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Prometeo encadenado, de Esquilo

Permalink 28.06.09 @ 14:51:58. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Hay al menos dos tipos de malos lectores. El primer tipo es el de aquellos que consideran que una obra es mala porque “no pasa nada”, es decir, porque no hay acción. El segundo tipo de malos lectores es el de aquellos que piensan que una obra es mala porque, aunque pasen cosas, la obra es “demasiado profunda”, es decir, que las cosas que pasan no son de índole primaria, a saber, no son algo como matar, enamorar, perseguir, besar, luchar, comer, dormir, etc. Digo que ambos son malos lectores, no porque quiera establecer aquí un juicio sumario sobre el bien y el mal aplicado al proceloso y subjetivo mundo de la lectura, sino porque un lector que se aburra porque no pasa nada o porque pasa demasiado se está perdiendo un buen número de obras magníficas de las que no va a poder disfrutar nunca.

¡Ojo! No estoy diciendo que no haya muchas obras pretenciosas, plomizas y conceptuales que aburren al mismo aburrimiento. Las hay. Proliferaron sobre todo en los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando el único afán del escritor era romper los cánones de los géneros y aventajar en originalidad a todo lo precedente. Vivimos en aquella época la literatura de experimentación, esa manía literaria que le entró a todo el mundo por escribir ladrillos infumables, sin sentido ni significación, sin comas, sin puntos, sin personajes, sin palabras. La literatura se obstinaba en imitar a la pintura, que andaba en aquél entonces por los andurriales del vanguardismo, considerado como una religión. Hoy todos esos libros-experimento han caído en el más atornillado de los olvidos. Bien está.

Yo me refiero más bien a quienes dicen que La muerte de Ivan Ilich, de Tolstoi, es un tostón porque no pasa nada. O a quienes dicen que Hamlet, de Shakespeare, es demasiado profundo, porque parece que pasa algo más de lo que es evidente. Ambos dos se están perdiendo lo más placentero de la buena lectura, que no es otra cosa que la iluminación intelectual, la comprensión profunda, y simple al mismo tiempo, de una verdad que de suyo es difícil e inagotable. Yo llamo clásico de la literatura, en realidad, a cualquier obra que conjugue el entretenimiento con la mística.

Sirva esta prolija y (seguramente) aburrida introducción como prólogo de la obra que voy a recordarles hoy. Se trata de Prometeo encadenado, del dramaturgo griego Esquilo. Si usted pertenece a cualquiera de los dos tipos de lector que he mencionado, pierda toda esperanza: esta obra no es para usted. Ahora bien, si usted sí es de los que disfrutan con la acción de la inacción o con la acción más allá de la acción, entonces, adelante. Sígame.

Esquilo nació en Eleusis, Ática, en el 525 a. C. y murió en el 456 a. C. Fue cocinero antes que fraile, lo que en el caso de los griegos significa que fue soldado antes que escritor. Peleó contra los persas en la batalla de Maratón, Salamina y Platea. Escribió cerca de 90 tragedias, de las cuales se conservan sólo siete: Los persas, Los siete contra Tebas, Las suplicantes, Agamenón, Las coéforas, Las euménides y Prometeo encadenado, obra ésta, por cierto, de la que se duda sobre su autoría. Esquilo es considerado el padre de la tragedia griega y fue el primero en introducir más de un personaje en los dramas, haciendo posible así el diálogo y la acción dramática. Esquilo murió de un modo trágico, haciendo honor a su condición de tal. El oráculo le vaticinó que moriría aplastado por una casa, así que nuestro dramaturgo decidió vivir en el campo. Pero entonces le cayó en la cabeza un caparazón de tortuga que un quebrantahuesos soltó desde el aire. ¡Oh dioses! Y se murió efectivamente aplastado por una casa.

Prometeo encadenado, sea o no realmente de Esquilo, es una obra de gran intensidad dramática. Obviamente, estamos hablando de una tragedia griega de la época arcaica, por lo tanto no podemos esperar una acción trepidante. Lo que se representa es más bien una acción interior. Lo que interesa no es lo que pasa o lo que va a pasar, sino lo que está pasando, es decir, lo que viven y sienten los personajes mientras la acción está sucediendo. Es como si hiciéramos toda una obra de teatro sobre lo que siente una persona mientras cae al vacío. Creo que ésa es una buena aproximación conceptual a lo que es el “tiempo dramático” en la tragedia griega.

El mito de Prometeo es uno de los más logrados de la antigüedad. Prometeo roba el fuego a los dioses y se lo entrega a los hombres, por lo cual es castigado por Zeus, que lo encadena a una roca y manda a un águila que se coma su hígado una y otra vez. Prometeo es el gran benefactor de la humanidad, y muchos han visto una cierta analogía con Jesucristo. Prometeo perpetra una donación, se gana la ira de Zeus por amor a los hombres. El fuego además simboliza todo lo que hace humanos a los humanos, todo lo que nos hace distintos a los animales. La luz de la inteligencia, la imaginación, el genio, la industria, la ciencia, la civilización, el sedentarismo, etc. El calor de la pasión, del amor, de la conciencia. El mito es fuerte, es palpitante. De la mano de Esquilo, sentimos la cólera de Zeus, indignado con Prometeo por haber dado luz al mundo. Vemos la resignación de Prometeo, digno, firme, desafiante. El dolor no asusta a Prometeo, porque el amor da sentido a sus padecimientos. Y le hace más fuerte, más poderoso aún que el primero de los dioses.

Esquilo, con su lenguaje grave, su discurso inquietante, la vibrante tensión de su voz desesperada, canta el agradecimiento de los hombres por ése dios que nos hizo humanos. Escalofriante.

Prometeo encadenado, de Esquilo. Una tragedia sobre la compasión.

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 08.06.09.

El Tartufo, de Moliere

Permalink 14.06.09 @ 16:55:03. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 25.05.09.

Algo deben tener los carpinteros para que de su linaje salgan de vez en cuando figuras relevantes para la historia de la Humanidad. Acaso sea fruto de ese trabajo minucioso, creativo, síntesis perfecta del arte y la técnica, de la laboriosidad y del talento. En fin, todos conocemos a uno bastante famoso que escribió con sangre una deliciosa historia de amor, probablemente el mito más redondo que se ha escrito nunca. Que no cunda el pánico: no voy a convertir este programa en una vaporosa catequesis, por más que a alguno pudiera venirle bien. Estoy aquí para hablarles de literatura, lo que bien pensado es casi lo mismo que dar una catequesis, porque la literatura siempre habla de Dios, incluso aunque no lo mencione. Ea, pues, hablemos de literatura.

Otro hijo ilustre de un carpintero es Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por el sobrenombre de Moliere. Nació en París, el 15 de enero de 1622 y murió en la misma ciudad el 17 de febrero de 1673. Es considerado el padre de la Comedia Francesa y uno de los autores dramáticos más importantes y representados de la literatura universal. En España, donde nuestros abundantes complejos de inferioridad nos impiden valorar adecuadamente lo propio, goza Moliere de gran prestigio. Sucede en este caso algo parecido con Shakespeare. Ambos autores son citados y manejados como si fueran el no va más de lo profundo y de lo culto. Mientras medio mundo versiona y envidia a nuestros dramaturgos clásicos, nosotros los despreciamos y sólo sabemos pasearnos con Moliere o Shakespeare en la mano, dándonos aires de grande cultura. No quiero decir con esto que Moliere o Shakespeare no sean grandes autores, sino que Calderón, Lope, Tirso, Ruiz de Alarcón y otros semejantes no les tienen nada que envidiar. Es cosa clara.

Moliere fue un hombre orquesta, un auténtico hombre de teatro: además de autor, fue director y actor de sus propias obras. En su época fue muy valorado como intérprete cómico. Tenía una capacidad especial para hacer reír, y eso es algo muy valioso, porque es más fácil hacer llorar que hacer reír, y esto es un tópico que siempre se cumple. Moliere fue un autor exitoso. Tras darse grandes batacazos intentando hacer tragedias, sus primeras obras cómicas le hicieron auparse rápidamente al bastión de la fama. El rey Luis XIV le acogió bajo su protección, lo que en aquella época de reverencias y besamanos era una garantía de libertad creadora. Moliere era una versión refinada del bufón real, y podía permitirse meter el dedo en el ojo de su Real Majestad, porque al monarca le resultaba gracioso y no impertinente. Ésta es la prerrogativa del bufón: puede decir la verdad sin excesivo temor a ser castigado.

Pero incluso la jácara del alegre bufón tiene sus límites. Estos límites los descubrió Moliere cuando intentó estrenar el Tartufo. La obra pretendía zaherir a los falsos devotos, a los hipócritas, a esos que tienen la boca llena de virtud y las obras llenas de vicios y maldades. Moliere pinchó hueso, y suscitó una airada reacción. Muchos hombres de bien pidieron al Rey que impidiera su representación. Al rey no le parecía mal la obra, pero temió la reacción de la carcunda cortesana, y la prohibió. Moliere reformó su comedia una y otra vez, recortando sus aristas, hasta que finalmente se le permitió estrenarla. Moliere le dejó el alma al drama, pero tuvo que destrozar su cuerpo. Hoy podemos leer sólo la versión autocensurada. Y es una lástima.

Siempre me había parecido que el Tartufo de Moliere no era una obra con la suficiente fuerza como para lograr la total empatía del espectador, es decir, eso que Aristóteles llamaba catarsis. Comprendí por qué el mismo día que descubrí que había sido sometida a las tijeras de la autocensura. Probablemente por esta causa, a mi modo de ver, la obra cojea o renquea, pues parece como si fuera un borrador. La trama tarda mucho en arrancar y finaliza de una manera abrupta. El Tartufo, personaje principal y villano, no aparece hasta el tercer acto y en seguida es desenmascarado. Estimo que hubiera sido más prudente habernos hecho ver su hipocresía en la acción, pero sólo sabemos que es un hipócrita por lo que dicen los demás personajes de él. El mito está, pues, esbozado, pero no termina de ser lo suficientemente redondo. Aún así, teniendo en cuenta el genio literario de Moliere, es posible entrever una obra con grandes posibilidades. Fue la política la que la hizo peor, y no la incompetencia de su autor.

El Tartufo es, en resumen, una obra puntiaguda sobre la hipocresía. Una reflexión sobre lo falsa que es la sentencia que dicta que “la mujer del César no sólo debe ser buena, sino también parecerlo”. Siempre he estado en desacuerdo con esta máxima, que pone en manos de la opinión, de la apariencia, la naturaleza misma del bien. Al contrario, yo pienso con Moliere que el bien y el mal no dependen de lo que opinen los demás, sino exclusivamente de lo que nosotros hacemos y pensamos.

El Tartufo, de Moliere. Una obra que quiso ser y sólo pudo parecer, precisamente por denunciar que parecer no es lo mismo que ser.

La llamada de la selva, de Jack London

Permalink 13.06.09 @ 16:21:20. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 04.05.09.

Jack London es uno de los autores que más ha contribuido a la creación del mito de los buscadores de oro, esos locos aventureros, supervivientes y buscavidas que lo arriesgaron todo por alcanzar el sueño de enriquecerse. A finales del siglo XIX, en 1897, se descubrió oro en el río Klondike, pequeño afluente del Yukón, en la frontera entre Canadá y Alaska. En aquella época, la vida en Estados Unidos no era fácil. El desempleo, la pobreza y la explotación laboral de los trabajadores hacían la vida muy poco apetecible. Encontrar un filón de oro en Alaska se convirtió en la única esperanza de la gente desesperada, en una nueva versión del sueño americano.

El mito del oro sirvió de turbina para los parias de la tierra. Todos los indeseables de la tierra pusieron rumbo al norte. Muchos murieron, algunos sobrevivieron y muy pocos encontraron en el oro la solución a sus problemas. El terreno salvaje, la dureza de las condiciones, la lucha por la supervivencia y la competitividad con otros seres humanos abonan el terreno para la verdadera explotación de este subgénero del western, donde el drama está servido aún antes de barajar los naipes. ¿Qué más se necesita para contar una buena historia? En el filo de la navaja, entre la vida y la muerte, entre el vicio y la virtud, está siempre acampando la literatura.

Jack London vivió personalmente esa aventura. Durante algún tiempo, con 21 años de edad, buscó el preciado mineral en las orillas del Klondike y lo único que sacó en claro fue un escorbuto galopante que le acompañó durante toda su corta vida. De sus entrañas podridas, de sus manos endurecidas por 18 horas de trabajo, sacó London la áspera lección que anima sus relatos. Por eso quizá son tan verosímiles sus historias, por eso quizá son tan brutales. Vemos a un hombre moribundo, apostado con un rifle en el camino, esperando a que pase alguien para volarle la cabeza y robarle el equipo. Es una cuestión de brutal supervivencia. No hay oraciones, ni feminidad, ni cortesía, ni compasión, ni servicios dominicales. No hay esperanza. Porque London es un convencido darwinista que piensa que la vida es sólo una cuestión de supervivencia. Y el más fuerte es el que no tiene moral. El más fuerte es el que ha abandonado todos los melindres de la civilización y ha sustituido la ética por un revólver cargado.

Me hace gracia que la gente crea que las novelas de Jack London son para adolescentes. Eso es como decir que la Biblia es para adolescentes porque hay guerras y mucha acción. No es así. Jack London es un viaje a un mundo sin cultura, a una humanidad sin humanidad. Es la puesta en drama del aforismo que dice que el hombre es un lobo para el hombre.

Todas estas ideas están presentes en “La llamada de la selva”, traducido también y de un modo más exacto como “La llamada de lo salvaje”. El relato, corto, ágil y entretenido, cuenta la historia de un perro sureño que es arrebatado de la comodidad de un hogar civilizado y es arrojado en la crueldad del norte salvaje. Jack London, llamativamente pudoroso, cuenta la historia de un perro, pero en realidad cuenta la historia de un hombre, de alguien como tú y como yo, perfectamente capaces de comernos crudas a nuestras víctimas, en cuanto nos arrabatan nuestra humanidad. Una visión escalofriante y real de cómo es el mundo sin el amor que Dios se inventó.

La llamada de la selva, de Jack London. Un ataque seco a la yugular del optimismo.

La anábasis de Jenofonte

Permalink 12.06.09 @ 16:59:58. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 20.04.09.

De entre todos los historiadores de la antigüedad, uno de los más admirados fue siempre Jenofonte. Nació en Atenas en el año 431 antes de Cristo. Durante su juventud fue discípulo de Sócrates y participó en la Guerra del Peloponeso. Posteriormente, se unió a la famosa Expedición de los Diez Mil, con motivo de la cual escribió su Anábasis. Al regresar a Grecia, Jenofonte, que siempre había sido un admirador del sistema político espartano, combatió en la batalla de Coronea junto con los lacedemonios contra una liga de ciudades griegas, entre las que estaba su ciudad natal, motivo por el que fue declarado persona non grata en Atenas. Los espartanos para recompensarle por sus servicios le dieron una finca en su territorio, en Escilunte, cerca de Olimpia. Ahí fue donde Jenofonte empezó a escribir sus obras. Tiempo después, Esparta y Atenas volvieron a aliarse para contrarrestar el poder de la emergente Tebas, y a Jenofonte le fue permitido volver a su patria, aunque no se sabe si lo hizo. Jenofonte cruzó la laguna estigia, en compañía del alado Hermes, en el año 354 antes de Cristo.

Entre sus obras destacan una Apología de Sócrates, las Helénicas, que son una continuación de la inacabada historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, la Ciropedia, una semblanza del rey persa Ciro II, y por supuesto la Anábasis, también conocida como La expedición de los 10.000. Es de esta obra de la que voy a hablar ahora.

En el año 401 antes de Cristo, el príncipe Ciro el joven se rebeló contra su hermano mayor Artajerjes. Contrató un ejército de mercenarios griegos, comandados por el espartano Clearco, y se adentró en el reino persa hasta llegar a las proximidades de Babilonia. Allí tuvo lugar la batalla de Cunaxa, que terminó con la derrota y muerte de Ciro. En esa difícil situación, los mercenarios griegos iniciaron una prudente retirada, amenazados constantemente por el ejército victorioso de Artajerjes. Asesinados Clearco y los demás generales griegos, los soldados se vieron en la obligación de nombrar nuevos jefes, entre ellos al propio Jenofonte. De este modo, manteniéndose unido y bajo el yugo de una férrea disciplina, el ejército recorrió 4.000 kilómetros hasta la colonia griega de Trapezunte, a orillas del mar negro, donde consiguieron ponerse a salvo. La Anábasis relata todos estos sucesos.

El libro está escrito en tercera persona, a pesar de que el tipo que lo escribe es a la vez juez y parte, ya que Jenofonte se atribuye un papel muy importante en la expedición a partir del asesinato de Clearco. Esta fórmula objetivista es relativamente habitual en los escritos históricos de la antigüedad, como sucede también en el caso de Julio César. Es una forma interesante de abanicarse el ego, pues se trata de relatar con la asepsia de un historiador imparcial los gloriosos hechos de armas de los que uno mismo es protagonista. De alguna manera, es crearse un mito propio, automitificarse, como hace ahora el calculado marketing político con un candidato. Es crearse un personaje que vivirá para siempre en la inmortalidad, por los siglos de los siglos.

La historia de la Anábasis es una demostración de que se puede perder una guerra sin perder la dignidad, y esto es aplicable a la vida. El ejército de mercenarios, gracias en gran medida a las prudentes decisiones de sus jefes, a su superioridad militar y a la inteligencia de su tácticas, permanece invicto durante toda la expedición. Si se quiere, la Anábasis es la historia de una huida victoriosa, que hizo ganar gloria a los soldados que se paseaban por una Persia plagada de enemigos que les rehuían el combate.

Pero además, la Anábasis es una historia divertida, entretenida, didáctica, trepidante, que hará las delicias de aquellos a los que les guste saber que hace 2500 años éramos tan humanos como ahora.

Anábasis, de Jenofonte. Una lección de estrategia, de honor y de dignidad.

A sangre fría, de Truman Capote

Permalink 11.06.09 @ 16:00:24. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 30.03.09.

Cuando Truman Capote escribió a Sangre fría, ya era un autor consagrado. Había pegado un importante pelotazo editorial con “Desayuno en Tiffany’s”, historia que luego llevó al cine Blake Edwards, con la irresistible Audrey Hepburn en el papel protagonista. Otras novelas de Capote (como “El arpa de hierba” y “Se oyen las musas”) habían tenido también una buena acogida entre el público. Pero todo esto hubiera sido en vano, si el autor estadounidense no hubiera decidido realizar un experimento periodístico-novelesco con la familia Clutter.

Truman Streckfus Persons, verdadero nombre de Capote, nació en Nueva Orleans el 30 de septiembre de 1924 y murió en Los Ángeles el 25 de agosto de 1984. Fue sobre todo un periodista, un periodista con todas las letras, y no pudo ni supo desprenderse nunca de esa escasa imaginación que caracteriza a los que se dedican profesionalmente a consignar los hechos relevantes. Así pues, como buen periodista, era incapaz de ver más allá de lo obvio, su capacidad para la poesía, para la mística en definitiva, era muy limitada. No nos engañemos: Truman Capote no puede ofrecernos más que los trazos rápidos y secos de un lapicero romo sobre una libreta mugrienta.

Bien, ¿y qué? Ésa es precisamente su mayor virtud. Nosce te ipsum, que decían los clásicos. ¿Se imaginan a Capote intentando trascender, intentando cargar de lirismo lo que no es más que polvo seco y carretera? ¿Hay algo más desagradable que la retórica forzada de un notario o de un leguleyo? A cada cual hay que pedirle solo lo que es capaz de dar. Un periodista, para ser bueno en su oficio, no debe intentar ser Onetti o Pablo Neruda. Y además, nadie se lo pide.

Truman Capote consigue, en “A sangre fría”, elevar el periodismo a categoría de arte. Es lo mismo que hicieron con la Historia Heródoto, Tácito o Jenofonte. Después de cinco años de investigación, Capote se acerca a los hechos que rodearon el asesinato de la familia Clutter con precisión periodística, recreando la gran red de rumores, de bulos, de informaciones, de datos, de impresiones… Capote Hace lo que todo periodista querría hacer si tuviera un tiempo que el día a día no le concede.

Por otra parte, la historia es escalofriante. Su sequedad y su dureza, no exenta de cierta compasión, la hacen retumbar durante mucho tiempo en los cristales de tu conciencia. Es un libro muy recomendable, eso sí, para estómagos resistentes.

Truman Caporte. A sangre fría. Un escalofriante y valioso reportaje de 200 páginas.

El regalo de los Reyes Magos, de O. Henry

Permalink 23.03.09 @ 21:44:29. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 16.03.09.

¿Se puede escribir una obra maestra del relato corto en sólo tres horas, acuciado por un imperioso plazo de entrega? Se puede. ¿Se puede escribir uno de los cuentos más románticos de la historia de la literatura bajo los mórbidos influjos de una botella de whiskey? Sí, también se puede. Eso es lo que hizo el escritor estadounidense O. Henry cuando escribió a principios del siglo XX su relato titulado “El regalo de los Reyes Magos”.

O. Henry fue el seudónimo que utilizó el escritor, farmacéutico, ranchero, periodista, banquero, desfalcador, aventurero, presidiario y sobre todo alcohólico estadounidense William Sydney Porter, a quien se considera un maestro del relato corto y el creador de la fórmula – hoy tan manida - del final inesperado y sorprendente.

De él diría el biógrafo: no vivió, sino bebió 48 años. Nació el 11 de septiembre de 1862. Se arrojó a la bebida a la temprana edad de 22 años y la bebida le arrojó a él al fango de una vida frustrada y sombría. Las cosas le fueron mal hasta que, trabajando como cajero en el First National Bank, le fueron todavía peor. Fue acusado de desfalco y, aunque no está claro que fuera culpable, decidió darse a la fuga, por si las moscas. Anduvo durante un tiempo perdido por Honduras, pero el destino le reservaba una vida diferente. Al volver a Estados Unidos para acompañar a su esposa en el lecho de muerte, fue apresado y condenado a cinco años de prisión.

Allí, como tantos otros presos vocacionales, comenzó O. Henry a escribir relatos. La cárcel fue para él una liberación espiritual, una redención para su vida opaca y bebediza. El arte le hizo libre, sí, pero no le hizo rico. O. Henry murió el 5 de junio de 1910, de una cirrosis hepática, como no podía ser de otra manera. Sus únicas posesiones en ese momento fueron una botella de whiskey y veintitrés centavos de dólar.

“El regalo de los Reyes Magos” es un relato lleno de lirismo realista, de trágico humor, de esa dulce poesía amarga de la que está llena la vida. Más allá de la última sorpresa, del impactante final a lo O. Henry, este cuento está contado con fluida precisión, sin redondeos retóricos ni profusión de subordinadas. Quizá es el escritor más puro, más seco, más cinematográfico, que he leído nunca. No hay artificio en él, todo es un suave riachuelo de sujeto/verbo/predicado que nos conducen hacia el inimaginable fin. 100% lengua inglesa, como bien puede esperarse de un farmacéutico de Carolina del Norte. Lo interesante de O. Henry es el qué, la historia, no el cómo, el lenguaje. Es la premonición del pragmatismo literario que inundará el siglo XX. Contradiciendo a Oscar Wilde, O. Henry es perfectamente capaz de llamarle pala a una pala, e incluso a usarla si se tercia.

De “El regalo de los Reyes Magos” se han hecho adaptaciones al cine, lo que está muy puesto en razón, ya que – como he dicho – la escritura de O. Henry es casi de guión de película. No quiero contarles muchas cosas más de este relato para no destrozarlo. Sólo diré que, a mi modo de ver, es una síntesis magnífica de eso que ha dado en llamarse el “amor verdadero”. Pero contado por O. Henry, ese concepto ni es cursi, ni es pegajoso ni da repelús. Es simplemente real y apetecible, como la vida misma.
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“El regalo de los Reyes Magos”, de O. Henry. Una poesía en prosa con final sorprendente.

Niebla, de Miguel de Unamuno.

Permalink 13.03.09 @ 19:59:42. Archivado en Cuestión de fe, Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

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Es inútil tratar de presentar aquí, en las serenas olas de la radio, a don Miguel de Unamuno. Es inútil porque ese señor no necesita presentación. Se presenta él solo, solo como quien solo se presenta ante la muerte. Pero, quién sabe, quizá haya quien conozca demasiado bien a Vanessa de Gran Hermano 82, y no sepa una palabra de Unamuno. Vayamos, pues, al caso.

Miguel de Unamuno nació en Bilbao el 29 de septiembre de 1864 y murió a disgustos en Salamanca el 31 de diciembre de 1936, fecha aciaga y afilada. Fue un grave escritor, un digno universitario y un filósofo trágico y humano, que quiso sacarle todo el jugo a la vida. Entre sus más importantes obras destacan, en el campo de la narrativa, “Amor y pedagogía”, “Niebla”, “La tía Tula” y esa bellísima tragedia en un acto titulada “San Manuel Bueno, mártir”. En el campo del ensayo, escribió una magnífica “Vida de Don Quijote y Sancho” y una incómoda reflexión sobre “el sentimiento trágico de la vida”. Cultivó todos los géneros con mucha dignidad. También el teatro y la poesía, en cuyo repertorio figura el memorable “Rosario de sonetos líricos” y sus “Andanzas y visiones españolas”.

Unamuno es en realidad un pensador: todo lo que toca lo convierte en filosofía. Es el Midas de la reflexión, el profeta de la tragedia, bisagra en un mundo que se dispone a cerrar la puerta de la esperanza cristiana para abrir la claraboya del existencialismo melancólico. Unamuno cabalga a lomos de la fina línea divisoria entre lo que fue y lo que será, de lo que supimos y de lo que ignoramos, en fin, de la certeza y de la duda. Ahí está don Miguel, tan pequeño y a la vez tan enorme, pidiéndole a Dios que exista.

Ese grito desgarrado es Niebla, novela publicada en 1914 y considerada, sin serlo, como la obra más importante de Unamuno. Perdón, ¿dije novela? Quise decir “nivola”, pues así la bautizó el propio autor, queriendo inventar un nuevo género que distinguiese su obra de la novela realista que estaba en boga por aquel entonces. Niebla es una invención, más que una novela, es un diálogo entre el autor y sus personajes, pobres almas solitarias que deambulan por el absurdo de unas vidas que alguien soñó. Así es, los personajes de ficción sólo viven en la imaginación del autor y en la actualización de cada lector que los resucita. Aunque, como dice el protagonista de Niebla, un ente de ficción, en realidad, no muere nunca.

A mi modo de ver, Niebla es una novela enternecedora. No la encuentro trágica, ni tampoco cómica. La encuentro simplemente desnuda. Claro, amigos, claro; porque es la oración de don Miguel de Unamuno a Dios.
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Niebla. Miguel de Unamuno. Un clamor perplejo que exige ser oído.

Marianela, Benito Pérez Galdós

Permalink 28.02.09 @ 20:57:57. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 16.02.09.

Galdós. Decía de él el Paco Umbral que no le gustaba. Y eso, para algún crítico que vaya de moderno, puede ser motivo suficiente para despreciar al autor tinarfeño, pero lo cierto es que Benito Pérez Galdós pasa por ser uno de los mejores escritores de la historia en lengua castellana. Y me temo que es tan bueno como dicen, lo cual no impide naturalmente que a Umbral no le gustara nada.

Pero ciertamente, no es fácil escribir como Galdós, con esa riqueza expresiva de vocabulario, esa atinada caracterización de personajes, tan justa, tan voluminosa, tan sutil. Galdós teje una red de relaciones personales, de pensamientos y diálogos vivos y verdaderos; y todo ello de un modo natural, sin estridencias, sin incoherencias, sin apenas concesiones a esa digresión que es vanidad en el autor con talento. En Galdós las tramas, las historias, se van desarrollando como si la misma vida estuviera viendo pasar sus días y sus noches. Galdós es un fragmento de la vida encerrado entre las cuatro paredes de un libro.

Supongo que por este motivo se ha catalogado siempre a Galdós dentro de la novela realista, esa gran corriente literaria que imperó en el siglo XIX. La obsesión de Galdós es la de acertar con la perfecta descripción de cada personaje, como si tuviera que cumplir con sus creaciones un deber de justicia. A veces, vuelve una y otra vez sobre un personaje, añadiendo, quitando, matizando, limando los flecos que pudieran haberse dejado a la libre interpretación del lector, tal como si estuviera Galdós describiendo a personas reales en vez de a simples monigotes literarios salidos de la imaginación de su autor. En ocasiones puede resultar algo repetitivo, pero no hay nada que moleste en su prosa. Todo en su escritura sabe a actual, como si hubiera pasado ayer, como si fuera a pasar mañana. Sí, Galdós es grande, pues no hay cosa más difícil que hacer que leer un libro sea tan insultantemente fácil.

Benito Pérez Galdós nació en Las Palmas de Gran Canaria el 10 de mayo de 1843 y murió en Madrid el 4 de enero de 1920. Fue un autor prolífico. Escribió un buen montón de novelas, obras de teatro y crónicas periodísticas. De su ingenio salieron los célebres Episodios Nacionales, conjunto de novelas históricas sobre la españa del siglo XIX, y otras obras como Fortunata y Jacinta, Miau, Doña perfecta y Marianela, obra ésta en la que me detendré.

Marianela es una novela llena de trágica ternura, que cuenta la historia de amor imposible entre Nela, una joven fea, deforme, huérfana y pobre; y Pablo, un muchacho guapo, rico, de buena familia y ciego de nacimiento. Si les digo la verdad, a mí la historia me parece más bien cursi, tirando a lacrimosa, digamos que carece de sentido del humor, que es demasiado “inglesa”, si ustedes me entienden. De haberla escrito Cervantes o Lope de Vega, le habrían dado un toquecito patrio, convirtiéndola en una brillante tragicomedia, que es ese género tan español, tan genuino y tan genial. Pero, en fin, Galdós no da para tanto.

Que la historia me parezca cursi, no significa que no merezca la pena leerse. Al contrario, si omitimos ese cierto tono pastoso y nos centramos en su prosa, veremos al mejor Galdós, cuyo lenguaje es como un caramelo que se deshace en nuestra boca. Así es la literatura de Galdós, agradable, fácil, divertida y serena. Nada traumática, apta para golosos de las buenas descripciones, de la buena escritura en prosa moderna. Todo un dechado de virtuosismo literario puesto al servicio de una historia con alma de mantequilla.

* * *

Marianela, de Benito Pérez Galdós. Un vendaval de vida y un átomo de crueldad.

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry

Permalink 27.02.09 @ 20:52:28. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 02.02.09.

Antoine de Saint-Exupéry nació en Lyon, Francia, en el año 1900. Durante toda su vida estuvo dedicado a la aviación, aunque compaginó su actividad profesional con la literatura. Escribió varias novelas relacionadas con la aviación, como “Vuelo nocturno” o “Correo del Sur”. Sólo me he leído “Vuelo nocturno”, y aunque no está mal del todo, no deja de ser una novela comercial. Correcta, pero sin alardes.

La vida del aviador Saint-Exupéry tuvo un final dramático y misterioso: en plena Guerra Mundial, el 31 de julio de 1944, durante una misión de reconocimiento, el Lightning P38 que pilotaba Saint-Exupéry desapareció para siempre en el mar. Éste podría haber sido el final de un entusiasta pionero de la aviación y de un aprendiz de novelista, pero el escritor francés había publicado un año antes, en 1943, el relato titulado en francés “Le Petit Prince”, El Principito, que le ha valido como pasaporte para entrar en el Parnaso y gozar de la eternidad del arte bueno. Esta pequeña novela ha sido traducida a ciento ochenta lenguas y es un libro de los que merece la pena leer de vez en cuando.

El Principito es una fábula escrita en lenguaje infantil. Puede parecer un cuento para niños, pero no lo es en absoluto. Como buena fábula, trata temas esenciales de manera alegórica y eso le confiere un volumen intenso, prismático, que le hace gozar de la prerrogativa de un verdadero clásico, ya que cada vez que el lector se acerca al texto, éste parece decir nuevas y sorprendentes cosas. El Principito es un acercamiento al mundo real, al mundo de las personas mayores, desde la perspectiva de la inocencia, de la infancia. Las cosas que nos parecen lógicas y naturales en el mundo de los adultos se vuelven incomprensibles para un niño. Las preguntas que consideraríamos estúpidas se vuelven importantes en labios de ese pequeño príncipe peregrino.

El Principito viaja por el universo en busca de respuestas. En su camino, se encuentra con el rey, el vanidoso, el geógrafo, el borracho, el hombre de negocios, el farolero. Todos ellos están encerrados en su pequeño planeta, en su mundo infímo, llenos de afanes que, puesto a la luz de la soledad en la que viven, resultan ridículos. ¿Qué sentido tiene un rey que no tiene ni un súbdito, o un vanidoso que no tiene quien le alabe sus magníficas cualidades personales, o un borracho que bebe para olvidar que bebe, o un hombre de negocios que no tiene quien compre lo que vende, o un geógrafo que elabora mapas de sitios a los que no ha ido y a los que no piensa ir, o un farolero que vive esclavizado, encendiendo y apagando su farol en un planeta donde el día sólo dura un minuto? El principito inspira una reflexión sobre lo que hacemos, y en definitiva sobre lo que somos: nuestra vida tiene que tener un sentido en sí misma, o corremos el riesgo de convertirnos en ridículos esclavos de nuestros afanes mundanos, absurdos, de nuestra falta de miras.

Al contrario de lo que pasa en el mundo real, la verdad es obvia en El Principito. Lo difícil es fácil, tan fácil y tan obvio como meter el cordero que necesitas en una pequeña caja dibujada. El príncipito es una suerte de Evangelio, donde las cosas parecen lo que son y son exactamente lo que parecen.

* * *

El principito. Antoine de Saint-Exupéry. Un libro para recordar que estamos construyendo nuestro mundo al revés de como lo imaginamos.

El Extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

Permalink 26.02.09 @ 21:13:12. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 20.01.09.

No es la primera vez que hablo de Robert Louis Stevenson en este programa. Y espero que tampoco sea la última. Se lo diré con claridad. Este autor escocés es una de mis debilidades. Hay dos obras suyas que están sin duda entre las mejores creaciones de la literatura universal. Dejaré para otro día “El diablo de la botella”, que es sin duda uno de los mejores cuentos que se han escrito nunca. Ahora os voy a hablar de “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”, que fue ya en su época uno de los libros más populares de Stevenson.

Hablando con propiedad, “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde” no es una novela desde el punto de vista del género, sino más bien un relato largo. ¡Y qué magníficos relatos se escribieron en el siglo XIX, con esa atmósfera cargada y ese terror psicológico, sutil, dibujado en trazos finos. Qué pena que ese género, que alcanzó tan gloriosas cumbres, abandonara la senda de la inteligencia para vagar por el lodazal de lo explícito, de lo sangriento, del marciano verde, del zombi, del vampiro. Relatos como el de Stevenson sostienen bien la mirada a los años que galopan a nuestro alrededor, porque se fundamentan en un conocimiento sigiloso del género humano, en toda su soledad contemporánea. No hay mayor miedo que el que se conoce bien, ése terror que habita en nosotros mismos, bien capaces de todo lo peor.

Jekyll y Hyde es un viaje hacia ese miedo. La niebla espesa de Londres, las callejuelas húmedas y sombrías por las que deambula Mr. Hyde, son una representación atinada de la fría nebulosa que oscurece nuestra conciencia. ¿Quién soy yo en realidad? ¿Soy el doctor Jeckyll, con su traje bien planchado, su sombrero de copa, su trato cortés, su disposición hacia lo justo, hacia lo bueno, hacia lo bello? Sí. Soy quien saluda, soy quien camina, quien sonríe, quien acredita, quien firma, quien atiende. ¿O no? ¿Soy el señor Hyde, con su traje demasiado grande, su deformidad imprecisa, su trato repulsivo, habitante natural de lo injusto, lo malvado y lo feo? Sí. Soy quien gruñe, soy quien vaga, quien odia, quien se esconde, quien anula, quien desprecia, quien ignora. ¿O no?

El doctor Jeckyll cargaba con la contradicción permanente, con la ascética, de ser un simple hombre. Y como tal, el bueno de Jeckyll no soportaba al malvado Jeckyll. Y para el malo de Jeckyll el buen Jeckyll era un estorbo. Sentía que su vida era un completo ejercicio de hipocresía. Mientras daba limosna a los pobres, su conciencia se burlaba de él: “Jeckyll, -le decía con sorna- hipócrita, di a estos pobres, a los que tanto amas, qué estuviste haciendo anoche...” Y cuando se entregaba a sus turbios placeres inconfesos, en la nocturnidad de su alma, su conciencia le gritaba: “¡Jeckyll, hipócrita. Dile al cómplice de tu crimen que en realidad eres un hombre respetable”.

Jeckyll no disfrutaba ni del bien que hacía ni del mal que cometía. Y, por eso, como tantas veces hemos deseado tú y yo, quiso separar de su naturaleza humana el Bien y el Mal. Pero se equivocó. Y todo lo que quedó fue naturaleza muerta.

* * *

Robert Louis Stevenson. “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”. Una alegoría de la niebla que somos y de lo que nunca podremos ser.

Los libros de autoayuda.

Permalink 19.01.09 @ 22:51:37. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 13.01.09.

Hoy hace demasiado frío para recomendar un libro cálido. Enero es un mes al que le cuesta avanzar, porque aunque sus pies son navideños, vienen cargados de melancolía. El 10 de enero eres incapaz de recordar ya aquellos propósitos o promesas que te hiciste entre champán y turrón al abrigo de fin de año. Aquello de “en 2009 dejaré de fumar” ya se ha diluido en la uniformidad ocre de lo cotidiano. El curso sigue su curso inexorable y conduce al incauto estudiante directamente hacia septiembre. Diciembre es el mes de la esperanza y enero el de la tristeza: la realidad ha irrumpido violentamente en el cuarto de nuestras ilusiones y los buenos propósitos duermen ya el sueño de los justos.

Vayamos al caso. Es probable que alguien nos haya regalado un libro esta Navidad. Con suerte, será un manjar que devoraremos inmediatamente o un tesoro que guardaremos en la recámara hasta que el momento sea propicio. Pero también es probable que hayamos recibido algún libro en forma de patata o de salchicha. Con seguridad, esto será obra de una tía o una amable cuñada, que no nos conoce lo suficiente para regalarnos un Chéjov o un Voltaire, pero sí sabe que lo nuestro no es - ni puede ser - el último de Dan Brown. Supongamos que ha elegido para nosotros generosamente un libro de autoayuda.

Bien. Seamos serios. Ya has pasado lo peor. Recibiste el regalo cuidadosamente envuelto con su pegatina que deseaba gustarte. Si lo tuyo son los libros habrás sufrido una arritmia casi imperceptible; tus pupilas se habrán dilatado un poco, con el brillo ambicioso de Gollum. Habrás desenvuelto el regalo de un modo muy cuidadoso, sin romper el papel, mientras te preguntas con lujuria literaria si será una edición de bolsillo de El extranjero de Camus o de El jugador de Dostoyevski. De pronto, tus preguntas tienen una respuesta cruel: Has visto la primera palabra del título, y esa palabra es “Cómo…”. Pero “cómo” con acento. Y ahora ya ves también una banda roja que anuncia que ésta es la décima edición y que se han vendido ya 150.000 ejemplares.

Tu desgracia adquiere su dimensión total cuando constatas que estás ante un “Cómo encontrar la paz”, “Cómo ser feliz sin morir en el intento”, “Cómo hacerte rico sin esfuerzo” o algún otro cómo semejante. Esbozas una sonrisa e impostas unas palabras de agradecimiento. Tus manos se han vuelto tan frías como tu sonrisa. Ahora sí que necesitarías un libro que te diga “cómo sonreir cuando te hacen un regalo horrendo”.

Los libros de autoayuda: tan vendidos, tan publicitados y… tan malos. Decía Lázaro de Tormes, citando a algún sabio romano: “No hay libro por malo que sea que no tenga algo bueno”. Supongo que es en los libros de autoayuda donde hay que hay que hacer un esfuerzo de humildad y aplicar toda la inteligencia para intentar descubrir cuál es esa parte buena que se nos esconde. Los libros de autoayuda son el emblema del pensamiento positivo (dicho muy peyorativamente), es decir, de ese “buenismo” que tan de moda se ha puesto, una suerte de sincretismo esotérico y laico, edulcorado, que intenta borrar cualquier atisbo de culpa de nuestra conciencia. Los libros de autoayuda envuelven nuestra alma en papel celofán, y son signo visible de un pensamiento que no es ni siquiera pensamiento débil, sino ausencia de pensamiento.

Ésta es la premisa de los libros de autoayuda: No importa lo que pienses ni lo que hagas, la felicidad no está reñida con tu vida lamentable. No, el secreto de la felicidad está en tu energía, en tu aura, en mandarte mensajes positivos y adoctrinarte repitiéndote lo bueno que eres y lo maravilloso que es todo en tu vida.

Los libros de autoayuda riegan la semilla de la autocomplacencia, de la autocompasión, de la autoestima, e incluso del automóvil. Son para corazones blandos y mentes vegetales. No son la cura contra los males endémicos de nuestra sociedad, sino sólo un síntoma médico de nuestro desconcierto posmoderno. Quien lee buenos libros, quien piensa, quien se atreve a ser y a vivir no necesita de la palabrería sonriente de los libros de autoayuda. Eso es para quien vegeta, para quien padece la vida o la ve pasar, para quien centra su mirada en el ombligo que somos, para el cobarde que llora cuando piensa en sí mismo, cada vez más pequeño, cada vez más disminuido, más pobre, más insignificante. Los libros de autoayuda son como una tirita para el mal del egoísmo. Y me temo que lo convierten en crónico.

Reunión de bachilleres

Permalink 14.01.09 @ 18:20:17. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 27.10.08.

Dicen que decía Cervantes que la poesía abunda en tiempo de crisis. Es un dicho muy bien dicho. Porque la humanidad necesita doble ración de verdad cuando todo se tambalea. Supongo que esto forma parte de la paradoja de ser hombre, ése curioso ser vivo capaz de lo mejor y de lo peor a un mismo tiempo, que desafía el principio de no contradicción aristotélico.

Así pues, no es casualidad que el primer tercio del siglo XX nos haya dejado un formidable legado intelectual. Mientras el mundo vivía dos terribles guerras mundiales, mientras sociedades y personas se veían enfrascadas en revoluciones y enfrentamientos que no dejaban resquicio para la neutralidad ni la moderación, en fin, en esa época convulsa con olor a túmulo oxidado, años 20, años 30, numerosos grandes intelectuales hacían circular por el mundo sus escritos, sus pensamientos, sus narraciones a cada cual más sorprendente, más eléctrica, más llena de esa verdad de la que hablaba Cervantes. Lo dicho: poesía para tiempos de crisis.

Franz Werfel es uno de esos grandes escritores que sangraron tinta a principios del siglo XX. Nacido en 1890 en Praga (entonces parte del Imperio Austrohúngaro), escribió toda su obra en alemán. Naturalmente, era judío, y naturalmente tuvo que escapar de Austria tras la anexión alemana de 1938. Tras algunas peripecias por Europa, llegó a Estados Unidos, donde murió en 1945.

De Franz Werfel quizá puedan sonarnos títulos como “Los Cuarenta Días de Musa Dagh”, “Una letra femenina azul pálido” o “La canción de Bernadette”.

Una novela de Werfel menos conocida es “Reunión de bachilleres”, que el autor austro-checo escribió en 1928. Como reza el propio subtítulo de esta novela, “Reunión de bachilleres” es la historia de una culpa juvenil. Pero es algo más, es un viaje a través de la memoria para rescatar esos recuerdos olvidados que hicieron de nuestros años colegiales una aventura épico-trágica, en la que todo, hasta el más nimio detalle, se vivía con gravedad adolescente, con radicalidad. Cada gesto del profesor, cada carcajada, cada pelea, cada rivalidad, cada amistad tenían un volumen, un cuerpo, una viscosidad, que se ha quedado adherida a la piel de nuestros recuerdos de un modo apenas consciente para acabar configurando lo que somos ahora. Werfel, a quien suele situarse en la corriente literaria expresionista, lo expresa mejor con la frase: “el aire parecía grasa sólida”.

La rivalidad freudiana entre adolescentes en “Reunión de bachilleres” es algo más que un estudio psicológico. Es un viaje de vuelta a un tiempo que alegra nuestro corazón y lo ensombrece con el cuchillo afilado de una culpa, que de alguna manera todos podemos sentir, apretando levemente las fibras de un corazón ya maduro. Los errores que hemos cometido en una adolescencia semiinconsciente nos persiguen hasta el día de nuestra muerte. Y como bien apunta Werfel en su narración, lo peor de todo es que esa culpa no se puede redimir ya en la madurez.

Franz Werfel. Reunión de bachilleres. Editorial Minúscula, 2005; 207 páginas. Un viaje de vuelta a lo que fuimos.

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