
Una de las razones, entre muchas, del declive de la religión cristiana, especialmente la católica, es que se ha quedado sin enemigos visibles, el mayor de los cuales, en cuanto ideología y en cuanto organización, el comunismo.
Decimos visibles porque son los que para ella tienen significado proselistista a la hora de presentarse ante el mundo, que es, por otra parte, uno de de ellos.
Resulta paradójico pensar que una sociedad dedicada al bien, a la bondad, a la caridad... pueda tener enemigos declarados. Pero éstos no son sino aquéllos que ella ha querido que lo sean, los que a lo largo de la historia se ha creado, los que la Iglesia ha ido motejando de enemigos, quizá porque no eran enemigos sino competidores, ésos que buscaban "otro bien", el hombre. Interés interesado el de la prepotencia.
El enemigo común une y es necesario tener siempre a mano uno para reafirmar necesidades --la existencia propia es la primera-- y sustentar proyectos. El comunismo el primero... y el último.
Miércoles, 30 de mayo
Asoc. Humanismo sin Credos
Carlos F. Barberá
Josemari Lorenzo Amelibia
Universidad Pontificia Comillas
Ediciones Khaf
Francisco Baena Calvo
Francisco Margallo
Juan Jáuregui Castelo
Antonio Aradillas
José Manuel Bernal