
Ahora el cuento es al revés: tras haber visto, y padecido, cómo funcionan los totalitarismo políticos, podemos caer en la cuenta de por qué la religión es un sistema totalitario. Como tal, detestable, infumable, a superar.
Son muchos todavía los modelos de regímenes totalitarios calcados de los sistemas religiosos. El humano afán de poder, gloria y perduración encuentra los moldes adecuados en formas decantadas sobradamente a lo largo de la historia: la religión.
Nos fijamos en uno de ellos, noticia siempre por su dispendio criminal en faraonadas, por la extrema pobreza de sus habitantes y por la perpetuación de una casta, una familia, en el gobierno: Corea del Norte. En estos días, noticia por movimientos de sillón en el poder y posible sustitución del tirano Kim Jong-il.
En internet hay suficiente información del modélico estado totalitario laico-religioso que es Corea del Norte. Dios encarnado en la dinastía Kim. Tierra cerrada a todo y encerrada en la absoluta entrega a la adulación del jefe. Hay un Ser Supremo, un Padre que vela por todos, que cuida de todos, que todo lo prevé, que todo lo controla, que todo lo castiga. A él hay que entregar vida y hacienda; y educación; y prensa y televisión y cine; y pensamientos...
Ahí siguen, denostados por todo el mundo, pero sin que nadie mueva un dedo para aliviar la situación del pueblo coreano. Lo mismo que nadie mueve un dedo para que desaparezcan las creencias en milagros, adoraciones, seres maravillosos... Claro, éstos son menos letales.
En Corea los Kim Ilsung y su patético hijo Kim Jongil, encarnaciones ambas de la misma persona, del difunto creador del tinglado, Kim Jong-il, que desde la tumba o desde el cielo ejerce a perpetuidad la presidencia del país.
En los reinos de las religiones, palabras, obras, pensamientos, omisiones... todo debe ser dirigido y controlado por el Supremo. Pero como todo eso es un tanto volátil e inconcreto, aparecen los reguladores de los credos: desde el Derecho Canónico hasta el Sacramento de la Penitencia. Los hijos de Kim Jong administran la memoria del Padre.
La religión, toda religión, tiene solución “total” para todo. El totalitarismo de que hablamos. No se puede saber cómo es el Gran Jefe, al igual que los dictadores se encierran en sus palacios y la vida se ordena conforme a segundas instancias. Todo funciona por intermediarios, desde ángeles a sacerdotes. La fe en él debe ser ciega, “perinde ac cadáver”, frase muy apropiada salida de labios jesuitas, esos que miraban con lupa la “limpieza de sangre” para poder acceder al reino.
Todas las facetas de la vida pública, y también privada, deben estar sometidas a la supervisión permanente de ese ser superior. De lo contrario sufrirán la venganza infinita: el miedo consustancial a cualquier totalitarismo.
De ahí la idea subyacente en el totalitarismo de que una persona, un grupo de personas, una raza, un pueblo, puedan ser condenados eternamente sin posibilidad alguna de apelación. Hitler, Stalin, Pol Pot, Kim, la religión. Y siempre alguna víctima propiciatoria, el propio pueblo pecador, el hereje, "Humanismo sin credos", los judíos.
Ya San Agustín, quizá uno de los primeros fascistas de la historia, fruía con el mito del “judío errante”: el exilio de todo un pueblo venía a ser prueba incontestable de la justicia divina. Lo que es curioso es que no cayera en la cuenta de esta contradicción divina: Jesús “debía morir” para salvar a la humanidad y sin embargo hacían culpable de tal muerte a todo un pueblo, no a unos individuos concretos –Anás, Caifás, Sanedrín— no: tenía que ser todo un pueblo. Alguien tenía que responsabilizarse de esa muerte.
No le hacían responsable al mismo Dios Padre que envió a su hijo a salvar a los hombres y que no consintió en el “pase de mí este cáliz”.Tampoco se hicieron responsables ellos, los cristianos, pues a fin de cuentas murió por sus pecados. ¿O no? Pues no. Tenía que ser todo un pueblo el purgante de sus purgaciones.
Ese mismo argumento es el que ha servido a otro fundamentalista cristiano, G. Bush para compensar el atentado de Nueva York. No otra cosa ha sido la “venganza infinita” fruto de la “justicia infinita” de todos los Bush que en el mundo han sido: no bastaba con unos culpables suicidados o la búsqueda de sus mentores ni apelar a la justicia internacional. Tenía que ser todo un pueblo, Afganistán; y por si uno fuera poco, había que buscar otro, Iraq. Y faltaba uno para completar el eje del mal, pero no le ha dado tiempo: Irán.
A la hora de apoyarse mutuamente, religión totalitaria y estados totalitarios confraternizan muy bien: por ejemplo el calvinismo redivivo y activo en la Sudáfrica del apartheid (la Iglesia Reformada Holandesa predicaba como dogma bíblico que los negros y los blancos no se podían mezclar ni menos considerarse iguales); la Iglesia ortodoxa griega bendijo a la Junta Militar de 1967 porque traía una “Grecia para los griegos cristianos”; el Angka de los jemeres rojos camboyanos buscaba su autoridad en templos y leyendas religiosas prehistóricas; el sha del Irán destronado por los fundamentalistas chiíes se presentaba a sí mismo como “la sombra de Dios” y “la luz de los arios”... Así hasta el paraíso de los ulemas en Irán o de los talibanes en Afganistán.
Los sistemas totalitarios, en cualquiera de sus formas, son fundamentalistas, basados por lo tanto en la fe. ¿Quién conforma a quién? ¿La religión a la política o la política a la religión? O en otro orden de cosas, ¿qué fue primero el hombre y sus miedos o el Dios apaga fuegos?
Frente a toda esa miasma de credulidades totalitarias, podemos decir hoy en Occidente que muchos nos sentimos libres para defender el derecho a NO CREER y a NO SER OBLIGADOS A CREER. Y luchamos por ello. Nos va en ello la supervivencia.
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Por Dios, SARUCE, no confundas...
Tus palabras: ¿No es digno, acaso, amar a los demás?.
¿No es digno, acaso, ser pacífico, cumplidor, leal y solidario, por amor?.
Todos creemos en algo, amigo mío, y muchos de nosotros (los católicos, por ejemplo), hacemos del amor a la humanidad, nuestra bandera.
Llamémosla como queramos, pero esta idea y este sentimiento lo compartimos todos. Yo también la suscribo, pero sin tener para ello que fundamentar todo en el mito de un Dios encarnado y un Mesías crucificado por nosotros.
Lo siento, blogger, no puedo tomar en serio tu aseveración: "pero mejor fuera no creer sino en aquello que pueda hacer al hombre más digno de sí mismo...".
¿No es digno, acaso, amar a los demás?.
¿No es digno, acaso, ser pacífico, cumplidor, leal y solidario, por amor?.
Todos creemos en algo, amigo mío, y muchos de nosotros (los católicos, por ejemplo), hacemos del amor a la humanidad, nuestra bandera.
¿Por qué no cambias el chip, y hablas de Jesús de Nazaret, en lugar de esos depravados que se autodenominaron cristianos, y que cometieron tropelías "en nombre de Dios"?.
En el libro de proverbios encontramos bastantes ejemplos de lo que ocurre cuando un necio abre la boca y demuestra una necedad hasta entonces sólo conocida por unos pocos. Así, leemos:
Prov
10,14 Los sabios atesoran conocimiento, la boca del necio es ruina inmediata.
y
18,7 La boca del necio es su ruina, y sus labios una trampa para su vida.
Blogger:después de la melonada de hace dos días:"somos el 98%animales"vuelves a recrearte en el ridículo?
Blogger:¿Qué pasa ,que no entran los comentarios?
PEPE dice lo que dice, pero olvida que la "religión del amor" destruyó, literalmente destruyó y masacró, toda la religión pagana anterior, sometió a sangre y fuego durante siglos a quienes no comulgaban, tuvo cautivo el pensamiento de toda la sociedad durante centenares de años..., prohibió el pensamiento, cercenó la investigación, se opuso a cualquier cambio social, apoyó a los regímenes autoritarios y déspotas, siendo ella la mayor tirana de todas, al menos en el tiempo...
¡Un poco de historia de la Iglesia, aunque sea de la B.A.C. (Biblioteca de Autores Cristianos)!
Pues estos totalitarismos en lo que se inspiran es en el ateismo. Y si tienen alguna "religión" sería el satanismo: lo que han construido esos ateismos desde Rusia, hasta Camboya, Corea del Norte... es dolor.
En cambio el cristianismo (con sus defectos, que también los hubo) ha sido servidor samaritano de la humanidad. (No el ateismo)
Saruce, completamente de acuerdo en que se debe respetar el derecho a creer lo que uno le de la real, aunque sea en Peter Pan. Eso es precisamente lo que ha impedido la Iglesia Católica durante siglos. El que se apartaba un apice del dogma qudaba estigmatizado, incluso en ocasiones era ajusticiado.
Hoy esto ya no ocurre aquí (en Iran si)pero creo que es más porque ya no pueden que porque no quieren.
No por otra cosa sino porque el pueblo se está muriendo de hambre, debería intervenir la ONU o quien sea para erradicar de la tierra estos monstruos. Cuando un sistema se gasta casi todo su PIB en armamento y apenas nada en desarrollo, alguien les tiene que decir a la fuerza que se larguen. Pero, claro, el pueblo importa poco a los políticos.
SARUCE. Sí, desde luego que todos tienen derecho a creer (¿creer qué?). Pero mejor fuera no creer sino en aquello que puede hacer al hombre más digno de sí mismo: valores humanos como al raciocinio, la solidaridad del hombre por el hombre, la compasión empática, etc. Y la valentía para enfrentarse...
Creo que tales persecuciones la mayor parte de las veces suceden y provienen de esa oposición al régimen tirano(sería una persecución no tanto religiosa cuanto política, más aún, personal, porque sólo persigue y mata a otro cuando éste se siente débil o inseguro).
Vivo en el siglo XXI, y hablo desde el siglo XXI. Asumo la poca historia que conozco de la Humanidad, tal como me la contaron, la leí, o deduje, escarbando en los libros.
Creer es una actitud íntima y personal, al igual que no creer.
En algunos lugares de la tierra se mata y/o persigue a los que poseen creencias cristianas, y actúan humanitariamente, conforme a ellas.
También esos cristianos perseguidos ¡en el siglo XXI! tienen derecho a creer, y vivir su fe. ¿O no?.
Miércoles, 30 de mayo
Jesús Espeja
Mariano Fresnillo Poza
Jordi Llisterri i Boix
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Manuel Mandianes
Alejandro Córdoba
Desiderio Parrilla Martínez
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia