Humanismo sin credos

El clérigo de Valladolid. (2/30) La relación profesional .

02.08.06 | 10:00. Archivado en El clérigo de Valladolid
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Situemos los personajes y el entorno. Él, Don Manuel Machado Moragas, encontró su vocación sacerdotal sin haberla buscado, caído en las redes de un pescador andariego en los secanos de Castilla. El impulso inicial de su estrenada vocación se convirtió en inercia y así ascendió a lo que es, hoy, la cima de su carrera: consultor, confesor, predicador y, gracias a este blog, mártir. Santo en vida.

Sus cuatro ambientes vallisoletanos cubren el área pía de la Catedral, el Santuario de la Gran Promesa, el Palacio Arzobispal y la sede del Opus Dei. Personaje, pues, en la línea de la santificación por el trabajo y por la piedad, si no se hubiera cruzado en su camino una fémina con las mismas inquietudes espirituales que él, pero situada en la acera de la vida civil.

Ella Doña Virtudes Paniagua Morales es una mujer soltera, de buen ver, joven aunque ya en cuarentena, celosa y fiel cumplidora de su trabajo, sempiterna adolescente; su entendimiento de la vida lo contempla subida aún al guindo de ignorancia por lo que desconoce, pletóricos y bien alimentados sus ocios por una caterva de prácticas piadosas.

Viste bien, vive en un confortable piso en el centro de Valladolid y su relación social, la que le permiten sus prácticas piadosas, sus reuniones carismáticas, sus inquietudes catequizadoras y sus semiretiros de algún que otro fin de semana, no pasan del café y tertulia la tarde de los sábados y alguna que otra película los domingos. A veces, por que no se oxide su coche, abandona su residencia para alejarse de ella no más de diez o veinte kilómetros sin pararse siquiera a repostar. Tal esfuerzo es quincenal, porque ocios y negocios, pitos y ritos están prefijados al minuto. El rigor conventual a cielo y campo abiertos.

La relación espiritual mutua surgió por recomendación. Ella buscaba un director espiritual y fue a encontrarlo donde le habían indicado, en una persona culta, con cierto prestigio en su entorno, de aparente piedad y consejo certero, Don Manuel Machado Moraña.

Parece que fue ayer, pero de tal relación ya han transcurrido veinticinco años, dieciocho de los cuales en progresión creciente hasta la brusca y súbita quiebra por culpa de un ave de paso que se ciscó en ambos.

No he dicho que en el piso de doña Rosarillo había una escopeta perdigonera, que infundía un soberano respeto a Don Manuel. Era la tía, Doña Visitación Morales, buena mujer, piadosa pero de profundo sentimiento humano, que aunque arrastraba su enfermedad por el parket del piso, sin embargo no se arrastraba por la vida. Venía a ser la pantalla o el preservativo de la pureza virginal de nuestra ínclita Rosarillo frente al celo más que profesional del clérigo Moraña.

La otra relación, esa que derivó en un quejumbroso proceso y terminó en rosario de aurora, comenzó en 1994, año de desgracia para ella porque hasta la sombra de su tía desapareció de su espacio vital. Si fue dura desgracia para ella, lo fue de gracia para él, que vio cómo se abrían con las puertas del piso las puertas del cielo de su esperanza lúbrica.

La virgen adolescente con ya cuatro décadas a sus espaldas vivía tierna y espiritualmente confiada a los consejos espirituales del gallardo cincuentón. Misa diaria por ambos bandos; confesión semanal; charlas en el atrio; carismáticos sermones desde el ambón; consultas telefónicas en ambas direcciones...

Un sólo cántaro para dos fuentes era demasiado.


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