La llamada de la selva, de Jack London

Permalink 13.06.09 @ 16:21:20. Archivado en Artículos publicados en otros medios, Mi engolada Biblioteca

Texto del miniprograma radiofónico "La Biblioteca", de 98.3 Radio. En este programa hablo sobre libros y otras cosas inútiles y anticuadas. Si quieres escuchar cómo lo perpetro (engolando la voz, entregándome al asianismo retórico y patinando, todo ello al mismo tiempo) puedes hacerlo a través de esta web. Es el programa con fecha de 04.05.09.

Jack London es uno de los autores que más ha contribuido a la creación del mito de los buscadores de oro, esos locos aventureros, supervivientes y buscavidas que lo arriesgaron todo por alcanzar el sueño de enriquecerse. A finales del siglo XIX, en 1897, se descubrió oro en el río Klondike, pequeño afluente del Yukón, en la frontera entre Canadá y Alaska. En aquella época, la vida en Estados Unidos no era fácil. El desempleo, la pobreza y la explotación laboral de los trabajadores hacían la vida muy poco apetecible. Encontrar un filón de oro en Alaska se convirtió en la única esperanza de la gente desesperada, en una nueva versión del sueño americano.

El mito del oro sirvió de turbina para los parias de la tierra. Todos los indeseables de la tierra pusieron rumbo al norte. Muchos murieron, algunos sobrevivieron y muy pocos encontraron en el oro la solución a sus problemas. El terreno salvaje, la dureza de las condiciones, la lucha por la supervivencia y la competitividad con otros seres humanos abonan el terreno para la verdadera explotación de este subgénero del western, donde el drama está servido aún antes de barajar los naipes. ¿Qué más se necesita para contar una buena historia? En el filo de la navaja, entre la vida y la muerte, entre el vicio y la virtud, está siempre acampando la literatura.

Jack London vivió personalmente esa aventura. Durante algún tiempo, con 21 años de edad, buscó el preciado mineral en las orillas del Klondike y lo único que sacó en claro fue un escorbuto galopante que le acompañó durante toda su corta vida. De sus entrañas podridas, de sus manos endurecidas por 18 horas de trabajo, sacó London la áspera lección que anima sus relatos. Por eso quizá son tan verosímiles sus historias, por eso quizá son tan brutales. Vemos a un hombre moribundo, apostado con un rifle en el camino, esperando a que pase alguien para volarle la cabeza y robarle el equipo. Es una cuestión de brutal supervivencia. No hay oraciones, ni feminidad, ni cortesía, ni compasión, ni servicios dominicales. No hay esperanza. Porque London es un convencido darwinista que piensa que la vida es sólo una cuestión de supervivencia. Y el más fuerte es el que no tiene moral. El más fuerte es el que ha abandonado todos los melindres de la civilización y ha sustituido la ética por un revólver cargado.

Me hace gracia que la gente crea que las novelas de Jack London son para adolescentes. Eso es como decir que la Biblia es para adolescentes porque hay guerras y mucha acción. No es así. Jack London es un viaje a un mundo sin cultura, a una humanidad sin humanidad. Es la puesta en drama del aforismo que dice que el hombre es un lobo para el hombre.

Todas estas ideas están presentes en “La llamada de la selva”, traducido también y de un modo más exacto como “La llamada de lo salvaje”. El relato, corto, ágil y entretenido, cuenta la historia de un perro sureño que es arrebatado de la comodidad de un hogar civilizado y es arrojado en la crueldad del norte salvaje. Jack London, llamativamente pudoroso, cuenta la historia de un perro, pero en realidad cuenta la historia de un hombre, de alguien como tú y como yo, perfectamente capaces de comernos crudas a nuestras víctimas, en cuanto nos arrabatan nuestra humanidad. Una visión escalofriante y real de cómo es el mundo sin el amor que Dios se inventó.

La llamada de la selva, de Jack London. Un ataque seco a la yugular del optimismo.

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