Todavía tengo mis dudas de si lo que está feneciendo de la religión es su aspecto sociológico o la religión misma. Se acepta, al menos como fenómeno universal, que el sentimiento religioso sea algo cuasi inherente a la naturaleza humana (no voy a afirmar que sea consustancial a la misma, porque no lo es, pero…).
Sintomáticos de una época y de un modo de vida son tanto el hecho de creer y sus prácticas anejas como el modo y el porqué del “descreer”.
A la par que la persona se va sintiendo más segura de sí misma, más independiente de los ciclos naturales, más autónoma porque dispone del sustento necesario, más festiva porque puede gozar del ocio… la religión va quedando arrinconada tanto en el espacio mental más reducido –no hay compulsión o imperativo para acudir a celebraciones religiosas- como en el tiempo destinado a ella –primero de semana en semana, luego lapsos de tiempo más largos y finalmente en ocasiones contadas y por imperativo familiar o social (funerales, bodas, I Comunión…).
Un ejemplo: hace un siglo sería impensable que un fervoroso católico dejara de asistir a “los oficios” –Navidad, Semana Santa-- porque le había surgido la oportunidad de pasar tales fechas en la estación de esquí tal o cual. Buscaría como fuera un lugar para su celebración –gran facilidad para ello en cualquier concejo, pues por mínimo que fuera el hábitat allí había un párroco oficiante-- o declinaría la invitación. Hoy el turista ni siquiera se plantea posponer el viaje a Egipto, Turquía o Tailandia a sabiendas de que no puede en esos lugares cumplir el preceptivo “acudir a misa todos los domingos y fiestas de guardar”.
Ese conglomerado de prácticas, hábitos, costumbres, celebraciones y rituales sociales relacionados con la religión ¿eran soporte de la misma por imposición clerical o por convencimiento?
Ha sido tal la cantidad de hojarasca otoñal crédula --ritos, procesiones, bendiciones, hábitos y escapularios del Carmen, rosarios en familia, peregrinaciones, exvotos, charlas cuaresmales, triduos-trisagios-novenas...-- que el vendaval democrático ha aventado por los caminos de la vida, que con ella se ha ido la carnaza con que la misma se sustentaba.
Los que ya superamos ampliamente el medio siglo de existencia bien sabemos de todo esto. Bueno es recordar. Por lo general los aspectos de la vida más controlados eran los relacionados con la moral, especialmente la moral sexual.
a) Impensables en aquellos tiempos las playas nudistas. Era la policía municipal la encargada de velar por la decencia en las playas. Pero ¿de dónde procedía la compulsión civil a ello? Evidentemente de la autoridad moral: la clerecía local, el obispo regional o el Primado de las Españas. ¿Asustan hoy a alguien? Si bien la sociedad todavía no lo acepta con buenos ojos, lo más que provocan es curiosidad.
b) Las mismas relaciones sexuales entre jóvenes, y no jóvenes, tiempo ha que dieron de lado los criterios que emanaban del confesonario. Y acusarse hoy de ello en una improbable "confesión general", algo impensable. No existe ni el más leve atisbo de conciencia de pecado, aunque sí el "qué dirán", la familia o el temor a otros aspectos ligados a tal relación: embarazos no deseados, contraer enfermedades…
c) Por los años sesenta del siglo pasado, el debate sobre métodos anticonceptivos se vivió con especial virulencia por parte de las autoridades eclesiásticas (Ogino, condón...). Hoy nadie habla de ello. Ni siquiera los mismos funcionarios sacros. ¿Eran válidas las consideraciones morales de la Iglesia? El tiempo ha puesto a cada uno en su lugar y el silencio impera por doquier. Ha quedado el preservativo como reliquia de aquella controversia.
d) La masturbación ha sido algo condenado desde siempre. A la altura de nuestros días produce hilaridad leer los males de toda índole asociados a tal práctica “profiláctica”: ceguera, idiocia, tristeza vital… ¿Cómo la juzga hoy la misma Iglesia? Me da la sensación de que ni siquiera se paran a pensar en ello. Un “allá cada cual con su conciencia” es a lo más que llegan.
e) ¿Y el aborto? Hasta “ayer” era delito, penado social, política y jurídicamente. Todavía la Iglesia lo condena y ven en él la plaga de nuestro siglo. ¿Y la sociedad? ¿Se ha resquebrajado? Cierto es que la sociedad en su inmensa mayoría lo reprueba. Pero al menos ya no constituye "delito" penado con cárcel.
f) Entre los papeles encontrados el verano pasado en casa de “los abuelos” descubrí uno curiosísimo: un vecino había denunciado a mi abuelo , allá por los años cuarenta, porque había enganchado la mula “supuestamente” para trabajar en domingo (en el pliego de descargos se hacía referencia a ir a la estación cercana a recoger a unos familiares). La multa correspondiente era cuantiosa: 25 pts. No sé en qué paró la cosa, pero el hecho es significativo. Ocasiones hubo en que el cura del pueblo denunció ante la Guardia Civil a algún vecino que laboraba en día de precepto.
g) Un domingo de verano, bien entrados los años 50, los muchachos del pueblo decidieron ir al bar-teleclub a ver, en la recién estrenada televisión, un partido de fútbol, en vez de acudir a la iglesia al preceptivo rosario: el airado cura, vestido con roquete, bajó de la iglesia al bar y, a alguno de la oreja, se los trajo a todos al templo. Y los castigó con un encierro de horas en el recinto del mismo. Hoy lo cuentan riéndose de la anécdota, pero en su momento sufrieron las consecuencias de tamaña reconvención.
h) Como reliquia del pasado que remonta hasta el “bendito” San Pablo, era “hermoso” ver cómo las mujeres cubrían su cabeza con un velo para acceder a la iglesia: el muestrario era de lo más variopinto, dado que hasta las niñas pequeñas debían cumplir con tal precepto. El porqué es un misterio. Es la misma historia de los monos que, por reflejo condicionado y sin saber la razón, atacaban al que osaba intentar coger el plátano.
i) ¿Y la distribución de los fieles en la iglesia? Todavía en el pueblo los niños ocupan el primer banco –ya sólo hay niños en verano--, las mujeres se colocan en el centro o en un lado y los hombres detrás (dado que el 80% son mujeres, hoy ocupan casi toda la iglesia). En esos años de mediados de siglo y en determinadas ocasiones festivas, el Consistorio ocupaba los puestos delanteros y los nobles o ricos un lugar distinguido, con reclinatorios especiales a la vista de la plebe.
j) En esos tiempos, “lógicamente” no existían los homosexuales. Eran “personas raras”, “los pobrecillos”. Enfermos. Impensable que pudieran cometer delitos nefandos como los que hoy presuponen que cometen pero que nunca se citan. ¿Tenían derechos? ¡Si no existían! La proliferación homosexual dentro del círculo sacro –seminarios, conventos—tampoco existía: a lo más que aludían era a las “amistades particulares”. El precepto era: Nunquam duo, semper tres, nec semper iidem (Nunca 2, siempre 3 y no siempre los mismos).
k) Se controlaban hasta los detalles más nimios, como la vestimenta femenina. Su regulación también venía impuesta “desde arriba”. En esos años de mediados de siglo, el precepto era “tantos centímetros por debajo de la rodilla”. La parte superior también cubierta. Algo ha ganado el estamento femenino con el cambio. Sirva como síntoma de liberación.
l) ¿Quién no recuerda la forma de calificar las películas? El proverbial “3r” era síntoma de que la película, prohibida, “merecía la pena”. Pero es que la censura invadía todo: teatro, cine, televisión radio, edición de libros… Y no sólo por imperativo político, el de la Dictadura: era el regreso del otro imperativo, el control secular de la sociedad por parte de la Iglesia. Y no son historias “muy pasadas”: hay un amplio espectro social que ha “gozado” con tal tutela.
m) Para acceder a numerosos puestos de trabajo era preceptivo el informe favorable de las autoridades. Si bien y por lo general eran las autoridades civiles las encargadas de recabarlo y extenderlo, si el cura no extendía su “nihil obstat”, nada había que hacer. Recordemos los famosos “certificados de buena conducta”. ¿A quién preguntaban en el pueblo respectivo? Al alcalde... ¡y al cura!
n) La práctica de los sacramentos se llevaba a rajatabla y se vivía en sociedad. Hoy día, de los sacramentos no ligados a celebraciones sociales –actos familiares, festejos, folklore-- no queda nada (nos referimos a su impacto en la sociedad). Todo ha quedado encerrado entre las paredes del templo. Un detalle nimio: desde la noche anterior no se podía comer nada si se iba a comulgar al día siguiente. Y gran parte de la feligresía no iba a comulgar porque o había desayunado o “tenía algún pecado escondido”, que tal era el escrúpulo de conciencia.
La práctica al menos anual de la confesión, por ejemplo, se llevaba a efecto acudiendo confesores de otras latitudes; previamente y al toque de campanas, había reuniones y charlas cuaresmales para prepararse a ella; el pueblo acudía al templo para realizar bien el preceptivo examen de conciencia y ser guiado en el “dolor de corazón”… ¿Qué son hoy día para familias y niños las I Comuniones?
o) ¿Y qué decir del matrimonio en su doble consideración de acto y estado? Como acto ya son más los que se celebran civilmente; como estado, si bien todavía pervive en ciertas molleras aquel bíblico precepto de “la mujer estará sometida al marido”, la nivelación de “status” ha cambiado radicalmente la concepción del matrimonio.
Como estado, además, conlleva la gracia sacramental para poder sobrellevar las etapas de crisis… y todos saben de sobra cómo ayuda tal sacramento en dichos momentos. Como convivencia reglada por la normativa y consejos clericales… es algo periclitado. El matrimonio tradicional está, sencillamente, agotado.
El problema social es que todavía esta sociedad desligada en la práctica de la normativa sacra no ha adquirido conciencia, costumbre, modos y conducta acordes con el nuevo status. Las crisis de convivencia no pasan por los consejos clericales. Como mucho se acogen a recetas de consulta psicológica o terminan en la separación. Queda mucho camino todavía para que la misma no sea traumática.
Todo ello ha sido barrido de esta nueva sociedad. En la comparación, decididamente el tiempo pasado no fue mejor. ¿Con ello se ha esfumado gran parte de la religión? Sí. Lo quieran reconocer o no, estos aditamentos adheridos a la religión servían de lazo, de dogal más bien, para tener cautiva a la sociedad. Al soltarse, han arrastrado consigo otros elementos no tan folklóricos. De ahí muchos traumas personales y sociales, a los que les falta la oportuna digestión.
¿Era esto la religión? Podrán argüir que no y que con ello la Iglesia se ha renovado, se ha hecho más prístima, se ha limpiado. Se engañan: todo aquello también era religión. La iglesia era socialmente “eso”. Y hoy la Iglesia lo que está es más envejecida, biológica y espiritualmente.
Y se engañan viendo la situación con los anteojos de grupos carismáticos, grupos de espiritualidad, grupos de oración, grupos bíblicos, festejos ante el líder que “viene a visitarte”… Todo eso también existía antes. Quizá sean estos grupúsculos escogidos, como gustan de titularse, “el resto de Israel”. Más bien van a ser los que se van a hacer cargo de cerrar el aeropuerto. La masa ha huido “en masa”.
Hay otra masa, todavía numerosa, que o se va quedando encastrada en ritos del pasado o ya no puede acudir a la iglesia por artrosis vital.
qué antiguos y qué raritos son vds los meapilas de la coyunda de intereses y los del nunquam duo, blogger y comentarista, comentarista y blogger...
ni se sabe de qué hablan pero desde luego no tiene nada que ver con nada que sea relevante al cristiano de estos tiempos -cuya Iglesia, pese a quien pese, goza de buena salud.
COMENTARIO BORRADO POR INSULTAR.
Dejamos el anterior como muestra del pensamiento crédulo traido a este lugar desde hace 6 años ¡todos los días!
Todo el contento del blogger le viene de lo que llama relevancia social de la necedad,que cree masiva. Tan grotesco que llega a pensar que la nueva situación ha entronizado la necedad como prueba de sensatez.La definición de necedad sigue intacta:"inequívocamente se define como necio quien carece de juicio sobre la Causa primera".
Ya no pueden asesinar, quemar, demoler directamente. Lo hacen, o quieren seguir haciéndolo,, a través de políticos meapilas en nefanda coyunda de intereses.
Jueves, 31 de mayo
Pedro Tarquis
Antonio Aradillas
Juan Fernandez Krohn
Universidad Pontificia Comillas
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo