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El Tartufo, de Moliere

Permalink 14.06.09 @ 16:55:03. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 25.05.09.

Algo deben tener los carpinteros para que de su linaje salgan de vez en cuando figuras relevantes para la historia de la Humanidad. Acaso sea fruto de ese trabajo minucioso, creativo, síntesis perfecta del arte y la técnica, de la laboriosidad y del talento. En fin, todos conocemos a uno bastante famoso que escribió con sangre una deliciosa historia de amor, probablemente el mito más redondo que se ha escrito nunca. Que no cunda el pánico: no voy a convertir este programa en una vaporosa catequesis, por más que a alguno pudiera venirle bien. Estoy aquí para hablarles de literatura, lo que bien pensado es casi lo mismo que dar una catequesis, porque la literatura siempre habla de Dios, incluso aunque no lo mencione. Ea, pues, hablemos de literatura.

Otro hijo ilustre de un carpintero es Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por el sobrenombre de Moliere. Nació en París, el 15 de enero de 1622 y murió en la misma ciudad el 17 de febrero de 1673. Es considerado el padre de la Comedia Francesa y uno de los autores dramáticos más importantes y representados de la literatura universal. En España, donde nuestros abundantes complejos de inferioridad nos impiden valorar adecuadamente lo propio, goza Moliere de gran prestigio. Sucede en este caso algo parecido con Shakespeare. Ambos autores son citados y manejados como si fueran el no va más de lo profundo y de lo culto. Mientras medio mundo versiona y envidia a nuestros dramaturgos clásicos, nosotros los despreciamos y sólo sabemos pasearnos con Moliere o Shakespeare en la mano, dándonos aires de grande cultura. No quiero decir con esto que Moliere o Shakespeare no sean grandes autores, sino que Calderón, Lope, Tirso, Ruiz de Alarcón y otros semejantes no les tienen nada que envidiar. Es cosa clara.

Moliere fue un hombre orquesta, un auténtico hombre de teatro: además de autor, fue director y actor de sus propias obras. En su época fue muy valorado como intérprete cómico. Tenía una capacidad especial para hacer reír, y eso es algo muy valioso, porque es más fácil hacer llorar que hacer reír, y esto es un tópico que siempre se cumple. Moliere fue un autor exitoso. Tras darse grandes batacazos intentando hacer tragedias, sus primeras obras cómicas le hicieron auparse rápidamente al bastión de la fama. El rey Luis XIV le acogió bajo su protección, lo que en aquella época de reverencias y besamanos era una garantía de libertad creadora. Moliere era una versión refinada del bufón real, y podía permitirse meter el dedo en el ojo de su Real Majestad, porque al monarca le resultaba gracioso y no impertinente. Ésta es la prerrogativa del bufón: puede decir la verdad sin excesivo temor a ser castigado.

Pero incluso la jácara del alegre bufón tiene sus límites. Estos límites los descubrió Moliere cuando intentó estrenar el Tartufo. La obra pretendía zaherir a los falsos devotos, a los hipócritas, a esos que tienen la boca llena de virtud y las obras llenas de vicios y maldades. Moliere pinchó hueso, y suscitó una airada reacción. Muchos hombres de bien pidieron al Rey que impidiera su representación. Al rey no le parecía mal la obra, pero temió la reacción de la carcunda cortesana, y la prohibió. Moliere reformó su comedia una y otra vez, recortando sus aristas, hasta que finalmente se le permitió estrenarla. Moliere le dejó el alma al drama, pero tuvo que destrozar su cuerpo. Hoy podemos leer sólo la versión autocensurada. Y es una lástima.

Siempre me había parecido que el Tartufo de Moliere no era una obra con la suficiente fuerza como para lograr la total empatía del espectador, es decir, eso que Aristóteles llamaba catarsis. Comprendí por qué el mismo día que descubrí que había sido sometida a las tijeras de la autocensura. Probablemente por esta causa, a mi modo de ver, la obra cojea o renquea, pues parece como si fuera un borrador. La trama tarda mucho en arrancar y finaliza de una manera abrupta. El Tartufo, personaje principal y villano, no aparece hasta el tercer acto y en seguida es desenmascarado. Estimo que hubiera sido más prudente habernos hecho ver su hipocresía en la acción, pero sólo sabemos que es un hipócrita por lo que dicen los demás personajes de él. El mito está, pues, esbozado, pero no termina de ser lo suficientemente redondo. Aún así, teniendo en cuenta el genio literario de Moliere, es posible entrever una obra con grandes posibilidades. Fue la política la que la hizo peor, y no la incompetencia de su autor.

El Tartufo es, en resumen, una obra puntiaguda sobre la hipocresía. Una reflexión sobre lo falsa que es la sentencia que dicta que “la mujer del César no sólo debe ser buena, sino también parecerlo”. Siempre he estado en desacuerdo con esta máxima, que pone en manos de la opinión, de la apariencia, la naturaleza misma del bien. Al contrario, yo pienso con Moliere que el bien y el mal no dependen de lo que opinen los demás, sino exclusivamente de lo que nosotros hacemos y pensamos.

El Tartufo, de Moliere. Una obra que quiso ser y sólo pudo parecer, precisamente por denunciar que parecer no es lo mismo que ser.


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