Otra visión de la vida monástica.
22.05.06 @ 23:41:25. Archivado en Vida religiosa

En la lógica santificadora, la vida monástica es el "summum" del camino de perfección. Así lo ha entendido también el budismo, aunque en términos más antropológicos. La persona razonadora, si se pone en el punto de vista del que cree, admite "su" lógica, la comprende, la entiende y encuentra hasta aspectos defendibles: preservación de la cultura secular, ascenso social, elemento de cohesión de Europa, vida ilusionante para algunos, literatura y arte...
¿Se puede esperar esa misma galanía de la persona crédula, a saber, que sea capaz de considerar la vida monástica también bajo criterios de análisis racional?.
Pues he aquí algunas consideraciones.

La primera reflexión, que debería hacerles pensar, es que tal institución no se da en el resto de las grandes religiones e incluso está proscrita de la otra facción cristiana, el protestantismo: ¿por qué, si es el camino más seguro de perfección?.
La segunda reflexión se ciñe más estrictamente al hecho del monaquismo como elemento aglutinante de individuos que se integran en una comunidad para vivir determinados ideales. Y es aquí donde el que piensa deduce que el monaquismo sólo se puede entender como enfermedad del psiquismo social, en otras palabras, como una enfermedad dentro del proceso de socialización del hombre y como un epifenómeno de la cultura.
El monje huye de la vida y el monacato aleja a un ser humano de la convivencia de sus congéneres. Los motivos, siempre turbios o extrínsecos. En su etapa álgida, la inercia coactiva: el monasterio se nutría de niños que eran recogidos y vivían desde su más tierna infancia en el convento; continuaban en él merced a una permanente coacción sobre las conciencias. Gran importancia social tuvo el colectivo de los "vagaudas" o "goliardos". Otro motivo, el dato cierto de que el monacato era la única vía para escapar de la miseria.
Dado el poder acaparador del monacato sobre la cultura, el monaquismo ha sido el Moloch del progreso humano, destruyendo vidas, quebrando fantasías, desmoronando el mundo emocional de millones de personas, condenándoles a tener bocas y mentes cerradas y la inteligencia secuestrada.
En términos culturales, por más que aireen frutos de la más acendrada espiritualidad, la aportación de tan ingente número de personas dedicadas a la oración y al trabajo ha sido más bien magra. Aportación, además, que se ha ido en humo, que no ha servido para nada, porque no han hecho sino revolver en su propio fango cultural.
Catedrales, iglesias, bibliotecas, monasterios... en su día fueron secuestro de vidas y haciendas y, para la posteridad, elementos de museo y quincallería de la verdadera cultura, aquella que hace ascender al hombre de su condición de siervo, paria, proletario... a persona cultivada y autosuficiente. Poco de eso consiguió en el pasado tanto credo opresor.
No se pueden hacer cábalas sobre "possibilia" --¿qué hubiera sido si...?--, pero sí hay un dato: en sólo 150 años ha habido más progreso, bienestar y cultura en Europa que en los 1.500 anteriores, ello propiciado por una nueva mentalidad, la emanada del espíritu de la Ilustración e incluso de Revolución Francesa, de la que hay que salvar lo perdurable, sus ideales, que no sus hechos.
Decir todo esto choca con los miles de libros y testimonios enaltecedores del legado monacal, pero deberían pensar también en las razones: ¿Alguien ajeno a ellos ha tenido interés en decirlo? ¿Alguno de los suyos pudo atreverse a decir lo contrario? ¿O a alguien no perteneciente a este mundo, le ha interesado tal modo de arruinarse la vida?
Y lo que se dice del pasado, también lo decimos del presente, aunque éste ya cae bajo el dominio de la biología, dado que su media de edad se sitúa en la Edad Media.
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