Humanismo sin credos

La modestia del saber frente a la soberbia del creer.

18.10.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro

Tómese lo que sigue como dicho por “cualquiera”:

La imagen científica del mundo es muy deficiente... No sabe decirnos nada de lo que significa que algo sea rojo o azul... nada de lo bello o de lo feo, de lo bueno o de lo malo, de Dios y la eternidad... por qué la música puede deleitarnos o por qué y cómo una antigua canción puede hacer que nos salten las lágrimas.

Esta frase, sin contexto, sin autoría conocida, es anodina y trivial. Quizá podamos admirar en ella el ejemplo de humildad de la ciencia, la física, claro, recordando que en literatura esto se llama metonimia, la de pretender que la totalidad sea una de sus partes.

La ciencia física no es “toda” la ciencia. También hay ciencias lingüísticas, psicológicas, metafísicas... que son las propiamente “humanas”.

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¿Cuándo se va a desprender la Iglesia de los milagros?

16.09.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


Cada vez que "suben a los altares" a algún mortal fenecido, sacan a colación, primero y como es natural, su vida ejemplar y después la confirmación de tal vida ejemplar ¡con un milagro! Si no fuesen las autoridades crédulas tan recurrentes no seríamos nosotros tan renuentes.

Una y otra vez tenemos que volver a hacer la pregunta: ¿pero todavía crees en milagros? Como personas sensatas no podemos entender que alguien, en los tiempos que corren, crea en "milagros al uso", por hechos más inexplicables que parezcan.

Situémonos en el contexto de las religiones consideradas paganas y por tanto falsas: los que creen en los milagros "católicos" ¿creen en los milagros que en esas religiones paganas se citan? Evidentemente no.

Copio el texto que aparece en el Diccionario Filosófico editado por los enciclopedistas franceses:

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Kant: ¿Qué es la Ilustración?

11.07.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


No puedo por menos de transcribir los párrafos finales del opúsculo de E. Kant sobre la Ilustración, sobre el uso de la razón y su relación con las creencias:

Si ahora nos preguntamos: ¿es que vivimos en una época ilustrada? la respuesta será: No, pero sí en una época de ilustración. Falta todavía mucho para que, tal como están las cosas y considerados los hombres en conjunto, se hallen en situación, ni tan siquiera en disposición de servirse con seguridad y provecho de su propia razón en materia de religión. Pero ahora es cuando se les ha abierto el campo para trabajar libremente en este empeño, y percibimos inequívocas señales de que van disminuyendo poco a poco los obstáculos a la ilustración general o superación, por los hombres, de su merecida tutela. En este aspecto nuestra época es la época de la Ilustración o la época de Federico.

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Un ateo práctico que no se atreve a ser teórico.

09.07.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


Quien más quien menos, cualquier persona ilustrada conoce la deriva del pensamiento de E. Kant (1724-1804) y lo que supuso para las creencias en Dios su Crítica de la Razón Pura complementada con la Crítica de la Razón Práctica. El sí y el no, unidos en la misma persona.

Kant, como muchos de sus contemporáneos y discípulos (recordemos a su pragmático discípulo, Borowski, que no quiso asistir a su entierro por si lo asociaban con el “ateo” Kant y eso cercenaba su futuro), fue más práctico que teórico: si “confesaba” abiertamente lo que pensaba, sería expulsado de la Universidad. Primum vívere...

Pero Kant, al menos para alguno de sus biógrafos, era un ateo teórico que de vez en cuando se manifestaba práctico (praxis):

«Aunque Kant había alimentado en su filosofía la esperanza de una vida eterna y de un estadio futuro, en su vida personal se había mostrado muy frío hacia tales ideas. Scheffner le había oído a menudo burlarse de las plegarias y de otras prácticas religiosas. La religión organizada lo sacaba de quicio. Para todos los que lo trataron directamente, era evidente que Kant no creía en un Dios personal. Habiendo postulado a Dios y a la inmortalidad, él mismo no creía en ninguna de estas cosas. Su meditada opinión es que tales creencias son exclusivamente una cuestión de 'necesidades individuales'. Y Kant no sentía tal necesidad»

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Frases, credos, chistes, soflamas... y el cerebro como árbitro.

29.06.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro

Dos enunciados que condicionan el conocimiento, la emotividad, la actuación y, en definitiva, la fe de millones de personas:

a) Cristo, hijo de Dios;

b) Mahoma, profeta del Altísimo...

Puede ser algo "a creer"; o tomarse como enunciado literario, sin contenido real; también pueden chocar contra la coraza del que positivamente rechaza cualquier asunto proveniente de la credulidad; finalmente, como es lo habitual en el pensamiento crédulo, puede resbalar por la piel cerúlea del que sí lo cree pero ni se para a pensar en ello.

Afirmo, sin temor a equivocarme que, en estos dos últimos casos --rechazo frontal o anoxia cognoscitiva-- ninguno se ha parado a pensar en las consecuencias de lo que tales enunciados acarrean.

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11.06.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro

No puedo por menos de transcribir los párrafos finales del opúsculo de E. Kant sobre la Ilustración, sobre el uso de la razón y su relación con las creencias:

Si ahora nos preguntamos: ¿es que vivimos en una época ilustrada? la respuesta será: no, pero sí en una época de ilustración. Falta todavía mucho para que, tal como están las cosas y considerados los hombres en conjunto, se hallen en situación, ni tan siquiera en disposición de servirse con seguridad y provecho de su propia razón en materia de religión. Pero ahora es cuando se les ha abierto el campo para trabajar libremente en este empeño, y percibimos inequívocas señales de que van disminuyendo poco a poco los obstáculos a la ilustración general o superación, por los hombres, de su merecida tutela. En este aspecto nuestra época es la época de la Ilustración o la época de Federico.

Un príncipe que no considera indigno de sí declarar que reconoce como un deber no prescribir nada los hombres en materia de religión y que desea abandonarlos a su libertad, que rechaza, por consiguiente, hasta ese pretencioso sustantivo de tolerancia, es un príncipe ilustrado y merece que el mundo y la posteridad, agradecidos, le encomien como aquel que rompió el primero, por lo que toca al Gobierno, las ligaduras de la tutela y dejó en libertad a cada uno para que se sirviera de su propia razón en las cuestiones que atañen a su conciencia.

Bajo él, clérigos dignísimos, sin mengua de su deber ministerial, pueden, en su calidad de doctores, someter libre y públicamente al examen del mundo aquellos juicios y opiniones suyos que se desvíen, aquí o allá, del credo reconocido; y con mayor razón los que no están limitados por ningún deber de oficio. Este espíritu de libertad se expande también por fuera, aun en aquellos países donde tiene que luchar con los obstáculos externos que le levanta un Gobierno que equivoca su misión. Porque este único ejemplo nos aclara cómo en régimen de libertad nada hay que temer por la tranquilidad pública y la unidad del ser común. Los hombres poco a poco se van desbastando espontáneamente, siempre que no se trate de mantenerlos, de manera artificial, en estado de rudeza.

He tratado del punto principal de la ilustración, a saber, la emancipación de los hombres de su merecida tutela, en especial por lo que se refiere a cuestiones de religión; pues en lo que atañe a las ciencias y las artes los que mandan ningún interés tienen en ejercer tutela sobre sus súbditos y, por otra parte, hay que considerar que esa tutela religiosa es, entre todas, la más funesta y deshonrosa.

Pero el criterio de un jefe de Estado que favorece esta libertad va todavía más lejos y comprende que tampoco en lo que respecta a la legislación hay peligro porque los súbitos hagan uso público de su razón, y expongan libremente al mundo sus ideas sobre una mejor disposición de aquella, haciendo una franca crítica de lo existente; también en esto disponemos de un brillante ejemplo, pues ningún monarca se anticipó al que nosotros veneramos.

Pero sólo aquel que, esclarecido, no teme a las sombras, pero dispone de un numeroso y disciplinado ejército para garantizar la tranquilidad pública, puede decir lo que no osaría un Estado libre: ¡razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis pero obedeced! Y aquí tropezamos con un extraño e inesperado curso de las cosas humanas; pues ocurre que, si contemplamos este curso con amplitud, lo encontramos siempre lleno de paradojas.

Un grado mayor de libertad ciudadana parece que beneficia la libertad espiritual del pueblo pero le fija, al mismo tiempo, límites infranqueables; mientras que un grado menor le procura el ámbito necesario para que pueda desenvolverse con arreglo a todas sus facultades. Porque ocurre que cuando la Naturaleza ha logrado desarrollar, bajo esta dura cáscara, esa semilla que cuida con máxima ternura, a saber, la inclinación y oficio del libre pensar del hombre, el hecho repercute poco a poco en el sentir del pueblo (con lo cual éste se va haciendo cada vez más capaz de la libertad de obrar) y hasta en los principios del Gobierno, que encuentra ya compatible dar al hombre, que es algo más que una máquina, un trato digno de él.


La falsa certificación de lo santo.

19.05.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


Podrían declarar "santo", porque sí, sin más adendas, a cualquiera: por sus virtudes, por su caridad, por su testimonio martirial... Nada habría que objetar. Santo, hoy día, es sinónimo de modelo, persona a imitar. Antes no era así, hacían santo al que más actos estrafalarios había "cometido" o decían que...

Pero, señores, hacerlo necesitando para ello un milagro... ¡no es serio! ¿Por qué trascienden lo que es natural --ser virtuoso en algo-- necesitando lo sobrenatural? Lo segundo no puede ser verificado: ¿dicen que así se manifiesta el origen divino del asunto? Al ser así, ya no sirven para los humanos, sólo para los que creen en eso.

Pero, curiosamente, para certificar algo que no es natural, el milagro, acuden a procesos similares en la metodología a los que la ciencia tiene como propios. Nueva contradicción. Para certificar que un hecho es milagroso, recurren a los científicos bien que el asunto debe ser matizado: a determinados científicos.

Pregunta previa: ¿Por qué siempre los milagros son curaciones? Hoy los milagros son todos "sanitarios", ya no se mueven montes ni se transforma el agua en vino ni se multiplican los panes ni giran los soles. Nada de eso sirve.

Pregunta subsecuente: ¿Y por qué son los médicos quienes han de someterse al trance de certificarlo? Da la casualidad de que uno de los estamentos profesionales donde más abundan los creyentes convencidos es el de la medicina. ¿Será por algo? Un médico no creyente dirá, siempre, que no se explica determinada curación, lo cual no quiere decir que deba tener origen divino o se deba al poder taumatúrgico del padre Tarín.

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Ontogénesis, filogénesis e incapacidad de razonar.

11.05.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


Entendemos por “ontogénesis” el proceso de constitución del individuo, proceso que se inicia en el feto y concluye en la edad adulta; y por “filogénesis” el proceso de formación de la especie en un periodo de tiempo que va desde los primeros organismos al hombre, dotado de cerebro capaz de autogenerar y autorregular su propio pensamiento.

No es una afirmación atrevida decir que en muchos campos de la naturaleza la ontogénesis mimetiza como en espejo la filogénesis de la misma; sería decir que determinados individuos, en su “hacerse” y “ser”, manifiestan los estadios progresivos de la evolución natural, detenida en formas diferenciadas de vida.

Refiriéndonos al hombre, a los hombres individualizados, y aplicado esto a la capacidad razonadora, los resultados que derivarían de tal hipótesis serían letales para ciertas concepciones filosóficas y sobre todo teológicas. Es patente que por su cultura los hombres no son iguales, algo que importaría poco a la hora de defender su diginidad humana; pero lo profundamente inquietante es que por constitución, los hombres no son iguales.

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Una creencia no es una verdad.

27.04.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


¡Y dale Perico al torno!, frase que viene a indicar que estamos siempre con lo mismo. Se podría decir en términos filosóficos, pero no sé cómo aquellos que, además de creer, quieren defender lo suyo con uñas y dientes, no conceden al menos “la verdad” de este axioma: una creencia no es una verdad, por más que nos digan cansinos

Escuché hace tiempo esta frase que me ha hecho pensar con repetida frecuencia en la relación existente entre "verdad y creencia" y cómo una y otra compelen al individuo a obrar, o sea, matar o morir. El creyente que se las daba de tolerante, decía:

...No es que se impongan las creencias, sino que yo moriría por las mías...

Nada más definitorio para entender el sino vital del creyente: ¡estar dispuesto a morir por lo que se cree! Es decir, nada menos que anteponer unos conocimientos o imaginaciones, las creencias, al máximo y único bien que tiene una persona, la vida, y que es el instinto primero y más fuerte de todo semoviente. Mayor irracionalidad no cabe. Lógicamente, la vida de los demás se ha de medir con el mismo rasero si es cierto que las creencias valen más que la vida.

Es éste, además, el verdadero nudo gordiano de todos los conflictos. Máxima expresión de a dónde puede llevar una creencia: a morir por defenderla. Origen y fuente de la tiranía que hasta ahora la creencia ha impuesto sobre la verdad. El más célebre tira y afloja, el que enfrentó a Galileo Galilei con una sección romana de la Inquisición. Y Galileo, como es lógico, prefirió la vida. “Lo otro” podía esperar.

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La cultura cristiana incapaz de generar HOY una filosofía del hombre.

24.02.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro


La filosofía no es otra cosa que una explicación más profunda –digamos de tercer o cuarto grado-- de las cosas, la existencia, el ser y los seres, los acontecimientos de la vida, la historia y la cultura… Decía K. Jaspers al inicio de su obra "Filosofía":

Cuando me planteo preguntas como éstas: ¿qué es el ser? ¿por qué hay algo?, ¿por qué no hay nada?, ¿quién soy yo? ¿qué quiero propiamente? no estoy nunca en el comienzo con tales preguntas, sino que las planteo desde una situación en que me encuentro procedente de un pasado.

La Filosofía suele descender de su olimpo metafísico para emitir juicios sobre el acontecer diario, algo que parece faltar hoy día. Así ha sido, es y debe ser.

En palabras de Heidegger: "Lo que sí deseo es que el auténtico concepto del filósofo no se pierda del todo". La cuestión, hoy y siempre, es dilucidar cuál es ese "auténtico concepto"

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El alimento funcional del cerebro.

06.02.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro

Por más que lo digamos y repitamos, nunca se insistirá lo suficiente: el cerebro no es distinto al resto del cuerpo. Sólo sus funciones son distintas. Pero es un órgano "universal", admite todo, puede diversificarse en todo, nunca se cansa de escudriñar, siempre pregunta por algo nuevo, es la "recepción" del hotel de la sabiduría que nunca cierra sus puertas...

Un cerebro inquieto no duerme ni muere. La muerte física le viene por carencias de oxígeno y la muerte funcional por el cierre voluntario al oxígeno de la sapiencia.

El exceso unidireccional de función marca su sino. Si el cerebro se "emplea" para cultivar creencias, se tornará predispuesto a admitir todo y quizá todas. Bien fácil es constatar este hecho, por el tiempo dedicado a actividades mentales superiores, las que exigen reflexión.

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Destrucción, esquizofrenia y asidero moral = religión.

03.02.17 | 12:00. Archivado en Razón, sentido común y cerebro

REFLEXIÓN.

Dios como elemento aniquilador es un arma inapreciable: si se le ama con todas las consecuencias, muere la personalidad del propio amante y los personajes allegados a él; si se le teme, hay que ofrecerle como presente los cadáveres de los enemigos en montonera informe y secular, porque “yo soy un Dios celoso”. Ya que él crucificó a su Hijo, ¿por qué no obrar también así nosotros para salvar el mundo? Orgía de guerras, orgía de muerte, orgía de Dios. Es la contribución del ánimus, del èlan vital bergsoniano.

Pero el hombre también tiene ánima. A fuerza de hacer teología de todo, han convertido el pecado en un concepto; el perdón en un silogismo; la personalidad en un telón de fondo; el drama de la salvación en un tinglado de farsa teatral. Se representa el drama –en cualquier Viernes Santo por ejemplo— y se van a tomar zurracapotes .

Nada es real pero creemos que nos lo creemos, echamos alguna que otra lágrima, escenificamos actos reiterados y nos vamos a acostar, incluso a pecar, como si nada hubiera pasado. Mañana amanecerá de nuevo. Y el creyente se instala en la esquizofrenia del pensar frente a la realidad del vivir.

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Martes, 24 de octubre

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