
Voy en el “Metro”. Me he acomodado como he podido después de tres paradas de pie. Frente a mi una mujer que no llega a los cuarenta, puede estar más cerca de los treinta. Tiene la mirada perdida. Los rasgos de la cara son hermosos, pero su rostro parece alargarse hacia abajo como invadido por una seriedad impropia del momento.
-Me gusta ese anorak que lleva.
-Pero esos calcetines de colorines a rayas siempre me han parecdio diseñados por un payaso.
-¡Cuántos anillos! Uno de ellos indica que está casada. Sí, tiene todo el aspecto de estar casada.
- No ha levantado la cabeza y sabe que la estoy mirando. O quizá no. Eso se nota. Y más una mujer, pendientes como están todas de si las miran o no.
- Pero ésta es especial. No levanta los ojos. El rictus de los labios indica agotamiento, cansancio.
- ¿Regresa del trabajo? Pero no es hora... ¿O es pena?. Sí, parece que tiene pena.
Me ha invadido una profunda simpatía hacia ella. Charlar.
El tren se para. Como guiada por el instinto, sin mirar la estación, se levanta, se funde con el grupo y desaparece.
¡Es la ciudad!
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia