Humanismo sin credos

Con Dios me acuesto, con Dios me levanto...

25.07.06 | 23:37. Archivado en ¿Verbo o palabra?, EMÉRITOAGUSTO
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por EMÉRITOAGUSTO

Por suerte para unos, por desgracia para otros, según quién y cómo lo considere, a pesar del ateísmo y de la indiferencia religiosa que reina en nuestro mundo, Dios está omnipresente en nuestras vidas.

Yo diría que lo tenemos “a flor de labios”, a juzgar por el lenguaje que empleamos.

¡Hasta qué punto las creencias han influido en la catolicísima España, que hasta hemos endiosado nuestro vocabulario!

Los judíos llaman a Dios Yahvé, pero tienen prohibido pronunciar su nombre para no faltar al respeto y temor que se le debe. Los musulmanes llaman a Dios Alá, y siempre que lo nombran añaden “su nombre sea bendito”.

El lenguaje coloquial de los cristianos abunda en expresiones “deificantes”; se emplea el nombre de Dios sin advertir muchas veces que se está nombrando al Altísimo o sin conocer su significado.

Algunas expresiones, como “si Dios quiere”, “gracias a Dios”, “cuesta Dios y ayuda”, ”Dios dirá”, “cuando Dios quiera”, “Dios mediante”... dejan entrever claramente su intención: Dios vela por sus criaturas. Y con estas expresiones se reconoce la total dependencia de Dios, que Dios ayuda y que se acepta, consciente o inconscientemente, su “Divina Providencia”.

Otras veces, se personifica esta favorable intervención de Dios cuando sucede algo bueno inesperadamente: “Me ha venido Dios a ver”. O al contrario, los reveses de la vida nos hacen exclamar: “Estoy dejado de la mano de Dios”.

Expresamos felicidad y bienestar cuando afirmamos sin reparos “estar como Dios”, o cuando deseamos que un difunto “esté ya con Dios”.

Manifestamos buena voluntad y espontaneidad cuando hacemos las cosas “a la buena de Dios”; ignorancia, en “¡sabe Dios!”; sorpresa y asombro con “¡válgame Dios!”; deseamos que su nombre sea santificado con la exclamación “¡bendito sea Dios!”; demostramos hipocresía y doblez si “encendemos una vela a Dios y otra al diablo”.

Revelamos nuestro enfado y malhumor si afirmamos que “venga Dios y lo vea”; perfección y rectitud al hacer las cosas “como Dios manda”; ausencia absoluta, cuando el nadie lo sustituimos por “ni Dios”; al contrario, reemplazamos a todo el mundo por “todo Dios”, y “en-diosamos” a ciertas personas relevantes...

Por el lado contrario, no es éste el momento de comentar otros dichos, frecuentes en nuestro vocabulario, por irrespetuosos, soeces o blasfemos. En la mente de todos están.

Además de estas expresiones, existen en el diccionario castellano otras palabras cuyo origen posiblemente algunos desconozcan:

¡Ojalá!. Esta palabra, hoy castellana, proviene del árabe (wa-sa-Allah). Significa “Dios lo quiera”, y expresa un fuerte deseo esperanzador de que suceda un feliz evento, o bien que no ocurra algo malo. Equivale a nuestro “Dios te oiga”.

Pordiosero, el indigente o mendigo que insistentemente nos pide una limosna “por-Dios” o por amor de Dios.

Adiós: Este vocablo se origina de “a-Dios”, y siendo hoy una simple despedida en su origen se empleaba como una despedida definitiva; es decir, “hasta vernos junto a-Dios”, en la esperanza de que todos nos encontraremos definitivamente “en Dios”. Expresa el mismo deseo que la despedida “vaya usted con Dios”.

En fin, que el lenguaje demuestra que, en el fondo, las personas encerramos en nuestro subconsciente una creencia religiosa más que una indiferencia real. ¿Será verdad?

Personalmente, me cuesta creer que, a mi pesar, Dios ha quedado grabado en mi ADN. O quizá todo sea cuestión de cultura secular... a la fuerza.


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