Mentiras arriesgadas o por la boca muere el pez.
27.03.07 @ 11:00:00. Archivado en EMÉRITOAGUSTO
Por EMÉRITOAGUSTO.
Últimamente, se ha puesto de moda en las teles privadas. Programas del corazón, salsas rosas, dolchevitas, famoseo, cotilleos y nauseabundos albañales de tertulias descerebradas han resucitado esa especie de Sherlock Holmes electromagnético, pillamentiras capaz de atrapar antes al mentiroso que al cojo. Se trata del polígrafo o detector de mentiras.
No es de extrañar que se haya concebido tal ingenio, al fin y al cabo anodino, comparado con las ordalías, Juicios de Dios, a las que la Iglesia y la Sociedad medieval sometían a los “sospechosos de falacia”.
Se trata de la Ciencia de la Mentira. Mentir es como los catarros, los padece todo el mundo. El ser humano (no sólo la mujer como se decía) es embustero por esencia y existencia. De hecho, la naturaleza nos ha convertido en engañadores por necesidad, hasta el extremo de que la doblez forma turbiamente parte de nuestra personalidad.

La simulación es una conducta de supervivencia que hemos heredado de nuestros antepasados y que compartimos con las demás criaturas que pueblan la Tierra. La naturaleza está plagada de especímenes que para sobrevivir exageran, engañan, confunden, camuflan, tergiversan, manipulan y mienten. El ejemplo más conocido y arquetipo es el camaleón; milenios de evolución para poder desarrollar una piel que le permita encubrir, enmascarar, disimular. ¿No es eso mentir?
La mentira alcanza su máxima expresión y complejidad en el ser humano. Mientras que en el animal es instintiva, en el hombre es generalmente premeditada, en especial los “embustes oficiales o institucionales”. El ser humano ha aprendido como nadie a encubrir el engaño en tal grado que a veces resulta casi imposible detectarlo.
Hay personas que saben mentir mejor que otras, que son más convincentes. “Miente más quien mejor miente y miente mejor quien miente más”. Quien engaña eruditamente refunde en su exposición el mayor porcentaje de verdades posibles, intercalando astutamente las mentiras.
¿Dependen del propio sujeto la verdad o la mentira? Afirman los expertos que mentir siempre deja huella. Porque se supone que mentir estresa, altera, tensa. La teoría que se baraja es que “estamos socializados para decir la verdad y, si mentimos, se produce cierto conflicto interno que provoca una activación fisiológica”: alteración del pulso, de la presión sanguínea, del ritmo respiratorio y del cardiaco. Sin embargo, parece que un psicópata puede engañar al polígrafo porque su sistema de valores es diferente; el delito no lo ve como algo que le provoca ansiedad. Y hasta mentir y burlarse de todos le puede inducir al regodeo y al desafío.
Pues bien, he leído (me he instruido ampliamente sobre el tema) que si se somete a la prueba del polígrafo a un político, a un líder religioso o a un fanático, el artilugio podría explotar. Porque ellos son quienes más y mejor camuflan y manipulan la realidad.

Enmascaran sutilmente mentiras arriesgadas a través de mensajes sugestivamente persuasivos. No hay compasión con la gente. La mentira se hace tan universal, está tan arraigada, que la mixtificación resulta colectiva.
Pero, al fin, “por la boca muere el pez”. Recordemos, así como ejemplitos, aquellas patrañas electoralistas: “Cien años de honradez”, “Con las manos limpias”, “Estoy seguro de que existen armas de destrucción masiva”... O los perdones mendigados por la Iglesia por sus retrospectivos errores (entonces “infalibles verdades de fe”). Y luego, todo resultó ser el diego de donde dije digo.
Pero a la hora de la “verdad”, si se analizan el tono de voz, la firmeza de sus expresiones, las inflexiones, los dejes, las pausas premeditadas, la tensión, exaltación y emoción deliberadas de sus afirmaciones, incluso el sonsonete monocorde de algunos predicadores, nos derivan hacia la “falsedad de las verdades oficiales”.
Cuando una “verdad” se parapeta en la fuerza coactiva del “derecho divino”, deja de ser verdad y se convierte en acatamiento. Y es que hasta que el polígrafo no descifre el retorcimiento de las palabras o las estrategias tendenciosas... todo vale.
Pero detrás de una mentira no siempre hay un mentiroso. El mendaz tiene intención de engañar para obtener algún beneficio político, social, económico, religioso... No obstante, se puede estar diciendo una mentira sin ánimo torticero. Simplemente, se está equivocado. Hay “verdaderos mentirosos” y “mentirosos honestos”.
La mayoría de estos casos se producen por el mimetismo, la clonación.
Desde un punto de vista histórico, la humanidad pronto se dio cuenta de la ventaja que suponía el control de la forma frente a los otros. Y se recurrió a la eliminación de la identidad, o sea, a buscar la uniformidad. Y es cierto. Un ejército de miles de hombres vestidos con el mismo “uniforme” y la misma “máscara” resultan, hasta cierto punto, el mismo hombre, y multiplican el poder psicológico de su fuerza. Lo vemos en las pelis que nos presentan “mimetizados guerreros clónicos”. La personalidad enmascarada termina siendo dominante y acaba por imponerse al yo consciente, anulándolo. El hombre se funde con su máscara...
Mi propuesta final está del todo meditada. Propongo que, de ahora en adelante, a los apasionados panegiristas no se les someta al polígrafo, que seguramente miente más que ellos, sino a la ordalía que es más eficaz: ¡¡Que pongan la mano sobre el fuego!!
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El ser uno mismo es el núcleo y el ser del humanista, y para eso, se necesita desnudarlos a todos.
Estudios de psicología infantil tienen verificado que el niño que mejor miente -todos mienten- también cuenta con un mayor coeficiente intelectual en todos los demás campos. Y viceversa.
Que el ser humano, que es un "animal", siempre, y "racional" sólo a ratos, tenga la simulación como cosa connatural, es lógico. Porque se le ha obligado a convertirse, -y comportarse-, como un elemento de sociedad, y esto, o aburre de una manera espesa, o bien "sirve" para conseguir otros fines. El político y el líder religioso pertenece a este último tipo.
Así, el panorama está despejado, desde el inventor de grandes "Conceptos", que establece y dictamina desde el monte de su Sinaí político la "Verdad", ¡como si la verdad existiera¡, hasta el idiota que finge que se lo está pasando bien en una cena de sociedad, y se rie de cosas que jamás nadie en su soledad perdería ni un segundo en mirar.
No hay que poner la ...
En mi ironía, entre los que "harían explotar el artilugio", no sólo se menciona a los "políticos"; también a los "líderes religiosos". Y otro punto a remarcar es el "mimetismo" de los "guerreros clónicos" que luchan por la causa de los líderes.
No sé si seré "con-credo", peso te aseguro que no soy "tan-credo", inmovilista.
Un saludo humanista con credo.
latigonegro.
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