no se trate de mantenerlos, de manera artificial, en estado de rudeza.

He tratado del punto principal de la ilustración, a saber, la emancipación de los hombres de su merecida tutela, en especial por lo que se refiere a cuestiones de religión; pues en lo que atañe a las ciencias y las artes los que mandan ningún interés tienen en ejercer tutela sobre sus súbditos y, por otra parte, hay que considerar que esa tutela religiosa es, entre todas, la más funesta y deshonrosa.

Pero el criterio de un jefe de Estado que favorece esta libertad va todavía más lejos y comprende que tampoco en lo que respecta a la legislación hay peligro porque los súbitos hagan uso público de su razón, y expongan libremente al mundo sus ideas sobre una mejor disposición de aquella, haciendo una franca crítica de lo existente; también en esto disponemos de un brillante ejemplo, pues ningún monarca se anticipó al que nosotros veneramos.

Pero sólo aquel que, esclarecido, no teme a las sombras, pero dispone de un numeroso y disciplinado ejército para garantizar la tranquilidad pública, puede decir lo que no osaría un Estado libre: ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis pero obedeced! Y aquí tropezamos con un extraño e inesperado curso de las cosas humanas; pues ocurre que, si contemplamos este curso con amplitud, lo encontramos siempre lleno de paradojas.

Un grado mayor de libertad ciudadana parece que beneficia la libertad espiritual del pueblo pero le fija, al mismo tiempo, límites infranqueables; mientras que un grado menor le procura el ámbito necesario para que pueda desenvolverse con arreglo a todas sus facultades. Porque ocurre que cuando la Naturaleza ha logrado desarrollar, bajo esta dura cáscara, esa semilla que cuida con máxima ternura, a saber, la inclinación y oficio del libre pensar del hombre, el hecho repercute poco a poco en el sentir del pueblo (con lo cual éste se va haciendo cada vez más capaz de la libertad de obrar) y hasta en los principios del Gobierno, que encuentra ya compatible dar al hombre, que es algo más que una máquina, un trato digno de él.


Domingo, 18 de noviembre

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