"Los que se niegan a morir te saludan"
20.05.06 @ 11:00:00. Archivado en Vivencia

Los pilares de la religión tradicional sufren de aluminosis, se desmenuzan; sus cimientos parecen resquebrajarse a los vaivenes de un mundo que la sobrepasa.
Y los sustentadores del credo se niegan a morir y se vuelven fósiles, avispas o seres erráticos vendidos a la mejor arena gladiadora o navegantes de los mares procelosos de
***el ritualismo: la fe centrada en cuatro rezos mañaneros, un rosario vespertino y misa dominical.
***el personalismo: aclamación del líder salvamuebles, desde el vocero mayor del reino hasta el último profeta parroquial
***la sensiblería: el trato acaramelado intra y extramuros, corazones y corazoncitos, frasecillas y florecillas, cantos místicos
***el fundamentalismo: numerarios o legionarios del Señor,¡volvamos a las fuentes!
***la indiferencia y el relativismo: hoy no puedo ir a Misa, me puedo resfriar; ya me confesaré; todos somos pecadores; y a mí qué me importan los curas...
En este mundo abierto a la cultura, a la comunicación, al contraste de ideas, a la contestación, a la expansión de los avances de la ciencia; mundo a la par plural por aceptación de lo que es distinto y por defensa de la identidad, cada vez “cuentan” menos las motivaciones religiosas.
El miedo a un más allá de condenación ha dejado de ser estímulo para el bien. De hecho casi nunca el temor ha sido motor de conducta, más bien de todo lo contrario, aunque sí lo sea como murete de contención de la desviada. Es el “...ni me mueve el infierno tan temido” del soneto.
Los premios “etéreos”, de cielos lejanos que no se concretan en nada terreno, se tornan difusos y carentes de virtualidad.
La motivación humana más cercana, como puede ser “dar sentido a nuestros actos” o “tener un objetivo elevado”, cada vez se extrae más de la misma vida. Las personas se mueven por metas asequibles, racionales y enormemente heterogéneas.
El pretendido amor cristiano a los demás las más de las veces es “amar a los otros para yo sentirme bien”. Es la satisfacción personal la que guía. La motivación religiosa que impregna las buenas obras es del más refinado egoísmo: todo lo hago por Jesús... pero lo hago por mí, por mi salvación, por que Jesús esté contento conmigo, por aumentar mi gracia, por ser más santo...
Pero si retornamos a lo que es la fe, ¿qué queda, en tales vivencias, del Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra?
Y, aunque sea tema colateral, ¿qué tiene que ver todo lo anterior con la profusión de templos, palacios episcopales, fondos de inversión, Círculos Católicos, Bancos del Espíritu Santo o Ambrosianos, cuentas del Vaticano, etc.?
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