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El imperio del pesimismo

Permalink 19.10.09 @ 14:59:05. Archivado en Pensamientos, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

Artículo publicado en el número 123 (junio de 2009) de Nueva Revista de política cultura y arte.

Hay muchas cosas de nuestra época que, aun siendo habituales, son difíciles de comprender. Una de ellas es el significado del siguiente argumento: “Las mujeres desde siempre han abortado. Con ley o sin ley, seguirán abortando. Como en todo caso lo van a seguir haciendo, legalicemos el aborto para que al menos lo hagan con garantías sanitarias”. En otras cuestiones, como por ejemplo la prostitución, se argumenta de manera semejante, a saber: “Es imposible acabar con la prostitución, así pues hagámosla legal para que las mujeres la ejerzan al menos con garantías laborales”. Según esta peculiar manera de argumentar, parece que hay que legalizar cualquier cosa por el mero hecho de que existe, de que es una “realidad”, en cierta medida inevitable.

Pero que algo exista, que sea una “realidad”, no significa que deba ser legal. ¿Acaso no han existido desde siempre los delitos? ¿No ha habido también desde siempre latrocinio, asesinato, pederastia, estupro, explotación laboral o injusticias sociales? Los ha habido y los seguirá habiendo mientras haya humanidad sobre la faz de la tierra. ¿Significa eso que debemos legalizar esos y otros delitos parecidos? No lo creo. Si persistimos en nuestra actual tendencia y continuamos legislando “realidades”, corremos el riesgo de dejar lisiado el mismo concepto de delito, y aun de eliminarlo. Pero obviamente no tiene sentido una ley que no distingue lo bueno de lo malo, que lo permite todo porque no prohíbe nada. ¿Alguien se puede imaginar una indefensión jurídica más grande que ésta? Suena a salmo bíblico: nadie, ni siquiera la ley, será capaz de distinguir entre el delincuente y el justo, entre el honrado y el tramposo. Ciertamente, es difícil sostener todo esto.

Está claro que la solución a un problema político o social nunca puede ser la legalización. Si Eta es un problema, ¿lo solucionaríamos acaso legalizando el terrorismo? ¿Legalizaríamos los malos tratos porque “desde siempre” los hombres han pegado a las mujeres? Sin embargo, eso es exactamente lo que hacemos (o queremos hacer) con otras cuestiones como el aborto, la eutanasia, la prostitución, las descargas ilegales, las drogas, etc. Se pretende acabar con el corazón del problema sencillamente negando su existencia como problema, verbigracia: la prostitución no es un delito, sino una profesión como otra cualquiera; el aborto no es un delito, sino un derecho de la mujer; la pederastia no es un delito, sino una opción sexual saludable; el robo no es un delito, sino un ejercicio de libertad económica. Desde un punto de vista estrictamente retórico, cualquier problema deja de serlo si ya no lo consideramos como tal. Aunque, ciertamente, un problema no desaparece porque ya no lo llamemos por su verdadero nombre, del mismo modo que el avestruz no se salva del peligro por más que esconda la cabeza en un agujero.

En este punto, alguien podría objetar, llevándose las manos a la cabeza, que “no es lo mismo” el aborto que la pederastia, que “no es lo mismo” el robo que la prostitución. En efecto, estamos todos de acuerdo en que hoy nuestra sociedad muestra cierta tolerancia por algunas cuestiones (aborto, consumo de drogas, eutanasia, prostitución, etc.), pero no por otras (malos tratos, robo, terrorismo, etc.). Sin embargo, todo esto es contingente, porque lo que ahora toleramos podemos dejar de tolerarlo y lo que hoy nos parece horrible, nos puede parecer maravilloso en el futuro. Es una mera cuestión de opinión pública. Si, por medio de una acción propagandística prolongada en el tiempo, alguien consigue hacernos plásticos a la idea de que el incesto o la poligamia son una opción, ¿por qué no legalizaríamos también esas “realidades”?

En el fondo de esta desconcertante legislación de “realidades” está naturalmente el relativismo, ese joven, nuevo y desenfadado amigo nuestro. La consideración posmoderna de que no hay una verdad, sino tantas como personas, el pensamiento que subraya que la ética es una cosa de curas, ha restado autoridad moral a la ley. Si no hay una verdad, si no hay una ética común, ¿con qué legitimidad puede la ley (emanada de la sociedad) juzgar al que ha decidido “libremente” prostituirse, drogarse, suicidarse, robar o acabar con la vida de su propio hijo?

El filósofo Fernando Savater ha manifestado muchas veces su preocupación porque en la legislación se confundan delitos y pecados. Su preocupación procede de un principio ilustrado que comparto: en democracia, atendiendo al principio de la libertad religiosa e ideológica del ciudadano, no es bueno que la ley se entremeta en la conciencia individual de cada uno. Resumiendo, la legislación debe reflejar que es el ciudadano particular el que tiene conciencia, y no el Estado. Pero eso no significa que la ley y la moral no estén relacionadas. El error surge de creer, a impulsos de una laicidad desenfocada, que la ley no debe ser moral en absoluto.

Algún ingenuo puede pensar que la función de la ley es regular la realidad o, por mejor decir, “las realidades” que forman parte de una sociedad, sin tomar partido por ninguna. Pero esto es imposible, porque en todo caso la ley no puede ser aséptica. Si algo es legal, automáticamente se convierte en moral, es decir, en aceptable desde el punto de vista de la conducta social. Algunos juristas llaman a esto la pedagogía de la ley. En efecto, si rebajamos la edad de las relaciones sexuales consentidas hasta los 5 años, por ejemplo, ¿no estaría la ley tomando partido por la pederastia? O si, compadecidos por quienes no tienen dinero para comer, permitiéramos hurtar impunemente alimentos de un supermercado, ¿no estaría la ley diciendo a los ciudadanos: “robad, estúpidos”? Dice un conocido principio jurídico que “la costumbre hace la ley”. Pero con la actual legislación de “realidades”, toma cuerpo la consideración de la política como un acto de adoctrinamiento: ahora es la ley la que hace la costumbre.

La relación entre moral y ley es compleja, y ha dado lugar recientemente a una intensa discusión pública entre los partidarios de la laicidad y los del laicismo. A mi modo de ver, sí existe una relación necesaria entre lo ético y lo legal, que se resume así: todo lo legal debe ser moral, aunque no todo lo moral debe ser ley. Quiere esto decir que una ley no puede ser inmoral de suyo porque será una ley injusta. Pero al mismo no se puede caer en la tentación de elevar toda la moral a la categoría de ley, porque sería una intromisión directa e inaceptable del Estado en la conciencia de cada ciudadano.

En cierto modo, la actual legalización de “realidades” procede de una interpretación extremada del principio del “mal menor”, doctrina enunciada primitivamente por San Agustín en De ordine. Ante la existencia de un mal social persistente e irresoluble (como la prostitución), se debe o se puede aplicar una cierta tolerancia, ya que acabar totalmente con ese mal es imposible. Por otra parte, la doctrina del mal menor se debe aplicar sólo en los casos en los que el “culpable” es al mismo tiempo una víctima, como sucede con la prostitución y el aborto. Pero una cosa es que las autoridades se “hagan las tontas” ante un delito de raíz compleja, y otra muy distinta es que lo legalicen y lo incorporen al tejido social, normalizándolo. Realmente, hacer legal la excepción es convertirla en regla.

En rigor, la doctrina del mal menor es una doctrina pesimista. San Agustín, en el siglo V, no tenía lógicamente una concepción moderna de la acción social y política, por eso podía permitirse el lujo de considerar que la prostitución era un mal que incluso cumplía una cierta función social. Sin embargo, nosotros, desde la ilustración, hemos tomado conciencia de que la sociedad es algo que podemos moldear, al menos en cierta medida. Sabemos que somos y seremos lo que queramos ser. La forma de ser específica de una sociedad no es algo que venga impuesto por la naturaleza, sino que es fruto de una interacción entre las personas que la componen, es decir, siguiendo a Rousseau, es un contrato social. En otra época, ante un problema, se hubieran encogido de hombros y lo hubieran atribuido a un castigo divino o algo parecido. En la modernidad, sin embargo, aplicamos nuestra inteligencia para intentar modificar el estado de las cosas que no nos gustan. Así pues, el pesimismo no es precisamente un valor ilustrado ni moderno, por más que hoy, quienes se dicen a sí mismos herederos de la ilustración, habiten en un mundo interior sin esperanza. Lo propio del pensamiento moderno es tener fe, a veces incluso demasiada, en la fuerza de la acción social de los hombres.

Dijo Felipe González a propósito de José Luis Rodríguez Zapatero que nuestro presidente es un “optimista profesional”. El mismo PSOE en su propaganda atribuye constantemente a Zapatero el valor del optimismo. Nada más lejos de la realidad. La visión social de la actual “izquierda” es tan profundamente pesimista, que sorprende que alguien pueda confundirla con el optimismo. En todo caso, yo la calificaría de “pesimismo sonriente”. Según el PSOE, la solución a los problemas está en negar su existencia, porque de hecho son imposibles de resolver. Es aliarse con el mal en vez de intentar derrotarlo. Es una solución simple para ganar la batalla a la existencia de un problema: lo mejor es dejar de llamarlo problema y llamarlo opción; lo mejor es dejar de llamarlo delito y empezar a llamarlo derecho. Es brillante.

Hace ya mucho tiempo que la actual “izquierda” abandera la blandura posmoderna en su acción política, y es la primera en legalizar aquellas “realidades” que ya están maduras para su aprobación en las Cortes. Baila así al son que mejor suena, mecido por la brisa de la opinión pública, con la seguridad de que siempre va a acertar, como “acierta” siempre el César cuando reparte pan al populacho. Y lo peor de todo es que la derecha también ha iniciado esa misma carrera, algunas veces disimulando y otras liderando este alucinante pesimismo. ¿No hay ahora ningún político que se atreva a defender los sólidos principios ilustrados de la modernidad, frente a los volátiles contravalores de la posmodernidad? ¿Tanto vale un cargo?

Personalmente, comparto la posición de Séneca sobre estas famosas “realidades”. Escribe el filósofo hispano romano en De Ira: “Contra los males continuos y prolijos se ha de trabajar tenazmente, no para que deje de haberlos, sino para que no venzan”. El pobre Séneca no sabía que en el siglo XXI íbamos a transformar su aforismo en este otro: “Contra los males continuos y prolijos no se ha de perder el tiempo; para que deje de haberlos basta con dejar que venzan”. El problema de la posmodernidad no es que no seamos capaces de resistir al lodazal del mal, sino que directamente nos arrojamos en él.

Prometeo encadenado, de Esquilo

Permalink 28.06.09 @ 14:51:58. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Hay al menos dos tipos de malos lectores. El primer tipo es el de aquellos que consideran que una obra es mala porque “no pasa nada”, es decir, porque no hay acción. El segundo tipo de malos lectores es el de aquellos que piensan que una obra es mala porque, aunque pasen cosas, la obra es “demasiado profunda”, es decir, que las cosas que pasan no son de índole primaria, a saber, no son algo como matar, enamorar, perseguir, besar, luchar, comer, dormir, etc. Digo que ambos son malos lectores, no porque quiera establecer aquí un juicio sumario sobre el bien y el mal aplicado al proceloso y subjetivo mundo de la lectura, sino porque un lector que se aburra porque no pasa nada o porque pasa demasiado se está perdiendo un buen número de obras magníficas de las que no va a poder disfrutar nunca.

¡Ojo! No estoy diciendo que no haya muchas obras pretenciosas, plomizas y conceptuales que aburren al mismo aburrimiento. Las hay. Proliferaron sobre todo en los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando el único afán del escritor era romper los cánones de los géneros y aventajar en originalidad a todo lo precedente. Vivimos en aquella época la literatura de experimentación, esa manía literaria que le entró a todo el mundo por escribir ladrillos infumables, sin sentido ni significación, sin comas, sin puntos, sin personajes, sin palabras. La literatura se obstinaba en imitar a la pintura, que andaba en aquél entonces por los andurriales del vanguardismo, considerado como una religión. Hoy todos esos libros-experimento han caído en el más atornillado de los olvidos. Bien está.

Yo me refiero más bien a quienes dicen que La muerte de Ivan Ilich, de Tolstoi, es un tostón porque no pasa nada. O a quienes dicen que Hamlet, de Shakespeare, es demasiado profundo, porque parece que pasa algo más de lo que es evidente. Ambos dos se están perdiendo lo más placentero de la buena lectura, que no es otra cosa que la iluminación intelectual, la comprensión profunda, y simple al mismo tiempo, de una verdad que de suyo es difícil e inagotable. Yo llamo clásico de la literatura, en realidad, a cualquier obra que conjugue el entretenimiento con la mística.

Sirva esta prolija y (seguramente) aburrida introducción como prólogo de la obra que voy a recordarles hoy. Se trata de Prometeo encadenado, del dramaturgo griego Esquilo. Si usted pertenece a cualquiera de los dos tipos de lector que he mencionado, pierda toda esperanza: esta obra no es para usted. Ahora bien, si usted sí es de los que disfrutan con la acción de la inacción o con la acción más allá de la acción, entonces, adelante. Sígame.

Esquilo nació en Eleusis, Ática, en el 525 a. C. y murió en el 456 a. C. Fue cocinero antes que fraile, lo que en el caso de los griegos significa que fue soldado antes que escritor. Peleó contra los persas en la batalla de Maratón, Salamina y Platea. Escribió cerca de 90 tragedias, de las cuales se conservan sólo siete: Los persas, Los siete contra Tebas, Las suplicantes, Agamenón, Las coéforas, Las euménides y Prometeo encadenado, obra ésta, por cierto, de la que se duda sobre su autoría. Esquilo es considerado el padre de la tragedia griega y fue el primero en introducir más de un personaje en los dramas, haciendo posible así el diálogo y la acción dramática. Esquilo murió de un modo trágico, haciendo honor a su condición de tal. El oráculo le vaticinó que moriría aplastado por una casa, así que nuestro dramaturgo decidió vivir en el campo. Pero entonces le cayó en la cabeza un caparazón de tortuga que un quebrantahuesos soltó desde el aire. ¡Oh dioses! Y se murió efectivamente aplastado por una casa.

Prometeo encadenado, sea o no realmente de Esquilo, es una obra de gran intensidad dramática. Obviamente, estamos hablando de una tragedia griega de la época arcaica, por lo tanto no podemos esperar una acción trepidante. Lo que se representa es más bien una acción interior. Lo que interesa no es lo que pasa o lo que va a pasar, sino lo que está pasando, es decir, lo que viven y sienten los personajes mientras la acción está sucediendo. Es como si hiciéramos toda una obra de teatro sobre lo que siente una persona mientras cae al vacío. Creo que ésa es una buena aproximación conceptual a lo que es el “tiempo dramático” en la tragedia griega.

El mito de Prometeo es uno de los más logrados de la antigüedad. Prometeo roba el fuego a los dioses y se lo entrega a los hombres, por lo cual es castigado por Zeus, que lo encadena a una roca y manda a un águila que se coma su hígado una y otra vez. Prometeo es el gran benefactor de la humanidad, y muchos han visto una cierta analogía con Jesucristo. Prometeo perpetra una donación, se gana la ira de Zeus por amor a los hombres. El fuego además simboliza todo lo que hace humanos a los humanos, todo lo que nos hace distintos a los animales. La luz de la inteligencia, la imaginación, el genio, la industria, la ciencia, la civilización, el sedentarismo, etc. El calor de la pasión, del amor, de la conciencia. El mito es fuerte, es palpitante. De la mano de Esquilo, sentimos la cólera de Zeus, indignado con Prometeo por haber dado luz al mundo. Vemos la resignación de Prometeo, digno, firme, desafiante. El dolor no asusta a Prometeo, porque el amor da sentido a sus padecimientos. Y le hace más fuerte, más poderoso aún que el primero de los dioses.

Esquilo, con su lenguaje grave, su discurso inquietante, la vibrante tensión de su voz desesperada, canta el agradecimiento de los hombres por ése dios que nos hizo humanos. Escalofriante.

Prometeo encadenado, de Esquilo. Una tragedia sobre la compasión.

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 08.06.09.

El aborto es de derechas

Permalink 27.06.09 @ 17:08:10. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

Hace unos meses, en un debate en Popular Televisión Navarra, defendí que el aborto, en los términos en que se plantea en nuestra sociedad, es en realidad una política de derechas, aunque se la encubra con un velo izquierdista. Esta opinión suscitó algún desconcierto entre los políticos que participaban en la tertulia, así que parece preciso explicar más esta idea. No voy a abundar en las nociones de izquierda y derecha, pues excede las posibilidades de este artículo. Me centraré en un par de tópicos usualmente aceptados sobre la idea de izquierda, aun a costa de perder precisión conceptual.

Esos tópicos son: 1) La izquierda defiende al débil frente al fuerte (v.gr. defiende al trabajador frente al empresario); 2) La izquierda prefiere la iniciativa pública a la privada (v.gr. prefiere impulsar la enseñanza pública en vez de la concertada). La derecha, según esto, sería lo contrario.

1) Si la izquierda defiende al débil frente al fuerte, debería defender al no nacido frente a los ya nacidos que hacemos las leyes. A esto se suele replicar que el no nacido no es humano aún. No voy a discutirlo, aunque es aquí donde se cuece el asunto. Me limitaré a subrayar que no hay acuerdo social sobre cuándo un ser humano empieza a serlo. Esto es suficiente para que el legislador no tome decisiones arriesgadas.

Si la izquierda defiende al débil frente al fuerte, debería defender a la mujer frente al abuso de quienes la pueden presionar para abortar, a saber, su jefe, su marido, su novio, sus padres, la sociedad y hasta la misma clase política que parece empeñada en considerar el aborto como una opción liberadora. Cualquiera puede darse cuenta de que, en el debate público, hoy se ha sustituido el “ninguna mujer quiere abortar” por el “la mujer tiene derecho a decidir”. La primera frase asume la doctrina del mal menor: el aborto es la última salida ante una situación de injusticia irresoluble. La ley actual (que no se cumple) materializa esta doctrina en los famosos supuestos para abortar. La segunda frase, en cambio, es un dogma liberal, pues mi derecho simplemente y sin discusión vale más que el del otro. Esta doctrina es asquerosamente de derechas, y es la misma que justifica el derecho de EE.UU. a invadir Iraq si le viene en gana o el de un aristócrata a mantener oprimida a la clase trabajadora, sencillamente porque puede hacerlo. Es el triunfo de la ley del más fuerte, disfrazada de “derechos de la mujer”.

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El Tartufo, de Moliere

Permalink 14.06.09 @ 16:55:03. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 25.05.09.

Algo deben tener los carpinteros para que de su linaje salgan de vez en cuando figuras relevantes para la historia de la Humanidad. Acaso sea fruto de ese trabajo minucioso, creativo, síntesis perfecta del arte y la técnica, de la laboriosidad y del talento. En fin, todos conocemos a uno bastante famoso que escribió con sangre una deliciosa historia de amor, probablemente el mito más redondo que se ha escrito nunca. Que no cunda el pánico: no voy a convertir este programa en una vaporosa catequesis, por más que a alguno pudiera venirle bien. Estoy aquí para hablarles de literatura, lo que bien pensado es casi lo mismo que dar una catequesis, porque la literatura siempre habla de Dios, incluso aunque no lo mencione. Ea, pues, hablemos de literatura.

Otro hijo ilustre de un carpintero es Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por el sobrenombre de Moliere. Nació en París, el 15 de enero de 1622 y murió en la misma ciudad el 17 de febrero de 1673. Es considerado el padre de la Comedia Francesa y uno de los autores dramáticos más importantes y representados de la literatura universal. En España, donde nuestros abundantes complejos de inferioridad nos impiden valorar adecuadamente lo propio, goza Moliere de gran prestigio. Sucede en este caso algo parecido con Shakespeare. Ambos autores son citados y manejados como si fueran el no va más de lo profundo y de lo culto. Mientras medio mundo versiona y envidia a nuestros dramaturgos clásicos, nosotros los despreciamos y sólo sabemos pasearnos con Moliere o Shakespeare en la mano, dándonos aires de grande cultura. No quiero decir con esto que Moliere o Shakespeare no sean grandes autores, sino que Calderón, Lope, Tirso, Ruiz de Alarcón y otros semejantes no les tienen nada que envidiar. Es cosa clara.

Moliere fue un hombre orquesta, un auténtico hombre de teatro: además de autor, fue director y actor de sus propias obras. En su época fue muy valorado como intérprete cómico. Tenía una capacidad especial para hacer reír, y eso es algo muy valioso, porque es más fácil hacer llorar que hacer reír, y esto es un tópico que siempre se cumple. Moliere fue un autor exitoso. Tras darse grandes batacazos intentando hacer tragedias, sus primeras obras cómicas le hicieron auparse rápidamente al bastión de la fama. El rey Luis XIV le acogió bajo su protección, lo que en aquella época de reverencias y besamanos era una garantía de libertad creadora. Moliere era una versión refinada del bufón real, y podía permitirse meter el dedo en el ojo de su Real Majestad, porque al monarca le resultaba gracioso y no impertinente. Ésta es la prerrogativa del bufón: puede decir la verdad sin excesivo temor a ser castigado.

Pero incluso la jácara del alegre bufón tiene sus límites. Estos límites los descubrió Moliere cuando intentó estrenar el Tartufo. La obra pretendía zaherir a los falsos devotos, a los hipócritas, a esos que tienen la boca llena de virtud y las obras llenas de vicios y maldades. Moliere pinchó hueso, y suscitó una airada reacción. Muchos hombres de bien pidieron al Rey que impidiera su representación. Al rey no le parecía mal la obra, pero temió la reacción de la carcunda cortesana, y la prohibió. Moliere reformó su comedia una y otra vez, recortando sus aristas, hasta que finalmente se le permitió estrenarla. Moliere le dejó el alma al drama, pero tuvo que destrozar su cuerpo. Hoy podemos leer sólo la versión autocensurada. Y es una lástima.

Siempre me había parecido que el Tartufo de Moliere no era una obra con la suficiente fuerza como para lograr la total empatía del espectador, es decir, eso que Aristóteles llamaba catarsis. Comprendí por qué el mismo día que descubrí que había sido sometida a las tijeras de la autocensura. Probablemente por esta causa, a mi modo de ver, la obra cojea o renquea, pues parece como si fuera un borrador. La trama tarda mucho en arrancar y finaliza de una manera abrupta. El Tartufo, personaje principal y villano, no aparece hasta el tercer acto y en seguida es desenmascarado. Estimo que hubiera sido más prudente habernos hecho ver su hipocresía en la acción, pero sólo sabemos que es un hipócrita por lo que dicen los demás personajes de él. El mito está, pues, esbozado, pero no termina de ser lo suficientemente redondo. Aún así, teniendo en cuenta el genio literario de Moliere, es posible entrever una obra con grandes posibilidades. Fue la política la que la hizo peor, y no la incompetencia de su autor.

El Tartufo es, en resumen, una obra puntiaguda sobre la hipocresía. Una reflexión sobre lo falsa que es la sentencia que dicta que “la mujer del César no sólo debe ser buena, sino también parecerlo”. Siempre he estado en desacuerdo con esta máxima, que pone en manos de la opinión, de la apariencia, la naturaleza misma del bien. Al contrario, yo pienso con Moliere que el bien y el mal no dependen de lo que opinen los demás, sino exclusivamente de lo que nosotros hacemos y pensamos.

El Tartufo, de Moliere. Una obra que quiso ser y sólo pudo parecer, precisamente por denunciar que parecer no es lo mismo que ser.

La llamada de la selva, de Jack London

Permalink 13.06.09 @ 16:21:20. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 04.05.09.

Jack London es uno de los autores que más ha contribuido a la creación del mito de los buscadores de oro, esos locos aventureros, supervivientes y buscavidas que lo arriesgaron todo por alcanzar el sueño de enriquecerse. A finales del siglo XIX, en 1897, se descubrió oro en el río Klondike, pequeño afluente del Yukón, en la frontera entre Canadá y Alaska. En aquella época, la vida en Estados Unidos no era fácil. El desempleo, la pobreza y la explotación laboral de los trabajadores hacían la vida muy poco apetecible. Encontrar un filón de oro en Alaska se convirtió en la única esperanza de la gente desesperada, en una nueva versión del sueño americano.

El mito del oro sirvió de turbina para los parias de la tierra. Todos los indeseables de la tierra pusieron rumbo al norte. Muchos murieron, algunos sobrevivieron y muy pocos encontraron en el oro la solución a sus problemas. El terreno salvaje, la dureza de las condiciones, la lucha por la supervivencia y la competitividad con otros seres humanos abonan el terreno para la verdadera explotación de este subgénero del western, donde el drama está servido aún antes de barajar los naipes. ¿Qué más se necesita para contar una buena historia? En el filo de la navaja, entre la vida y la muerte, entre el vicio y la virtud, está siempre acampando la literatura.

Jack London vivió personalmente esa aventura. Durante algún tiempo, con 21 años de edad, buscó el preciado mineral en las orillas del Klondike y lo único que sacó en claro fue un escorbuto galopante que le acompañó durante toda su corta vida. De sus entrañas podridas, de sus manos endurecidas por 18 horas de trabajo, sacó London la áspera lección que anima sus relatos. Por eso quizá son tan verosímiles sus historias, por eso quizá son tan brutales. Vemos a un hombre moribundo, apostado con un rifle en el camino, esperando a que pase alguien para volarle la cabeza y robarle el equipo. Es una cuestión de brutal supervivencia. No hay oraciones, ni feminidad, ni cortesía, ni compasión, ni servicios dominicales. No hay esperanza. Porque London es un convencido darwinista que piensa que la vida es sólo una cuestión de supervivencia. Y el más fuerte es el que no tiene moral. El más fuerte es el que ha abandonado todos los melindres de la civilización y ha sustituido la ética por un revólver cargado.

Me hace gracia que la gente crea que las novelas de Jack London son para adolescentes. Eso es como decir que la Biblia es para adolescentes porque hay guerras y mucha acción. No es así. Jack London es un viaje a un mundo sin cultura, a una humanidad sin humanidad. Es la puesta en drama del aforismo que dice que el hombre es un lobo para el hombre.

Todas estas ideas están presentes en “La llamada de la selva”, traducido también y de un modo más exacto como “La llamada de lo salvaje”. El relato, corto, ágil y entretenido, cuenta la historia de un perro sureño que es arrebatado de la comodidad de un hogar civilizado y es arrojado en la crueldad del norte salvaje. Jack London, llamativamente pudoroso, cuenta la historia de un perro, pero en realidad cuenta la historia de un hombre, de alguien como tú y como yo, perfectamente capaces de comernos crudas a nuestras víctimas, en cuanto nos arrabatan nuestra humanidad. Una visión escalofriante y real de cómo es el mundo sin el amor que Dios se inventó.

La llamada de la selva, de Jack London. Un ataque seco a la yugular del optimismo.

La anábasis de Jenofonte

Permalink 12.06.09 @ 16:59:58. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 20.04.09.

De entre todos los historiadores de la antigüedad, uno de los más admirados fue siempre Jenofonte. Nació en Atenas en el año 431 antes de Cristo. Durante su juventud fue discípulo de Sócrates y participó en la Guerra del Peloponeso. Posteriormente, se unió a la famosa Expedición de los Diez Mil, con motivo de la cual escribió su Anábasis. Al regresar a Grecia, Jenofonte, que siempre había sido un admirador del sistema político espartano, combatió en la batalla de Coronea junto con los lacedemonios contra una liga de ciudades griegas, entre las que estaba su ciudad natal, motivo por el que fue declarado persona non grata en Atenas. Los espartanos para recompensarle por sus servicios le dieron una finca en su territorio, en Escilunte, cerca de Olimpia. Ahí fue donde Jenofonte empezó a escribir sus obras. Tiempo después, Esparta y Atenas volvieron a aliarse para contrarrestar el poder de la emergente Tebas, y a Jenofonte le fue permitido volver a su patria, aunque no se sabe si lo hizo. Jenofonte cruzó la laguna estigia, en compañía del alado Hermes, en el año 354 antes de Cristo.

Entre sus obras destacan una Apología de Sócrates, las Helénicas, que son una continuación de la inacabada historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, la Ciropedia, una semblanza del rey persa Ciro II, y por supuesto la Anábasis, también conocida como La expedición de los 10.000. Es de esta obra de la que voy a hablar ahora.

En el año 401 antes de Cristo, el príncipe Ciro el joven se rebeló contra su hermano mayor Artajerjes. Contrató un ejército de mercenarios griegos, comandados por el espartano Clearco, y se adentró en el reino persa hasta llegar a las proximidades de Babilonia. Allí tuvo lugar la batalla de Cunaxa, que terminó con la derrota y muerte de Ciro. En esa difícil situación, los mercenarios griegos iniciaron una prudente retirada, amenazados constantemente por el ejército victorioso de Artajerjes. Asesinados Clearco y los demás generales griegos, los soldados se vieron en la obligación de nombrar nuevos jefes, entre ellos al propio Jenofonte. De este modo, manteniéndose unido y bajo el yugo de una férrea disciplina, el ejército recorrió 4.000 kilómetros hasta la colonia griega de Trapezunte, a orillas del mar negro, donde consiguieron ponerse a salvo. La Anábasis relata todos estos sucesos.

El libro está escrito en tercera persona, a pesar de que el tipo que lo escribe es a la vez juez y parte, ya que Jenofonte se atribuye un papel muy importante en la expedición a partir del asesinato de Clearco. Esta fórmula objetivista es relativamente habitual en los escritos históricos de la antigüedad, como sucede también en el caso de Julio César. Es una forma interesante de abanicarse el ego, pues se trata de relatar con la asepsia de un historiador imparcial los gloriosos hechos de armas de los que uno mismo es protagonista. De alguna manera, es crearse un mito propio, automitificarse, como hace ahora el calculado marketing político con un candidato. Es crearse un personaje que vivirá para siempre en la inmortalidad, por los siglos de los siglos.

La historia de la Anábasis es una demostración de que se puede perder una guerra sin perder la dignidad, y esto es aplicable a la vida. El ejército de mercenarios, gracias en gran medida a las prudentes decisiones de sus jefes, a su superioridad militar y a la inteligencia de su tácticas, permanece invicto durante toda la expedición. Si se quiere, la Anábasis es la historia de una huida victoriosa, que hizo ganar gloria a los soldados que se paseaban por una Persia plagada de enemigos que les rehuían el combate.

Pero además, la Anábasis es una historia divertida, entretenida, didáctica, trepidante, que hará las delicias de aquellos a los que les guste saber que hace 2500 años éramos tan humanos como ahora.

Anábasis, de Jenofonte. Una lección de estrategia, de honor y de dignidad.

A sangre fría, de Truman Capote

Permalink 11.06.09 @ 16:00:24. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 30.03.09.

Cuando Truman Capote escribió a Sangre fría, ya era un autor consagrado. Había pegado un importante pelotazo editorial con “Desayuno en Tiffany’s”, historia que luego llevó al cine Blake Edwards, con la irresistible Audrey Hepburn en el papel protagonista. Otras novelas de Capote (como “El arpa de hierba” y “Se oyen las musas”) habían tenido también una buena acogida entre el público. Pero todo esto hubiera sido en vano, si el autor estadounidense no hubiera decidido realizar un experimento periodístico-novelesco con la familia Clutter.

Truman Streckfus Persons, verdadero nombre de Capote, nació en Nueva Orleans el 30 de septiembre de 1924 y murió en Los Ángeles el 25 de agosto de 1984. Fue sobre todo un periodista, un periodista con todas las letras, y no pudo ni supo desprenderse nunca de esa escasa imaginación que caracteriza a los que se dedican profesionalmente a consignar los hechos relevantes. Así pues, como buen periodista, era incapaz de ver más allá de lo obvio, su capacidad para la poesía, para la mística en definitiva, era muy limitada. No nos engañemos: Truman Capote no puede ofrecernos más que los trazos rápidos y secos de un lapicero romo sobre una libreta mugrienta.

Bien, ¿y qué? Ésa es precisamente su mayor virtud. Nosce te ipsum, que decían los clásicos. ¿Se imaginan a Capote intentando trascender, intentando cargar de lirismo lo que no es más que polvo seco y carretera? ¿Hay algo más desagradable que la retórica forzada de un notario o de un leguleyo? A cada cual hay que pedirle solo lo que es capaz de dar. Un periodista, para ser bueno en su oficio, no debe intentar ser Onetti o Pablo Neruda. Y además, nadie se lo pide.

Truman Capote consigue, en “A sangre fría”, elevar el periodismo a categoría de arte. Es lo mismo que hicieron con la Historia Heródoto, Tácito o Jenofonte. Después de cinco años de investigación, Capote se acerca a los hechos que rodearon el asesinato de la familia Clutter con precisión periodística, recreando la gran red de rumores, de bulos, de informaciones, de datos, de impresiones… Capote Hace lo que todo periodista querría hacer si tuviera un tiempo que el día a día no le concede.

Por otra parte, la historia es escalofriante. Su sequedad y su dureza, no exenta de cierta compasión, la hacen retumbar durante mucho tiempo en los cristales de tu conciencia. Es un libro muy recomendable, eso sí, para estómagos resistentes.

Truman Caporte. A sangre fría. Un escalofriante y valioso reportaje de 200 páginas.

Yo creo en Europa

Permalink 07.06.09 @ 16:58:42. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en el Diario de Navarra el pasado viernes 5 de junio de 2009, con el título "Nuestra mejor invención política").

Cada vez que hay elecciones europeas, se habla en los medios de la abstención, de la falta de debate sobre asuntos europeos, de que se vota sólo en clave nacional, etc. Todo esto, aunque cierto, no hace sino contribuir aún más a desviar la atención del auténtico asunto: Europa.

La Unión Europea es una de las mejores ideas que ha tenido la humanidad en toda su historia. Surgida del dolor de la II Guerra Mundial, representa un sueño recurrente de Occidente. Desde el imperio romano, siempre ha existido la tendencia histórica a una Europa unida. Ése era el sueño megalómano de Napoleón y – triste es decirlo – hasta de Hitler. La idea de la unión no es original, pues. Lo novedoso es que, a diferencia de los antiguos mitos políticos, la UE no es una unión basada en la fuerza de uno, sino en la solidaridad de todos. La idea fue de Jean Monnet: ¿Por qué no cooperamos entre nosotros, en vez de matarnos una y otra vez, como hemos venido haciendo desde hace siglos? Cuando en 1951 se puso en marcha la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, a propuesta de Robert Schuman, lo que se pretendía era imposibilitar de hecho que una nueva guerra tiñera de sangre el viejo continente.

La utopía de Europa es muy interesante, un experimento preliminar para lo que podría ser un nuevo orden mundial, basado en la cooperación y no en el enfrentamiento. Pero está paralizada por culpa de la falta de miras, el populismo y la desidia de los políticos de los últimos años. Para ellos, Europa es un cementerio de elefantes, una barra libre para la corrupción y la tediosa burocracia. Los eurócratas han fabricado una costosa maquinaria de comisiones inútiles, de sueldos, de subvenciones, de prebendas. Su pobreza intelectual y moral ha acabado por agotar a los ciudadanos, llevando a vía muerta nuestra mejor invención política. La UE tiene hoy un grave déficit democrático. Muchas de las normativas que se aprueban en el Parlamento tienen un origen interesado y opaco. Sólo los que tienen dinero para organizarse están presentes en esta Europa de los lobbies, porque los parlamentarios, única representación que tienen los ciudadanos europeos, están demasiado “ocupados” como para asistir a los plenos. Uno de los padres de la unión, el entusiasta democristiano Konrad Adenauer, dijo: “Cuando los políticos no tienen la capacidad de gobernar, crean las comisiones”. Es toda una profecía.

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El invierno intelectual

Permalink 13.05.09 @ 22:13:23. Archivado en Pensamientos, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

Artículo publicado en el número 121 (febrero de 2009) de Nueva Revista de política cultura y arte

Es difícil legislar acertadamente en materia de educación, porque cuando se pone en marcha un nuevo sistema educativo, se hace pensando en los problemas de hoy, no en los problemas de mañana. Si ahora necesitamos un mayor nivel en matemáticas, por ejemplo, y cambiamos el sistema educativo para reforzar esa materia, no veremos los efectos de nuestra acción política hasta pasados veinte años, como mínimo. Supongo que es por esto por lo que nadie quiere ser Ministro de Educación. En efecto, aunque es una cartera de gran responsabilidad, es muy poco vistosa. Hay pocas cosas que “inaugurar”, pocas cintas que cortar y pocos aplausos que recibir, al menos en el lapso de una legislatura.

Por este mismo motivo, también es complicado hacer previsiones acertadas en el terreno de la enseñanza. Al ser una política de tan largo plazo, cuyos efectos tardan mucho tiempo en manifestarse, no hay casi capacidad de maniobra ni de rectificación. Cuando se empiezan a ver los primeros resultados de una decisión errónea, ya se han intoxicado como mínimo treinta generaciones de ciudadanos (es a esa edad más o menos cuando puede hacerse una valoración del nivel educativo global de un alumno). Y lo peor es que el responsable de la situación probablemente ya no está en la vida política y quizá está incluso durmiendo para siempre debajo de la tierra. La ausencia de un responsable inmediato hace que las decisiones en materia educativa se tomen ligeramente. Por eso es tan importante que la educación sea una cuestión de Estado, fruto de una decisión reflexiva, consensuada y prudente. Y no que sea, como pasa en España, una cuestión de partido. Hay que velar para que ninguna facción política intente arrimar el ascua a su sardina. Los representantes públicos deben ser conscientes de que, en el tema de la educación, no se trata de generar votantes, sino ciudadanos libres, virtuosos y capaces de afrontar la realidad responsablemente cuando su tiempo llegue. Ello exige de nuestros políticos generosidad y altura de miras. Quizá por eso se haga esperar tanto una reforma seria del modo en que nos planteamos la educación en España.

Hoy existe la convicción general, compartida por la mayor parte de los ciudadanos españoles y aún más por aquellos que se dedican profesionalmente a la tarea de formar a nuestros hijos, de que la preparación de los españoles es deficiente, y cada vez más. Esto es bien visible desde hace tiempo en la universidad, que es en última instancia en donde desembocan –supuestamente- los mejores y más selectos frutos de la escuela y del instituto. Los académicos con más experiencia no dejan de lamentarse de la actual situación: “Si se mantuviera el mismo nivel que hace treinta años, no aprobaría ni un solo alumno”. “Estoy harto de corregir exámenes plagados de faltas de ortografía”. “Mis alumnos son incapaces de elaborar un pensamiento por escrito, ¿pero qué les enseñan en el colegio?”. “A los jóvenes no les interesa nada de lo que les contamos, sólo quieren aprobar y sacarse un título”. “Los alumnos sólo se implican con las prácticas, la teoría les parece superflua”. Estas son algunas de las quejas que se repiten con frecuencia entre los profesores universitarios. Pero este análisis pesimista de la situación no se sustenta sólo en una sensación subjetiva y opinable de los maestros, sino que viene avalada por datos como los del Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos de la OCDE (el famoso informe PISA), que sitúa a España en la parte baja en el ranking de países, a una significativa distancia de las naciones industrializadas de la Unión Europea y del mundo occidental.

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El aborto contra la razón

Permalink 26.03.09 @ 11:57:57. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

La postura que un ciudadano tenga sobre el tema del aborto depende básicamente de la respuesta que dé a esta pregunta: ¿Es el no nacido un ser humano? Si lo es, lo es, y debe gozar de la misma protección de la que gozamos todos. Si no lo es, no lo es, y no debe tener ninguna protección. Esto último sería algo tan moralmente aséptico como sacarse un moco, extirparse un cáncer o alguna otra cosa semejante.

De esto se deduce que defender una ley de plazos es la cosa más incoherente e hipócrita del mundo. ¿Es que el ser humano empieza a serlo en el momento de la concepción si la mujer “lo desea”, en la semana 12 si el feto está sano pero la mujer no “lo desea” y en la semana 22 si el bebé está enfermo o tiene malformaciones?

No me gusta la hipocresía. Y aún menos la hipocresía intelectual. Creo en la Razón como herramienta básica del entendimiento humano y, por ende, de la legislación; y la Razón no soporta la incoherencia, naturalmente.

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El regalo de los Reyes Magos, de O. Henry

Permalink 23.03.09 @ 21:44:29. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 16.03.09.

¿Se puede escribir una obra maestra del relato corto en sólo tres horas, acuciado por un imperioso plazo de entrega? Se puede. ¿Se puede escribir uno de los cuentos más románticos de la historia de la literatura bajo los mórbidos influjos de una botella de whiskey? Sí, también se puede. Eso es lo que hizo el escritor estadounidense O. Henry cuando escribió a principios del siglo XX su relato titulado “El regalo de los Reyes Magos”.

O. Henry fue el seudónimo que utilizó el escritor, farmacéutico, ranchero, periodista, banquero, desfalcador, aventurero, presidiario y sobre todo alcohólico estadounidense William Sydney Porter, a quien se considera un maestro del relato corto y el creador de la fórmula – hoy tan manida - del final inesperado y sorprendente.

De él diría el biógrafo: no vivió, sino bebió 48 años. Nació el 11 de septiembre de 1862. Se arrojó a la bebida a la temprana edad de 22 años y la bebida le arrojó a él al fango de una vida frustrada y sombría. Las cosas le fueron mal hasta que, trabajando como cajero en el First National Bank, le fueron todavía peor. Fue acusado de desfalco y, aunque no está claro que fuera culpable, decidió darse a la fuga, por si las moscas. Anduvo durante un tiempo perdido por Honduras, pero el destino le reservaba una vida diferente. Al volver a Estados Unidos para acompañar a su esposa en el lecho de muerte, fue apresado y condenado a cinco años de prisión.

Allí, como tantos otros presos vocacionales, comenzó O. Henry a escribir relatos. La cárcel fue para él una liberación espiritual, una redención para su vida opaca y bebediza. El arte le hizo libre, sí, pero no le hizo rico. O. Henry murió el 5 de junio de 1910, de una cirrosis hepática, como no podía ser de otra manera. Sus únicas posesiones en ese momento fueron una botella de whiskey y veintitrés centavos de dólar.

“El regalo de los Reyes Magos” es un relato lleno de lirismo realista, de trágico humor, de esa dulce poesía amarga de la que está llena la vida. Más allá de la última sorpresa, del impactante final a lo O. Henry, este cuento está contado con fluida precisión, sin redondeos retóricos ni profusión de subordinadas. Quizá es el escritor más puro, más seco, más cinematográfico, que he leído nunca. No hay artificio en él, todo es un suave riachuelo de sujeto/verbo/predicado que nos conducen hacia el inimaginable fin. 100% lengua inglesa, como bien puede esperarse de un farmacéutico de Carolina del Norte. Lo interesante de O. Henry es el qué, la historia, no el cómo, el lenguaje. Es la premonición del pragmatismo literario que inundará el siglo XX. Contradiciendo a Oscar Wilde, O. Henry es perfectamente capaz de llamarle pala a una pala, e incluso a usarla si se tercia.

De “El regalo de los Reyes Magos” se han hecho adaptaciones al cine, lo que está muy puesto en razón, ya que – como he dicho – la escritura de O. Henry es casi de guión de película. No quiero contarles muchas cosas más de este relato para no destrozarlo. Sólo diré que, a mi modo de ver, es una síntesis magnífica de eso que ha dado en llamarse el “amor verdadero”. Pero contado por O. Henry, ese concepto ni es cursi, ni es pegajoso ni da repelús. Es simplemente real y apetecible, como la vida misma.
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“El regalo de los Reyes Magos”, de O. Henry. Una poesía en prosa con final sorprendente.

Niebla, de Miguel de Unamuno.

Permalink 13.03.09 @ 19:59:42. Archivado en Cuestión de fe, Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 24.02.09.

Es inútil tratar de presentar aquí, en las serenas olas de la radio, a don Miguel de Unamuno. Es inútil porque ese señor no necesita presentación. Se presenta él solo, solo como quien solo se presenta ante la muerte. Pero, quién sabe, quizá haya quien conozca demasiado bien a Vanessa de Gran Hermano 82, y no sepa una palabra de Unamuno. Vayamos, pues, al caso.

Miguel de Unamuno nació en Bilbao el 29 de septiembre de 1864 y murió a disgustos en Salamanca el 31 de diciembre de 1936, fecha aciaga y afilada. Fue un grave escritor, un digno universitario y un filósofo trágico y humano, que quiso sacarle todo el jugo a la vida. Entre sus más importantes obras destacan, en el campo de la narrativa, “Amor y pedagogía”, “Niebla”, “La tía Tula” y esa bellísima tragedia en un acto titulada “San Manuel Bueno, mártir”. En el campo del ensayo, escribió una magnífica “Vida de Don Quijote y Sancho” y una incómoda reflexión sobre “el sentimiento trágico de la vida”. Cultivó todos los géneros con mucha dignidad. También el teatro y la poesía, en cuyo repertorio figura el memorable “Rosario de sonetos líricos” y sus “Andanzas y visiones españolas”.

Unamuno es en realidad un pensador: todo lo que toca lo convierte en filosofía. Es el Midas de la reflexión, el profeta de la tragedia, bisagra en un mundo que se dispone a cerrar la puerta de la esperanza cristiana para abrir la claraboya del existencialismo melancólico. Unamuno cabalga a lomos de la fina línea divisoria entre lo que fue y lo que será, de lo que supimos y de lo que ignoramos, en fin, de la certeza y de la duda. Ahí está don Miguel, tan pequeño y a la vez tan enorme, pidiéndole a Dios que exista.

Ese grito desgarrado es Niebla, novela publicada en 1914 y considerada, sin serlo, como la obra más importante de Unamuno. Perdón, ¿dije novela? Quise decir “nivola”, pues así la bautizó el propio autor, queriendo inventar un nuevo género que distinguiese su obra de la novela realista que estaba en boga por aquel entonces. Niebla es una invención, más que una novela, es un diálogo entre el autor y sus personajes, pobres almas solitarias que deambulan por el absurdo de unas vidas que alguien soñó. Así es, los personajes de ficción sólo viven en la imaginación del autor y en la actualización de cada lector que los resucita. Aunque, como dice el protagonista de Niebla, un ente de ficción, en realidad, no muere nunca.

A mi modo de ver, Niebla es una novela enternecedora. No la encuentro trágica, ni tampoco cómica. La encuentro simplemente desnuda. Claro, amigos, claro; porque es la oración de don Miguel de Unamuno a Dios.
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Niebla. Miguel de Unamuno. Un clamor perplejo que exige ser oído.

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