Prometeo encadenado, de Esquilo
28.06.09 @ 14:51:58. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca
Hay al menos dos tipos de malos lectores. El primer tipo es el de aquellos que consideran que una obra es mala porque “no pasa nada”, es decir, porque no hay acción. El segundo tipo de malos lectores es el de aquellos que piensan que una obra es mala porque, aunque pasen cosas, la obra es “demasiado profunda”, es decir, que las cosas que pasan no son de índole primaria, a saber, no son algo como matar, enamorar, perseguir, besar, luchar, comer, dormir, etc. Digo que ambos son malos lectores, no porque quiera establecer aquí un juicio sumario sobre el bien y el mal aplicado al proceloso y subjetivo mundo de la lectura, sino porque un lector que se aburra porque no pasa nada o porque pasa demasiado se está perdiendo un buen número de obras magníficas de las que no va a poder disfrutar nunca.
¡Ojo! No estoy diciendo que no haya muchas obras pretenciosas, plomizas y conceptuales que aburren al mismo aburrimiento. Las hay. Proliferaron sobre todo en los años 60 y 70 del siglo pasado, cuando el único afán del escritor era romper los cánones de los géneros y aventajar en originalidad a todo lo precedente. Vivimos en aquella época la literatura de experimentación, esa manía literaria que le entró a todo el mundo por escribir ladrillos infumables, sin sentido ni significación, sin comas, sin puntos, sin personajes, sin palabras. La literatura se obstinaba en imitar a la pintura, que andaba en aquél entonces por los andurriales del vanguardismo, considerado como una religión. Hoy todos esos libros-experimento han caído en el más atornillado de los olvidos. Bien está.
Yo me refiero más bien a quienes dicen que La muerte de Ivan Ilich, de Tolstoi, es un tostón porque no pasa nada. O a quienes dicen que Hamlet, de Shakespeare, es demasiado profundo, porque parece que pasa algo más de lo que es evidente. Ambos dos se están perdiendo lo más placentero de la buena lectura, que no es otra cosa que la iluminación intelectual, la comprensión profunda, y simple al mismo tiempo, de una verdad que de suyo es difícil e inagotable. Yo llamo clásico de la literatura, en realidad, a cualquier obra que conjugue el entretenimiento con la mística.
Sirva esta prolija y (seguramente) aburrida introducción como prólogo de la obra que voy a recordarles hoy. Se trata de Prometeo encadenado, del dramaturgo griego Esquilo. Si usted pertenece a cualquiera de los dos tipos de lector que he mencionado, pierda toda esperanza: esta obra no es para usted. Ahora bien, si usted sí es de los que disfrutan con la acción de la inacción o con la acción más allá de la acción, entonces, adelante. Sígame.
Esquilo nació en Eleusis, Ática, en el 525 a. C. y murió en el 456 a. C. Fue cocinero antes que fraile, lo que en el caso de los griegos significa que fue soldado antes que escritor. Peleó contra los persas en la batalla de Maratón, Salamina y Platea. Escribió cerca de 90 tragedias, de las cuales se conservan sólo siete: Los persas, Los siete contra Tebas, Las suplicantes, Agamenón, Las coéforas, Las euménides y Prometeo encadenado, obra ésta, por cierto, de la que se duda sobre su autoría. Esquilo es considerado el padre de la tragedia griega y fue el primero en introducir más de un personaje en los dramas, haciendo posible así el diálogo y la acción dramática. Esquilo murió de un modo trágico, haciendo honor a su condición de tal. El oráculo le vaticinó que moriría aplastado por una casa, así que nuestro dramaturgo decidió vivir en el campo. Pero entonces le cayó en la cabeza un caparazón de tortuga que un quebrantahuesos soltó desde el aire. ¡Oh dioses! Y se murió efectivamente aplastado por una casa.
Prometeo encadenado, sea o no realmente de Esquilo, es una obra de gran intensidad dramática. Obviamente, estamos hablando de una tragedia griega de la época arcaica, por lo tanto no podemos esperar una acción trepidante. Lo que se representa es más bien una acción interior. Lo que interesa no es lo que pasa o lo que va a pasar, sino lo que está pasando, es decir, lo que viven y sienten los personajes mientras la acción está sucediendo. Es como si hiciéramos toda una obra de teatro sobre lo que siente una persona mientras cae al vacío. Creo que ésa es una buena aproximación conceptual a lo que es el “tiempo dramático” en la tragedia griega.
El mito de Prometeo es uno de los más logrados de la antigüedad. Prometeo roba el fuego a los dioses y se lo entrega a los hombres, por lo cual es castigado por Zeus, que lo encadena a una roca y manda a un águila que se coma su hígado una y otra vez. Prometeo es el gran benefactor de la humanidad, y muchos han visto una cierta analogía con Jesucristo. Prometeo perpetra una donación, se gana la ira de Zeus por amor a los hombres. El fuego además simboliza todo lo que hace humanos a los humanos, todo lo que nos hace distintos a los animales. La luz de la inteligencia, la imaginación, el genio, la industria, la ciencia, la civilización, el sedentarismo, etc. El calor de la pasión, del amor, de la conciencia. El mito es fuerte, es palpitante. De la mano de Esquilo, sentimos la cólera de Zeus, indignado con Prometeo por haber dado luz al mundo. Vemos la resignación de Prometeo, digno, firme, desafiante. El dolor no asusta a Prometeo, porque el amor da sentido a sus padecimientos. Y le hace más fuerte, más poderoso aún que el primero de los dioses.
Esquilo, con su lenguaje grave, su discurso inquietante, la vibrante tensión de su voz desesperada, canta el agradecimiento de los hombres por ése dios que nos hizo humanos. Escalofriante.
Prometeo encadenado, de Esquilo. Una tragedia sobre la compasión.
Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 08.06.09.
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Gabriel de Pablo
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