Yo creo en Europa
07.06.09 @ 16:58:42. Archivado en Análisis de actualidad, Artículos publicados en otros medios
(Artículo publicado en el Diario de Navarra el pasado viernes 5 de junio de 2009, con el título "Nuestra mejor invención política").
Cada vez que hay elecciones europeas, se habla en los medios de la abstención, de la falta de debate sobre asuntos europeos, de que se vota sólo en clave nacional, etc. Todo esto, aunque cierto, no hace sino contribuir aún más a desviar la atención del auténtico asunto: Europa.
La Unión Europea es una de las mejores ideas que ha tenido la humanidad en toda su historia. Surgida del dolor de la II Guerra Mundial, representa un sueño recurrente de Occidente. Desde el imperio romano, siempre ha existido la tendencia histórica a una Europa unida. Ése era el sueño megalómano de Napoleón y – triste es decirlo – hasta de Hitler. La idea de la unión no es original, pues. Lo novedoso es que, a diferencia de los antiguos mitos políticos, la UE no es una unión basada en la fuerza de uno, sino en la solidaridad de todos. La idea fue de Jean Monnet: ¿Por qué no cooperamos entre nosotros, en vez de matarnos una y otra vez, como hemos venido haciendo desde hace siglos? Cuando en 1951 se puso en marcha la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, a propuesta de Robert Schuman, lo que se pretendía era imposibilitar de hecho que una nueva guerra tiñera de sangre el viejo continente.
La utopía de Europa es muy interesante, un experimento preliminar para lo que podría ser un nuevo orden mundial, basado en la cooperación y no en el enfrentamiento. Pero está paralizada por culpa de la falta de miras, el populismo y la desidia de los políticos de los últimos años. Para ellos, Europa es un cementerio de elefantes, una barra libre para la corrupción y la tediosa burocracia. Los eurócratas han fabricado una costosa maquinaria de comisiones inútiles, de sueldos, de subvenciones, de prebendas. Su pobreza intelectual y moral ha acabado por agotar a los ciudadanos, llevando a vía muerta nuestra mejor invención política. La UE tiene hoy un grave déficit democrático. Muchas de las normativas que se aprueban en el Parlamento tienen un origen interesado y opaco. Sólo los que tienen dinero para organizarse están presentes en esta Europa de los lobbies, porque los parlamentarios, única representación que tienen los ciudadanos europeos, están demasiado “ocupados” como para asistir a los plenos. Uno de los padres de la unión, el entusiasta democristiano Konrad Adenauer, dijo: “Cuando los políticos no tienen la capacidad de gobernar, crean las comisiones”. Es toda una profecía.
La Unión Europea no es una unión meramente territorial o económica, sino moral. No es una unión de de pueblos ni de países, sino de personas. En realidad, es una unión de padres que desean un mundo en paz, un mundo justo y mejor para sus hijos. La UE es fruto de la generosidad, de la virtud, de la política en el mejor sentido de la palabra. Es un proyecto rigurosamente antinacionalista, el triunfo de la madurez de Occidente. En esta campaña, hay quien defiende la Europa de los Gobiernos, la de los Estados, la de los Pueblos y otras semejantes. Todo eso es defender la Europa de los egoísmos. ¿A alguien le extraña que los votantes no ardan de entusiasmo por esa Europa de cartón-piedra? No hay ni puede haber más Europa futura que la Europa de los ciudadanos.
¿Qué podemos hacer los que creemos en Europa, pero no en esta Europa? Lo primero es votar: votar en blanco, votar a un partido raro, votar con mascarilla, pero votar. Hay que evitar la abstención, porque es sistemáticamente interpretada como euro escepticismo. Y no hay tantos antieuropeístas como se pretende. Todos tenemos ya experiencia propia de las bondades del mercado común, de la circulación de personas, de la moneda única, etc. Y hemos caído en la cuenta de que existe un alma europea, una herencia común, un anhelo y un impulso ético que nos hacen semejantes. Sí creemos en Europa. Quienes no creen en Europa son los políticos que han de hacerla realidad.
Por eso, lo segundo que podemos hacer es zaherir a los políticos que sólo creen en sí mismos, en la foto, en la permanencia en el cargo, en el partidismo. Hay que obligarles a que devuelvan Europa a los ciudadanos. Ha llegado el momento de tomar una decisión, porque no avanzar es retroceder: o ésta es la Europa de las personas o es la de las elites. Necesitamos una Constitución Europea ratificada por los ciudadanos, no por los Estados. Necesitamos partidos políticos transnacionales, que hagan una campaña global para toda Europa; necesitamos que parlamentarios y periodistas se molesten en informarnos de lo que pasa en Europa; necesitamos líderes que construyan la unión. Eso requiere generosidad y una visión elevada. Ya lo decía De Gasperi, “un político mira a las próximas elecciones. Un estadista mira a la próxima generación”. Pues eso.
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Gabriel de Pablo
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