4. TEORÍAS CIENTÍFICAS SOBRE EL ORIGEN DEL COSMOS Y MITOS HINDÚES.
A la pregunta en qué sentido hemos de modificar nuestra concepción, de confirmarse la teoría que nos expone Paul Steinhardt en “Endless Universe” diremos con él:

1) El universo es cíclico.
2) Lo que hemos denominado “el Big Bang” no fue realmente “el principio”, sino uno de esos momentos drásticos que dan lugar a mucha materia, incluida la que nos conforma a nosotros y a las galaxias que vemos y son como la nuestra.
Por MANUEL BARREDA.
3. TEORÍAS CIENTÍFICAS SOBRE EL ORIGEN DEL COSMOS.

Hace décadas que Occidente considera desvelada la historia del drama del Universo. Este se originó hace unos 13.700 millones de años (tres veces la edad del sistema solar, Tierra incluida) mediante una Gran Explosión (el Big Bang*), pero su final no está tan claro, siendo posibles la eterna expansión (Big Rip) con una lenta muerte térmica asociada (Big Freeze), como creen a partir de ciertos datos una mayoría de los científicos de la NASA, o una Gran Implosión o Gran Colapso (Big Crunch), como hasta hace menos de dos décadas creían posible bastantes científicos y ahora muy pocos defienden, una vez parece haberse constatado que la expansión del Universo se acelera con el transcurso del tiempo.
(Son los datos y su interpretación los que rigen y hacen bascular las mayorías en este mundo de expertos, al tiempo inteligentes, bien informados, y más refractarios que otros a asumir prejuicios o dejarse influir por preferencias personales).
No hay mucha duda sobre nuestra procedencia de un Big Bang. Disponemos de al menos tres evidencias empíricas que apoyan dicha teoría cosmológica:
Por MANUEL BARREDA.

2.PARADOJAS ACERCA DE LA HIPÓTESIS "DIOS". HIMNO DE LA CREACIÓN.
Nos topamos con una doble dificultad:
1) nuestra limitación mental, inadaptada para la “ausencia de un comienzo” en mayor medida que para las magnitudes extremas;
2) la intuición de que nos hacemos “trampa” cuando generamos un concepto trucado para lograr la elusión -rápida y engañosamente simple- del problema planteado.
Tal sospecha (o convicción) no puede ser conjurada con nuevas trampas que traten al tiempo de salvar la excepción de un primer ente y nuestra incomprensión de todo el proceso pre-generador y eterno, pues la misma no afecta menos a dicho “ente” que al resto del Universo, por más que la repetición machacona de una idea –aun ininteligible o absurda- desde la infancia pueda llegar a hacérnosla familiar.
Escribe MANUEL BARREDA

1. ¿UN INICIO CON O SIN DIOS?
Entendemos desde Aristóteles (que expresa una convicción presocrática) y Averroes (que la desarrolla) que "de la nada no puede salir nada".
- Ni Dios –precisamos algunos sin dejar de considerarnos consecuentes.
-Dios ya estaba en cualquier principio concebible; siempre estuvo -nos responden quienes lo consideran una solución al enigma del origen--; un conjuro al vértigo de un Universo con pasado eterno.
¿Pero resuelve Dios la eternidad sin comienzo que se atribuye a su existencia? ¿Soluciona algo la trasferencia del vértigo a un Ser conjeturado?

¡Ser persona! Ése puede ser el reto de la nueva sociedad: ayudar a ser y hacer sentir que uno es persona. Difícil tarea.
Las definiciones de persona han sido suficientemente aclaradas por filosofías seculares. Quizá tan difícil como definir a la persona sea la tarea de llegar a percibir la propia “sensación de ser persona”, que es donde estriba la auténtica dignificación del ser humano. Libertad (si realmente existe), realización personal, cumplimiento de deberes y desarrollo de los derechos, educación, proyectos deseados, cumplidos o frustrados...
Pero...

El pasar de los años hace a la persona más equilibrada, más relativista y más abierta a los problemas que son comunes a todos. Las “novedades vitales negativas” que sobrevienen en las etapas jóvenes –dolencias coyunturuales, sentimientos degenerados, etc.-- las vive el joven como únicas, exclusivas de uno y personales.
Pero todos hemos comprobado cómo al acudir a un hospital o comentar una dolencia, para nosotros única e individual, surgen de debajo de las piedras personas con los mismos achaques y sus traumas subsiguientes. La charla distendida en una sala de urgencias es con frecuencia píldora analgésiva efectiva.
Este “compartir el sufrimiento” tiene sus aspectos benéficos: se relativiza la enfermedad y consuela compartir los mismos males. Porque, además, males previos es de suponer que habrán tenido remedio oportuno.
¿Sucede lo mismo entre los elegidos del Señor? Por supuesto.

Los mismos factores que han contribuido a sostener las Multinacionales del Rezo, son los que explican el declive de las mismas.
Una religión funda sus cimientos en el apoyo político y cuando éste cae, muere su religión (leyes, gobiernos, personas con poder); en la prestación de servicios paralelos; en el consuelo frente a calamidades y angustias varias; en la esperanza y la ilusión; en la compleción de los tiempos y etapas de la vida; en el miedo a lo desconocido...
El individuo, indefenso frente a la sociedad que lo aplasta, busca el amparo donde le aseguran consuelo. Y quizá lo encuentre en determinados momentos dento de la religión. De hecho así ha sido en momentos pretéritos de la historia. No sólo consuelo "espiritual", también refugio y sustento material.
Pero lo mismo que el individuo crece y, cuando le exigen conductas adultas, deja los afanes de la niñez a un lado, de igual modo va superando la tutela de las "sociedades del consuelo"
No deja de ser un dato que en España y más aún en países más septentrionales, la religión "oficial" va perdiendo adeptos. Si hace 60 años el 70% del 99% que se definía como católico acudía a los cultos dominicales, hoy apenas si llega al 15%, más o menos.
Por poner sobre la mesa otro dato, las bodas "por lo civil" superan casi en diez puntos a las bodas religiosas. Y eso considerando que el rito religioso tiene más pompa ("y circunstancia") que el civil y, de añadido, es mucho menos costoso.
¿No es éste un cataclismo en la historia de la religión "oficial"? ¿No es indicativo de algo? La religión "oficial" se mantiene más por inercia que por vitalidad propia. Y el desánimo puede hacer mella hasta en las más altas esferas de la organización, ésas que apenas si tiene contacto con las capas más bajas de los fieles.

Hay un pasaje en Marcos que llena de coraje a los elegidos de Dios, a los discípulos de Jesús, más todavía a aquellos que lo han dejado todo por seguirle [si por "seguirle" se puede entender "meterse en un convento"].
Habla de coger víboras y beber venenos sin que eso dañe al discípulo de Jesús que confía en Dios. Evidentemente que tal frase es metafórica y así hay que entenderla.
Una víbora, como animal que produce daño gratuito, viene a ser el enemigo oculto o desconocido que lo mismo se esconde en un terreno ajeno al que pisa el ungido de Dios que en el terreno propio. Víboras las hay también en el estamento eclesial, como es normal. Y hasta en el reducto interior de cada uno.

Sólo después de haber salido del túnel que ha sido el siglo XX podemos echar la vista atrás no para recordar, que algo así ni siquiera lo admite el olvido, sino para imaginar lo que ha sido, porque ni antes ni después alguien podría haber sospechado hasta dónde podía llegar el frenesí humano.
El mundo del siglo XXI debe vivir con la conciencia de pasar la página a tanto horror para construir un mundo nuevo:

Todas las grandes catástrofes en nombre de una idea –Dios, patria, raza, economía, clase, pueblo-- han conducido a la misma negación de la idea. Ninguna que haya tomado como pretexto al pueblo ha producido otra cosa de pobreza, atraso y esquilmación de recursos.
Todas pretendían la regeneración del pueblo, todas ofrecían esperanza al pueblo... pero siempre fue siniestra la esperanza de regeneración.
Europa ha sufrido por todas y de todas se está lavando la mugre. De todas está harta. La más persistente, la que ha usado el nombre de Dios... pero no en vano (ahí está el producto de tal esquilmación de recursos en vaticanos, templos a miles, palacios episcopales, noches de San Bartolomé, tribunales de lo más variopinto...)
Lo terrible es que hay otros que imitan lo que de más siniestro ha producido Europa. Tras las paredes que nos separan, el vecino sigue haciendo ostentación sanguinaria de su fe.

Creyente y persona muy conocida y estimada. Escritora de éxito.
Reproduce con fidelidad absoluta la simbiosis entre Psicología y Credulidad, haciendo un “unum” y un “totum revolutum” de las vivencias lacerantes y angustiosas de su propia vida y del proceso seguido por su propia credulidad.
Es tan fuerte el légamo crédulo que es imposible desprenderlo, ni siquiera ante la evidencia de la irracionalidad de un consuelo que sólo consuela, pero no sana.
Su “enfado con Dios” derivado del exceso de sufrimiento[cáncer la madre, cáncer la hija] :

Dice Feuerbach que la inclinación hacia lo divino tiene su fundamento en el psiquismo humano. Para él la religión es una representación proyectiva de la naturaleza humana. Por obra y gracia de la misma, el hombre enajena su pesonalidad, la aliena, y la proyecta en vivencias alienantes.
Ésta es la base argumental de su crítica a la religión. Para quien ha puesto tales vivencias en el lugar que las corresponde, no tiene mayor virtualidad tal afirmación
Sin embargo, la tiene desde el momento que en el ámbito clerical se le da carta de naturaleza y fundamenta toda una vida "futura" --la acción pastoral por parte de los consagrados-- en tal supuesto. Es el ansia de Dios de que hablaba San Agustín, algo que está muy bien para escribir bellas palabras pero que casa muy mal con cualquier teoría actual del psiquismo.
Respondiendo a ese ansia, el hombre aliena su psiquismo en Dios. Un Dios que, lo quiera el hombre o no, se muestra ambivalente: el Dios amoroso también "aparece" como justiciero si el hombre olvida sus mandatos.

Alguna vez he escrito aquí que la creencia es como la cebolla, capas y capas que hacen llorar para llegar a un centro que no contiene nada. Ésta metáfora puede decir algo al que se enfrenta a los credos, pero nada a quien los sigue como panacea salvadora de su vida: la religión es el ascenso hacia la visión de Dios, imposible en este mundo, pero posible su preparación. Cuestión de puntos de vista que no vamos a discutir.
En lo que todos coinciden es que la religión busca, básicamente, que el hombre se una con Dios. Y en el proceso que lleva a tal unión encontramos distintos "niveles". Por aquello de que la disección proporciona claridad, "nos atrevemos a decir"...
En los niveles superiores encontramos al hombre en toda su plenitud racional o "vivencial": metafísica o mística; en los inferiores, la magia, tácticas burdas de controlar los poderes divinos o métodos para ver lo que quiere Dios.
Decíamos ayer que el prestigio de la profesión clerical proviene hoy más del individuo que de ella misma. Es hoy la persona la que engradece el estamento: con su valía, con sus aportaciones sociales, literarias, benéficas, con su desprendimiento... No es "el hecho de ser lo que es" lo que aporta el plus de credibilidad; es al revés.
Tal quiebra profesional, el desprestigio social que hoy soporta, ha sucedido en los últimos lustros. Antes todos vivían nimbados de gloria, celestial primero pero sobre todo social. Hoy... En la mayor parte de los casos, cuando el hijo o la hija decide comunicar la decisión de "hacerse cura o monja", la familia lo vive como una tragedia. Antes no era así.
El prestigio de tal función lo aportaba el hecho de ser el sacerdote el dispensador de los ritos, el administrador de los sacramentos y el intermediario que ponía, pone, a la persona en comunión y comunicación con Dios. Todo muy hermoso "de puertas afuera"... y antes.
Copio de "tal" sitio para delimitar conceptos y que no se nos tache de parciales en un asunto, que dicho sea de paso, ni siquiera "los de dentro" consideran que tenga la menor validez. O importancia. ¡Pues claro que el Papa, la Iglesia, es infalible en las cosas que a ella le afectan!
En la teología de la Iglesia Católica Romana la infalibilidad pontificia constituye un dogma, según el cual, el Papa está preservado de cometer un error cuando él promulga o declara, para la Iglesia, una enseñanza dogmática en temas de fe y moral bajo el rango de solemne definición pontificia o declaración ex cathedra; como toda verdad de fe, no se presta a discusión de ninguna índole dentro de la Iglesia Católica.
...definición dogmática establecida en el Concilio Vaticano I (1870). La infalibilidad pontificia no quiere decir que el Papa esté a salvo del pecado, ni que esté libre de cometer errores. Respecto a la guía doctrinal de la iglesia, la enseñanza del Papa es infalible cuando es promulgada como solemne definición pontificia, asegurado siempre por la asistencia personal del Espíritu Santo. Esto sucede cada vez que el Papa canoniza solemnemente un santo. Otro ejemplo notorio, citado a veces erróneamente como el único, es la promulgación del dogma de la Asunción de la Virgen María por Pío XII, el 1º de noviembre de 1950.
10. UNA APUESTA SEGURA. En el fondo, aunque los fieles creyentes afirmen una y otra vez que Dios no tiene nada que ver con la razón, que la religión es cuestión del corazón, que la vivencia debe escapar de los moldes de la inteligencia humana, no por ello desdeñan cuantos argumentos “racionales” han aportado filósofos hoy trasnochados.
Es el caso de Pascal, fiel cristiano y mejor científico. Hay quien percibe la fuerza argumental que tiene su famosa “apuesta” y la reeditan. Son más o menos los mismos que re-citan sin el menor rubor los argumentos de Tomás de Aquino o Anselmo de Canterbury, aunque los encierren en otros moldes.
¿Qué decía Pascal? Partiendo de que la postura ante Dios puede ser doble, doble puede ser la consecuencia:
7. LA CREACIÓN NECESARIA. Hay un asunto que en el siglo XIX descolocó a los crédulos, porque echaba por tierra muchos de los supuestos bíblicos sobre el origen del hombre, sobre la creación del mundo, sobre la Providencia divina, los primeros padres, el pecado original, etc. Fue la teoría de la evolución.
Pensar que todavía en EE.UU. el debate está abierto para seguir enseñando en las escuelas la teoría creacionista, resulta esclarecedor de la mentalidad crédula que les domina. No parece que en España suceda otro tanto.
La negación de la evolución parte del supuesto primero del argumentario general, del argumento bíblico de que hablábamos en el punto 1º. ¿Y qué dicen hoy día? Como no pueden negar lo evidente (los millones de años de la Tierra, los fósiles, los métodos de datación…), inciden en que “eso” no es óbice para sostener la veracidad bíblica y la inspiración divina de la misma. Ni contradice el mensaje esencial de la Biblia. O que Dios se servía del hombre de ese tiempo, que hoy habría revelado de otra manera… y simplezas por el estilo.
3. LA BIBLIA. Si el ámbito común es cristiano, la Biblia pasa a ser el argumento supremo por ser "palabra de Dios". Y por ser "de Dios" ni engaña ni puede engañar. A decir verdad se usa más como fuente de frases aprendidas tópicas que como argumento… Se sirven de frases de la Biblia, libro de cabecera o de ruta, para sostenerse y pretender fundamentar su posición.
Aunque la más importante sería “ponerse en el lugar del otro” o detenerse en “qué puede pensar ese otro del argumento que yo aporto”, en este caso la Biblia, no parecen caer en la cuenta de varias premisas que cualquier estudioso sabe porque así lo han dicho los entendidos (científicos):
a. Hoy hasta el más romo sabe que la Biblia no es otra cosa que un conjunto de libros (tal significa “biblia” en griego) arracimados entre otros por Esdras, fruto del cacumen humano, muchos de gran belleza literaria… pero nada más.
Sabe también que son fruto de un modo de pensar arcaico, histórico y localista, centón de mitos refundidos una y mil veces en odres culturales distintos, deseos colectivos o individuales, sabiduría de la que participaban todos los "intelectuales" del momento... Ese “otro-opuesto-a” nunca va a admitir que sean “revelación” de Dios. Fundar la argumentación en algo que no es base común, no sirve.
Muchas veces me vienen a la mente y las revuelvo y me martillean la sesera… las razones que esgrimen quienes por este solar pasean su ocio lector y deciden poner por escrito sus razones para creer. O, si es el caso, hacer callar a quien rechaza sus creencias. Y para polemizar. Y para contra argumentar.
Hozando en la panoplia de motivos que los comentaristas aventan, encuentro en este blog varias clases de contertulios. [Extrapolando datos, estoy por decir que reflejan de manera suficiente el pensamiento de los creyentes cuando se topan con quienes dicen “no creer”. Con los mal llamados y denostados “ateos”].
Por cierto, hay otros que no polemizan, desprecian. Son aquellos que desde su alto pedestal de “convictos de su fe” desprecian al opositor, los que por principio afirman no leer nada que vaya en contra de su fe y, por supuesto, lo que aquí se dice: tienen tan alta su autoestima de creyentes, creen tanto, que son conmiserativos con el “pobre ateo” cuya inteligencia se ve incapacitada para acceder a Dios. Hasta rezan por él. No discuten, simplemente le tienen lástima.
Este párrafo anterior sintetiza la postura de al menos dos convecinos de blog, femenina una y masculino el otro. Porque alguna vez lo han citado con el despectivo tono de quien se halla "por encima de las circunstancias". Son “fuertes en la fe”, de veras. Y como son leídos por muchos, todavía se crecen –y se creen—más.
Por MANUEL BARREDA.

Faltaba responder a la tercera pregunta:
3) ¿QUÉ DEBE HACER UN CRISTIANO CONSECUENTE HASTA EL LÍMITE? Se supone que ser altamente moral. Tratará de amar a todo el mundo, aunque esto no es factible sino a través de un tipo de comprensión que se abre y te reencuentra como parte de un todo vivo, humano, cósmico.
Hay quien dice haberlo logrado y desde luego –contra la obsesión del falso convencido del nº 2- ha pasado olímpicamente de otra cosa que una vida alegre y compartida. No ha devenido más intolerante, sino más compasivo. No más insultante, sino más amable. Más sabio.

Por MANUEL BARREDA.
En estos dos últimos capítulos voy a tratar de responder a tres preguntas (que con sus matizaciones dan en otras derivadas de ellas).
1) ¿Debe temerse no tener la fe “verdadera”? (esto es: ¿debemos temer no creer del modo adecuado; no creer en Dios o no encontrar al Dios verdadero?).
2) ¿Hay alguien con fe a toda prueba? ¿Es modélico semejante hombre (resulta conveniente semejante cosa)?
3) ¿Qué debe hacer un cristiano consecuente hasta el límite?
1)¿TEMOR A NO TENER FE? En realidad, quien le diga esto está apelando a su miedo. Mal recurso.
Escribe MANUEL BARREDA
Nos hallábamos tratando de distinguir calidades y de dar un paso en la superación de prejuicios, de modo que si de (la religión supersticiosa “medieval” propia de mi) abuela a (la de mi, más culto) padre se dio un progreso inteligible, de padre a hijo podría darse o no (ser o hacerse similarmente entendible) un proceso similar, o bien producirse otro de índole inversa.
¿Podríamos analizarlo?
En cuanto al tipo de juicios implicados, hemos de ser honestos y aceptar que no existe una ruta privilegiada, de modo que no pretendo que cualquier ser humano siga una lógica que lo lleve a una conclusión inequívoca y acorde con mis propias deducciones.
Escribe MANUEL BARREDA.

En realidad, no hay una fe más “inteligente” que su correspondiente ausencia de credo, aunque pueda haber una fe más inteligente que otra.
Así, la fe de mi abuela (que creía en “el mal de ojo”, o la mala suerte que –decía “la gente”- conllevaba romper un espejo, toparse con un gato negro, o pasar bajo una escalera) es inferior a la de mi padre (que tenía la virtud de creer a pies juntillas lo que se le dijera que debía creerse, demostrando que la fe “puede ser” voluntaria
Similar es el caso de cierto columnista de ABC que, admirador de Tertuliano, se confesó creyente en la reencarnación, situación que estimaba compatible con su catolicismo de “pro”, hasta que alguien lo avisó de que era una herejía y se desdijo en un solo día: “si un católico no puede creer en la reencarnación, entonces no creo”, llamando mi atención su capacidad de creer a voluntad lo que se le diga que debe ser creído).
Escribe MANUEL BARREDA.

La ciencia desapareció virtualmente del mundo occidental y cristiano entre los siglos V y XIV.
Precisemos que no hablamos de aseveraciones que lleven un apellido, sino de un método de indagación en pro de un conocimiento crecientemente objetivo que responde a preguntas cuya respuesta sea falsable, pudiendo verse mejorada, comprobada o refutada. Al menos hasta cierto punto, la ciencia que nos libera de mitos, dogmas y prejuicios, constituye un fenómeno relativamente reciente.
Quien se detenga a leer la obra de científicos relevantes de pocos siglos atrás, concluirá que eran en su gran mayoría creyentes. No debe extrañarnos. Por un lado, era obligado serlo; por otro, muchos asuntos requerían una respuesta satisfactoria.
Escribe MANUEL BARREDA
Se apela a la fe como un “don”. ¿Acaso es la fe sólo un don aleatoriamente repartido? No parece muy justo, pero es una de las más exitosas explicaciones teológicas.
Dios nos habría insertado cierta capacidad de creer, bien por lógica humana (que tendría ciertas variaciones según una extraña distribución histórica, territorial o nacional y etnocultural, transmitidas por vía familiar) que hoy se postula incluso ligada a algún que otro gen y a una serie de neurotransmisores… (Todo hay que decirlo, sea cual fuere el mecanismo garante de la fe, parece devenir cada vez más falible.)
El “don” de la fe resulta involuntario y variable, lo que nos lleva a imaginar que debe existir un componente de suerte en nacer en lugar apropiado en el que se propague la fe “verdadera”, si es que alguna tiene tal privilegio...
Escribe MANUEL BARREDA
Centrémonos en la fe como asunto personal y moderno, desconectado de guerras, miedos, poder impositor y perseguidor de no creyentes. Desliguémosla de la moral “en beneficio propio”. Imaginemos, estratégicamente, que el hombre sin fe es tan moral como el creyente.
Hay quien sostiene que –moral aparte- la fe es un “bien”. ¿En qué consiste ese bien? Nos diría que en la esperanza de una vida más allá, en un reencuentro con familiares fallecidos, en sobrevivir a la muerte biológica que nos es inevitable. Acaso el único apoyo cuando somos muy viejos o padecemos una enfermedad incurable.
Escribe MANUEL BARREDA.

Suele darse importancia a la fe, tal vez porque se considere algo que nos hermana o humaniza, y porque se la imagina conectada de algún modo a nuestra actitud moral. Esto es, a nuestra tendencia a comportarnos de un modo más responsable, amable o bondadoso: más atento a otros seres humanos (o incluso seres vivos en general).
Entiendo que esta relación podría darse especialmente en las religiones impersonales, que propugnan rutas de perfección de un modo positivo y no culpabilizador, pero una y otra vez los estudios desdicen que algo semejante ocurra en las monoteístas (y entre éstas, la más estudiada es la cristiana que carece de resultados favorables, y habría que explicar por qué resultan incluso desfavorables).
Éstas salen peor paradas, además, en un tema moral tan esencial como la evitación (elusión, prevención, arreglo a tiempo) de un enfrentamiento internacional, intercultural o/e interétnico. Son religiones de conquista, de expansión guerrera, prestas a una lucha rápida, de índole aleccionadora e incluso “preventiva”: internacionalmente agresivas, además de autoritarias (internamente agresivo-represivas).
I PARTE.- Un día al año.
Fieles Difuntos, 2 de noviembre, visita obligada al cementerio. Después, a dejar que el difunto descanse otro año más en su retirado y terrenal olvido. Éste es el hecho consuetudinario del que se hacen eco hasta los noticieros televisivos.
Al ver tanta procesión, una duda me asalta: ¿Alguno de ellos piensa que resucitarán algún día o que se reencarnarán? Y una cuasi certeza se me impone: ¿No será que se trata de una visita rutinaria, afectiva sí, sin caer en la cuenta de que existe una esperanza de supervivencia tras la muerte? Lo más probable es que se limiten a renovar recuerdos.
Nuestra sociedad adopta posturas encontradas: frente a muertes violentas o muertes de famosos, que la TV convierte en espectáculo, está la cotidiana ocultación de la muerte natural en hospitales, la relegación del duelo al ámbito escapista del tanatorio y la evasión mental ante el hecho mismo de la muerte...

Reflexionar sobre el sacerdote, sobre la monja, sobre el fraile… en la línea simbólica o teologal tal como se hace en seminarios o en sermones al uso, puede resultar atractivo e ilusionante. Sólo con pensar que el sacerdote es el elegido por el mismísimo Dios para santificar la existencia del hombre --más todavía, de la naturaleza entera e incluso de los instrumentos para matar, las armas-- bastaría para loar sus esfuerzos, compensar sinsabores, perdonar flaquezas o seguir sus huellas.
Pero las cosas no son así. Aunque su figura individual se mantuviera prístina y pura y entregada en cuerpo y alma a su labor --la inmensa mayoría de los curas son buenas y muy buenas personas--, la misma sociología nos está diciendo que el mundo de hoy ha cambiado en la percepción de uno de sus elementos: quienes han superado el medio siglo han sido testigos del derrumbe de los pedestales sociales en que se habían aupado los funcionarios de lo sacro. En otras palabras, el cura y el alcalde, el médico/veterinario y el maestro ya no son los personajes próceres de villas y pueblos. Y el que más ha descendido en aprecio popular, el cura.
Hoy, incluso, los obispos se las ven y se las desean para siquiera disponer de cura que atienda un número determinado de pueblos. ¿Elige al mejor, el más digno, el más fervoroso, el más adecuado? No puede, elige "lo que tiene".
Miércoles, 30 de mayo
Pedro Tarquis
Antonio Aradillas
Juan Fernandez Krohn
Universidad Pontificia Comillas
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo