Las luchas del Espíritu Santo por imponerse (3/4)
27.05.07 @ 18:00:00. Archivado en Cristianismo humano y criminal

Siempre hemos entendido que la más sublime intervención del Espíritu Santo se daba en los Concilios, reuniones al más alto nivel de donde emanaba toda la doctrina que luego los fieles debían creer y acatar. Es lógico pensarlo.
¿Sí?
No es nada edificante saber que las ideas --luego dogmas-- de los primeros concilios, los más decisivos respecto a la doctrina a creer, son fruto de presiones, amenazas, palizas, destierros, persecuciones e incluso guerras.
Todo ello está documentado y basta con escarbar en "su" historia, la "historia criminal del cristianismo" (1).
En Nicea (325) fue decisiva la presencia amenazadora del Emperador, a la vista de tanta discordia, no siempre verbal para imponer una determinada redacción del Credo;
en Constantinopla (381) Teodosio I, con su autoridad "teológica" –pensemos más bien en la otra-- sancionó las decisiones del Concilio como válidas;
en Efeso (431) Cirilo llevó a un grupo de monjes "convincentes" para ayudar a la aprobación de las propuestas "ortodoxas";
en Efeso (449) Dióscoro llevó a otro grupo de presión para que los obispos firmaran en blanco y además pateó y propinó una paliza al opositor Flaviano;
en Calcedonia (451) también actuaron de forma convincente la presión, el chantaje y la compra de votos...
¡Qué reuniones más emotivas e “inspiradas” por el E.S. aquellas primeras!.
En fin, que el "credo" y demás verdades fundamentales que han constituido y condicionado en un grado muy alto la vida de occidente, no son profesión de fe sino más bien un prodigio... ¡un prodigio de malas artes, corrupción y podredumbre cultural, todo con el sano propósito de controlar la Iglesia recién nacida, de imponer Roma sobre Constantinopla y Alejandría, de lograr la mayor tajada en el banquete del Imperio!
¿Dónde estaba el Espíritu Santo? Quizá reservado para los fieles de a pie que sí creían en su carismático cauterio.
(1)Historia Criminal del Cristianismo, de K. Deschner.
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Yo creía que la historiografía era hija de la razón científica, pero por lo visto, cuando se trata de destruir a la Iglesia, la Razón se pude dejar aparcada en doble fila un ratito. Humanismo sin credos...
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