Deducir del proceso de constitución cerebral humano, como algún biólogo deduce, una disminución del papel jugado por los instintos en favor del que juega la razón, es mucho deducir.
Esa sería la explicación de actitudes que favorecen el amor, el espíritu de sacrificio, la abnegación, la preocupación por los demás... algo ajeno a los instintos.
Frente a tal teoría se pueden alzar las explicaciones de la moderna Psicología (el “condicionamiento operante”, por ejemplo).
Ciertamente que el hombre ha derivado en una regulación racional atomizada de sus actos vitales cuando la ordenación de la vida se ha hecho necesariamente social, pero no por eso los instintos fundamentales dejan de guiar a los hombres, quizá de manera determinante: instinto de supervivencia, perpetuación de la especie, agresividad, búsqueda del espacio vital, formación de la pareja sexual...
Alguien podría afirmar lo contrario, que ha sido la inteligencia la que se ha puesto al servicio de los instintos para darles una satisfacción más cumplida y perfeccionada. Ni defendemos lo uno ni lo otro, quede al criterio de cada uno elegir.
A veces todo se resuelve en interpretación de palabras porque la realidad compleja del hombre es inabarcable, por ejemplo la oposición materialismo contra espiritualismo: desde luego que uno, a la vista de los descubrimientos neurológicos últimos, estaría más cerca de la actitud atomista o materialista --la que va desde Epicuro o Lucrecio hasta pensadores de finales del siglo XIX, que afirman ser todo una cuestión de sinapsis neuronales--, que de la postura espiritualista de quienes todavía propugnan un alma inmaterial, necesariamente distinta de lo físico, como sede de las funciones intelectuales superiores.
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El alma del bruto es el centinela del alma humana, como dijo sabiamente el P. Ventura Raulica,
y la doctrina que respecto de ella se enseñe no puede menos de influir muy de cerca en la
doctrina que acerca del alma humana se explique. Todo error que sobre los brutos se sostenga
será siempre de funestas consecuencias para la espiritualidad e inmortalidad del alma humana,
mientras que, sentada sobre firme base la doctrina referente a aquellos seres, por fuerza han
de resultar grandes ventajas para el desarrollo sistemático de la verdadera ciencia del hombre
(Eloy Bullón Fernández, El alma de los brutos ante los filósofos españoles, Imprenta de los
hijos de M. G. Hernández, Madrid 1897, pág. 22).
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia