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El imperio del pesimismo

Permalink 19.10.09 @ 14:59:05. Archivado en Pensamientos, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

Artículo publicado en el número 123 (junio de 2009) de Nueva Revista de política cultura y arte.

Hay muchas cosas de nuestra época que, aun siendo habituales, son difíciles de comprender. Una de ellas es el significado del siguiente argumento: “Las mujeres desde siempre han abortado. Con ley o sin ley, seguirán abortando. Como en todo caso lo van a seguir haciendo, legalicemos el aborto para que al menos lo hagan con garantías sanitarias”. En otras cuestiones, como por ejemplo la prostitución, se argumenta de manera semejante, a saber: “Es imposible acabar con la prostitución, así pues hagámosla legal para que las mujeres la ejerzan al menos con garantías laborales”. Según esta peculiar manera de argumentar, parece que hay que legalizar cualquier cosa por el mero hecho de que existe, de que es una “realidad”, en cierta medida inevitable.

Pero que algo exista, que sea una “realidad”, no significa que deba ser legal. ¿Acaso no han existido desde siempre los delitos? ¿No ha habido también desde siempre latrocinio, asesinato, pederastia, estupro, explotación laboral o injusticias sociales? Los ha habido y los seguirá habiendo mientras haya humanidad sobre la faz de la tierra. ¿Significa eso que debemos legalizar esos y otros delitos parecidos? No lo creo. Si persistimos en nuestra actual tendencia y continuamos legislando “realidades”, corremos el riesgo de dejar lisiado el mismo concepto de delito, y aun de eliminarlo. Pero obviamente no tiene sentido una ley que no distingue lo bueno de lo malo, que lo permite todo porque no prohíbe nada. ¿Alguien se puede imaginar una indefensión jurídica más grande que ésta? Suena a salmo bíblico: nadie, ni siquiera la ley, será capaz de distinguir entre el delincuente y el justo, entre el honrado y el tramposo. Ciertamente, es difícil sostener todo esto.

Está claro que la solución a un problema político o social nunca puede ser la legalización. Si Eta es un problema, ¿lo solucionaríamos acaso legalizando el terrorismo? ¿Legalizaríamos los malos tratos porque “desde siempre” los hombres han pegado a las mujeres? Sin embargo, eso es exactamente lo que hacemos (o queremos hacer) con otras cuestiones como el aborto, la eutanasia, la prostitución, las descargas ilegales, las drogas, etc. Se pretende acabar con el corazón del problema sencillamente negando su existencia como problema, verbigracia: la prostitución no es un delito, sino una profesión como otra cualquiera; el aborto no es un delito, sino un derecho de la mujer; la pederastia no es un delito, sino una opción sexual saludable; el robo no es un delito, sino un ejercicio de libertad económica. Desde un punto de vista estrictamente retórico, cualquier problema deja de serlo si ya no lo consideramos como tal. Aunque, ciertamente, un problema no desaparece porque ya no lo llamemos por su verdadero nombre, del mismo modo que el avestruz no se salva del peligro por más que esconda la cabeza en un agujero.

En este punto, alguien podría objetar, llevándose las manos a la cabeza, que “no es lo mismo” el aborto que la pederastia, que “no es lo mismo” el robo que la prostitución. En efecto, estamos todos de acuerdo en que hoy nuestra sociedad muestra cierta tolerancia por algunas cuestiones (aborto, consumo de drogas, eutanasia, prostitución, etc.), pero no por otras (malos tratos, robo, terrorismo, etc.). Sin embargo, todo esto es contingente, porque lo que ahora toleramos podemos dejar de tolerarlo y lo que hoy nos parece horrible, nos puede parecer maravilloso en el futuro. Es una mera cuestión de opinión pública. Si, por medio de una acción propagandística prolongada en el tiempo, alguien consigue hacernos plásticos a la idea de que el incesto o la poligamia son una opción, ¿por qué no legalizaríamos también esas “realidades”?

En el fondo de esta desconcertante legislación de “realidades” está naturalmente el relativismo, ese joven, nuevo y desenfadado amigo nuestro. La consideración posmoderna de que no hay una verdad, sino tantas como personas, el pensamiento que subraya que la ética es una cosa de curas, ha restado autoridad moral a la ley. Si no hay una verdad, si no hay una ética común, ¿con qué legitimidad puede la ley (emanada de la sociedad) juzgar al que ha decidido “libremente” prostituirse, drogarse, suicidarse, robar o acabar con la vida de su propio hijo?

El filósofo Fernando Savater ha manifestado muchas veces su preocupación porque en la legislación se confundan delitos y pecados. Su preocupación procede de un principio ilustrado que comparto: en democracia, atendiendo al principio de la libertad religiosa e ideológica del ciudadano, no es bueno que la ley se entremeta en la conciencia individual de cada uno. Resumiendo, la legislación debe reflejar que es el ciudadano particular el que tiene conciencia, y no el Estado. Pero eso no significa que la ley y la moral no estén relacionadas. El error surge de creer, a impulsos de una laicidad desenfocada, que la ley no debe ser moral en absoluto.

Algún ingenuo puede pensar que la función de la ley es regular la realidad o, por mejor decir, “las realidades” que forman parte de una sociedad, sin tomar partido por ninguna. Pero esto es imposible, porque en todo caso la ley no puede ser aséptica. Si algo es legal, automáticamente se convierte en moral, es decir, en aceptable desde el punto de vista de la conducta social. Algunos juristas llaman a esto la pedagogía de la ley. En efecto, si rebajamos la edad de las relaciones sexuales consentidas hasta los 5 años, por ejemplo, ¿no estaría la ley tomando partido por la pederastia? O si, compadecidos por quienes no tienen dinero para comer, permitiéramos hurtar impunemente alimentos de un supermercado, ¿no estaría la ley diciendo a los ciudadanos: “robad, estúpidos”? Dice un conocido principio jurídico que “la costumbre hace la ley”. Pero con la actual legislación de “realidades”, toma cuerpo la consideración de la política como un acto de adoctrinamiento: ahora es la ley la que hace la costumbre.

La relación entre moral y ley es compleja, y ha dado lugar recientemente a una intensa discusión pública entre los partidarios de la laicidad y los del laicismo. A mi modo de ver, sí existe una relación necesaria entre lo ético y lo legal, que se resume así: todo lo legal debe ser moral, aunque no todo lo moral debe ser ley. Quiere esto decir que una ley no puede ser inmoral de suyo porque será una ley injusta. Pero al mismo no se puede caer en la tentación de elevar toda la moral a la categoría de ley, porque sería una intromisión directa e inaceptable del Estado en la conciencia de cada ciudadano.

En cierto modo, la actual legalización de “realidades” procede de una interpretación extremada del principio del “mal menor”, doctrina enunciada primitivamente por San Agustín en De ordine. Ante la existencia de un mal social persistente e irresoluble (como la prostitución), se debe o se puede aplicar una cierta tolerancia, ya que acabar totalmente con ese mal es imposible. Por otra parte, la doctrina del mal menor se debe aplicar sólo en los casos en los que el “culpable” es al mismo tiempo una víctima, como sucede con la prostitución y el aborto. Pero una cosa es que las autoridades se “hagan las tontas” ante un delito de raíz compleja, y otra muy distinta es que lo legalicen y lo incorporen al tejido social, normalizándolo. Realmente, hacer legal la excepción es convertirla en regla.

En rigor, la doctrina del mal menor es una doctrina pesimista. San Agustín, en el siglo V, no tenía lógicamente una concepción moderna de la acción social y política, por eso podía permitirse el lujo de considerar que la prostitución era un mal que incluso cumplía una cierta función social. Sin embargo, nosotros, desde la ilustración, hemos tomado conciencia de que la sociedad es algo que podemos moldear, al menos en cierta medida. Sabemos que somos y seremos lo que queramos ser. La forma de ser específica de una sociedad no es algo que venga impuesto por la naturaleza, sino que es fruto de una interacción entre las personas que la componen, es decir, siguiendo a Rousseau, es un contrato social. En otra época, ante un problema, se hubieran encogido de hombros y lo hubieran atribuido a un castigo divino o algo parecido. En la modernidad, sin embargo, aplicamos nuestra inteligencia para intentar modificar el estado de las cosas que no nos gustan. Así pues, el pesimismo no es precisamente un valor ilustrado ni moderno, por más que hoy, quienes se dicen a sí mismos herederos de la ilustración, habiten en un mundo interior sin esperanza. Lo propio del pensamiento moderno es tener fe, a veces incluso demasiada, en la fuerza de la acción social de los hombres.

Dijo Felipe González a propósito de José Luis Rodríguez Zapatero que nuestro presidente es un “optimista profesional”. El mismo PSOE en su propaganda atribuye constantemente a Zapatero el valor del optimismo. Nada más lejos de la realidad. La visión social de la actual “izquierda” es tan profundamente pesimista, que sorprende que alguien pueda confundirla con el optimismo. En todo caso, yo la calificaría de “pesimismo sonriente”. Según el PSOE, la solución a los problemas está en negar su existencia, porque de hecho son imposibles de resolver. Es aliarse con el mal en vez de intentar derrotarlo. Es una solución simple para ganar la batalla a la existencia de un problema: lo mejor es dejar de llamarlo problema y llamarlo opción; lo mejor es dejar de llamarlo delito y empezar a llamarlo derecho. Es brillante.

Hace ya mucho tiempo que la actual “izquierda” abandera la blandura posmoderna en su acción política, y es la primera en legalizar aquellas “realidades” que ya están maduras para su aprobación en las Cortes. Baila así al son que mejor suena, mecido por la brisa de la opinión pública, con la seguridad de que siempre va a acertar, como “acierta” siempre el César cuando reparte pan al populacho. Y lo peor de todo es que la derecha también ha iniciado esa misma carrera, algunas veces disimulando y otras liderando este alucinante pesimismo. ¿No hay ahora ningún político que se atreva a defender los sólidos principios ilustrados de la modernidad, frente a los volátiles contravalores de la posmodernidad? ¿Tanto vale un cargo?

Personalmente, comparto la posición de Séneca sobre estas famosas “realidades”. Escribe el filósofo hispano romano en De Ira: “Contra los males continuos y prolijos se ha de trabajar tenazmente, no para que deje de haberlos, sino para que no venzan”. El pobre Séneca no sabía que en el siglo XXI íbamos a transformar su aforismo en este otro: “Contra los males continuos y prolijos no se ha de perder el tiempo; para que deje de haberlos basta con dejar que venzan”. El problema de la posmodernidad no es que no seamos capaces de resistir al lodazal del mal, sino que directamente nos arrojamos en él.

El invierno intelectual

Permalink 13.05.09 @ 22:13:23. Archivado en Pensamientos, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

Artículo publicado en el número 121 (febrero de 2009) de Nueva Revista de política cultura y arte

Es difícil legislar acertadamente en materia de educación, porque cuando se pone en marcha un nuevo sistema educativo, se hace pensando en los problemas de hoy, no en los problemas de mañana. Si ahora necesitamos un mayor nivel en matemáticas, por ejemplo, y cambiamos el sistema educativo para reforzar esa materia, no veremos los efectos de nuestra acción política hasta pasados veinte años, como mínimo. Supongo que es por esto por lo que nadie quiere ser Ministro de Educación. En efecto, aunque es una cartera de gran responsabilidad, es muy poco vistosa. Hay pocas cosas que “inaugurar”, pocas cintas que cortar y pocos aplausos que recibir, al menos en el lapso de una legislatura.

Por este mismo motivo, también es complicado hacer previsiones acertadas en el terreno de la enseñanza. Al ser una política de tan largo plazo, cuyos efectos tardan mucho tiempo en manifestarse, no hay casi capacidad de maniobra ni de rectificación. Cuando se empiezan a ver los primeros resultados de una decisión errónea, ya se han intoxicado como mínimo treinta generaciones de ciudadanos (es a esa edad más o menos cuando puede hacerse una valoración del nivel educativo global de un alumno). Y lo peor es que el responsable de la situación probablemente ya no está en la vida política y quizá está incluso durmiendo para siempre debajo de la tierra. La ausencia de un responsable inmediato hace que las decisiones en materia educativa se tomen ligeramente. Por eso es tan importante que la educación sea una cuestión de Estado, fruto de una decisión reflexiva, consensuada y prudente. Y no que sea, como pasa en España, una cuestión de partido. Hay que velar para que ninguna facción política intente arrimar el ascua a su sardina. Los representantes públicos deben ser conscientes de que, en el tema de la educación, no se trata de generar votantes, sino ciudadanos libres, virtuosos y capaces de afrontar la realidad responsablemente cuando su tiempo llegue. Ello exige de nuestros políticos generosidad y altura de miras. Quizá por eso se haga esperar tanto una reforma seria del modo en que nos planteamos la educación en España.

Hoy existe la convicción general, compartida por la mayor parte de los ciudadanos españoles y aún más por aquellos que se dedican profesionalmente a la tarea de formar a nuestros hijos, de que la preparación de los españoles es deficiente, y cada vez más. Esto es bien visible desde hace tiempo en la universidad, que es en última instancia en donde desembocan –supuestamente- los mejores y más selectos frutos de la escuela y del instituto. Los académicos con más experiencia no dejan de lamentarse de la actual situación: “Si se mantuviera el mismo nivel que hace treinta años, no aprobaría ni un solo alumno”. “Estoy harto de corregir exámenes plagados de faltas de ortografía”. “Mis alumnos son incapaces de elaborar un pensamiento por escrito, ¿pero qué les enseñan en el colegio?”. “A los jóvenes no les interesa nada de lo que les contamos, sólo quieren aprobar y sacarse un título”. “Los alumnos sólo se implican con las prácticas, la teoría les parece superflua”. Estas son algunas de las quejas que se repiten con frecuencia entre los profesores universitarios. Pero este análisis pesimista de la situación no se sustenta sólo en una sensación subjetiva y opinable de los maestros, sino que viene avalada por datos como los del Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos de la OCDE (el famoso informe PISA), que sitúa a España en la parte baja en el ranking de países, a una significativa distancia de las naciones industrializadas de la Unión Europea y del mundo occidental.

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El agnosticismo es racional

Permalink 12.03.09 @ 11:12:59. Archivado en Pensamientos, Cuestión de fe

Hubo ríos de tinta durante el pasado mes de enero sobre el tema de Dios, motivado por la campaña atea en los autobuses de varias ciudades españolas. En el blog "Del oscurantismo a la salvación" (que defiende el ateísmo desde postulados vagamente nietzschianos), alguien escribió como comentario el artículo que yo publiqué en Diario de Navarra titulado "La fe del ateo". El autor del blog, que firma como Zaratustra, contestó a mi artículo poniendo en duda las siguientes dos frases de mi artículo: 1) "No hay nadie más religioso que un ateo militante"; y 2) "La existencia de Dios es la chispa que enciende el pensamiento humano". Para general solaz de mis fieles lectores (y para aplacar sus airadas recriminaciones), adjunto a continuación la aclaración que hice a sus observaciones:

Soy el periodista que publicó en Diario de Navarra el artículo "La fe del ateo". Sólo voy a comentar dos cosas:

1) Lo racional en todo caso no es ser ateo, sino agnóstico, lo cual es impecable desde el punto de vista de la lógica. El agnóstico es el que dice que no sabe, porque su sola razón o la experiencia no le habilitan para responder a la pregunta de si Dios existe o no.

De hecho, está demostrado que la existencia (o no) de Dios no se puede demostrar. Si se pudiera demostrar la existencia de Dios, no habría ateos. Si se pudiera demostrar la no existencia de Dios, no habría creyentes. La gente es tonta, pero hasta cierto punto.

Por eso, los que sólo piensan se declaran agnósticos. Los que, además de pensar, sienten, se declaran ateos o creyentes, según sus formas de "sentir el mundo" (aquí entra la ideología o la fe, según casos).

Es decir, ante una pregunta que no puede ser contestada con el solo concurso de la razón o de la experiencia, el agnóstico reconoce su limitación humana y suspende su juicio, mientras que el creyente (en Dios o en no Dios) OPTA por una respuesta "a ciegas".

Es por eso que digo que el lema de la campaña empieza siendo agnóstico (es decir, racional) y acaba siendo ateo (es decir, irracional), puesto que atribuye a un ser que probablemente no existe una cualidad, que es la de hacernos infelices. Deja de preguntarse sobre si Dios existe o no para preguntarse por cómo es Dios.

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La enciclopedia como arma arrojadiza

Permalink 09.03.09 @ 14:42:21. Archivado en Pensamientos, Artículos publicados en otros medios

El pasado 12 de febrero se cumplieron 200 años del nacimiento de Charles Darwin. Ello ha dado lugar a la publicación, durante todos estos días, de un buen número de artículos y reportajes en los medios de comunicación, siguiendo la arbitraria costumbre que han adquirido nuestros periódicos y revistas de tratar un tema sólo cuando hay un aniversario a la vista, lo cual es moderadamente absurdo.

Está claro que también los periodistas padecemos la “enfermedad” social de la mimesis, por la cual preferimos “equivocarnos” con la masa en lugar de “acertar” en nuestra solitaria individualidad. Si todo el mundo habla de lo mismo, de Darwin por ejemplo, ¿a qué santo viene que, en nuestro medio de comunicación, tratemos el siempre pertinente tema de la situación política en la España del siglo XVII o que rescatemos a Maximilian Weber, que no viene al caso hasta que en 2020 se cumpla el centenario de su muerte o en 2064 el segundo centenario de su nacimiento?

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El honor de ser obispo

Permalink 11.10.07 @ 20:58:52. Archivado en Crónica provinciana, Pensamientos, Cuestión de fe

Normalmente, cuando pensamos en el oficio de obispo, nos lo imaginamos como un honor, como un triunfo, como el escalón más alto de la carrera eclesiástica, fuente de todas esas satisfacciones humanas que van anejas al ejercicio de un cargo público de gran relevancia.

Nada más lejos de la realidad. Al contrario, desde mi punto de vista, ser obispo es un auténtico contratiempo, bien capaz de figurar entre aquellas profesiones molestas que ninguna persona desearía para sus hijos. Representar a una institución tan vieja y a la vez tan ancha como la Iglesia no me parece un honor, sino un problema. Te encuentras con aquél que te recrimina violentamente por un noséqué que hicieron los cruzados o un queséyo que perpetró el Papa Gregorio VII, que vaya usted a saber qué úlcera tenía en el estómago. También hay quien, ácida y despectivamente, te echa en cara que haya curas pecando en Brooklyn o que una vez el sacristán le echó del templo de malas maneras.

Al obispo no se le permiten errores, pecados ni faltas. No ha de tener defecto, ni ha de decir nunca una palabra más alta que la otra. Como obispo, debe ser la misma perfección, el vaso puro del que beben todos. Carga en sus espaldas con el peso de todos los pecados presentes y pasados de la Iglesia, desde los del más alto dignatario hasta los del más inocente monaguillo. Pesada cruz para una sola persona. Ser obispo es estar en la boca de todos. Que se miren con lupa tus charlas, homilías, conferencias, libros, gestos, decisiones. Que alguien le saque punta a un comentario jocoso en la sobremesa o a un súbito enfado en un pasillo, y lo publique en la prensa como una noticia de agosto.

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Una democracia sin ciudadanos

Permalink 16.09.07 @ 20:55:02. Archivado en Pensamientos, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 10 de septiembre de 2007)

Hace unos días, el Centro de Investigaciones Sociológicas publicó un estudio sobre diversas cuestiones relativas a los ciudadanos y el Estado. Entre los datos más significativos de la encuesta destacan todos aquellos que se refieren al desinterés ciudadano por la política y a la escasa credibilidad de que gozan los partidos, los políticos y los altos funcionarios del Estado.

Como botón de muestra – no es cuestión de abrumarles aquí con una lluvia de cifras – baste subrayar que más de la mitad de la población dice que le interesa poco o nada la política, frente al 25% que dice que le interesa mucho o bastante. Además, los encuestados piensan mayoritariamente que “el ciudadano medio influye nada o poco en la vida política”, que, “por lo general, los altos funcionarios no procuran hacer lo que más le conviene al país” y que “un buen número de políticos están implicados en cuestiones de corrupción”.

El panorama es descorazonador. Según parece desprenderse de esas cifras, el español medio siente que la política no va con él, la percibe como algo completamente ajeno, periférico, como un universo paralelo, metafísico, inaccesible. Sus notas comunes son la desconfianza, el escepticismo y el hastío. Ha aprendido a contemplarla como algo inevitable, una amenaza acaso que se cierne sobre su cabeza. Su impresión se asemeja a la que causarían en él un tifón, un terremoto o una ola de viento sahariano.

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El inglés nunca será destronado

Permalink 17.04.07 @ 20:58:21. Archivado en Comunicación, Pensamientos

El pasado 10 de abril de 2007, el elpaís.com publicó un artículo titulado "La lengua inglesa nunca será destronada", haciéndose eco de otro artículo aparecido en la edición electrónica de The International Herald Tribune, titulado “Across cultures, English is the Word”.

El artículo del Tribune recoge la opinión de varios lingüistas (británicos y estadounidenses, of course), según los cuales

la lengua inglesa domina el globo terrestre (en calidad de idioma de comunicación universal) como ninguna otra lengua lo ha hecho en la historia. "Nunca será destronada como reina de las lenguas" [El país, 10/04/2007].

Continúa El País, diciendo:

No falta quien asegure que la lengua de Shakespeare correrá la misma suerte que el latín o el sánscrito, quizá por cataclismos como una guerra nuclear o los efectos del cambio climático, señala el diario. Pero ese escepticismo respecto al dominio indefinido del inglés (quizá un inglés más simple que el original) no deja de ser una "visión minoritaria".

Según uno de los expertos consultados, David Cristal, "This is the first time we actually have a language spoken genuinely globally by every country in the world. There are no precedents to help us see what will happen." La historia precedente, para Cristal, no nos sirve para saber qué va a suceder con el inglés en el futuro.

Más allá va otro de los lingüistas consultados, John McWhorter, que dice en el Tribune: “It is vastly unclear to me what actual mechanism could uproot English given conditions as they are”.

Tan entusiasta, y no menos maximalista, se muestra el tercero de los expertos, Mark Warschauer, que dice, entre otras perlas: "It's gotten to the point where almost in any part of the world to be educated means to know English."

Me ha sorprendido, por supuesto, el enfoque acrítico que se le ha dado a esta información en El País. Parece como si el periódico estuviera de acuerdo con la opinión del Tribune. Echo en falta en la redacción de esta noticia, algún (aunque sea leve) síntoma de sorpresa. Pero, bueno, esa es harina de otro costal.

Lo que me ha parecido muy curioso es la infantil prepotencia de esos expertos y afamados lingüistas. Actitud muy anglófona, por cierto. No hace falta ser un premio Nobel para saber que los idiomas se parecen mucho a los seres vivos. Como ellos, nacen, crecen, se reproducen... y mueren. Pretender lo contrario es elevar a la enésima potencia el grado, ya suficientemente alto, de la estupidez humana.

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El derecho al servicio del utilitarismo político

Permalink 25.02.07 @ 20:54:54. Archivado en Pensamientos, Análisis de actualidad

Hay veces que uno, cuando lee un artículo o escucha un discurso, tiene la súbita sensación de estar en presencia de una verdad con volumen, evidente, casi mayúscula. Algo se ilumina en el interior de uno mismo, como un pilotito rojo, el DEFCON-2 de la íntima certeza.

Digo esto porque, con todo este guirigay del debate público sobre el poder judicial y el estado de la justicia en España [léase la polémica sobre la condena de Iñaki de Juana Chaos, la virtual dimisión instrumental de Pérez Tremps, las consiguientes reflexiones sobre la politización de la justicia, etc.], cayó en mis manos un recomendable artículo firmado por Jose Luis Requero, vocal del Consejo General del Poder Judicial, en el que encontré escrita esta verdad:

"Lo que late de fondo es algo peor que una crisis institucional. Es la crisis del derecho, es la pérdida del sentido y del respeto por lo jurídico. El derecho es la coartada, palanca que se valora en tanto convenga para la acción política". Cuando el derecho no interesa. El Mundo [12 de febrero de 2007]

Ciertamente, entre los numerosos debates que se van suscitando últimamente en la vida pública española, es frecuente ver cómo los argumentos de índole juridica se utilizan indistintamente para defender una idea política o su contraria, a conveniencia, de modo que al final parece que la torsión del derecho es la regla. Es ya costumbre de todos los políticos usar un principio del derecho como arma arrojadiza un día, y al siguiente mirar hacia otro lado cuando ese mismo principio se vuelve contra ellos o sus pretensiones.

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Hoy he visto a Dios hecho hombre

Permalink 15.02.07 @ 23:00:00. Archivado en Sobre el autor, Pensamientos, Cuestión de fe

Hoy he visto a Dios hecho hombre. Hoy he comprendido hasta los últimos rincones de la fe cristiana, aquellos recovecos (finos, sutiles, impenetrables, casi transparentes) hasta los que ni la teología ni la metafísica son capaces de llegar.

Hoy me he dado cuenta de por qué el mundo gira alrededor de Dios. He aprendido por qué se dice que Dios es Padre, y que lo es nuestro. Hoy he sabido por qué un día alguien nos llamó a nosotros, pobres y pequeños seres, tan humanos que parecemos dioses tuertos, "hijos de Dios".

Hoy he constatado que es posible crear algo de la nada, tal como dicen de Dios, con el amor, y sólo, y del amor consciente, imperecedero, infinito, necesario, abundante, generoso, libre.

Hoy sé que Dios no mira, sino que Dios sonríe; que Dios no aplaude, sino que asiente; que Dios no gravita, sino que flota. Hoy sé que Dios no nos ha dado nada más de lo que somos, ni nada más de lo que tenemos. Hoy sé que Dios nos hizo así porque nos amaba con la rueca de sus entrañas, con la sinceridad de quien besa una cactácea. Ruda y firmemente, honestamente, totalmente, principalmente.

Porque hoy he sido padre por segunda vez, y he comprendido (de nuevo) qué siente Dios.

¿Es suficiente el conocimiento para acertar en una disyuntiva?

Permalink 31.01.07 @ 23:59:59. Archivado en Pensamientos

Vivimos en la opción. A cada paso, en la vida, se presentan bifurcaciones inesperadas, incógnitas, incertidumbres, problemas. Un enunciado sencillo exige de nosotros una insufrible decisión. No podemos vivir sin elegir.

Desde hace algunos años (aunque ahora menos, efecto de nuestra natural y contemporánea apatía) la panacea de toda decisión se cifra en el conocimiento. Se supone que un tipo instruido en un determinado asunto será capaz de tomar la decisión más adecuada sobre el tema del que es conocedor. En parte, ésta es la época de los "especialistas", esa gente que profundiza en una sola materia (cuanto más reducida, mejor) para poder resolver con tino los problemas que surjan en su rama del conocimiento. La proliferación de profesiones y profesionales cada vez más especializados no es sino una muestra evidente de esto.

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Tener amigos no te sale gratis

Permalink 31.12.06 @ 04:39:38. Archivado en Pensamientos

A veces se dice en lenguaje poético que la amistad es un don gratuito, pero es mentira: la amistad no es gratis.

Gratis te sale un tipo con el que tomas copas, o un conocido que te encuentras y le sonríes más de lo que sientes. Gratis te salen esos compañeros de trabajo con los que cenas para criticar con ácida envidia a los ausentes. Gratis te sale también un vecino "supermajo" con el que hablas del tiempo o de las obras del garaje.

Gratis te sale el "enrollado" que te pasa una chupada de "maría", el amigote que te ríe la gracia en tu visita rápida a un club de alterne, el hampón que se divierte contigo tirando piedras a las palomas o botellas de cerveza barata a las viejas del parque. El aburrido que te acompaña a Misa de siete o el que toca junto a ti el acordeón en el centro cívico también te salen gratis.

Te sale gratis, en fin, el compañero de juerga, el conjunto de admiradores, la amalgama de ninfas, la pareja del mus, los socios de tu equipo, la monitora de aerobic, los compis, los colegas, los conocidos, los "holayadiós", los "hastaluegos", los "nosllamamos" y el que va delante de ti en la conga de una boda.

Olvídate, lector, la amistad no te sale gratis. Y si te sale gratis, no es amistad.

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El conocimiento es difícil

Permalink 12.12.06 @ 08:00:01. Archivado en Pensamientos

Un buen historiador que bien conozco estuvo hace poco dando una conferencia en la sede de cierta asociación comunista sobre el tema de la II República Española. Entre otras muchas cosas, ese moderno Heródoto desveló a su público un hecho tan sorprendente como cierto: la derecha en bloque votó a favor del voto femenino durante la II República, mientras que sólo el 60% de la izquierda lo hizo.

La explicación es sencilla; era la primera vez que iba a votar la mujer en España, y entonces se pensaba que su voto iba a ser mayoritariamente de derechas. Por lo visto, algunos analistas de entonces (y de ahora) interpretaron la ulterior victoria de la CEDA en esa "clave femenina", tesis que parece desmentir el hecho de que en el 36 ganaran las izquierdas, también con el voto de la mujer.

Es innecesario subrayar cómo, al parecer, el público de la peculiar conferencia se revolvió en sus asientos. Superados los primeros momentos de impetuosa y poco meditada cólera, los lectores de El Capital se sumieron en una total incredulidad. Sólo algunos reconocieron finalmente: "Anda, pues eso no lo sabíamos".

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