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El náufrago desnaufragado

Permalink 05.02.09 @ 20:59:55. Archivado en Crónica provinciana, Cuestión de fe

A veces, en medio de esa viscosidad de lo cotidiano que mece nuestra alma provinciana, se escucha el eco de lo inesperado. Algo grande amanece en la tierra de lo nimio, mientras un aspirante a autor alza la mano y se significa entre una muchedumbre de normalidad. “¿No es éste el hijo del carpintero?”, se pregunta algún caminante con una media sonrisa de ironía o escepticismo, signos ambos de una mediocridad que se ha convertido ya en un modo de vida. Es fácil aplaudir a alguien que viene de las Ramblas o del Soho. Y es demasiado fácil aplaudir a un triunfador. Lo arriesgado es hacerlo aquí, en Navarra, y antes, cuando no es más que un joven desperillado, un proyecto, un esbozo, un ademán. Todos los hombres valiosos fueron alguna vez desconocidos. Todos fueron una cara más en la foto de su licenciatura, una voz más en el coro de su colegio, uno más de esos que pasean por los bulevares o visitan al médico de cabecera.

Pues bien, hoy, en esta tierra Hobbit que es Navarra, en la que es tan difícil ser profeta, hay alguien que está golpeando con fuerza las puertas del Parnaso. Se trata del joven escritor pamplonés Eduardo Laporte, que presentó el 22 de diciembre en Pamplona su primer libro, Postales del náufrago digital, editado por la editorial Prames con la colaboración del Gobierno de Navarra. El libro es una recopilación de los mejores artículos que el escritor novel ha publicado en su blog desde 2004. Está prologado por Miguel Sánchez-Ostiz e ilustrado muy brillantemente por Valero Doval.

En realidad, este libro es una puesta de largo literaria, el salto al papel de quien ya ha demostrado suficientemente su talento, náufrago en un océano de unos y ceros. Con constancia y convicción fue lanzando sus postales, sus mensajes embotellados, al mar de la red global, sin saber realmente si los iba a leer alguien. El Primer Premio en los Encuentros de Jóvenes Artistas de Navarra en 2006 fue la confirmación de lo que hasta entonces sólo sabíamos sus lectores y amigos. El talento literario en la Navarra del siglo XXI tiene un nombre propio: Eduardo Laporte.

Laporte es un autor nítidamente contemporáneo. De algún modo, toma el testigo de Umbral y de Pla, de Trapiello y del mismo Sánchez-Ostiz. Es ese tipo de escritura muy difícil de catalogar pero fácil de identificar, porque es como mirar el mundo a través de las vallas electrificadas de un campo de concentración, en el que el escritor ve más y siente más y grita más bajo la lluvia huidiza de la vida. En fin, literatura solitaria, naufrágica, inofensiva y perpleja. No es pesimista, pero tampoco entusiasta; no es moralizante, pero tampoco neutral. En fin, es literatura divertida aunque no es ligera.

Pero, sobre todas las cosas, lo que Eduardo Laporte tiene es algo llamado “estilo”. El estilo es el objeto de deseo de cualquiera que escriba o que quiera escribir. Muchos autores triunfantes han muerto sin tenerlo. Porque el estilo es la clave de bóveda del arte, que conecta el qué con el quién. Es importante tener cosas que decir, pero también es importante quién las dice y cómo se dicen. No es sólo el autor el que escoge lo que dice. También lo que se dice elige un autor para que lo diga. Y hay cosas que quieren ser dichas por Eduardo Laporte.

Este libro no es el final, sino el principio de un largo camino. Quienes se arrimen a la buena sombra de sus hojas descubrirán por qué, bajo la hipérbole que me permite la amistad, auguro al pamplonés Eduardo Laporte un contrato indefinido en el Parnaso.

+ + +

Enlaces de interés:

- Blog de Eduardo Laporte en Blogspot.
- Blog de Eduardo Laporte en wordpress
- Para comprar el libro de E. Laporte, Postales del Naúfrago digital
- Noticia de la presentación en Diario de Navarra
- Noticia de la presentación en Diario de Noticias
- Entrevista a Eduardo Laporte en Diario de Navarra

UPN, irresponsabilidad o cambio de estrategia

Permalink 23.10.08 @ 10:45:09. Archivado en Crónica provinciana, Análisis de actualidad

Entre UPN y PP la cosa está que arde. Y la sensación más extendida es el estupor, ya que el asunto nos ha pillado a todos con el pie cambiado. Al fin y al cabo, ¿quién se esperaba esto? Y, sobre todo, ¿cuál de los dos partidos gana algo con la ruptura?

No nos dejemos llevar por el juicio ligero y analicemos el asunto cuidadosamente. Sólo existen, de hecho, dos posibilidades: La primera posibilidad es que la ruptura del pacto UPN-PP no estuviera en los planes de Miguel Sanz cuando mencionó, hace algún tiempo, la posibilidad de abstenerse en los presupuestos del Gobierno. Si no era la intención del presidente de UPN romper con el PP, debemos suponer que todo este tumulto ha sido provocado por la incontinencia verbal de los líderes de uno y otro partido. Estaríamos, pues, asistiendo a una batalla interna para ver quién manda aquí, una lucha para dilucidar si UPN debe supeditarse a la voluntad de los barones del PP en Madrid o, por el contrario, debe mantener su independencia “para salvaguardar los intereses de Navarra”.

A estas alturas ya está claro que los presupuestos no son tampoco para tirar cohetes. Pero entonces, ¿cuáles son en realidad esos famosos “intereses de Navarra” que está defendiendo Miguel Sanz? Como bien ha apuntado algún comentarista, UPN se ha visto obligado a “abstenerse en Madrid para gobernar en Navarra”. En efecto, parece que la etérea amenaza de una moción de censura al actual gobierno UPN-CDN o algo tan concreto como la abstención de PSN en los presupuestos del Gobierno Foral sería la explicación menos irracional de la conducta del Sr. Sanz.

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Demasiado Dylan para nosotros

Permalink 04.07.08 @ 14:59:35. Archivado en Crónica provinciana, Artículos publicados en otros medios, Música en el silencio

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 2 de julio de 2008)

Hay veces que uno tiene la sensación de habitar una galaxia paralela, viendo la agigantada distancia entre lo que lo que pasó y lo que se ha publicado. Me refiero al concierto que Bob Dylan dio en Pamplona el pasado martes en el pabellón Anaitasuna. Me resulta fastidioso que se haya creado la sensación de que vimos a una vieja gloria, pero escuchamos una patata. Muy al contrario, el concierto fue impresionante. Los que hemos tenido ocasión de oír a Dylan en conciertos anteriores sabemos que el Dylan de Pamplona fue un Dylan excepcional.

Se ha escrito que Dylan estuvo frío, que no se dirigió ni una sola vez al público, que ni siquiera miraba a la gente, que le ofrecía su perfil casi de modo despectivo. Supongo que esto sería noticia si las costumbres de Dylan fueran otras, pero desde hace años Dylan utiliza siempre la misma escenografía, la misma vestimenta, se pone en el mismo sitio en el escenario, en la misma posición, no dirige una sola palabra al público y mira al infinito, hacia alguna parte situada a la izquierda de la sala de conciertos. Es rarísima la ocasión en que ofrece algún bis más de los previstos. Por lo tanto, intentar colegir de la actitud de Dylan en Pamplona una especial frialdad (algunos parecen hablar casi de animadversión) es sólo una muestra de ignorancia.

Bob Dylan no es Bruce Springsteen ni Mick Jagger ni David Bisbal. A un concierto de Bob no se va a bailar ni a corear canciones, incluso si me apuran, tampoco se va a fumar porros ni a pasearse por ahí blandiendo un cachi de cerveza. A un concierto de Dylan se va a escuchar música. Dicho de otra manera, para oír a Dylan es más apropiado el Baluarte que un estadio de fútbol. Quizá alguien debería haber informado a los asistentes incautos que Dylan no sigue viviendo del “Blowing’ in the wind”, que Dylan es un auténtico músico que arregla y versiona continuamente todas sus canciones hasta hacerlas casi irreconocibles y, por lo tanto, imposibles de corear. Incluso en la misma gira va cambiando la instrumentación del repertorio según le va pareciendo. Me consta que gran parte del público fue incapaz de reconocer un solo tema. No se lo reprocho. A veces, es difícil incluso para algunos de sus incondicionales. Quienes fueron al concierto con su maleta de prejuicios, a ver y no a escuchar, es obvio que salieron decepcionados.

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Dura lex, sed lex

Permalink 02.07.08 @ 14:49:42. Archivado en Crónica provinciana, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 12 de junio de 2008)

Leo con atención una nota de prensa de la plataforma Navarra Educa en Libertad, en la que se denuncia el “hostigamiento a los objetores de Educación para la Ciudadanía”. En ella, se informa de que un centro público de Navarra ha enviado una amonestación a un alumno objetor por sus reiteradas e injustificadas faltas de asistencia a clase. La amonestación advierte de que, caso de persistir esa conducta, se iniciará el consecuente expediente sancionador. Navarra Educa en Libertad ofrece su “más rotundo apoyo” al alumno y argumenta que las faltas sí están justificadas, ya que el estudiante ha presentado su objeción de conciencia en el Departamento de Educación del Gobierno de Navarra.

Paralelamente a este hecho concreto, se vienen efectuando ciertas presiones mediáticas al Gobierno de Navarra para que tome partido por los objetores y dé la espalda, en este asunto, a la legislación vigente y, por ende, al gobierno de España. El argumento es que UPN, para ser fiel a su electorado, debería actuar conforme a su propio programa y desmarcarse de una ley que se considera a todas luces injusta.

Antes de seguir adelante, es preciso dejar claro que estoy en contra de la asignatura Educación para la Ciudadanía, tal como viene planteada por la LOE. Obviamente, estoy a favor de una asignatura que enseñe a los chavales los principios básicos de nuestro ordenamiento constitucional, sus derechos y obligaciones como ciudadanos, el respeto a las reglas de juego, etc. Pero estoy en contra de que, so capa de la formación de ciudadanos libres e iguales, se estén metiendo con calzador conceptos y valores que son discutibles y muy discutidos en nuestra sociedad. En resumen: sí a una asignatura de consenso, de mínimos. No a una asignatura obligatoria que tome partido por una visión específica del hombre o del mundo. La formación de la conciencia no es ni puede ser competencia del Estado, que debe ser neutral para respetar el propio principio de laicidad del que tanto se habla cuando interesa, pero que se obvia cuando se vuelve en nuestra contra.

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Con el pequeño comercio hemos topado

Permalink 29.04.08 @ 20:15:27. Archivado en Crónica provinciana, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 28 de abril de 2008. Aquí se ofrece la versión original del autor)

Dudo mucho que yo, como periodista, tenga otra función que la de contar lo que pasa. No soy el legislador, el técnico o el experto. Sólo sirvo para señalar patentes incoherencias y plasmar la realidad en mi libreta. No me corresponde a mí decir cómo han de redactarse las leyes, sino significar los hechos en su simple crudeza, y acaso marcar la senda por la que, a mi parecer, debería caminar nuestro viejo amigo el sentido común.

Hace unos días publiqué en este diario un artículo titulado “Horarios para no vender”, que suscitó una cierta contestación, demasiado previsible por otra parte. El hecho, a todas luces reaccionario y transgresor, que me atreví a señalar es que la mayoría de la gente real, esa que deambula por el mundo con mayor o menor grado de tristeza, no tiene tiempo para ir a comprarse unos calcetines o una rebeca, por mencionar algo necesariamente pamplonés, cuando las tiendas están abiertas. Y sí lo tiene, en cambio, cuando están cerradas. Esto es algo obvio. Yo me limité a consignar un hecho.

Ante esta realidad, sugieren algunos que adoptemos una postura conservadora, que lo aceptemos como aceptan su destino los viejos y lacerados protagonistas de la tragedia griega. Supongo que ésta es la opción de quienes esperan que las cosas acaben mejorando por simple aburrimiento. O tal vez la de aquellos a quienes no interesa que las cosas mejoren, por motivos también perfectamente respetables. Así es, se puede sencillamente negar la realidad o bien quejarse y no hacer nada. Sin embargo, ante una cuestión cierta como la rigidez de los horarios comerciales, que va en claro detrimento de una gran masa de población que se ve obligada a hacer el pino-puente para hacer la compra de la semana, también se puede pensar alguna solución que salvaguarde, a la vez, los derechos de los trabajadores. Ésta es la opción que me parece más adecuada.

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Horarios para no vender

Permalink 26.04.08 @ 19:49:35. Archivado en Crónica provinciana, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 12 de abril de 2008)

Hace mucho tiempo que vengo preguntándome (y me consta que no soy el único) por qué extraño e ilógico motivo los comercios tienen unos horarios tan poco eficientes, que parecen pensados para que el comerciante no pueda vender y para que el cliente no pueda comprar. Y es que, tal como están las cosas, la mayor parte de la gente no tiene tiempo para ir de tiendas cuando éstas están abiertas.

La razón de existencia de un comercio es el servicio al ciudadano. Su función es adaptarse a las exigencias de sus compradores potenciales y estar atento a lo que ellos demandan, pero también a sus condicionantes y a su estilo de vida. De ello depende la supervivencia de su negocio y la satisfacción de sus clientes. Pues bien, hoy el tiempo es el bien más preciado de los ciudadanos y, por tanto, también el de los consumidores. Viviendo como vivimos en una sociedad donde el día se compartimenta y los minutos se miden por su escasez, no hay cosa más absurda que los comercios estén cerrados cuando nos sobra el tiempo y abiertos cuando nos falta. Por esta razón, con demasiada frecuencia, realizar una compra sencilla se convierte para la mayoría de la gente en toda una epopeya.

La marea humana que, acelerada y ansiosa por comprar, deambula por los centros comerciales o por las calles más vivas de la ciudad durante el fin de semana no se parece en nada a la gris soledad de un martes cualquiera por la mañana. Bajar la persiana a las siete y media de la tarde o cerrar en domingos y festivos es tan absurdo para un comercio como lo sería para un cine o un restaurante. Supongo que a nadie le parece mal que un negocio que se dirige hacia el ocio o el servicio de los ciudadanos abra precisamente cuando éstos tienen tiempo. No sé por qué razón estamos “obligados” a permanecer en un modelo de consumo que se ha demostrado anticuado, insuficiente y frustrante hasta el infinito.

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El honor de ser obispo

Permalink 11.10.07 @ 20:58:52. Archivado en Crónica provinciana, Pensamientos, Cuestión de fe

Normalmente, cuando pensamos en el oficio de obispo, nos lo imaginamos como un honor, como un triunfo, como el escalón más alto de la carrera eclesiástica, fuente de todas esas satisfacciones humanas que van anejas al ejercicio de un cargo público de gran relevancia.

Nada más lejos de la realidad. Al contrario, desde mi punto de vista, ser obispo es un auténtico contratiempo, bien capaz de figurar entre aquellas profesiones molestas que ninguna persona desearía para sus hijos. Representar a una institución tan vieja y a la vez tan ancha como la Iglesia no me parece un honor, sino un problema. Te encuentras con aquél que te recrimina violentamente por un noséqué que hicieron los cruzados o un queséyo que perpetró el Papa Gregorio VII, que vaya usted a saber qué úlcera tenía en el estómago. También hay quien, ácida y despectivamente, te echa en cara que haya curas pecando en Brooklyn o que una vez el sacristán le echó del templo de malas maneras.

Al obispo no se le permiten errores, pecados ni faltas. No ha de tener defecto, ni ha de decir nunca una palabra más alta que la otra. Como obispo, debe ser la misma perfección, el vaso puro del que beben todos. Carga en sus espaldas con el peso de todos los pecados presentes y pasados de la Iglesia, desde los del más alto dignatario hasta los del más inocente monaguillo. Pesada cruz para una sola persona. Ser obispo es estar en la boca de todos. Que se miren con lupa tus charlas, homilías, conferencias, libros, gestos, decisiones. Que alguien le saque punta a un comentario jocoso en la sobremesa o a un súbito enfado en un pasillo, y lo publique en la prensa como una noticia de agosto.

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Los Sanfermines, una fiesta representada

Permalink 11.07.07 @ 09:57:06. Archivado en Crónica provinciana, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en Diario de Navarra el 11 de julio de 2007)

Sí, es verdad que todo navarro y pamplonés, cuando le da por presumir de “casta”, se convierte en un embajador enconado de su tierra y sus costumbres. Se cala entonces bien la boina hasta las orejas, y no deja ni una sola vez de acentuar mal todas las palabras llanas, remarca el “ico” y lo blande como si fuera una bandera, y hasta asume como propias la “tche” de Tierra Estella o las “errres” de Leitza, las migas y el irrintzi, el encierro o el Zampantzar, las jotas, el cogollo, el pilón, la devoción a San Miguel de Aralar o las jornadas de exaltación de la verdura. Y lo hace además, con forzada naturalidad, alegre y ruidosamente, y no duda en dar vivo testimonio de que lo sabe, lo vive, lo lleva dentro y es suyo. Para demostrarlo, romperá tal vez a cantar una jota por primera vez en toda su vida, o se animará a rasgar el aire con un alarido montañés, que escandalizaría a los puristas, quién sabe.

El navarro, acaso siguiendo el ejemplo del más universal san Francisco Javier, es por naturaleza proselitista. Se lanza a hablar de setas, aunque no sepa de ello más que un nuevo rico de vinos. Rajará con la boca espumosa, ebria de una mezcla de orgullo y desdén, de los “guiris” que malcorren el encierro, aunque él mismo no lo haya corrido nunca. Y no se hartará de explicar a los extraños por qué los toros se caen en Mercaderes y qué es el Riau Riau, por qué se ha perdido y por qué debería recuperarse. El navarro pamplonés es un programa ambulante de las fiestas de San Fermín y un apóstol de “lo nuestro”. No es de Navarra, ni se siente navarro. Simplemente, él es Navarra. Es decir, no le basta con ser navarro, sino que tiene que parecerlo. Sobre todo si está en Benidorm.

Bien está. ¿Qué tiene de malo ejercer de navarro? ¿Qué tiene de malo levantarse a las ocho de la mañana para ver el encierro por televisión cuando uno está en Torrevieja? ¿Qué tiene de malo, en fin, frecuentar los chiringuitos de Alicante con el pañuelico rojo anudado al cuello? No tiene nada de malo, ciertamente.

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El cristiano en democracia: ciudadano comprometido, pero indeciso

Permalink 25.05.07 @ 20:52:53. Archivado en Crónica provinciana, Cuestión de fe, Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios

(Artículo publicado en La Verdad el 25 de mayo de 2007)

Este domingo 27 de mayo tendrán lugar las elecciones al Parlamento Foral de Navarra y a los distintos Ayuntamientos de nuestra comunidad. Es el momento, pues, de reflexionar sobre la importancia del acto de votar y de decidir, en soledad y en conciencia, sobre cuál es la mejor opción de entre las concurrentes que se nos ofrece a los ciudadanos.

En primer lugar, es necesario preguntarse por la importancia del acto de votar. ¿Es una obligación o es algo meramente optativo, circunstancial, relativo? A este respecto, cabe subrayar la importancia que el magisterio de la Iglesia española ha venido dando en los últimos años a la acción de los católicos en la vida pública. Esta cuestión, muy de actualidad, no se refiere sólo a la capacidad de votar o de ser elegido como representante político, sino también al hecho de que los cristianos pueden y deben implicarse seriamente en la vida social y política de su comunidad, sin dejar en ningún momento a un lado sus creencias y su forma de concebir el mundo. Participar activamente en asociaciones, colectivos, partidos políticos, sindicatos, etc., es para los cristianos no sólo algo natural, sino incluso una exigencia lógica de su conciencia social, que pretende aportar, desde esa mirada especial y trascendente de Cristo, una nueva luz a las gentes: el cristiano quiere ser para el mundo sembrador de esperanza, luminaria de fe y testigo del Amor que Dios tiene a los hombres.

El cristianismo no es, pues, una religión de sacristía, sin dimensión social. Muy al contrario, ya que el cristiano siente la necesidad de comunicar al mundo la alegría de la Buena Nueva: Dios nos ama. Como dice el Papa en la encíclica Deus caristas est:

“Como ciudadanos del Estado, [los fieles laicos] están llamados a participar en primera persona en la vida pública. Por tanto, no pueden eximirse de la «multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común». La misión de los fieles es, por tanto, configurar rectamente la vida social, respetando su legítima autonomía y cooperando con los otros ciudadanos según las respectivas competencias y bajo su propia responsabilidad. Aunque las manifestaciones de la caridad eclesial nunca pueden confundirse con la actividad del Estado, sigue siendo verdad que la caridad debe animar toda la existencia de los fieles laicos y, por tanto, su actividad política, vivida como «caridad social»” (29).

De todas las actividades con implicaciones públicas, la más sencilla, pero no la menos importante, es el voto. Para un ciudadano, el voto es la expresión de su voluntad libre, el acto democrático por excelencia. Se puede decir que es la primera (aunque no única) expresión de su ser ciudadano. Votar es decir que te importa tu gente, que te importa tu país, y en última instancia que te importa tu futuro y el de los tuyos. Hay países en los que votar es obligatorio, precisamente porque no se considera sólo como un derecho, sino también como un deber del ciudadano. Y un cristiano es (y debe ser) también un ciudadano leal, cumplidor y comprometido.

Así pues, para un cristiano, el voto es, además de un deber y un derecho, una gran oportunidad. El cristianismo exige un compromiso serio con uno mismo, con Dios y con los demás. ¿Cómo podría un cristiano renunciar a votar, sin un motivo grave, cuando es el voto el que le capacita precisamente para responder pública y notoriamente a su compromiso especial con la sociedad?

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¿Por qué fue un éxito la manifestación del 17 de marzo en Pamplona?

Permalink 23.03.07 @ 08:50:07. Archivado en Crónica provinciana, Análisis de actualidad

En mi anterior artículo, amenacé con volver sobre el tema de la manifestación del pasado sábado 17 de marzo en Pamplona. Prometí que explicaría, entre otras cosas, por qué la manifestación fue un éxito. Pero permítanme primero anotar someramente algunas cuestiones que pudieron incidir en que el éxito no fuera mayor:

1. No hace falta ser ingeniero para saber que la sola presencia anticipada de Mariano Rajoy y toda la plana mayor del PP imposibilitó de hecho que partidos como el PSN se sumaran a la manifestación. El verdadero sentido de la convocatoria no era otro que reafirmar el modo de ser peculiar, foral y libre de Navarra ante la mera posibilidad de que a alguien se le ocurra decidir - en el marco de un "proceso de paz" opaco y sangriento - por Navarra lo que Navarra quiere ser. Ese sentido estricto de la manifestación quedó, pues, algo diluido, y se abrió así la puerta del indeseable electoralismo antizapaterista. Lo positivo: tuvo mayor impacto mediático. Lo negativo: se cerró la posibilidad de que acudieran muchos votantes navarros del PSN que están descontentos con la política antiterrorista y territorial de Zapatero, y en especial del mal llamado proceso de paz y su catastrófica relación virtual con Navarra.

2. Ítem, fue un error que a la convocatoria acudieran los líderes populares, porque su presencia arrastró a algunos foráneos que se dieron un paseo por Pamplona con la sola intención de arremeter contra Zapatero, sin que les importara sustancialmente el lema de la marcha: 'Fuero y Libertad. Navarra no es negociable'. A estas personas les habría dado lo mismo que el lema hubiera sido: "Zapatero, mentiroso". "Zapatero, rojo". o "Zapatero a tus zapatos".

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La manifestación del sábado en Pamplona fue partidista

Permalink 20.03.07 @ 14:56:49. Archivado en Crónica provinciana, Análisis de actualidad

Resulta curioso ver el brote de indignación que ha causado en los diversos estamentos políticos y mediáticos la manifestación que convocó con gran éxito el Gobierno de Navarra el pasado sábado 17 de marzo.

El aparato mediático progubernamental ha acusado al Gobierno de Navarra y a UPN de vil electoralismo y de orquestar una manifestación para conseguir la movilización de los votantes y desacreditar al Partido Socialista de Navarra. Según su punto de vista, UPN y CDN han pretendido con la manifestación crear (o aprovechar) un clima de miedo o incertidumbre en la ciudadanía para asegurarse una victoria electoral en las próximas elecciones municipales y autonómicas.

¿Saben que les digo? Que los medios progubernamentales tienen su parte de razón. Sería ingenuo por nuestra parte, como ciudadanos, no ver los jugosos frutos políticos, favorables a UPN y CDN, que con toda probabilidad va a producir la manifestación que estos mismos partidos convocaron. Es indudable que la masiva adhesión de la ciudadanía Navarra a la convocatoria ya es un signo de los beneficios que van a cosechar los partidos que sustentan el Gobierno de Navarra. Creer, pues, que la manifestación no ha sido “política” (en el sentido de partidaria) es una brutal estupidez.

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Nos dieron el premio ¡Bravo!

Permalink 29.01.07 @ 11:30:59. Archivado en Crónica provinciana, Cuestión de fe

Ya es noticia pasajera, pero no puedo resistirme a la tentación de hacer someramente algunas anotaciones. Como bien sabrán, el pasado 23 de enero la Conferencia Episcopal Española galardonó a La Verdad (semanario diocesano de la Iglesia en Navarra, en donde trabajo) con un premio ¡Bravo!

Los jefes se "enrollaron" y nos llevaron a todo el equipo a Madrid, cosa no demasiado difícil, teniendo en cuenta que sólo somos dos. Compartimos elenco de premiados con gente de postín como Joaquín Navarro Vals, Carlos Herrera, Pasión Vega, Radio Televisión Valenciana y la ONCE, entre otros. Presidieron el asunto Blázquez y el Nuncio del Papa.

No tengo demasiada experiencia en estas cosas, pero el acto me pareció bastante correcto, sencillo y no demasiado emotivo ni hollywoodiano. La secuencia fue la siguiente: discurso de Blázquez, lectura del acta, reparto de premios, discurso de agrecimiento en nombre de todos los premiados por parte de Joaquín Luis Ortega y unas palabras de Navarro Vals. Luego, de colofón, el clásico ágape episcopal.

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